Capítulo 5. Un grano de sal al mar
Draco despertó y su primer pensamiento fue de pánico porque no pudo mover ni un músculo del cuerpo. Entreabrió los ojos y, de inmediato, supo que estaba acostado sobre una cama del hospital San Mungo. Giró los ojos alrededor, tratando de abarcar con la vista lo más que le fuera posible ya que no podía mover la cabeza, y descubrió que estaba en un cuarto individual de primera clase, de ésos que sólo te ganabas el derecho a usar si pagabas el elevado costo o eras parte de una familia que, como la suya, hacía grandes donaciones anuales.
No había nadie acompañándolo. Decidió que, por el momento, podía darse por vencido. Cerró los ojos, tratando de recordar cómo o por qué había llegado ahí. Poco a poco, los eventos acudieron a su mente. Él había estado en el despacho de la mansión y Granger lo había hechizado, la muy hija de p..., y lo peor, con la evidente venia de Potter, quien, obviamente, había sido quien les permitió la entrada a la mansión a sus dos amigos para atacarlo y secuestrarlo.
Bueno, aunque quizá eso último era un tanto exagerado. Si Draco estaba ya en un sitio cuasi público como San Mungo, quizá no había sido un secuestro a toda regla. Pero, aún así...
Escuchó voces que se acercaban a la puerta de su cuarto. Las reconoció al instante: eran las del Trío Dorado. En el último segundo, decidió fingir que continuaba dormido para ver qué cosas interesantes podía escucharles decir a aquellos tres. Ya tendría tiempo después para gritarles sus verdades.
Llegaron hasta el cuarto y entraron. Draco no tardó en darse cuenta de que Potter no estaba con ellos: eran solamente Granger y Weasley.
—Vaya. Continúa dormido —susurró Granger al llegar al pie de la cama de Draco—. Pensé que a esta hora ya habría despertado.
—¿No crees que sería buena idea que le quitaras de encima el hechizo de inmovilidad total, Hermione? —le preguntó su marido pelirrojo—. Si yo fuera él, me despertaría aterrorizado si no pudiera moverme.
—¡Cielos, tienes razón! —Hubo una breve pausa, y entonces Granger dijo—: ¡Finite incantatem!
Draco, aliviado, sintió que la movilidad de su cuerpo regresaba a él. No obstante, hizo un gran esfuerzo para permanecer quieto y continuar escuchando. Supuso que aquellos imbéciles ya habían descubierto que él no era el Draco habitual de esa realidad, pero quería oír más antes de enfrentarlos. Sintió que el corazón se le oprimía del miedo: estaba seguro de que aquello no serían buenas noticias para ganarse la buena opinión de Snape.
—Tengo el presentimiento de que todo esto fue un espantoso error y que Draco no va a perdonarnos jamás —dijo entonces Weasley. A Draco se le pusieron los vellos de punta al escuchar al pelirrojo mencionar su nombre de pila con aquella confianzuda familiaridad.
—No lo sé, Ron. Quiero decir, es cierto que todas las pruebas señalan que sí es el verdadero Draco y que no está hechizado, pero...
—He regresado —dijo una tercera voz de improviso. Era Potter, quien entró al cuarto dando grandes pasos.
—¿Y bien?
—Pues nada. Ollivander la revisó y dice que sí es la misma varita de espino que él le vendió a Draco cuando tenía once años. La describió y todo, y afirma que si no es la misma, entonces no puede explicar por qué es absolutamente idéntica —les reportó Potter con tono molesto, como si le enojase mucho aquella información.
—Bueno, pero también hay que tomar en cuenta que si éste no hubiera sido el verdadero Draco, es bastante probable que hubiese robado la varita al momento de secuestrarlo, ¿no? —dijo Granger con voz tímida.
—Eso ni tú te lo crees, Hermione —espetó Weasley de mala manera—. ¿Cómo iban a secuestrar a Draco y a robarle su varita en su propia cama y con Harry durmiendo a un lado? ¿No se los dije? Lo que dice Ollivander, sumado a todas las pruebas médicas y mágicas que le han hecho aquí, no deja lugar a dudas. ¡Yo se los advertí, carajo, y ustedes, par de necios, que se aferraron a creer que Draco tenía una maldición encima o que alguien le había hecho algo y ocupado su lugar! Les dije que era una soberana tontería. ¡Ahora, Draco seguramente va a odiarnos a todos por haber creído semejante estupidez, por haberlo atacado en su propia casa y por haberlo traído al hospital a hacerle pruebas sin su consentimiento!
—¡Teníamos que hacerlo, Ron! —exclamó Granger desesperada—. Draco comprenderá que lo hicimos porque temíamos por su integridad. Él es así de sensato, lo sé.
—Además, a mí ya me odia, Ron. Eso no sería novedad —exclamó Potter con voz amargada.
Ninguno de sus dos amigos comentó nada durante unos segundos y Draco casi pudo sentir su incomodidad aún con los ojos cerrados. Si Potter no le diera tanta lástima y él no tuviera la necesidad de fingirse dormido, se habría reído de buena gana.
—Dios mío —dijo entonces Granger—. ¿Será posible que éste sí sea el verdadero Draco? Pero, ¿y lo que le dijo a Blaise, y a Teddy, y todo el comportamiento extraño que Harry dice que manifiesta? ¿Qué significa entonces?
