Capítulo 6. Sin cicatrices
A la hora que finalmente todos se sentaron alrededor de la mesa circular del iluminado salón desayunador, fue una suerte que Draco estuviese desfalleciendo de hambre porque, de ese modo, pudo dejarse llevar sin mucha dificultad mientras devoraba los manjares servidos por los elfos.
Aparte de Pansy, Blaise y su madre, sólo se había unido Lucius a acompañarlos. Potter no se apareció y como nadie preguntó por él, Draco tampoco se atrevió a cuestionar su ausencia porque, obviamente, se supondría que él mejor que nadie tendría que saber en dónde andaba su marido a esas horas del día. De todas formas, Draco no pudo evitar echar continuas miradas hacia las puertas de entrada que comunicaban aquel salón con el resto de la casa.
El salón desayunador era uno de los sitios más bonitos y menos lúgubres de la mansión. De forma circular, tenía grandes ventanales con dirección al este, por lo que, cuando no estaba nublado y había sol, éste entraba a raudales durante la primera mitad del día. Era mucho más pequeño e íntimo que el salón comedor, y era por eso que su familia solía usarlo para desayunos o almuerzos informales con pocas personas como en aquel momento. Sus tres puertas comunicaban al salón de té de las damas (nombre arcaico que le había sido legado de los tiempos de cuando las mujeres tenían que estar en un sitio de la casa, y los hombres, en otro), el cual era uno de los favoritos de los padres de Draco y donde ambos solían pasar largas horas sentados bebiendo el té y leyendo.
Draco les había comunicado a sus compañeros comensales que él no había probado bocado desde el día anterior, así que nadie se sorprendió mucho de que él permaneciera en silencio mientras comía sin parar. De ese modo, Draco pudo tener una excusa creíble para permanecer en silencio sin parecer demasiado descortés y escuchar la conversación de los demás, intentando tomar nota mental de todo por si aquella información le servía después. Mientras tanto, Blaise y Pansy parecían ambos encantados de cuidar y alimentar a Eltanin, quien, por supuesto, tenía otra elegante silla alta de bebé también ante esa mesa.
Draco observaba fascinado la interacción de sus dos amigos con el bebé. Siendo Pansy la madre subrogada y Blaise, su padrino, ambos tenían grandes lazos hacia el heredero Malfoy que se manifestaban en grandes muestras de cariño. Draco presentía que aquellos dos harían lo que fuera por ese niño, y eso lo enorgullecía y le daba cierta sensación de tranquilidad. Y fue así, quizá por primera vez en años, que Draco se daba cuenta de que tener amigos sí poseía ciertas ventajas.
¿Por qué en su otra vida se había negado a él mismo el placer de la cercanía de gente como Blaise y Pansy? Sólo recordaba que había estado muy amargado y enfadado con ellos dos al grado de alejarlos de su vida y hasta culparlos de la muerte de Lucius cuando en verdad no habían tenido nada que ver. Había sido puro y llano resentimiento porque ellos dos no lo habían pasado tan mal en la guerra como él y sus padres.
Y hablando de ellos... Narcisa y Lucius estaban pasando tan buen rato que Draco tuvo que concluir que quizá les hacía bien tener amigos jóvenes y zalameros como lo eran Pansy y Blaise, y se congratuló de que su otro yo, el que sí vivía en aquella vida, los hubiera acercado a su mansión.
Frunció el ceño preguntándose qué sería de su madre, la de su vida real, si Draco le hubiese facilitado tener a la mano la amistad de alguien como Pansy. ¿Se sentiría menos sola en su día a día?
Llegaron al postre, luego, a la sobremesa y el café, y Draco, de pronto, se dio cuenta de que estaba disfrutando de verdad de aquel momento y de esa compañía. Volvía a reiterar la conclusión a la que había llegado un rato antes: que era mucho más sencillo y relajante dejarse llevar en vez de nadar contra corriente.
Y además, se preguntó mientras arqueaba las cejas, ¿qué no era eso exactamente lo que le había dicho Snape?
—No he querido molestarte con el tema, Draco —le dijo su padre cuando ya todos se levantaban de la mesa—, porque supe que estabas indispuesto, pero te recuerdo que tienes un par de negocios urgentes que están esperando tu atención.
Draco asintió. Había estado mirando fijamente a Eltanin dormido entre los brazos de Pansy después de que ésta le diera a tomar un biberón. La chica se levantó y anunció que iba a llevar al bebé a su cuna, arriba, en su cuarto. Narcisa se ofreció a acompañarla y ambas partieron. Blaise se despidió de Lucius y de Draco, no sin antes arrojarle a éste una mirada de advertencia, y se dirigió a la puerta principal donde esperaría a su novia.
Draco aprovechó para escabullirse de todos y subió las escalinatas principales con el propósito de llegar a su cuarto a darse una ducha, ponerse ropa limpia y marchar a su despacho a encargarse del trabajo acumulado. Iba caminando lentamente, tanto porque se sentía pesado por haber comido así de abundante, como porque iba analizando detalladamente lo que todas aquellas personas en esa vida le hacían sentir.
