Capítulo 8. El club infantil londinense de quidditch

En cuanto Draco despertó, hizo lo mismo que venía haciendo cada mañana desde que estaba en esa realidad: preguntarse si ya habría regresado o si continuaría todavía en "el vistazo". Se incorporó sobre la cama y miró hacia el tocador que tenía las fotografías que le brindarían esa respuesta. Aun con los ojos entrecerrados y la visión nublada por el sueño, pudo distinguir a Potter y a Eltanin en las imágenes.

Continuaba en el vistazo. Por alguna razón, descubrir eso lo tranquilizó.

Se dio cuenta de que, ante él, se abría la completa posibilidad de reconciliarse con Potter y, quizá, de pasar algunos buenos momentos a su lado y al de Eltanin antes de volver a su realidad. Una emoción desconocida le llenó el pecho ante ese pensamiento. Suspirando profundamente, se dejó caer de nuevo encima de las almohadas y pensó en todo lo que había vivido, visto y escuchado el día anterior. Recordó a Granger y a sus consejos, y decidió que dejaría todo de lado, incluyendo a su trabajo, para dedicar cada momento de los días que le quedaban ahí a tratar de enmendar su metida de pata con Harry Potter.

Se levantó, se duchó y se puso guapo. Al terminar de arreglarse, perdió unos segundos observando la argolla de oro en su dedo y percibiendo la cálida y agradable magia de Potter emanando de ella y atravesándole la piel. Sonrió triste.

—¡Ashy! —llamó entonces a su elfo, quien se apareció de inmediato y lo saludó con una reverencia—. Ashy, por favor, dime qué es lo que suelen hacer los integrantes de esta familia el día jueves, especialmente Harry Potter y... yo.

A Ashy no pareció extrañarle la pregunta.

—El amo Harry Potter se va a su trabajo de nueve de la mañana a dos de la tarde, amo Draco. Mientras tanto, el amo Draco suele estar en su despacho trabajando o cuidando al amito Eltanin. Si no es el amo Draco quien está con el amito, entonces suele ser la ama Narcisa quien lo cuida. Algunos días de la semana, incluyendo el jueves, la señorita Pansy Parkinson pasa por la mansión de los amos para llevarse al amito Eltanin con ella, a desayunar y a pasear al parque. El amo Lucius Malfoy suele pasar tiempo cerca del ama Narcisa, acompañándola. Después...

Draco interrumpió al elfo.

—Basta, Ashy, con esa información es suficiente por ahora. —Miró su reloj: ya casi eran las nueve. Seguramente Potter ya se había levantado y largado a sus ocupaciones. Draco maldijo entre dientes. Había tenido la esperanza de desayunar con él. Tendría que comenzar a levantarse más temprano.

Salió de su cuarto y caminó lentamente hacia las recámaras de su hijo y esposo. Ambas puertas estaban cerradas y no se escuchaban ruidos. Ashy continuaba acompañando a Draco, así que éste aprovechó para preguntarle:

—¿Quién está con Eltanin en este momento?

—La ama Narcisa Malfoy le está dando de desayunar en el salón desayunador. La señorita Pansy está acompañándolos, amo Draco. ¿Quiere el amo Draco que Ashy haga algo más?

Draco había llegado hasta la puerta del cuarto de huéspedes que Potter estaba ocupando. Tomó el picaporte con la mano y se quedó ahí parado, dubitativo.

—Potter no está aquí, ¿o sí? —le preguntó a Ashy. El elfo negó con la cabeza—. Bien. Ya puedes irte.

El elfo se fue y Draco giró la perilla y entró lentamente a aquella habitación.

La cama estaba pulcramente tendida y, por alguna razón, Draco estuvo seguro de que no habían sido los elfos sino el mismo Potter el encargado de arreglar su cama antes de salir. Draco recordaba haber escuchado todo tipo de rumores acerca de la vida de Potter cuando fue niño y adolescente con aquellos muggles horribles que lo habían criado (y a quienes Draco había echado más de un vistazo lleno de morbosa curiosidad dos o tres veces en la estación King Cross), y se acordaba haber oído que esa familia se había atrevido a tratar a Potter peor que a un elfo doméstico, obligándolo a limpiar y cocinar.

Algo le punzó en el pecho ante el pensamiento.

Llegó a paso lento hasta la cama y tocó la almohada con los dedos de la mano. Aspiró profundo y creyó alcanzar a percibir un poco del aroma de Harry Potter: era un perfume varonil y fresco que, durante las pocas veces que había estado cerca de él, había registrado para siempre en su memoria. Suspiró y se alejó de la cama. Echó un vistazo alrededor y notó, con alegría, que Potter no había desempacado ni guardado su ropa en el armario de aquel cuarto: sus prendas continuaban ocupando el espacio de su baúl. Sonrió; estaba convencido de que esa era una buena señal. Quizá quería decir que Potter en el fondo no deseaba quedarse ahí, que lo que deseaba era regresar a la misma recámara con Draco.

O quizá está planeando dejarte pronto y mudarse a otro lado, le dijo, implacable, aquella voz burlona dentro de su cabeza que sonaba idéntica a la de Severus Snape.