Hubo otra pausa donde probablemente los otros dos imbéciles estaban comiéndose los sesos.
—¿Quizá se golpeó la cabeza y perdió la memoria? —sugirió Weasley.
—Eso ya está descartado —respondió ella—. Le hicieron tomografías mágicas y no encontraron nada anormal en el cerebro.
—O quizá simplemente se despertó el día de Navidad y se dio cuenta de que casarse conmigo fue un error y se arrepiente de todo corazón —terció Potter.
—Pero es que... —continuó insistiendo Granger—. Piénsenlo. Lo que él le dijo a Blaise y a Teddy fue básicamente lo mismo: que venía de otra realidad. O sea, que sí es Draco Malfoy pero de otro mundo, por así decirlo. Si de verdad eso fuera cierto, entonces todas las pruebas médicas determinarían que tiene el mismo ADN y la misma firma mágica porque, en teoría, es la misma persona, pero no la que nosotros conocemos, ¿me entienden?
Hubo otra larga pausa donde Draco perfectamente pudo imaginar a Weasley y a Potter mirando a su amiga con incredulidad. Él, en cambio, se sentía divertido y hasta impresionado de que Granger prácticamente tuviera la razón en lo que estaba diciendo.
—Hermione, ¿realmente te crees esa fantasía?
—Exactamente, Hermione, coincido con Ron —dijo Potter, haciendo gala de ese mal humor que de adolescente lo hiciera tan famoso—. Es una puta fantasía, seguramente inventada por él mismo para justificar que de pronto quiere mandar todo al diablo. ¿Cómo mierda viaja nadie a través de realidades, si es que existe tal cosa, para empezar? ¿No irás a decirme que tiene una daga sutil para abrir ventanas entre mundos alternos? Por favor.
—¿Daga sutil?
—No es nada, Ron, es una cosa de un libro de ficción muggle —explicó Granger con voz derrotada. Hicieron otra pausa larga y Draco hizo un gran esfuerzo para continuar inmóvil por si lo estaban observando—. Creo que... el único recurso que nos queda es Veritaserum —añadió ella—. Podemos esperar a que despierte y, no sé, ¿administrarle unas gotas mezcladas con su desayuno?
—¿Estás demente, Hermione? —espetó Weasley, escandalizado—. Esa es una falta de respeto enorme. Si Draco no nos odia ya por todo lo anterior, créeme que si le haces eso, entonces sí lo hará.
Draco casi arquea las cejas. No podía negar que estaba francamente azorado de que, de los tres, fuera el pelirrojo quien pareciera tener más sentido común.
—Mira, Hermione —dijo Potter en voz baja—. Ron tiene razón. Por más que deseemos saber la verdad, no podemos hacerle eso a Draco. En todo caso, podríamos preguntarle si desea beberlo por voluntad propia. De otro modo, de ninguna manera estoy de acuerdo en aplicárselo en secreto. ¡Además, Draco es un oclumante excelente! ¿Ya lo olvidaron? Seguramente, si se esfuerza un poco, será perfectamente capaz de luchar contra los efectos del Veritaserum con una mano en la cintura —finalizó Potter. Draco lo conocía lo suficientemente bien como para darse cuenta de que había dicho eso último con la voz llena de orgullo.
Apretó los labios, incapaz de analizar por el momento todos los sentimientos contradictorios que le provocaba escuchar esa conversación. Era algo como "Los odio a los tres, eso lo tengo claro, pero… al mismo tiempo… ¿Cómo es posible que ellos sientan esa preocupación y ese respeto por mí? ¿Cómo llegamos a esto?"
—¡Pero, Harry, tú mismo fuiste quien me dijo que trajera una botella completa de Veritaserum de las reservas del Departamento de Aurores!
—¡Sí, Hermione, pero era para usarlo en caso de que éste no fuera Draco sino cualquier otra persona más! Pensé que, como último recurso, podríamos haber usado el suero para sacarle la verdad de qué era lo que había hecho con él, pero... Pero si éste... Digo, si él es el verdadero Draco, pues entonces no queda mucho qué averiguar, ¿no crees? Es caso cerrado. Este Draco es el Draco de siempre y lo único que sucede es que ya no me ama más.
Draco estuvo a punto de soltar un suspiro de puro alivio. Por lo que escuchaba, pudo deducir que ellos tres, a pesar de las evidencias y las sospechas, habían llegado a la conclusión de que Draco en realidad sí era su Draco de siempre. Bueno, aparentemente Granger continuaba teniendo sus dudas, pero Weasley y Potter estaban bastante reacios a creerse el cuento de que este Draco podía haber venido de otra realidad. Si Draco hubiera tenido los ojos abiertos, los habría puesto en blanco. Era increíble que fuera Granger (la hija de muggles, la que se suponía era más lógica y científica) la que se prestara más a creer en la posibilidad de que dos Dracos de diferentes universos hubiesen intercambiado puestos.
Otra cosa que Draco no podía evitar notar, era el dolor y el resentimiento en la voz de Potter cada vez que éste hablaba. Estaba profundamente lastimado por lo que Draco le había dicho, y era comprensible. Quizá jamás podría perdonarlo y de verdad terminaría buscando el divorcio. Por alguna razón, a Draco no le gustaba ese panorama en absoluto. Se había pasado de la raya, ahora se daba cuenta, y se preguntó cómo podría arreglarlo. Después de todo, estaba casi convencido de que Snape no lo había metido a esa vida para que arruinara su perfecto y feliz matrimonio de fantasía. Lo había metido para que "descubriera lo que le hacía falta" (lo que fuera que eso significara), no para que lastimara a todas las personas que vivían ahí, le cayeran mal o no. Tampoco para que lo descubrieran, o al menos, eso creía. Decidió que continuaría jugando al juego de ser el Draco que todos ellos conocían, a ver hasta dónde podía llegar...