En esa vida, él era el objeto de amor y amistad de mucha gente, y eso le ocasionaba sentimientos abrumadores que, en primera instancia, lo habían orillado a huir y a rechazar a todas esas personas. Si era sincero con él mismo, tenía que reconocer que su reacción quizá se debía a que estaba muy acostumbrado a la vida solitaria que llevaba en su realidad. Había querido escapar del cariño de su familia y amigos, sólo para encontrarse que era como correr directo hacia una pared y estrellarse contra ella, sin poder avanzar a ningún lado y, encima, sintiéndose muy culpable por lastimar los sentimientos de los demás.
Y ahora que eso le quedaba claro, y que también le era evidente que entre más "se dejara llevar por la corriente" más sencillo resultaría todo y más rápido Snape lo sacaría de ahí, sabía que era lo que tenía que hacer a continuación.
Tenía que dejar de tratar de escapar. Tenía que corresponder las atenciones de todos. Tenía que cumplir con su papel, jugar a ser el Draco de ellos.
Pero, sobre todas las cosas, tenía que reconciliarse con Harry Potter.
Pensar en Potter, mientras terminaba de subir las escaleras y caminaba a paso lento por la galería del primer piso, lo acaloró y lo puso triste, todo al mismo tiempo. Desde que era un niño, en algún muy oculto rincón de su corazón, siempre había albergado la esperanza de llevarse bien con el héroe. Maldita su suerte, desde el instante cero en que se habían encontrado, las cosas nunca marcharon bien entre ellos. Quizá era por eso que, de entre todas las cosas que tenía en esa otra vida, la de ser pareja de Potter era la que más difícil le resultaba de asimilar y creer. Le parecía fantástico que ahora se le estuviese presentando aquella oportunidad, la de ser amigo de Potter, la de conocerlo, la de intimar con él, y le pareció muy estúpido de su parte no haberse dado cuenta antes. La verdad era que todo lo que le había dicho a Potter, lo había hecho con el afán de enojarlo lo suficiente para justificar no dormir con él y nada más, aterrorizado como se sintió al inicio de aquel vistazo de encontrarse de pronto con que tenía a su disposición al mismísimo Harry Potter servido en bandeja de plata. No había sabido qué hacer con eso. Y si ahora se reconciliaba con Potter y eso significaba tener que dormir con él... Bueno, ya se las arreglaría llegado el momento. Después de todo, siempre quedaba la fiel y vieja excusa de "Esta noche no, mi amor, me duele la cabeza".
Hasta donde él sabía, aquel "vistazo" no iba a ser eterno. Snape, siempre que se aparecía, le anunciaba que en cuanto hiciera lo que se esperaba de él, lo sacaría de ahí. Por lo tanto, cuando Draco regresase a su vida real, allá donde él y Potter no estaban casados y éste iba a largarse a América a fundar la liga estadounidense de quidditch, nada de lo que Draco hubiese hecho ahí en ese vistazo importaría realmente porque aquel otro Potter jamás lo sabría. Podía acercarse a él con la firme convicción de que ahí, a diferencia de la vida real, Potter no lo rechazaría por ser un Malfoy. Quizá pudiera rechazarlo porque se había comportado como el peor esposo del mundo, pero esa era otra cuestión. Lo importante, según podía concluir, era que hiciese el ridículo que hiciese delante de este Potter, el otro Potter, el real, nunca se enteraría.
Era como ese eslogan publicitario de Las Vegas, ¿no?
Lo que pasa en este vistazo, en este vistazo se queda, pensó Draco y sonrió. Ahora sólo faltaba que Potter quisiera disculparlo, y Draco se preguntó cómo podría hacer para conseguir su perdón.
Eso estaba pensando cuando abrió la puerta de su cuarto para entrar y se encontró cara a cara con él.
Potter traía el cabello húmedo: obviamente, acababa de salir de la ducha. Draco tuvo unas milésimas de segundo para pensar que si hubiese entrado unos minutos antes al cuarto, quizá hubiese pescado al héroe todavía desnudo en el baño.
Hablando de mala suerte...
—Po-Harry —dijo en un susurro, alcanzando a corregirse justo a tiempo. No le salía natural llamar a Potter por su nombre de pila, pero era obvio que si quería mejorar las cosas en esa realidad, eso era lo primero que tenía que hacer.
Potter lo miró de arriba abajo y arqueó una ceja.
—Oh, ¿ya soy Harry de nuevo? —espetó con voz sarcástica y haciendo una mueca que intentaba, Draco supuso, imitar a una sonrisa de lado—. Me pregunto a qué se deberá. Déjame adivinar: ¿vas a pedirme el divorcio e intentas congraciarte conmigo para que no te pida pensión?
Draco tuvo que hacer un gran acopio de fuerza de voluntad para no poner los ojos en blanco. Pero bueno, este Potter sí que era una reina del drama. Meneó la cabeza e intentó parecer humilde.
—No, Harry. Yo no quiero pedirte el divorcio —dijo, y si sonó sincero, fue porque realmente lo era. Estaba segurísimo de que hacer que el Potter de esa realidad se divorciara de Draco era exactamente lo opuesto al "déjate llevar" que le había dicho Snape y que era lo único que lo sacaría de ahí. Presentía que tenían que estar en buenos términos y lo iba a conseguir, o dejaría de apellidarse Malfoy—. Tendrías que recordar que yo jamás dije tal cosa, de hecho...