Negando con la cabeza para sacarse ese pensamiento, Draco caminó hasta el tocador donde notó algunas cosas personales desperdigadas. Revisó por encima, muerto de curiosidad por conocer lo más que pudiera del héroe. Entre otras pocas y humildes pertenencias de Potter, Draco notó el reloj de oro que le había visto en la muñeca el día anterior y que, según le había contado Granger, era de un gran valor sentimental para Potter. Draco supuso que se lo quitaba antes de irse a su trabajo por razones obvias: no quería perderlo o dañarlo en medio de los entrenamientos.

Dudó por algunos segundos, pero entonces, se armó de valor y tomó aquel maltratado reloj entre sus dedos para observarlo de cerca. No pudo evitar sonreír mucho ante la vista de aquella joya tan desastrosa. Hacía casi diez años que se la habían regalado los Weasley a Potter, y Draco no tenía idea si ya había estado así de abollada desde entonces o si había sido el mismo Potter quien, obviamente sin tener conocimiento de cómo cuidar joyas de gran valor, había maltratado tanto el reloj sin que se le ocurriera jamás darle algo de mantenimiento. El oro estaba opaco y no brillaba en absoluto. Una de las manecillas ya estaba suelta y danzaba por adentro de la esfera de cristal del reloj; la pulsera ya tenía varios tornillos flojos. Draco le dio la vuelta y miró el grabado que tenía detrás: decía "Fabian Prewett, 1967" con letras muy borrosas. Draco arqueó una ceja. Había escuchado hablar de ese mago y de su hermano, ambos asesinados por mortífagos en la Primera Guerra, tal como Granger le había contado.

Se frotó la barbilla al tiempo que se le ocurría una idea.

Pero... "No hagas nada por Harry sin preguntarme primero", resonó la advertencia de Granger en su cabeza. Casi deja salir un gemido de fastidio. ¿En serio tenía que estarle pidiendo permiso para todo lo que se le ocurriese hacer?

—Qué diablos —masculló entonces Draco, intentando asegurarse a él mismo que aquello no era una mala idea en absoluto, que no tenía tiempo que perder porque Potter regresaría en pocas horas a buscar ese reloj, y que Granger no lo sabía todo de manera infalible ni estaba todo el tiempo en lo cierto, tal como ella lo pensaba.

Convenciéndose de todo eso entonces, Draco salió del cuarto de Potter con ese reloj en la mano. Fue a buscar a su madre, a Eltanin y a Pansy para saludarlos, desayunar algo rápido y asegurarse de que ellas dos podrían cuidar al bebé lo que restaba de la mañana. Finalmente, se puso abrigo y guantes, sacó su varita y se desapareció con rumbo al callejón Diagon.


Después de haber charlado con el anciano señor Kline durante un rato y haber llegado a un acuerdo, Draco notó la chimenea que el mago tenía en su tienda de antigüedades y se le ocurrió algo.

—Señor Kline, ¿puedo suponer que su chimenea está conectada a la red? —le preguntó, acercándose a ella y mirando el pequeño recipiente con polvos flu que estaba en la repisa. Ante el gesto afirmativo del hombre, Draco añadió—: ¿Me permitiría usarla?

El señor Kline lo miró extrañado, pero asintió con la cabeza.

—Adelante, joven Malfoy. Sírvase usted mismo.

Draco le agradeció con un gesto de cabeza y tomó un puñado de polvos. No estaba seguro de que eso fuera a funcionar, pues ni siquiera le constaba que el sitio al que quería ir contara con chimenea. Pero era intentar eso o ir al Ministerio a pedirle ayuda a Granger para llegar ahí, y no quería perder más el tiempo. Echó los polvos flu al hogar encendido, dio un paso hacia las llamas verdes, y exclamó:

—¡Club infantil londinense de quidditch!

Draco comenzó a girar dentro de la chimenea y ésta se lo tragó, transportándolo en cuestión de segundos a otro sitio que, si no era ese club, podía ser cualquier otro lugar en Inglaterra (la ineficacia de la red flu y la facilidad con la que podías salir en la chimenea equivocada, todo golpeado y lleno de hollín, eran los motivos por los que nadie tenía a ese método de viaje como su predilecto). Finalmente, Draco dejó de dar vueltas y otra chimenea diferente lo expulsó hacia un enorme salón comedor de una casona muy vieja y un tanto fea. No había nadie ahí, así que Draco, medio aturdido, dio un par de pasos para explorar, inseguro de si habría llegado al sitio correcto o no.

Bastó una rápida ojeada para creer que sí lo era: el comedor no tenía sólo una mesa sino varias pequeñas rodeadas de muchas sillas de madera, lo que le daba al sitio el aire de una posada y no de una casa particular. Además, el lugar lucía bastante impersonal y vacío, y los pocos adornos colgados en las paredes tenían todos como temática principal al quidditch. Draco se giró hacia atrás y terminó de comprobarlo: encima de la chimenea pendía un viejo letrero de madera con letras en azul que rezaba "Club Infantil Londinense de Quidditch", el cual estaba rodeado de diversas fotografías con equipos de niños en uniforme acompañados del entrenador en turno. Harry Potter aparecía en un par y Draco sonrió al verlo. En la repisa de la chimenea estaban unos pocos trofeos de campeonatos ganados, y Draco arqueó una ceja al comprobar que todos ellos eran de fecha reciente. Seguramente, torneos ganados gracias a Potter, pensó.