—Carajo, Harry —dijo entonces Weasley—. Si ese es el caso, en serio que lo siento mucho. Nunca pensé que el hurón dejaría de quererte. Parecía completamente loco por ti, especialmente desde que nació el bebé... Todo lo que hizo para poder casarse contigo, no lo sé... Me parece rarísimo.
Y Draco nunca pensó que escucharía a Ron Weasley decir semejantes frases. Le costó trabajo contener el escalofrío que quiso sacudirle el cuerpo.
—Yo continúo insistiendo que no es Draco...
—Hermione, basta ya.
—¡De acuerdo! Mira, Harry, he de volver al trabajo. Ya casi son las nueve de la mañana —dijo la chica y Draco se sobresaltó. ¿Las nueve de la mañana? ¿Tantas horas habían transcurrido? Aparentemente, había pasado la noche del martes ahí en el hospital. Con razón tenía tanta hambre. Aquellos brutos lo habían secuestrado desde la tarde anterior, impidiéndole cenar.
Sintió una tremenda desazón al comprobar que ya tenía un día más adentro de esa pesadilla y simplemente no le veía el fin.
—Entiendo. Miren, aprecio mucho la ayuda de los dos. A ti, Hermione, te agradezco que me hayas creído que algo no marchaba bien con Draco, aunque al final haya sido una falsa alarma. Y tú, Ron, te agradezco todavía más que nos hayas seguido el juego a pesar de creer que no pasaba nada extraño.
Draco escuchó a los tres soltar un profundo suspiro.
—Como sea, Harry —dijo Granger—, yo pienso buscar a Draco más tarde, ya que haya despertado. Sigo sintiéndome inquieta y no voy a descansar hasta averiguar qué es lo que le pasa. O, al menos, hasta que me diga cara a cara que ya no desea nada contigo. —Hizo una breve pausa y agregó—: Si ese fuera el caso, lo siento mucho, Harry.
Hubo otra pausa larga y, por los ruidos que se escuchaban, Draco presintió que ella estaría abrazando a Potter. Al fin, él dijo:
—Váyanse. No quiero que Draco despierte y los vea aquí. Si va a enojarse con alguien, que sea sólo conmigo. De todas maneras, como les dije, eso sería solamente como agregarle un grano de sal al mar.
—Suerte, Harry —le dijeron sus amigos y salieron de ahí.
Después de un minuto o dos, Draco se atrevió a abrir los ojos. Estaba solo. Giró la cabeza hacia la puerta entreabierta del cuarto y vio la espalda de Potter ahí. Éste parecía estar haciendo guardia, quizá esperando que Draco "despertara".
Por más extraño que fuese, Draco no podía evitar que Potter le diera algo de pena sólo de mirarlo. El héroe se veía tristísimo, estaba encorvado y cabizbajo, e iba vestido todavía con la misma ropa que Draco le había visto el día anterior cuando lo atacaron en el despacho. Seguramente se había pasado la noche completa en vela en espera de los resultados médicos de las pruebas que le habían hecho a Draco.
Y, hablando de eso...
Un sanador llegó ante Potter, lo saludó y comenzó a charlar con él en voz baja. Draco no podía escuchar su conversación, pero reconoció a aquel trabajador de San Mungo como el medimago que siempre los atendía a él y a su familia. Frunció el ceño, comenzando a enojarse. Ya también le cantaría sus verdades a aquel sanador por haberse unido a esa payasada orquestada por un marido paranoico.
Pero bueno, no era como si Potter no hubiera tenido la razón en dudar, ¿o sí?
Repentinamente, Potter se giró hacia Draco y lo descubrió despierto. Le hizo un ademán al sanador y dijo:
—Pero mire, sanador Banks, Draco ya ha despertado. Y supongo que está ansioso por recibir algunas explicaciones de mi parte —continuó diciendo en tono irónico.
El sanador los miró a ambos con aprensión: seguramente se olía la discusión olímpica que se estaba gestando entre aquellos dos maridos y no quería verse involucrado con justa razón.
—Bueno, Harry... ¿Te parece bien si continúo haciendo mis rondas y regreso en cinco minutos para firmar su alta?
Harry asintió y el sanador huyó a toda prisa por el corredor. Draco suspiró resignado mientras Potter entraba al cuarto y cerraba la puerta tras él.
—Bien, Draco. Me parece que te debo una disculpa del tamaño de la mansión de tu familia. La he cagado en grande —dijo con los dientes apretados, evitando a toda costa mirar a Draco a los ojos.
—Lo estoy viendo, Potter —masculló Draco entonces con voz ronca. Su intento por hablar le ocasionó un ataque de tos. Potter se acercó a él a toda prisa, le sirvió un vaso de agua de una jarra que estaba sobre su mesita y lo ayudó a sentarse para que se lo bebiera. A pesar de todo lo que había sucedido entre ellos, Draco no tuvo energía para negarse a aceptar sus atenciones. En realidad, se sentía muy cansado como para continuar enojado. Y aunque ya sabía la respuesta, preguntó—: ¿Por qué demonios estoy internado en San Mungo?