Se tuvo que morder la lengua porque había estado a punto de comenzar a discutir de que, en realidad, esa palabreja ("divorcio") sólo había sido nombrada por Potter, nunca por él, pero le pareció que no era buena idea mencionar eso si lo que quería era arreglar las cosas. Miró a Potter a los ojos, haciendo un gran esfuerzo por poner rostro amable, mordiéndose los labios y aparentando estar dispuesto a arreglarse con él.
No tenía idea si debía pedirle disculpas. Le costaba muchísimo trabajo.
Vio a Potter sorprenderse, pasar saliva y bajar la mirada hacia los labios de Draco. Se veía desconcertado, pero todavía enojado.
—Bueno... —comenzó a decir Potter con voz calma y helada—. Tengo que concederte razón. Tú jamás mencionaste que quisieras el divorcio. Supongo que tu posición de mago sangre pura no te permite someterte a tal vergüenza.
Draco de nuevo quiso poner los ojos en blanco. Soltó un bufido de exasperación.
—¡No, Harry, no es eso...! —comenzó a decir, pero el otro lo interrumpió al seguir hablando:
—Lo que dijiste fue que no estabas ya interesado en mí porque dejé de ser una estrella rutilante de quidditch. Y como yo no tengo pensado volver a jugar, al menos no mientras Eltanin me necesite en casa, asumo que tu desinterés proseguirá.
Draco lo miró con los ojos entrecerrados. Tenía que reconocerle a Potter que era bueno a la hora de discutir. ¿De dónde le salía ser tan insolente? Draco vio acercándose a velocidad alarmante el momento en que tendría que pedirle perdón al otro. No había más remedio, tendría que tragarse su orgullo y hacerlo. Abrió la boca, pero no pudo decirlo. Joder, ¿por qué mierda era tan difícil disculparse?
—Sí, mira... respecto a eso...
Potter, maldito él y su costumbre de interrumpir, volvió a ignorar a Draco y espetó:
—Y como tu desinterés sigue vigente, y mientras nos atrevemos a tomar una solución definitiva a este problema, he decidido dormir en la recámara de huéspedes contigua a la de Eltanin —finalizó, señalando entonces un baúl de tamaño mediano que estaba detrás de él y en el que Draco no había reparado—. He sacado mi ropa del armario y estaba por llevarla ahora que entraste. No quiero seguir importunándote con mi mediocre presencia de holgazán mantenido, querido esposo —soltó Potter con la voz terriblemente mordaz—, así que, estaré en aquella recámara, si me necesitas para algo. —Señaló con un dedo la puerta más cercana a la del cuarto del bebé—. Ahora, si me das permiso...
Agitó su varita y el baúl comenzó a levitar detrás de él, siguiéndolo. Potter se movió hacia delante y a Draco no le quedó más remedio que quitarse de en medio para permitirle el paso. De ese modo, lo vio salir de su cuarto y caminar con paso decidido hacia la recámara que le había señalado. Iba exudando una vibra furiosa pero tremendamente sensual que provocó que Draco no pudiera quitarle los ojos de encima hasta que lo vio entrar al otro cuarto y cerrar la puerta.
Se le hizo agua la boca.
Draco apretó los labios, frustrado (muy frustrado) y cerró la puerta de un golpe. ¡Pero bueno, él que había estado a punto de disculparse y de tratar de arreglar las cosas! El orgullo le ardía con ganas: la manera en que Potter le había hablado y el evidente rechazo a continuar durmiendo con él, le quemaban como colillas de cigarro. ¿Qué se creía, el muy imbécil arrogante? ¿Cómo iba Draco a hacer lo que Snape quería que hiciera si su principal co-protagonista de aquel vistazo no se prestaba a ayudarlo?
Furioso, llegó al baño y comenzó a quitarse la ropa, desquitándose con ella conforme tiraba de la tela y la arrojaba al suelo, enojándose más con Potter porque lo había hecho pasar toda la noche en el hospital y encima ni siquiera había tenido la cortesía de llevarle ropa limpia, obligándolo a ponerse lo mismo que había traído ayer, con salpicaduras de comida de bebé y todo. Se dio una ducha rápida que ni disfrutó porque en su mente no dejaba de rumiar todos los desplantes que Potter le había hecho en tan poco tiempo y preguntándose seriamente cómo había sido posible que ellos hubiesen podido estar casados en esa vida si se llevaban así de mal.
Salió de la ducha a toda prisa con una toalla medio envuelta en la cintura, fue a su armario-vestidor y se paró frente al enorme espejo de cuerpo completo que estaba en el fondo del mismo. Estaba echando un vistazo a su guardarropa y descubrió que el espacio disponible que Potter había dejado ahí al quitar su ropa, en realidad era mínimo... Arrugó el gesto ante la vista del pequeño hueco que Potter había dejado desocupado, sintiendo cómo su enojo se evaporaba. Potter casi no tenía prendas de vestir: al menos, no como Draco. Aquello, por alguna razón que Draco no entendió, le produjo un extraño sentimiento que no pudo explicarse y al que no se atrevía a ponerle nombre. No era lástima, ni compasión. Era... algo mucho más extraño, algo que le ocasionaba cierta tristeza y que le empujaba a desear aliviar aquella carencia de Potter de alguna forma. Se preguntó por qué el Draco de esa vida no había tomado alguna acción para aumentar el guardarropa de su marido. Si el Draco de esa realidad fuera él, ya le habría comprado a Potter lo mejor de lo mejor. ¿Qué no era eso lo que hacían entre ellos las parejas que se amaban?