Draco se guardó un suspiro de alivio. Había llegado al sitio correcto. Menos mal. Se emocionó al darse cuenta de que vería a Potter volar, aunque fuera mientras éste dirigía los esfuerzos de una panda de mocosos. Imaginó que se encontrarían entrenando en el exterior, y con eso en mente, buscó una puerta por donde salir. Caminó a lo que parecía ser una sala con grandes ventanas que daban hacia un jardín blanco por la nieve, y ahí encontró una salida. Estaba por llegar a la puerta, cuando una voz lo sobresaltó.

—¡Señor Malfoy! —dijo una mujer detrás de él. Draco se giró sorprendido y vio a una bruja regordeta de mediana edad que se acercaba con una gran sonrisa—. ¡Qué gusto recibir su visita! ¡Tenía meses que no venía! ¿A qué debemos el honor? ¿Alguna razón en especial o sólo viene a ver a Harry trabajar con los niños?

—Sí, justamente eso último —afirmó Draco, comenzando a seguir a la bruja quien caminaba a paso veloz hacia la puerta. Llevaba un botiquín de primeros auxilios en la mano, así que Draco intuyó que se dirigía al campo de entrenamiento—. Tuve la mañana libre y se me ocurrió que podía venir a ver a Harry e incluso ver si puedo ayudar en algo.

La bruja le sonrió resplandeciente, aunque le dirigió una mirada un tanto extraña. Como si quisiera decirle algo bochornoso pero no se atreviera. Abrió la puerta y ella y Draco salieron al helado y blanco exterior.

—Es usted tan amable, señor Malfoy. De verdad no imagina el gusto que me da verlo. Ojalá… ojalá pudiera venir más seguido porque… ¡Bueno! Acompáñeme, por favor, Harry justo le acaba de dar al equipo un descanso porque su pequeña sobrina se cayó de la escoba y la estábamos atendiendo... ¡Oh no, no fue a una altura considerable, no se preocupe! Por suerte, la nena sólo se lastimó un poco la rodilla. Pero ya sabe cómo son los niños.

Draco frunció el ceño. ¿Sobrina, había dicho ella? No tenía idea a quien se estaba refiriendo. Mientras intentaba recordar si Potter tenía más parientes que él hubiese olvidado, caminó al lado de aquella bruja a través de un jardín trasero de lo que parecía ser una casona un tanto deteriorada en medio del campo, quizá, a las afueras de Londres. Estaba nevando levemente y soplaba un viento gélido. Draco se abotonó el abrigo y echó un vistazo alrededor. No se veían más casas a lo cerca y, aunque en ese momento todo estaba cubierto de nieve, Draco pensó que seguramente el sitio debía ser muy bonito y verde en el verano. La bruja con el botiquín atravesó un pequeño bosque, Draco la siguió, y entonces los dos salieron a un gran claro que estaba detrás de los árboles.

Ahí había bastante gente reunida a pesar del frío. Draco pasó revista a los rostros de todos con rapidez , buscando a Potter y observando detenidamente a los demás. Estaban al menos una veintena de niños y niñas de todas las edades vestidos con la misma túnica de quidditch azul con blanco que Draco les había visto puesta a Potter y a Teddy hacía dos días. También se encontraban ahí bastantes adultos vestidos con gorros, capas y abrigos; seguramente se trataba de los padres de familia. A un lado del campo de entrenamiento, donde los niños estaban en descanso y jugaban a arrojarse bolas de nieve entre ellos, estaba una zona con bancos de madera muy rústicos para los espectadores, y justo ahí era donde la mayoría de los adultos estaban congregados.

Potter, con su túnica de entrenador y su escoba a un lado, estaba de rodillas frente a uno de los bancos donde una pequeña niña de unos cinco o seis años de edad se encontraba sentada con una pierna al descubierto. Potter estaba revisándole la rodilla y le sonreía cálida y reconfortantemente. Al lado de ambos, una joven bruja envuelta en un esponjoso abrigo blanco los observaba con interés, y Draco supuso que sería la madre de la niña herida.

Draco, caminando todavía junto a la bruja que le había dado la bienvenida, no pudo evitar sonreír ante la escena. Potter se veía... Dios, era difícil pensarlo, pero Draco tenía que admitirlo. Potter se veía tierno y adorable ahí en medio de aquella nevada, sanando la rodilla golpeada de una pequeña niña.

Draco pasó saliva y sintió que comenzaba a sudar, repentinamente se había puesto muy nervioso. ¿Y si Potter no lo quería ahí y le exigía que se fuera por donde había llegado? ¿Qué haría en ese caso?

Miró a los otros adultos ahí reunidos, los cuales charlaban entre ellos y bebían líquidos calientes en recipientes herméticos. De pronto, comenzaron a notar su presencia, a sonreírle y saludarlo. Draco se extrañó bastante, ¿toda aquella gente lo conocía a él? Sin intención de parecer descortés, intentó corresponder a cada saludo con un asentimiento de cabeza y un gesto de la mano.

La bruja que lo acompañaba llegó hasta Potter y le pasó el botiquín.

—Gracias, Claudette —dijo Potter, y Draco tomó nota mental del nombre de la bruja.

Entonces, Draco, quien estaba tratando de ocultarse detrás de Claudette porque de pronto se sentía bastante cohibido e inseguro, escuchó que ella le decía a Potter:

—Ahí está todo lo que me pediste, Harry. Y además, mira a quién me encontré en el camino —añadió, moviéndose hacia un lado y dejando a Draco a la vista de Potter. Éste le dedicó una mirada llena de asombro y abrió mucho la boca. Para alivio de Draco, no parecía enojado—. Lo dejo aquí, señor Malfoy. ¿Gusta que le traiga una taza de té del comedor? Cortesía del club, por supuesto.