Potter, era evidente, se sentía tan culpable que no podía ni verlo a la cara.
—Fue un malentendido de mi parte, Draco —comenzó a explicarse en voz baja—. Verás, durante dos días te miré actuar de manera tan extraña que en serio comencé a dudar que fueras tú mismo. Eso, o que quizá alguien te había arrojado un imperius o un confundus encima, no lo sé. Tu comportamiento diferente, sumado a lo que les dijiste a Blaise y a Teddy de que eras "el Draco" de otra dimensión —Potter hizo las comillas con los dedos de sus manos y Draco luchó para no sonreír ante eso, pues le pareció una expresión muy tonta pero también muy adorable—, me hicieron pensar que tal vez... No lo sé, que quizá tenías una peligrosa maldición encima que te estaba controlando, o que alguien te había hecho algo y había tomado tu lugar. Pensé que podías estar en cualquier otro lado, secuestrado, en peligro... Por eso les pedí ayuda a Hermione y Ron para traerte a San Mungo a hacerte algunas pruebas que determinaran tu identidad o, en caso de que sí fueras tú, supieran decirnos si estabas hechizado. Hablé con el sanador Banks y por el mismo cariño que siente por ti, accedió a ayudarnos.
Draco no dijo nada. Todo eso en realidad él ya lo sabía, por supuesto: se los había escuchado decir a los otros mientras fingía que estaba dormido. Por alguna razón, lo que le sorprendía era la sinceridad de Potter. Podría haber inventado cualquier cosa, pero no. Ahí estaba, diciéndole la pura verdad.
—Si vas a enojarte con alguien por eso, te suplico que sólo lo hagas conmigo. Fue mi idea. Los demás sólo me siguieron el juego porque yo los convencí de que tú podías estar en peligro —finalizó con los ojos clavados en el suelo del cuarto de hospital.
—Yo voy a enfadarme con quien me dé mi gana, Potter —gruñó Draco, quitándose la sábana de encima y buscando unas zapatillas que calzarse. Pensaba vestirse y salir de ahí en cuanto le fuera posible. Sentía una imperiosa necesidad de huir. ¿A dónde? No tenía idea, simplemente quería estar lejos de Potter lo más que pudiera.
Potter levantó la mirada y lo observó, incrédulo.
—¿Ves? Justamente a esto me refiero. Dios mío, Draco, es que, ¡estás tan cambiado! Dices cada cosa tan dura y agresiva, continúas llamándome por mi apellido, no pareces recordar nada de nuestro pasado, y... Y yo... Yo...
Draco se puso de pie y Potter se interrumpió.
—¿Cómo fue que tú y yo terminamos juntos, Potter? —le preguntó, sonriendo irónico—. Ese es el único misterio que yo encuentro interesante. En serio, ¿cómo?
Miró a Potter a la cara, esperando que le contestara. Quizá, si se enteraba de una vez de qué era lo que lo había unido a Potter en esa vida, podría llegar a la conclusión que quería Snape y éste finalmente lo sacaría de ahí.
Pero Potter sólo lo miró con infinita tristeza. Los ojos le brillaban con lágrimas acumuladas que no derramó. Agachó la cara después de unos segundos y caminó lentamente hasta quedar casi a un palmo de distancia de Draco. Éste se encogió, pero Potter no se había acercado a él para tocarlo. Lo que Potter hizo fue sacarse la vieja varita de espino de Draco de un bolsillo de su túnica. La sostuvo entre sus dedos durante un instante, se la mostró a Draco y, sin decir nada, la colocó delicadamente sobre la mesita junto a la jarra de agua.
—Si soy sincero contigo —le dijo Potter entonces en un susurro lleno de pesar—, yo estaba deseando con todas mis fuerzas que estuvieras bajo un imperius, o que no fueras tú. Tenía la esperanza de que otra persona estuviese ocupando tu lugar. Por más egoísta que suene, Draco, en verdad quería que tú estuvieses en otro lado, esperando por mi rescate, qué sé yo... Porque yo no quería creer que fueras tú quien me había dicho todas esas cosas horribles. Pero ahora que sé que sí eres tú mismo, pues… —Se encogió de hombros, meneó la cabeza y caminó hacia la puerta del cuarto. Pero, antes de salir, volteó un poco la cabeza y añadió con voz hueca, mirando a Draco por encima de su hombro—: Si quieres proceder legalmente contra mí por haberte traído a la fuerza al hospital, adelante. Te juro que no me importa. Si quieres que me vaya de la casa, sólo dilo. Si quieres el divorcio, comienza tú mismo el trámite y contacta a Hermione.
Y con eso, se fue, dejando a Draco a solas.
Éste, sintiéndose realmente como una basura miserable y, además, muy cansado, se dejó caer de culo sobre la cama, indeciso de qué hacer ahora. ¿Debía continuar casado, intentar "reconciliarse" con Potter, proseguir como si nada? ¿O por el contrario, debía aprovechar que Potter le brindaba la oportunidad de un divorcio para huir de ese matrimonio y de la vida en familia, buscarse su sitio en Londres y comprar un loft?