Pensando en eso, Draco se giró hacia el espejo y se observó en él. Tenía varios días sin mirarse con detenimiento pues, desde que estaba metido en ese vistazo, cada vez que se vestía o se duchaba, lo hacía con prisas. Frunció el ceño. Se encontraba algo diferente a cómo era él en su vida real. ¿Qué carajos? ¿Acaso también había sufrido transformaciones físicas? Se acercó al espejo hasta quedar totalmente pegado: no alcanzaba a descubrir con exactitud qué había cambiado en él. Se pasó los dedos por el cabello... Bueno, sí, en esa vida lo llevaba más corto que en la otra, donde siempre había procurado cortárselo con un estilista muggle de los más caros y famosos de Londres, cosa que seguramente no hacía ahí. Pero no era solo eso... Era... Era...
Se apoyó con las dos manos al descubrirlo y se miró en su reflejo, asombrado. Luego, bajó los ojos hacia su pecho y se lo recorrió con los dedos. Lo tenía completamente limpio, totalmente liso. ¡Las cicatrices que Potter le había hecho con el sectumsempra ya no estaban ahí! ¡Habían desaparecido!
Después de unos momentos de tocarse y buscarse para comprobar que, en efecto, ya no le quedaba ninguna, Draco se rascó la barbilla. Aquello era rarísimo. En su otra vida, Draco había intentado por diversos medios borrarse aquellas cicatrices sin conseguirlo. ¿Cómo lo había logrado ahí? No tenía idea. Quizá... quizá podría preguntárselo a alguien.
Se apresuró a vestirse y salió de su cuarto rumbo a su despacho, el cual lo recibió con la increíble destrucción que Draco había hecho la tarde anterior antes de que se lo llevaran a San Mungo. Suspiró, sacó su varita y se puso manos a la obra. Invirtió un buen rato y una considerable cantidad de magia para dejar de nuevo entero cada hoja y cada pergamino destruido o maltratado. Reparó también algunas otras cosas que había quebrado y, cuando finalmente terminó, tomó papel de carta, tinta y pluma y garabateó una breve nota con la pregunta que le estaba picando la curiosidad.
—¡Ashy! —exclamó, cuando terminó. Su elfo sirviente se apareció, hizo una reverencia y miró de nuevo a Draco. Levantó un dedo hacia él y abrió la boca como deseando decir algo, pero Draco lo interrumpió—: Ashy, lleva esta carta al aviario y mándala vía lechuza al sanador Banks en San Mungo.
Ashy tomó la carta y volvió a inclinarse.
—Sí, mi amo Draco —dijo y se desapareció.
Draco suspiró y se sentó ante su escritorio para ponerse a trabajar; la verdad era que lo único que le apetecía era salir de ahí a buscar al bebé para pasar tiempo cerca de él o, en su defecto, buscar a Potter para tratar de reconciliarse, pero la cuestión era que también en esa vida tenía obligaciones y negocios que atender, así que se dispuso a terminar primero con ello. Después de un largo rato batallando con el desorden que él mismo había causado, descubrió lo duro que era hacer todo él solo, y valoró y extrañó la ayuda y la presencia de Ethel, la secretaria que, en otra vida, estaba siempre ahí dispuesta y servicial. Recordó la manera tímida y triste en que ella le había deseado felices fiestas la última vez que se habían visto, y el remordimiento le picoteó la consciencia. ¿Por qué siempre había sido tan caradura con ella? Ni siquiera le había dado un bono navideño, ¡qué pésimo jefe había sido siempre!
Meneando la cabeza, se concentró en el trabajo. Leyó informes, reportes y cartas de índole comercial; actividad en la que invirtió bastante tiempo pues estaba muy atrasado. Escribió cartas para los compradores del viñedo con la esperanza de finalizar aquella venta. Investigó un poco hasta encontrar información acerca de la tribu de indígenas americanos que estaban en querella con el yacimiento de petróleo en Texas y les escribió una larga carta donde expresaba el deseo de ponerse en contacto de manera personal para ver a cuál arreglo podían llegar y qué podía hacer por ellos si es que al final los Malfoy adquirían aquel pozo. Al terminar, dejó todas esas cartas en su bandeja de pendientes para salir más tarde a enviarlas a través del correo muggle. Así como echó de menos a Ethel, también extrañó el uso de un teléfono y de una computadora conectada a Internet. Joder, no tenía idea de cómo su otro yo podía arreglárselas sin esos aparatos, eran totalmente necesarios especialmente cuando te dedicabas a hacer negocios con muggles. Caviló en comprar uno de cada uno; después de todo, no tenía idea de cuánto tiempo iba a pasar realmente en esa vida y sentía que no podía estar sin ellos... Ya se las ingeniaría para hacerlos funcionar si es que, acaso, la magia siempre presente en la mansión ocasionaba interferencias.