—Me encantaría, muchas gracias, Claudette —dijo Draco y asintió caballerosamente mientras la bruja le daba una gran sonrisa y volvía sobre sus pasos. Draco se atrevió entonces a mirar a Potter a la cara. Éste continuaba viéndolo con azoro—. Hola, Harry —susurró—, espero que no resulte inconveniente que haya venido a verte, digo... a ver.

Potter no dijo nada. No parecía saber qué decir. Para desencanto de Draco, ni siquiera le respondió el saludo. De pronto, quizá recordando las cosas horribles que Draco le había dicho, Potter frunció el ceño y se giró de nuevo hacia la niña, hablándole con voz suave mientras sacaba pomada desinfectante y unas venditas del botiquín para aplicárselas en la rodilla herida, procediendo a ignorar a Draco con gran soltura.

—¿Señog Malfoy? —preguntó entonces la bruja joven que estaba de pie junto a Potter, mirando a Draco con ojos divertidos—. ¿De vegas eguesDgaco Malfoy?

Draco, que no tenía idea de quién podía ser esa mujer que le hablaba con voz gutural y acento francés, afirmó con un movimiento de cabeza. Tuvo tiempo de admirarse pues esa bruja era extraordinariamente bella y, además, muy joven. A Draco le recordaba vagamente a alguien, pero no podía ubicar exactamente a quien.

—Con esto voy a dejarte tu rodilla como nueva —le dijo Potter a la niña, interrumpiendo los pensamientos de Draco. Pero la niña no le estaba haciendo caso a su entrenador: tenía los ojos clavados en Draco.

—Hola, tío Draco —lo saludó entonces la pequeña y Draco la miró. Era una niña muy bonita, de piel blanca, ojos azules y cabello platinado.

—Hola —le dijo, moviendo un poco la mano. Se dio cuenta de que la pequeña tenía la piel de la pierna descubierta totalmente erizada por el frío y que estaba temblando levemente. La nieve caía cada vez más abundante y helada. Draco, poniendo los ojos en blanco ante la inutilidad de todos los presentes, sacó su varita y lanzó un encantamiento imperturbable hacia arriba y a su alrededor. Y con eso, una burbuja mágica transparente los envolvió protegiéndolos de la nieve. Entonces, Draco le sonrió a la niña, le cerró un ojo y volvió a usar su varita, ahora para colocar un hechizo de calefacción ahí dentro del espacio libre de nieve y viento de su barrera invisible.

—¡Bgavo! —exclamó la mujer francesa, aplaudiendo—. ¡Qué gan mago egues, Malfoy!

Potter no dijo nada, pero Draco juraba haberlo visto poner los ojos en blanco. La niña miró a Draco y fue cuando éste notó que ella tenía los preciosos ojos empapados de lágrimas. Por tercera ocasión agitó su varita, ahora para aparecer una rana de chocolate (proveniente de las alacenas de la cocina de la mansión). Se la obsequió a la niña, ganándose una sonrisa de su parte.

—¡Gracias, tío Draco!

—¡Yo también quiero! —gritó Teddy de pronto, llegando en ese momento hasta ellos y estremeciéndose al verse envuelto en el calor de la burbuja con calefacción que había confeccionado Draco. Teddy miró a Draco con cierta aprensión pero, con toda desfachatez, extendió la palma abierta hacia él—. ¿Me das una?

Draco lo miró con fingido disgusto, pero la verdad era que no estaba enojado con Teddy, ¿cómo podría? El chicuelo le caía muy bien a pesar de no haber guardado su secreto; Draco encontraba que tenía mucho del carácter de los Black y eso era entrañable. Sin decirle nada al niño, Draco usó de nuevo su varita y apareció otra rana. Entonces, instantáneamente se corrió la voz: todos los demás niños se dieron cuenta de que el esposo rico del entrenador estaba ahí repartiendo ranas de chocolate y, en menos de cinco segundos, tuvo a todos los pequeños encima de él exigiéndole golosinas. Incluso un padre o dos también se le acercaron a pedirle un bocadillo.

Mientras Draco estaba rodeado de toda aquella exigente multitud, notó por el rabillo del ojo que Potter lo estaba observando y que, después de un momento, sonreía y se giraba hacia otro lado. Aquello le llenó a Draco el pecho de calidez y, de pronto, no pudo parar de sonreír. En un par de minutos hubo despachado a cada niño y adulto que se le acercó a pedirle algo; finalmente libre, se acercó de nuevo a Potter. Éste ya había terminado de curar a la niña bonita y ahora le acomodaba su pantalón para abrigarle la pierna.

—Listo, Victoire, ya terminamos. Ya puedes seguir jugando con los demás —le dijo Potter a la pequeña, quien se levantó de su asiento, abrazó a Potter y le dio un cariñoso beso en la mejilla.

—¡Gracias, tío Harry! —gritó ella mientras cogía su escoba infantil y corría a unirse a los demás niños del equipo.

Draco abrió la boca para decirle algo a Potter, cuando se vio interrumpido por la bruja de acento francés que había estado todo ese rato sólo de pie junto a ellos. Ella se acercó y le tendió una mano envuelta en un bonito y femenino guante de color plata.

—¿Pego, Malfoy, no te guecuegdas de mí? ¡Soy Gabguielle! ¡Cuánto tiempo sin vegte! ¿Cómo has estado?