Se llevó las manos a la cara. Lo único que realmente quería hacer era recuperar su vieja vida de vuelta. Esa otra vida que no era la suya lo estaba agobiando demasiado. Estaba comenzando a sentir cosas que no quería sentir; tenía demasiadas personas a su alrededor, personas que en verdad parecían tenerle estima, y eso era terriblemente asfixiante, por decir lo menos. Le agobiaba porque estaba comenzando a experimentar sentimientos por esas personas, o al menos, a disfrutar de su compañía, y Draco no quería… No quería acostumbrarse a esos "otros" porque sabía que no iba a durar... Porque allá, en su otra vida, él no tenía a esas personas ni de cerca.
Sintió que su cama se movía un poco. Se quitó las manos del rostro, abrió los ojos y vio a un enfermero depositando una pequeña maleta encima.
—Su ropa, señor Malfoy. Me informaron que iban a darlo de alta.
Draco reconoció la voz de Snape y lo miró con detenimiento. En esa ocasión, el grandísimo canalla iba vestido con la túnica de colores pastel que solían usar los enfermeros del hospital, traía el cabello grasiento amarrado en una especie de coleta y un gorro de enfermero encima. Se veía curiosamente limpio y eso era extraño en él; seguramente por eso Draco no lo había reconocido a la primera.
—Snape, hijo de puta... —comenzó a murmurar, pero se interrumpió. Se sentía tan cansado que no pudo ni siquiera continuar insultándolo—. ¡Ya era hora de que se apareciera! ¡Y no se le ocurra desaparecerse de nuevo sin explicarme con pelos y señales qué mierda es lo que necesito hacer para salir de esta pesadilla!
Se puso de pie y le arrebató la maleta. Comenzó a rebuscar en su interior. Vio que era la misma ropa que había tenido puesta la tarde anterior y eso lo hizo enojar todavía más.
Snape lo miró largamente.
—Sigues sin entenderlo, Draco —afirmó, mas que preguntó—. Sigues sin dejarte llevar. —Soltó un dramático suspiro y se sacó una paleta de caramelo del bolsillo delantero de su túnica de enfermero. Se la ofreció a Draco, quien, azorado, la aceptó sin pensárselo mucho—. Este regalo no te fue otorgado para que lo sufrieras ni para que quisieras nadar contracorriente en él, sino para que te dieras cuenta de qué es lo que te hace falta. Fuiste lo suficientemente soberbio en nuestro primer encuentro en el callejón para gritarme que no te hacía falta nada, que tenías todo para ser feliz.
—¡Y es que así era! —insistió Draco, quitándole la envoltura de celofán a la paleta y metiéndosela en la boca—. Usted me quitó todo lo que me hacía feliz: mi soltería, mi loft, mis elegantes oficinas… Mi… mi… ¿Mi guardarropa?
Bajó el volumen de su voz hasta enmudecer. Snape lo estaba mirando con una sonrisa sarcástica en la cara y, con horror, Draco cayó en cuenta de que todas esas cosas que mencionaba como la fuente de su felicidad, en realidad eran estupideces banales. Ahí, en esa vida, tenía un hijo. Tenía a su padre vivo. Era la cabeza de la honorable familia Malfoy. Tenía amigos que se preocupaban por él.
Y, sobre todas las cosas, tenía a un esposo que lo amaba profundamente y que, además, no era un cualquiera en la vida de Draco.
Era Harry Potter, ni más ni menos.
Harry Potter.
Por primera vez, la abrumadora (y halagadora) realidad de saberse casado con el héroe del mundo mágico le cayó encima con todo su peso. De verdad, ¿qué había hecho él para que Potter se girara a verlo con otros ojos y hubiese terminado enamorado de él?
Draco frunció el ceño con desconcierto y no dijo más. Snape soltó una desagradable risita entre dientes.
—Bueno, me congratulo de que ya vayas comprendiéndolo, Draco. Pero eso no es suficiente para dar por finalizado con este vistazo. El regalo terminará en el momento en que dejes de sentirlo como castigo. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Draco suspiró resignado y asintió a regañadientes. Por experiencia, sabía que no servía de nada gritar e insultar a ese Snape fantasma. Al final, desaparecería y Draco se quedaría solo ahí en ese mentado vistazo sin más pistas de cómo seguir. De cierta forma, sí comprendía lo que Snape estaba exigiéndole, pero saberlo no le quitaba que estuviese cagado del miedo. ¿Tenía que abrazar aquella vida, dejar de querer salir de ella y, entonces, Snape se la quitaría?
—Es una putada, un movimiento de lo más sádico, Snape, y usted lo sabe bien —murmuró y levantó la cabeza. Nada sorprendentemente, Snape ya no estaba a su lado. Draco volvió a suspirar, ya sin energía para enojarse de nuevo—. Típico —dijo, y entonces procedió a terminar de chupar la paleta de caramelo con toda la calma del mundo para vestirse después.
Estaba ya completamente vestido cuando el sanador Banks regresó con el papel firmado por él en el que autorizaba su alta del hospital. Draco lo fulminó con la mirada y el sanador, un mago ya muy mayor pero que siempre se había portado muy bien con la familia Malfoy incluso en sus épocas más oscuras donde fueron rechazados por casi todos en el mundo mágico, sólo evitaba la mirada de Draco como si estuviese muy avergonzado.