Hablando de interferencias...
Draco giró su sillón ejecutivo para volver a echarles un vistazo a las fotos que estaban en la repisa del ventanal detrás de él, fijándose especialmente en aquellas donde aparecía con Weasley y Granger. Las admiró mientras se frotaba la barbilla, pensativo. Esas imágenes, más lo que les había escuchado decir a aquellos dos mientras se fingía dormido en San Mungo, daban clara muestra de que el Draco de esa vida sostenía una relación cercana con ellos, especialmente con Granger. ¿Sería posible? ¿Cómo Draco y ella podrían haberse hecho amigos así de cercanos?
Meneó la cabeza, sintiéndose ya un poco harto de tanto misterio y dudas que no podía resolver porque el cabrón del Draco que vivía ahí no le había dejado un diario o algo parecido que le hablara del pasado. Suspiró y siguió revisando las fotos. Tomó esa donde estaba él con Eltanin recién nacido y sonrió triste. Lo que daría por saber lo que había sentido aquel día al ver nacer a su hijo. O sea, había muchas cosas en esa vida que le hubiera gustado experimentar, pero era eso, especialmente eso, lo que más curiosidad y añoranza le causaba. Un cariño y agradecimiento hacia Pansy por haber sido ella el vehículo desinteresado para que Draco pudiera ser padre, se adueñó de su ser. Intentó con todas sus fuerzas no pensar en lo cruel que había sido con ella esa última vez que la había visto en su vida real...
Dos lechuzas llegaron ante la ventana cerrada y aletearon con violencia, peleándose entre ellas por ser la primera en entrar. Draco, cogido totalmente por sorpresa, casi se caga del susto y poco faltó para que soltara la fotografía. Maldiciendo entre dientes, dejó el marco en su sitio, se levantó del sillón y abrió la ventana. Ambas lechuzas, una de ellas de las oficiales del Ministerio, le dejaron sendas cartas y se fueron por donde llegaron.
Una era del sanador Banks y la otra de Hermione Granger, ni más ni menos. Draco frunció el ceño y abrió primero la del sanador.
"Querido Draco.
Me temo que no entiendo tu pregunta. Que yo recuerde, tú jamás has tenido cicatrices en ninguna parte de tu cuerpo, menos en el pecho, y menos así de extensas como mencionas. Hasta donde puedo recordar (y mira que he estado al pendiente de tu salud desde que naciste), no puedo asociar ningún evento donde alguien te haya atacado con magia negra y te haya hecho heridas como las que me describes. Incluso revisé tu expediente para asegurarme de que la memoria no me fallaba.
¿No has contemplado la posibilidad de que sólo hayas tenido un mal sueño? Tal vez no sería mala idea de que tú también, como Harry, sacaras una cita con un sanador del Ala Adjunta a la sala Janus Thickey. No tiene nada de vergonzoso admitir que a veces puede necesitarse ayuda profesional, ¿no lo crees?
Quedo a tus órdenes para lo que necesites.
Sanador A. Banks."
Draco arrugó muchísimo más el entrecejo al terminar de leer esa misiva. Dejando de lado que el sanador Banks acababa de insinuarle que estaba loco y que era buena idea que sacara una consulta psiquiátrica mágica, no podía ser posible lo que le estaba diciendo acerca de las cicatrices, ¿o sí? ¿Sería acaso que...?
De pronto, cayó en cuenta de algo y se dejó caer de culo en el sillón, impresionado. ¿Sería posible que, en esa realidad, Potter nunca lo hubiera atacado con el sectumsempra y por eso Draco jamás había tenido aquellas heridas? Abrió mucho la boca y soltó un jadeo asombrado, repasando en su mente lo que había sucedido entre Potter y él durante aquella ocasión en un baño de Hogwarts mientras Draco había estado hablando con Myrtle La Llorona y lloraba a su vez, desconsolado y muerto de miedo porque creía que fallaría en su misión de asesinar a Dumbledore. Había algo, un detalle que con el pasar de los años había sepultado muy hondamente en sus memorias hasta casi olvidarlo, y era que justo antes de darse la vuelta y atacar a Potter, Draco había tenido la breve idea de hablar con él para pedirle su ayuda.
JO-DER.
Se llevó las manos a la boca para sofocar la exclamación de sorpresa que casi deja sus labios. ¡Esa era la respuesta! ¡La había encontrado después de tantos días de preguntárselo! ¡Esa había sido la decisión que tomó de diferente manera en aquel mundo, la razón por la que todo había cambiado tanto! Una puta decisión que él había tomado, con apenas algunas fracciones de segundo para pensarlo bien, cuando apenas tenía dieciséis años y estaba acorralado porque el Señor Oscuro los tenía amenazados a él y a sus padres. Y en realidad tenía sentido, si lo pensabas bien. Por eso TANTAS cosas habían cambiado, TANTAS cosas diferentes habían pasado, porque, esa famosa decisión de los cojones había sucedido de modo distinto a etapas tan tempranas de su vida.
E involucraba a Harry Potter.