Draco la miró. La chica se veía demasiado joven para ser madre de una niña de seis años; de hecho, Draco juraría que apenas tendría poco más de veinte. Se preguntó con curiosidad quién sería, por qué lo conocía y por qué tenía acento francés. La observó a la cara y se dio cuenta de que era tan hermosa como la niña: también rubia y de cabello platinado.

Aun sin tener idea de quién podría ser, presintió que era alguien importante en sus vidas. Así que tomó la mano que aquella joven bruja le ofrecía, pero, en vez de estrechársela, se la giró y le dio un delicado beso en el dorso.

Mademoiselle —le dijo—. Estoy extasiado de volverla a ver.

Potter, quien ya se había comenzado a alejar junto con los niños, fue testigo de la escena y regresó a ellos con gesto extrañado.

—¿De verdad te acuerdas de Gabrielle, Draco, o sólo estás jugando? —le preguntó—. Con eso de que últimamente tienes tan… mala memoria —añadió con tono sarcástico y mirándolo con recelo.

Draco suprimió las ganas de contestarle algo peor y comenzar a pelear. Lo que hizo fue sonreír y decir:

—Sería imposible olvidar semejante belleza.

La chica se sonrojó y se rió y Potter miró a Draco con los ojos entrecerrados, como dudando si tomárselo en serio o no.

—Pues sí que tienes buena memoria, entonces. Yo hubiera jurado que no veías a Gabrielle desde la boda de Fleur y Bill y vaya que ha cambiado. En aquel entonces todavía era una niña.

Draco escuchó todo lo dicho por Potter y trató de atar cabos con rapidez. ¿Fleur y Bill? Draco no tenía idea de quién podía ser "Bill", aunque sabía que uno de los hermanos mayores de Weasley se llamaba así. A quien sí estaba seguro de recordar, era a Fleur Delacour. Y ahora que hacía memoria, también recordaba a la hermana pequeña de ésta, quien la había acompañado a Hogwarts durante el Torneo de los Tres Magos. ¡Por eso le había parecido tan familiar! Draco arqueó las cejas, comprendiendo todo al instante. Entonces, Fleur, la hermana de Gabrielle, la famosa campeona de Beauxbatons, estaba casada con un Weasley y tenían, al menos, una hija llamada Victoire, quien era esa niña que los llamaba "tíos" a Harry y Draco. Muy bien. Entendido y anotado.

Draco le sonrió a la chica, recordando que en el Torneo ella había sido una niña pequeña, así que por esos días, apenas tendría que tener un poco más de veinte años. Ya decía Draco que se veía muy joven para ser mamá. La observó francamente impresionado: la chica era preciosa, quizá hasta más de lo que había sido su hermana. Muy alta, delgada y con el rostro angelical, irradiaba una belleza que era casi etérea. Draco echó un vistazo a su alrededor y constató que varios de los magos adultos ahí presentes estaban observándola sin recato y casi con la boca abierta. Las brujas, por otra parte, la miraban con recelo.

Sangre veela, se recordó Draco. Esa familia tenía sangre veela. Con razón.

—Eras hermosa de niña y ahora lo eres mucho más —dijo Draco, ganándose una mirada airada de parte de Potter. En cambio, la chica le sonrió ampliamente—. ¿Cómo está tu adorable hermana?

Gabrielle parecía encantada de sus atenciones.

—¿Fleug? Oh, excelentemente bien, gacias por pgeguntag, Malfoy. Vine a pasag las fiestas con ella y con Bill, y apgovecho paga dagles una mano con Victoige cada que puedo. Como hoy, acompañándola a entgenag. Así les damos opogtunidad a los togtolitos de pasag tiempo a solas, ¿vegdad, Hagy?

Draco miró a Potter y lo encontró sospechosamente sonrojado. Además, evitaba verlo a los ojos. Draco frunció el ceño, preguntándose el porqué… Se aclaró la garganta al tiempo que Claudette regresaba con una humeante taza de té caliente en las manos.

—¡Oh, qué agradable encantamiento imperturbable han colocado aquí! Me temo que cada minuto hace más y más frío, creo que se avecina una tormenta. En fin, su té, señor Malfoy —dijo, sonriéndole mucho a Draco y pasándole la taza. Entonces, Claudette miró a Gabrielle con los ojos entrecerrados y le dijo en tono brusco—: A usted no le ofrezco, señorita, porque supongo que puede dejar en paz al entrenador por un rato e ir a buscarlo por sus propios medios. Todos aquí le agradeceríamos que ya le permita a Harry irse a entrenar a los niños.

Draco abrió mucho los ojos ante ese comentario. Potter se sonrojó más y Gabrielle soltó una risotada.

—¡Oh, pego que mujeg tan bgomista es esta Claudette! —exclamó Gabrielle sin dejar de reír—. ¡Y luego dicen que los bgitánicos no tienen sentido del humog!

Claudette la miró con muy malas pulgas, se dio la media vuelta y regresó hacia la casa club.

Fue cuando Draco lo entendió. Entendió que era lo que estaba pasando ahí, entendió lo que Claudette no se había atrevido a contarle antes, entendió el motivo por el que Potter estaba todo sonrojado y se veía todo lo contrario a inocente. Con los ojos como platos y reprimiendo un jadeo de asombro, Draco observó a Gabrielle y la encontró totalmente quitada de la pena, echándose el fino y brillante cabello platinado por encima del hombro con una mano enguantada. Ella lo miró y le sonrió con todo el descaro del mundo.