Finalmente, el sanador pareció no poder soportar más la tensión y exclamó:
—Muchacho, te pido perdón por todas las irregularidades cometidas. Cuando Harry te trajo anoche inconsciente y me suplicó que te atendiera y te hiciera exámenes del modo más discreto posible, primero me negué, pero luego él me explicó sus motivos para desconfiar y tuve que aceptar que tenía algo de razón. No tuve corazón para reportar el caso a las autoridades porque vi que era preocupación sincera de su parte. No obstante, si tú deseas acusarlo porque te hechizaron y te trajeron aquí a la fuerza, estoy dispuesto a apoyarte con mi declaración ante los aurores.
Draco lo miró durante un momento, sopesando esa alternativa. Meter a Potter en problemas legales podría ser una excelente manera de comenzar a sentirse mejor, pero… ¿Realmente? Agachó la cara cuando la imagen de aquel desolado Potter con el corazón roto se le vino a la mente, y de pronto se sintió incapaz de continuar haciéndole daño, incapaz de seguir disfrutando con ello. Además, tenía que pensar en la reputación y el bienestar de aquel adorable bebé de ojos verdes.
¿Cómo iba Draco a ser capaz de meter al otro papá de Eltanin a la cárcel por algo que, él sabía bien, no había sido con mala voluntad sino exactamente por todo lo contrario?
Negó con la cabeza.
—Entiendo que Po-Harry sólo estaba preocupado por mí —le dijo al sanador con los dientes apretados—. No se preocupe, sanador Banks. Aquí no ha sucedido nada malo que lamentar. —Tomó la hoja que el sanador le ofrecía y caminó hacia la puerta del cuarto. De pronto, se acordó de algo y se giró de nuevo hacia el otro hombre—. Aunque hay algo que deseo comentarle, sanador. Respecto a las citas que Harry tiene aquí cada martes por la tarde... Me temo que el siguiente martes le será imposible asistir. ¿Con quien tengo que hablar para cancelar o cambiar la cita?
El sanador Banks lo miró confundido, pero entonces pareció recordar, y le dijo:
—Ah, eso va a ser con la recepcionista del ala adjunta a la sala Janus Thickey, en la cuarta planta. ¿Algo más en lo que pueda ayudarte?
Draco, impactado, negó con la cabeza. Salió del cuarto y caminó por el corredor rumbo a las escaleras sin pensar apenas en lo que hacía. Esa ala que mencionaba el sanador Banks eran los consultorios de la nueva sección de psiquiatría mágica.
Draco se frotó la barbilla. ¿Potter tenía trastornos mentales y estaría en algún tipo de tratamiento? Bueno, después de la infancia de mierda que, se sabía, había tenido, y la guerra que había sobrevivido, en realidad eso no debía extrañarle a nadie.
Pero lo que más asombraba a Draco no era eso, sino que él se sintiera francamente conmovido y que, quizá, le tuviera un poco de lástima al que en apariencia y ante los ojos de los extraños, era un héroe y jugador de quidditch formidable e invencible. Pero Draco, en cambio, estaba teniendo la inigualable oportunidad de conocerlo como nunca pensó que podría. Y, ¿qué era lo que estaba haciendo en vez de aprovechar el tiempo?
El corazón se le estrujó al recordar todo el daño que le había estado ocasionando en apenas tres días que tenía conviviendo con aquel mago que, en esa vida, lo había aceptado como esposo e incluso había tenido un hijo con él.
Draco sonrió levemente al recordar al bebé. De pronto, le entró urgencia por regresar a casa y poder volver a ver a aquel pequeño niño. Miró su reloj (ya casi era mediodía), sacó su varita y se desapareció rumbo a la mansión.
Llegó a su casa y, apenas al entrar, escuchó varias voces de personas que venían descendiendo por la escalera principal rumbo al vestíbulo donde él estaba parado. Harto como estaba de huir de todas las personas que coexistían con él en esa realidad, Draco se quedó de pie esperándolos. Abrió mucho los ojos cuando vio de quiénes se trataba.
Narcisa, guapa y radiante, venía cogida del brazo de una muy jovial y feliz Pansy Parkinson. La chica se veía con un poco más de peso que la Pansy de la vida real de Draco, y éste lo atribuyó a que, quizá, ahí ella también era más feliz o tenía muchas menos penas. Blaise venía unos pasos atrás de ellas, cargando en brazos al bebé Eltanin quien estaba muy contento. Las dos brujas venían charlando muy animadamente y se interrumpieron al ver a Draco parado en medio del vestíbulo principal.
—¡Draco, querido! —exclamó su madre, terminando de bajar las escaleras y llegando hasta él—. ¡Por fin llegas! Hemos estado tan preocupados por ti desde que anoche no bajaste a cenar. Harry nos dijo lo indispuesto que te encontrabas y que hoy pensaba llevarte a San Mungo a una consulta. ¿Salió todo bien? ¿Estás enfermo de algo?
Draco negó con la cabeza sin poder dejar de admirar a Blaise y al bebé que traía en brazos. Ambos llegaron hasta él y Eltanin se emocionó al reconocer a Draco. Comenzó a dar saltitos y gritos y estiró los brazos hacia él. Blaise observó a Draco con una elegante ceja arqueada como esperando su reacción y éste tuvo que actuar rápidamente.