Sin pensar en lo que hacía, Draco se retiró las manos de la cara y se las llevó al pecho, recordando como si fuera ayer el lacerante dolor que le habían producido esas heridas y lo rápido que lo habían desangrado hasta casi matarlo. Snape le había explicado después que esa maldición era como una espada maniobrada con extrema maestría en manos del atacante, tan así que por lo regular siempre era mortal. Draco había estado a un pelo de morir a manos de Potter, y durante muchos años nunca dejó de preguntarse qué habría pasado con éste, con los padres de Draco y con la guerra, si hubiese sido así.
Apretó la tela de su camisa entre sus puños tan duro que casi se pellizcó la piel, mientras continuaba pensando.
Entonces, si en esa realidad Potter no lo había atacado, era porque Draco tampoco lo había hecho primero. Lo que significaba que le había hablado. Le había pedido su ayuda. Arqueó las cejas y abrió mucho los ojos. ¿En serio había sido capaz de ello? Ahora, mirándolo en retrospectiva, le parecía un acto de lo más valiente, de lo más sensato. Había sido una salida mucho más sencilla voltear y atacar a Potter con la esperanza de que el otro acabara con él y, aparentemente, su yo de esa realidad había conseguido lo que él jamás: vencer el miedo al rechazo.
Apretó una mano contra la otra y se las llevó a la boca. Intentaba visualizar la escena ahora que creía saber qué era lo que en verdad había ocurrido, y moría de ganas de poder conocer cuál había sido la reacción de Potter a su petición de ayuda. Los ojos se le humedecieron cuando cayó en cuenta de que ese acto de valentía de su parte había sido no sólo lo que, un par de años después, lo había unido a Potter como pareja sentimental, sino que también había salvado la vida a Lucius. Y reconciliado a Narcisa con su hermana, y le había dado a Draco muchos amigos leales y presentes.
Y un hijo.
Cerró los ojos muy apretados y se frotó la frente con los dedos de una mano. De pronto, pensar en todo aquello estaba resultando demasiado doloroso y triste. Además, para empezar, ni siquiera estaba seguro. Ya se encargaría de hacer algunas averiguaciones entre la gente que vivía en esa casa, o entre sus amigos. De algún modo, le sacaría la sopa a alguien y, así, se aseguraría.
Para distraerse, estiró la mano y cogió la carta de Granger. Ella escribía:
"Querido Draco,
De todo corazón, espero que no estés molesto ni conmigo ni con Harry por lo que sucedió entre ayer y hoy. (Ron nunca estuvo de acuerdo, hay que concedérselo). No obstante, quisiera verte en persona para pedirte disculpas como debe ser. ¿Puedo autoinvitarme a cenar en tu casa esta noche? Tengo, además, una botella de whisky muggle muy fino y costoso que mis padres quieren obsequiarle a tu padre, así que creo que será una excusa excelente.
Sin más por el momento, me despido. Te mando un gran abrazo.
H.G.W."
Draco no podía abrir más los ojos del asombro porque, de veras, no podía. Y pensar que se le había ocurrido que ya nada en aquella vida podría sorprenderlo más. Porque podía entender que haberle pedido ayuda a Potter cuando todavía estaban en Hogwarts fue la manera en que se había acercado a él, pero, ¿a Granger? ¿A los padres de Granger? ¿Cómo, en nombre de todo lo sagrado, había ocurrido aquello?
Dejó la misiva de Granger sobre el escritorio y pensó detenidamente en cómo sería una cena ahí en la mansión con ella presente. Pero, si era sincero con él mismo, lo que más temía era una conversación a solas con ella porque, Draco sabía, esa mujer era demasiado inteligente. Draco intuía que no podría engañarla tan fácilmente como había estado haciéndolo con todos los demás.
Suspiró y se encogió de hombros. Ya tendría que pensar en ello más tarde. Echó un vistazo al reloj de pared que estaba sobre uno de los muros y decidió dejar el trabajo en paz por ese día.
—¡Ashy! —El elfo volvió a aparecerse y, de nuevo, miró a Draco con gesto extraño, como si quisiera decirle algo. Draco sintió curiosidad, y le preguntó—: ¿Hay algo que necesites informarme?
El elfo pareció sentir el alivio de su vida. Asintió enérgicamente mientras comenzaba a lloriquear y hacía aparecer algo en la palma de su mano. Le ofreció aquella cosa pequeña y Draco, azorado, se agachó para ver qué era.
Era la argolla de matrimonio que se había quitado.
La tomó mientras Ashy suplicaba:
—¡Se lo pido, mi amo, que no se enoje con Ashy por haber tenido en su posesión esta joya del amo! ¡Ashy la encontró en un abrigo que pensó era ropa sucia para limpiar y no sabía qué debía hacer! ¡Ashy pide perdón!
Draco pasó saliva mientras admiraba el anillo de oro, el cual relucía con la luz moribunda del atardecer. Se había olvidado completamente de él. Y ahora entendía por qué Potter se había vuelto a enfadar cuando se habían encontrado ahí en la puerta de su cuarto hacía unas horas. Pues claro, seguro me vio la mano y se dio cuenta de que continuaba sin ponerme la argolla...
Emocionado sin estar seguro de por qué, hizo algo que nunca había hecho antes: le dio un par de palmaditas al elfo en la cabeza.