Draco sintió que la sangre le comenzaba a hervir en las venas. Se giró hacia Potter y éste, evidentemente culpable, estaba evitando a toda costa mirarlo a los ojos.

—Nos vemos en un rato, entonces —farfulló Potter—. Me voy a entrenar con los chicos.

Y así nada más, sin mirar hacia Draco para nada, Potter se dio la media vuelta y salió de los límites del encantamiento imperturbable que Draco había colocado, internándose en la cada vez más dura nevada para ir a jugar quidditch con los niños que ya lo esperaban impacientes. Draco sabía por experiencia propia que un poco de mal clima no era excusa para dejar de entrenar quiddicth, así que realmente eso no le sorprendía. Lo que no dejaba de sorprenderle era que hubiera gente con tanto desparpajo como esta chica…

—¿Gabrielle? —dijo entonces, mirando a la joven bruja a los ojos. Ella, luciendo fresca y serena, le correspondió la sonrisa—. ¿Desde cuándo… hace cuánto tiempo que estás en Inglaterra?

—Oh, llegué hace un pag de semanas, apgoximadamente. Estoy en el Guefugio, la casita que tienen Fleug y Bill junto a la playa. ¿Sí la conoces, ciegto?

Draco asintió distraídamente, aunque no era cierto. Por el rabillo del ojo, pudo ver que los niños y Potter montaban sus escobas y comenzaban a volar en círculos, lanzándose las pelotas y tratando de insertarlas a través de los aros de las porterías. La nieve continuaba cayendo más y más fuerte; no parecía que aquella tormenta fuera a amainar. No obstante, Gabrielle y Draco estaban tan protegidos del frío que éste comenzó a acalorarse e incluso a sudar. No quiso reconocer que no era por el calor de su hechizo de calefacción, sino por otra cosa totalmente diferente.

—Un par de semanas, dices —continuó hablándole a Gabrielle, quien, sin pizca de pudor, seguía a Potter con la mirada a donde quiera que éste volaba. Draco estaba seguro que no lo hacía sólo porque Potter fuera un gran entrenador—. Y, durante todo este largo y tedioso tiempo, imagino que has estado viniendo aquí constantemente a traer a tu sobrina a los entrenamientos del club, ¿no? Para ayudar a Fleur y todo eso, como me dijiste —finalizó con los dientes apretados, pues Gabrielle casi no le hacía ni caso y sólo tenía ojos para Potter, quien, volando allá en lo alto del campo, parecía una ráfaga azul con blanco.

—Oh, sí, así justamente es, Malfoy —asintió ella mientras se quitaba la capucha de su bonito abrigo blanco y se arreglaba el cabello—. He estado tgayendo a Victoigue casi todos los días que le toca entgenamiento. ¡Me encanta venig aquí! Es guealmente bonito… el paisaje —finalizó, mirando a Potter con insistencia.

Draco tuvo que girarse un poco y darle la espalda por unos segundos para que la bruja no notara su gesto de furia. Intentó respirar profundo para tranquilizarse y, de pronto, echó de menos el frío del exterior de su barrera mágica.

—Ahora regreso, necesito ir a… ponerle azúcar a mi té —le dijo a Gabrielle, pero ella lo ignoró olímpicamente pues sólo tenía ojos para Potter.

Draco, en un esfuerzo por refrescarse los ánimos, caminó hacia la casona dando grandes pasos a través de la nieve espesa. Llegó al pequeño bosque que separaba la casa del campo de entrenamiento y se apoyó contra un árbol, permitiendo que el frío de la madera helada atravesara toda la ropa que traía puesta y llegara hasta su espalda. Se sentía muy enojado y humillado, y ni siquiera entendía por qué. Dejó caer la taza de té a la nieve y se llevó las manos a la cara, pensando con desesperación y tratando de comprender qué demonios era lo que le pasaba. ¿Por qué se sentía así? ¿Por qué estaba tan furioso que sentía arder y tenía ganas de lanzarle un par de buenos maleficios de magia negra a esa desvergonzada bruja?

Respiró con profundidad mientras pensaba. Hechos, pensemos en los hechos, se dijo.

De acuerdo, hecho número uno: era evidente que a esa chica Gabrielle, quien no sólo era extremadamente hermosa sino que también tenía sangre veela, le gustaba Potter. Eso no era tan extraño ni en ese mundo ni en ninguno, pues Potter era bastante atractivo, siempre había sido extremadamente popular entre mujeres y hombres, y siempre, desde el colegio, había tenido su legión de fans. Hecho número dos: Gabrielle ya tenía dos semanas en Inglaterra, dos semanas llevando a Victoire a entrenar, dos semanas conviviendo con Potter ahí en esa casa club. Draco apretó los puños sólo de pensar en eso. ¿Por qué Potter no le había dicho nada? ¿O tal vez sí le había dicho algo al otro Draco, en los días anteriores? Eso era algo que Draco jamás podría saber.

Bien, continuemos.