—¡Eltanin, mi amor! —exclamó en un tono infantil que intentaba imitar al que le había escuchado emplear a Potter cuando éste se dirigía al bebé—. ¡Ven a los brazos de papá! —Tomó al bebé y lo cargó lo mejor que pudo, copiando el estilo que acababa de verle a Blaise, quien, maldito él, parecía cargar al bebé con tanta familiaridad y facilidad como si hubiesen nacido pegados. Entonces, cuando se aseguró de que el bebé no se le resbalaría hasta el suelo, se giró hacia su madre y le dijo—: Todo fue excelentemente, madre, no te angusties. Se trató solamente de un... pequeño virus mágico... que me tenía de mal humor, o algo así. Pero el sanador Banks lo eliminó en un dos por tres. Te manda saludos, por cierto.
—Ah, qué bien, me alegro de escucharlo, hijo. ¿Te comentó si le gustó el regalo de Navidad que le enviamos?
—Oh, sí, le fascinó —mintió Draco con una gran sonrisa, dándose cuenta de que "jugar" y "actuar" le hacía las cosas mucho más sencillas que estar resistiéndose. Se dio una patada mental por no haberlo intentado antes; quizá, a esas alturas, Snape ya lo habría sacado de ahí.
—¡Qué bien! De acuerdo, te dejo con tus amigos. Yo voy a adelantarme a supervisar el almuerzo y, luego, buscaré a tu padre. Los veré a todos en el salón desayunador en una media hora, ¿les parece bien? Hay que aprovechar que ha dejado de nevar y tenemos un día precioso.
—¡Me parece adorable, Narcisa! —exclamó Pansy. Draco, quien la conocía muy bien, supo que al menos la mitad de esa alegría era fingida.
La madre de Draco se alejó por la galería oeste con rumbo a la cocina. Una vez que dio vuelta hacia el corredor y desapareció de su vista, Draco suspiró y se giró hacia los otros dos. La máscara de cordialidad que ambos habían tenido puesta a causa de Narcisa, había desaparecido. Blaise miraba a Draco con el ceño profundamente fruncido y Pansy parecía a punto de llorar.
—Cariño —le dijo ella a Blaise con una calma que presagiaba una gran tormenta—, coge al bebé y adelántate, por favor. Quiero golpear a Draco y no puedo hacerlo si el muy astuto está usando a Eltanin como escudo.
—¡Yo no estoy usando a...! —comenzó a defenderse Draco, pero se interrumpió. Blaise ya había dado varios pasos hasta alcanzarlo y estaba tomando al bebé de regreso.
Eltanin, que se veía que adoraba a su padrino, se fue feliz de la vida con él. Blaise miró a Draco una última vez con enojo, se dio la media vuelta y caminó en sentido contrario a Narcisa, hacia la galería este. Draco suspiró, observándolos alejarse. Eltanin miró por encima del hombro de Blaise y le sonrió mucho. Draco le correspondió la sonrisa y le dijo adiós con un ademán de mano. Por alguna razón que no comprendía, ardía de ganas de pasar más tiempo con aquella criatura a pesar de lo terrorífico que podía llegar a ser cuidar de ella.
Cuando Blaise dobló hacia la izquierda para atravesar el salón de trofeos, Draco miró a Pansy y le dijo en voz baja:
—A mí también me da gusto verte, querida.
Si Draco esperaba que Pansy se pusiera furiosa y se arrojara sobre él a abofetearlo, no podía haber estado más equivocado. Lo que ella hizo fue mirarlo durante unos segundos con un puchero en la boca y los ojos brillantes de lágrimas.
—¡Draco, cómo te atreves a ignorar todas las cartas que te hemos estado enviando! —exclamó, acercándose hacia él y tomándolo de un brazo—. ¿Tienes idea de lo preocupados que nos has tenido a Blaise y a mí? ¡Deberás saber que estoy enterada de todo, grandísimo cabrón! Blaise me lo contó. Tu pelea con Harry, las cosas horribles que le dijiste, tu borrachera en plena Navidad... Y luego, ayer, ocultándote de nosotros durante todo el día. Apenas hoy en la mañana supimos de ti cuando Harry finalmente nos escribió una maldita nota. ¡Una nota! Un maldito y escueto papelito donde solamente nos dijo que te había llevado a San Mungo para asegurarse de que realmente fueras tú y no estuvieras hechizado. ¿Así de mal te has portado con él como para que creyera eso? ¿Qué demonios está mal contigo?
Draco la observó durante unos segundos, incrédulo e indignado. Bueno, era obvio que Potter no se reservaba nada a la hora de contarles sus problemas a los que parecían ser los mejores amigos de Draco, el muy chismoso. Tendría que ponerlos a todos en su lugar.
—Pansy... —comenzó—, mira, te agradezco tu preocupación y tu... cariño, pero... Estoy bien. Los asuntos entre Potter y yo son... De índole privado, ¿entiendes? Pero sí, te aseguro que yo soy yo, y no, no estoy hechizado. En todo caso, no veo por qué les molesta tanto a Blaise y a ti que yo y Potter tengamos pro...
Se interrumpió porque Pansy le dio una bofetada tan fuerte que le dobló la cara.
Draco jadeó y sintió que la furia lo dominaba. Estuvo a punto de sacar la varita para hechizar a Pansy, para sacarla muy lejos de su casa, pero hizo su mejor esfuerzo para contenerse. La miró a los ojos y ella le gritó:
—¿De índole privado? ¿Realmente dices en serio que yo no tengo derecho a meterme en tus asuntos? ¿Acaso ya olvidaste quién demonios te gestó y dio a luz a tu único hijo? ¿EN VERDAD CREES QUE NO TENGO DERECHO A PREOCUPARME?