—Está bien, Ashy. No te preocupes. Hiciste bien en guardarla y dármela de vuelta. No estoy molesto y no voy a castigarte. Ahora, necesito preguntarte, ¿en dónde está el bebé Eltanin en este momento?
Ashy no podía parar de llorar, pero ahora de agradecimiento.
—Está en el salón de juegos, mi amo Draco Malfoy. ¡Gracias, amo! —exclamó y se desapareció, dejando a Draco un tanto confuso. Hasta donde él recordaba, el salón de juegos de la planta baja era un sitio muy poco apto para niños pequeños: era una sala de estar bastante sobria con una mesa de billar y otras mesas de juego, decorada y amueblada pensando en la diversión de hombres adultos, no en la de un bebé. Bueno, pensó, quizá alguien está pasando el rato ahí y se llevó a Eltanin para darle su biberón o algo así. Se encogió de hombros, se guardó la argolla en un bolsillo de su túnica y salió de su despacho.
Bajó las escaleras de mármol y, asegurándose de que nadie andaba por ahí que pudiera verlo, hizo un rodeo. Recorrió el salón de trofeos como si buscase algo con el afán de llegar hasta la galería este y volver a pasar por aquel retrato que había descubierto hacía apenas unas horas cuando caminó con Pansy por ahí. Pasó frente a él y caminó lentamente hasta detenerse por completo. Perdió minutos enteros ahí de pie, bebiéndose con los ojos aquella imagen tan irreal, todo porque mirarla le producía una satisfacción, un anhelo y una curiosidad que jamás había experimentado. En esa pintura, Potter estaba vistiendo una suntuosa túnica en colores verdes y plateados (los colores de Slytherin), los cuales le quedaban muy bien y combinaban con sus ojos, y Draco sintió una extraña emoción al suponer que lo había hecho como una especie de homenaje a la casa de su esposo. El Draco y el Potter del retrato apenas sí le hacían caso a él: se lo pasaban todo el tiempo viéndose entre ellos y lanzándose las más ardorosas miradas. La posibilidad de experimentar un amor así de pasional y fuerte por alguien provocó que un dolor le subiera por el pecho. Él jamás había tenido algo así en su vida real. De hecho, había huido siempre de tener nada serio con nadie, muerto de miedo de abrirse ante otra persona y quedar expuesto, con riesgo a salir lastimado, a salir herido. Pero ahí, en esa vida... Se había atrevido a tanto.
Envidió y odió al Draco de esa realidad por ser más valiente de lo que él nunca sería.
Repentinamente enojado, Draco se dio la media vuelta y se alejó por la galería rumbo al salón de juegos que quedaba al extremo oeste de la casa.
Iba decidido a no regresar jamás a mirar aquel retrato.
El salón de juegos no podía estar más cambiado de como Draco lo recordaba si lo hubiesen tirado todo y vuelto a levantar. Era, sencillamente, otra habitación.
Draco se introdujo en ella y soltó un silbido impresionado, sonriendo mucho. Aquel cuarto había dejado muy atrás el concepto "salón para la diversión del macho" para pasar a ser el paraíso que cualquier niño pequeño podía desear tener en su casa. De hecho, era como un parque de diversiones en miniatura: tenía un carrusel, resbaladillas, corrales llenos de juguetes de todo tipo, estanterías repletas de animales de peluche y libros infantiles para toda etapa de vida de un pequeño. Además, estaba decorado con motivos infantiles, por supuesto, y pintado con colores pastel. Era hermoso.
Un grito de Eltanin lo sacó de su observación. Con una sonrisa en la cara, Draco buscó por el salón y localizó al bebé. Éste estaba sentado sobre la alfombra, rodeado de juguetes de colores brillantes con diferentes formas geométricas. Pero, ¿quién lo estaba cuidando?
Draco se acercó al sitio y se dio cuenta de que había alguien ahí a quien no había podido ver porque le quedaba oculto a la vista por culpa de un sillón. Era Harry Potter, quien, recostado en el suelo sobre un montón de cojines con formas de animales, jugaba con Eltanin para ayudarlo a insertar aquellas figuras en una gran pelota que, mágicamente, tenía agujeros de todos los tamaños adecuados.
Draco se detuvo en cuanto vio a Potter y se quedó quieto, incierto. Potter dejó de jugar con el bebé y se giró a verlo. Draco se sintió descorazonado cuando Potter le obsequió una mirada muy desagradable.
—Ah, eres tú —masculló Potter, girándose de nuevo hacia el bebé—. ¿Quieres pasar tiempo con Eltanin? Puedo irme y dejártelo. —Miró un reloj de oro muy viejo y abollado que tenía en la muñeca y agregó—. De cualquier manera, ya casi es hora de cenar.
Draco caminó hacia ellos, lo pensó durante un momento y se sentó sobre la alfombra, muy cerca de Potter. Eltanin se alegró mucho de verlo: comenzó a soltar grititos de placer y a ofrecerle los juguetes que tenía en las manitas.
—No te vayas, Harry —susurró Draco, de nuevo obligándose a que el nombre de pila de Potter le saliera natural. Le costaba todavía—. Quiero mostrarte algo.