Hecho número tres: esa chica significaba verdadero peligro porque, hasta donde Draco sabía, Potter no era gay… Era bisexual. Allá en su otra vida, Draco nunca se había perdido los chismes en los periódicos y tabloides acerca de todos y cada uno de los romances protagonizados por Potter, y varios de ellos habían sido con brujas. Además, sumado a la bisexualidad de Potter, estaba el hecho número cuatro: en ese momento, Potter estaba emocionalmente vulnerable pues Draco lo había insultado tanto que lo había orillado a pensar en el divorcio. Y por si todo eso fuera poco, estaba el otro hecho de que Gabrielle no era una fan cualquiera, sino que era familia: familia de los Weasley. Alguien bastante cercano que perfectamente podía tener más oportunidades con Potter que cualquier otra fanática más. Toda esa situación junta era un caldo de cultivo excelente para los gérmenes de una infidelidad.

Y Draco, estúpido de él, no había tenido idea. Era una suerte enorme que se le hubiese ocurrido haber ido ahí. Iba a ponerle punto final a eso, no tenía idea de cómo, pero lo iba a hacer. Después de todo, por muy hermosa, joven y atrayente que fuera Gabrielle, no tenía lo que Draco sí: no estaba casada con Potter, no tenía la oportunidad de dormir con él, no tenía un hijo con él. Draco, aun con nula experiencia en relaciones sentimentales a largo plazo, no iba a dejarse ganar por aquella jovencita. Iba a reconquistar a Potter y a obnubilarle tanto el cerebro que no tendría interés en fijarse en nadie más. Vaya que lo haría. Por supuesto que lo haría.

Aspiró profundamente varias veces para tranquilizarse y tomar valor. Meneó la cabeza, elevando el rostro hacia el cielo para que la nieve helada cayera sobre su cara y enfriara sus ánimos. Vamos, tú eres Draco Malfoy. Esa niña no tiene idea contra quien quiere competir, se dijo, intentando convencerse de que él era mucho mejor partido, que Potter lo amaba a él, que Potter, por su naturaleza y carácter, era fiel y jamás lo traicionaría. Draco estaba casi convencido de ello, y por eso pudo llegar a la conclusión de que entre Potter y aquella bruja todavía no había pasado nada. Draco no sabía por qué, pero él perfectamente visualizaba a Potter como el tipo de hombre que, si ya no quería nada con su esposo, no le pondría los cuernos, sino que le pediría el divorcio.

Pero, ¿acaso no había estado Potter hablando de divorcio cada dos por tres?, le susurró burlesca la voz de Snape dentro de su cabeza.

—¡Mierda! —exclamó Draco. Más le valía a Potter no tener intenciones de acostarse con esa bruja ni con ninguna.

Repentinamente más furioso a pesar de que había luchado por tranquilizarse, Draco se empujó del tronco del árbol y caminó de nuevo con paso enojado hacia el campo de entrenamiento. Llegó hasta donde Gabrielle continuaba refugiada en el imperturbable que Draco había convocado y se plantó a su lado. Gabrielle lo miró con ojos burlescos.

—Oh, Malfoy, ¿sigues aquí? Cgeí que te habías magchado ya.

Oh, la muy descarada, ahora se estaba burlando. Podía ser joven, pero no era en absoluto inocente. Sabía bien a lo que estaba jugando. Draco la miró a los ojos y también le sonrió con petulancia, intentando decirle con ese gesto que él no iba a darse por vencido así de fácilmente. Él iba a luchar por su marido, por su amor y por su fidelidad, le costara lo que le costara.

No obstante, no había por qué rebajarse ni siquiera a discutir el tópico con ella. Draco sonrió con suficiencia. No, no había necesidad. Lo único que él tendría que hacer era procurarse el perdón de Potter, tenerlo comiendo de la palma de su mano, y con eso bastaría para que él, por sí solo, rechazara cualquier avance que aquella brujita pudiera hacerle. Convenciéndose de eso, Draco suspiró más tranquilo, se cruzó de brazos y, parado así como estaba al lado de Gabrielle Delacour, comenzó a disfrutar del espectáculo del entrenamiento de aquel equipo de pequeñuelos y su guapísimo instructor.

—No, no pensaba irme —le dijo a Gabrielle ya sin mirarla—. Vine a admirar a mi adorado esposo volar y es justo lo que pienso hacer. Hoy y todos los días que pueda.

No pasó más de un minuto cuando Draco ya estaba perdido en las delicias de mirar a Potter volar. Lo hacía con una gracia y habilidad que parecía arte, parecía ser uno solo con su escoba. Sus movimientos intrépidos y veloces provocaban que el corazón de Draco no dejara de danzar dentro de su pecho. Alrededor de Draco y Gabrielle se habían reunido los demás adultos, quienes comenzaron a animar a sus niños, a gritarles hurras y palabras de apoyo, especialmente porque el viento había arreciado y éste ocasionaba que los pequeños no volaran con tanta estabilidad como era necesaria. Draco tuvo que suprimir una o dos exclamaciones de susto cada vez que una ráfaga violenta de aire amenazaba con llevarse a uno de los niños con todo y escoba.

De pronto, comenzó a preguntarse si no sería buena idea suspender el entrenamiento. Echó un vistazo hacia los adultos y los encontró tan entusiasmados por las tácticas del entrenador que no parecían percatarse de las condiciones climáticas adversas. Draco frunció el ceño, comprendiéndolos. Si él tuviera al mismísimo Harry Potter como entrenador de quidditch de su hijo, tampoco pondría objeciones al respecto así el cielo estuviese cayéndose a pedazos.