Draco abrió la boca enorme. ¿Pansy? ¿Pansy Parkinson había sido la madre subrogada de su bebé? ¿Del bebé de Potter y él? ¡Así que ese había sido el embarazo y parto al que Blaise se había referido, no a un hijo propio de ellos dos! Pero, ¿en serio alguien como ella, tan vanidosa y caprichosa, a quien le importaba tanto su físico, había accedido a ser un vientre prestado? Seguramente le pagué montones de galeones, fue el primer pensamiento de Draco ante eso, pero lo descartó enseguida. Pansy tenía suficiente dinero por ella misma como para aceptar perder su figura y cargar durante nueve meses con un embarazo de un bebé que ni siquiera era suyo. No, no había sido cosa de dinero.
—¿Así... así de mucho me quieres? —masculló Draco, totalmente incrédulo, totalmente anonadado. No podía aceptarlo. ¿Qué había hecho él por ella para que lo ayudara así?
Pansy pareció ofenderse mucho ante su pregunta y Draco no quiso ni pensar en cómo se habría puesto si le hubiera cuestionado cuánto dinero le había pagado. Ella derramó un par de lágrimas y se lanzó hacia Draco, abrazándolo.
—Por supuesto que te quiero, grandísimo estúpido —lloriqueaba ella mientras le llenaba a Draco la túnica de mocos y lágrimas—. Siempre te he querido, recuerda que estuve enamorada de ti antes de Blaise, antes de saber que eras irremediablemente gay, pero no se lo cuentes nunca a él, por favor... —dijo y se rió—. Además, ¿cómo no quererte después de todo lo que has hecho por nosotros? El préstamo desinteresado que le hiciste a la madre de Blaise para que pudiera recuperar su propiedad, las asesorías que le has dado a él para que invirtiera de modo seguro, todo lo que nos has ayudado durante estos años... ¡Somos familia, Draco! ¡Así que, te lo suplico, antes de pelearte con Harry o de pensar en separarte de él, recuerda que somos muchos a los que nos afecta! No quisiera ver a Eltanin crecer como hijo de padres divorciados. ¡Te lo robaré y lo criaré yo misma si no te reconcilias con tu marido, y lo digo en serio, Draco Malfoy!
Pansy se separó de Draco y éste sólo atinó a asentir con la cabeza. Se sacó un pañuelo del bolsillo y se lo pasó a su amiga, quien lo usó para limpiarse el bonito rostro.
—Voy a hablar con Po... Con Harry para tratar de arreglar las cosas —fue lo único que se le ocurrió decir a Draco—. Te lo prometo. ¿Está bien?
—Está excelente. Quiero verte usando tu encanto natural y tu magnífico magnetismo animal para que logres que ese cuatro ojos caiga rendido en tus brazos otra vez, ¿de acuerdo? —pidió ella, sonriendo con esperanza. Diciendo eso, se colgó de su brazo y comenzó a arrastrarlo por la galería, siguiendo el mismo camino que Blaise había recorrido un momento antes—. Vamos, necesito ir al baño a arreglarme el maquillaje, no quiero que Narcisa me vea con esta facha.
La galería este dirigía, hacia la derecha, a la biblioteca; y, hacia la izquierda, a la sala de trofeos, la cual tenían que atravesar para llegar al salón de té y luego al salón desayunador, que era donde Blaise los estaba esperando. Al igual que la galería oeste, la del este tenía también los muros llenos de retratos de miembros de la familia Malfoy que habían vivido en esa casa durante generaciones. Draco no había pasado por ahí en los tres días que había durado aquel vistazo, así que se sorprendió un poco al notar que había algunos retratos nuevos que no había visto antes. Especialmente, había uno de él con…
Su familia.
Draco se detuvo ante el cuadro, impresionado. Pansy se paró junto a él y se quedaron ahí observándolo. Era enorme y muy hermoso. En él, estaba Draco de pie junto a una silla muy ornamentada donde Harry Potter permanecía sentado, muy pegados el uno con el otro. Ambos vestían túnicas lujosas y elegantes, y Potter tenía a un bebé rubio de pocos meses de nacido cargado entre los brazos.
Los tres miembros del retrato, como en cualquier otra pintura mágica, se movían e interactuaban entre ellos. Draco fue testigo azorado de cómo aquellos tres lo único que hacían era dedicarse miradas llenas de amor mientras sonreían entre ellos como estúpidos. Lo que más le costaba creer era la manera en que él, Draco, miraba a Potter y a Eltanin como si fueran el mayor y más valioso tesoro del universo.
Draco no se habría sorprendido si, de repente, el cuadro empezaba a escurrir miel por todo el muro hasta el suelo.
¿De verdad el Draco Malfoy de esa vida estaba así de enamorado de Potter? ¿Así de feliz por tener un hijo y por estar casado?
Draco lo veía, y lo veía, y no podía dar crédito.
—Mira, Draco, mira —le dijo Pansy, quien de pronto parecía a punto de llorar de nuevo—. Qué hermosa familia tienes. Eres tan, pero tan afortunado. ¿Por qué no te das cuenta?
Draco no dijo nada. No podía apartar la mirada de ese impresionante retrato. Los ojos se le humedecieron y no comprendió por qué.
Afortunado, había dicho Pansy.
¿Cómo explicarle que era precisamente todo lo contrario?