Potter se quedó azorado, mirándolo. Había estado a punto de incorporarse antes de que Draco se sentara, así que se quedó muy quieto en su lugar, esperando. Tenía en los ojos un brillo de ilusión y expectativa que provocó que Draco sintiera un retorcijón en el estómago. Eltanin, al ver que su papá no tomaba los juguetes que le ofrecía, pareció cambiar de idea y comenzó a intentar meterlos en los agujeros equivocados de la pelota que tenía frente a él.
Draco se sentía muy nervioso, pero se dio valor al recordar que el maldito Draco de esa vida aparentemente tenía más cojones que él mismo. Así que, nada dispuesto a dejarse ganar, sacó la argolla de su bolsillo y se la mostró a Potter. Éste la miró, asustándose.
Draco negó con la cabeza.
—No, estúpido —le dijo, sonriendo para suavizar el insulto—. No estoy devolviéndotela. Mira...
Estiró los dedos de su mano izquierda y, con la mano derecha, se colocó la argolla de nuevo en su sitio. Los pelos de la nuca se le erizaron un poco y una sensación cálida recorrió su cuerpo. Jadeó, dándose cuenta tardíamente de que la argolla estaba impregnada de la magia de Potter. Se observó la argolla puesta en su dedo durante unos segundos y, luego, bajó la mirada hacia la mano izquierda del otro mago, preguntándose si la argolla de Potter tendría entonces la magia de él.
Finalmente, se atrevió a mirar a Potter a los ojos. Éste lo estaba viendo con una expresión indescifrable, pero que parecía más tristeza que otra cosa.
—Ajá. ¿Y? —dijo finalmente Potter con voz rota—. ¿Qué estás queriendo decirme con esto?
Draco sintió que volvía a enojarse, pero luchó para combatir ese sentimiento. Eltanin, a su lado, continuaba jugando solo, feliz de la vida.
—Lo que quiero decirte es que no quiero divorciarme. Quiero continuar casado contigo —agregó con la voz un tanto hastiada porque eso tendría que haber sido obvio para Potter, ¿qué no?
Potter asintió y arrugó el gesto, como diciendo "Ya veo". Entonces, para enorme desencanto de Draco, se puso de pie, se sacudió la ropa como para quitarse el polvo y dijo con voz hueca sin mirar a Draco a los ojos:
—Voy a adelantarme para ver si Narcisa necesita ayuda con la cena. Te quedas con el bebé, ¿de acuerdo?
Y así, sin más, salió del salón de juegos sin mirar atrás.
Draco lo vio irse con la boca completamente abierta. El bebé hizo ruiditos para llamar su atención, y eso ayudó a que su enojo por el desplante recién sufrido aminorara con rapidez. Suspiró y se giró hacia el niño.
—Bueno, es evidente que tu papá no va a ponerme las cosas fáciles, ¿eh? —murmuró mientras se ponía de pie y luego se agachaba para levantar a Eltanin. Se dio cuenta de que ya se le hacía mucho más sencillo abrazarlo y que ya podía hacerlo con más naturalidad y habilidad.
Caminó con el bebé hacia la puerta que conducía al corredor, sintiendo que la dignidad mancillada por el rechazo de Potter le palpitaba como herida punzante. Demonios, pero es que tendría que haberse imaginado que Potter sería así de orgulloso. Tendría que haber supuesto que un simple "discúlpame, la cagué" no le bastaría. ¿Y cómo no iba a ser Potter así? Después de todo, se trataba, ni más ni menos, del Niño-que-vivió, del vencedor del Señor Oscuro, del domador de dragones, basiliscos, dementores y quién sabía cuántas cosas más. Del jugador de quidditch más joven en...
Draco se detuvo de pronto y sonrió ampliamente, sintiéndose provocado. Sintiendo que le subía por el cuerpo el calor del espíritu competitivo que siempre lo había unido a Potter durante toda su historia; aquel que había llevado a Draco a convertirse en el buscador del equipo de quidditch de Slytherin apenas en su segundo año, aquel que lo había impulsado a continuar tratando de reparar el armario evanescente una y otra vez durante todo un año completo sin desfallecer... Potter había sido un cabrón temerario toda su vida y esa actitud, de cierta forma, siempre había impulsado a Draco a tratar de superarlo aunque al otro no le importara ni lo volteara a ver.
Esa vez, no iba a ser la excepción.
Draco casi podía imaginarse a Potter parado ante él, burlándose de él, preguntándole:
¿Miedo, Malfoy?
—Más quisieras, Potter —susurró Draco sin poder dejar de sonreír maquiavélicamente.
Iba a ponerse creativo, a pensar en una manera de pedir perdón que derritiera al otro sin remedio. Iba, tal como le había sugerido Pansy, a usar "su encanto natural y magnetismo animal" para que al otro no le quedara más remedio que volver a estar loco por él. Iba a reconquistar a aquel cabeza de chorlito, costara lo que costara, así fuera lo último que hiciera en esa vida.
Abrazó muy apretado a un entusiasmado Eltanin y celebró su resolución dándole a éste un muy sonoro beso en la regordeta mejilla. Eltanin soltó un grito de alegría y Draco reanudó su camino hacia el comedor sin ni siquiera pararse a pensar que era la primera vez en todo ese tiempo que le daba un beso a ese bebé.