En eso pensaba cuando, de pronto, pasó por encima del equipo una violenta ventisca que arrastró al menos a tres de los niños. Los adultos gritaron cuando los pequeños se estrellaron, con todo y escoba, contra el tronco de un viejo y altísimo árbol. Draco miró, asombrado y boquiabierto, lo rápido que Potter reaccionaba ante eso: dejó de hacer lo que estaba haciendo y voló como centella hasta el sitio donde los tres niños caían con todo y escoba hacia el suelo. Draco no vio el momento en que Potter sacó su varita, pero al instante en el que llegaba a los niños, ya la tenía en la mano. Con gesto serio de intensa concentración, Harry Potter lanzó un encantamiento que hizo que los tres chicos se quedaran flotando en el aire y bajaran lentamente hasta el piso lleno de nieve, donde aterrizaron con suavidad y fueron recibidos por varios de los padres que corrieron a auxiliarlos.

Potter también bajó, con el rostro descompuesto en una mueca de preocupación, hasta ellos, para cerciorarse de que estuvieran bien. Draco, por su parte, tuvo el buen sentido de mirar hacia arriba: los niños que se habían quedado volando en medio de aquellos feroces vientos gélidos se habían quedado sin supervisión. Draco estaba pensando en si debía sugerirle a Potter que les indicara a todos que bajaran de sus escobas, cuando, repentinamente, el tronco del árbol viejo contra el que se habían estrellado los niños, se partió. Draco, azorado, vio caer un gran trozo de madera podrida seguido de una cascada de pequeñas bolas de intenso color negro. Draco jadeó. Tenía suficiente experiencia en el mundo de las pociones para reconocer huevos de doxy aun viéndolos así de lejos. Y si había huevos de doxy ahí, eso quería decir que también habría…

—¡Harry! —gritó, aterrorizándose, comenzando a correr hacia aquel árbol y sacando su varita mientras tanto—. ¡Doxys! ¡Atacarán a los niños!

Todos a su alrededor se quedaron sin comprender qué era lo que Draco estaba diciendo, pero entonces, de pronto y tal como Draco lo había temido, una bandada gigantesca de peludas doxys negras brotaron como chorro del agujero del tronco y se lanzaron sin preámbulo hacia los niños que todavía volaban en sus escobas. La más cercana a ellos era la pequeña Victoire, quien las vio venir y se agazapó sobre su escoba, gritando a todo pulmón. Draco bajó la vista solamente un segundo para cerciorarse si Potter pensaba hacer algo, pero, con azoro, descubrió que Potter se había quedado congelado en el suelo. Lo único que hacía era mirar hacia Victoire con los ojos llenos de terror. Draco no tuvo tiempo de preguntarse qué le estaba pasando. Los doxys habían alcanzado a la niña y la estaban mordiendo, rodeándola de tal modo que en cuestión de segundos Victoire desapareció de la vista de todos al verse envuelta en aquella espantosa nube negra de insectos mágicos. Draco apuntó su varita hacia ella y comenzó a gritar cuanto hechizo y encantamiento se le vino a la mente, consiguiendo, de ese modo, dispersar a los bichos lo suficiente como para que la niña pudiera comenzar a volar hacia abajo.

—¡Está cayendo! ¡Oh dios, Malfoy, haz algo! —gritó Gabrielle al lado de Draco, ya que, al mismo tiempo, ambos se dieron cuenta de que Victoire no estaba conduciendo su escoba, sino que se había desmayado y estaba cayendo en picada.

¡Arresto momentum! —exclamó Draco, dándole apenas a la niña por un rozón. Corrió entonces al punto en el claro donde creía que ella caería. El encantamiento de caída lenta que le había echado funcionó apenas un poco, pero sí lo suficiente como para disminuir la velocidad de su precipitación y para que Draco pudiera atraparla al vuelo antes de que la niña se estrellase contra el suelo. El golpe que sintió al recibir a la niña entre sus brazos fue brutal, pero hizo todo su esfuerzo para no soltarla y que no sufriera ningún daño; el peso de Victoire más la velocidad de la caída ocasionaron que Draco perdiera el aliento y cayera de rodillas sobre la nieve. Gabrielle llegó corriendo a su lado y gritó horrorizada cuando descubrieron que Victoire tenía el rostro y las manos llenos de mordidas de doxy—. ¡Rápido, hay que llevarla a San Mungo! —gritó Draco, al ver a Claudette y a otras personas llegar hasta él—. ¡Claudette, encárguese! ¡Hay que llevarla de emergencia al hospital, rápido!

Claudette se mantuvo serena mientras sacaba su varita, abrazaba a la niña y a Gabrielle y se desaparecía con ellas rumbo, Draco esperaba, la sala de emergencias de San Mungo. Entonces, Draco se levantó del suelo (lo más rápido que su adolorido y magullado cuerpo se lo permitió), y buscó a Potter con la mirada. Lo encontró en el mismo sitio donde se había quedado congelado, sólo viendo con los ojos muy abiertos, llenos de terror y aturdimiento.

Entonces, las miradas de Potter y de Draco se cruzaron durante un segundo y eso bastó para que Potter reaccionara.

Para gran asombro de Draco, lo que el héroe hizo fue salir huyendo de ahí. Dejó su escoba tirada y comenzó a correr a toda velocidad hacia el bosque, dejando a todos los atónitos padres y a sus asustados niños atrás. Draco no comprendía nada, ¿qué era lo que le estaba sucediendo al heroico y temerario Harry Potter?

Dudó por unos segundos, pero entonces, se guardó la varita y, tan rápido como pudo, siguió los pasos de Potter hasta la zona arbolada.