Capítulo 9. Temor irracional

Afortunadamente para Draco, fue fácil seguir el rastro de Potter gracias a la nieve: no tuvo que hacer más que correr encima de las profundas huellas que las botas del otro mago habían dejado tras él. Se tardó bastante en encontrarlo porque Potter le llevaba mucha ventaja y, a diferencia de Draco, no iba golpeado y adolorido, pero Draco pensó que tarde o temprano lo alcanzaría siempre y cuando al otro no se le ocurriera desaparecerse.

El bosque no era más que un océano de blanco y frío; los árboles no tenían hojas por la época invernal y por suerte permitían ampliamente la entrada de la luz del día. Draco empezó a llamar a Potter.

—¡Harry! —gritó, comenzando a sentir aquel nombre más y más natural con cada vez que lo pronunciaba—. ¡Harry, ¿en dónde estás?! ¡Harry, responde!

Finalmente, las huellas de Potter lo llevaron hasta un recodo donde un puñado de árboles formaban un perfecto escondite natural. Al acercarse, Draco se detuvo un momento para dejar de hacer ruido sobre la nieve y escuchó el sonido de la respiración agitada y entrecortada de Potter: parecía que alguien lo estaba ahogando.

—¡Harry, por amor a Merlín, ¿qué te pasa?!

Se arrojó hacia ahí y encontró a Potter sentado sobre la nieve, apoyado contra los troncos helados de los árboles, las manos sobre la cabeza, la cara entre las rodillas y éstas pegadas al pecho. Era obvio que quería hacerse lo más pequeño que pudiera. A toda prisa, Draco se hincó a su lado pero sin atreverse a tocarlo.

—¿Harry? —le habló con voz más suave. No obstante, comenzó a asustarse porque Potter no parecía reaccionar. Lo único que hacía era temblar violentamente y respirar de una manera muy ruidosa e irregular, como asfixiándose. Draco se aterrorizó ante ese pensamiento y le habló más fuerte al tiempo que lo tocaba de un brazo—: ¿HARRY? —Potter reaccionó como si lo hubiese quemado con su toque. Se sobresaltó bruscamente, levantó la cara y, mirando a Draco con horror, como si no lo reconociera, le apuntó con su varita. Draco soltó a Potter y levantó ambas manos—. ¡Ey, ey, tranquilo, Harry! ¡Soy yo, Draco!

La mirada de Potter era de pánico puro. Tenía el rostro pálido y desencajado y, a pesar del frío, sudaba copiosamente. Los ojos, casi negros por las pupilas dilatadas, observaban a Draco fuera de foco, como si no atinara a descubrir quién era, como si no lo hubiera visto nunca antes.

—¡Alé-aléjate! ¡Aléjate! —resolló Potter entonces entre jadeos, tomando la varita no con una sola mano sino con las dos y apuntándole a Draco con más insistencia. Su respiración era tan agitada, poco profunda e irregular, que de pronto Draco creyó que estaba sufriendo un ataque cardíaco e iba a morírsele ahí mismo. Se aterrorizó todavía más.

—¡Harry! ¡Hay que llevarte a San Mungo! —le gritó, de nuevo acercándose y tratando de tocarlo.

Pero Potter negó enérgicamente con la cabeza y miró hacia todos lados, como buscando algo.

—¡NO! ¡Tenemos que escondernos! Si salimos a descubierto, ¡nos encontrarán! ¡Ya vienen, Draco! —exclamó, y al menos Draco estuvo aliviado de que ya pareciera reconocerlo—. ¡YA VIENEN, TE DIGO! ¡Van a matarnos! ¡Y yo... y yo que ya no puedo repelerlos! ¡YA NO PUEDO!

Potter dejó salir un grito de angustia e impotencia tan desgarrador que le puso los pelos de punta a Draco. Al mismo tiempo, dejó caer la varita y volvió a tomarse la cabeza con las manos, respirando todavía más dificultosamente y meciéndose de atrás hacia delante, como si intentara arrullarse.

Draco miró a su alrededor y sólo encontró silencio, viento helado y nieve cayendo. No entendía a que se refería Potter. ¿Sería a las doxys?

—Harry, las doxys se dispersaron, ya no le harán más daño a nadie... ¿Harry?

Por más que Draco le hablaba y lo tocaba con suavidad, Potter no reaccionaba. Todo lo contrario, su estado de terror irracional parecía incrementarse segundo a segundo. Comenzó a respirar de manera tan superficial que Draco tuvo un miedo real de que fuera a morir. El héroe, el vencedor del Señor Oscuro, el Niño-que-vivió balbuceaba incoherencias como un bebé en medio de una pesadilla, temiendo algo que realmente no estaba ahí. Eso no era normal, y fue cuando Draco lo entendió.

Potter estaba sufriendo un ataque de pánico.

Draco se llevó una mano a la boca, intentando recordar el material que había leído al respecto para saber qué hacer. No tenía idea de qué era lo que había desencadenado ese estado en Potter, pero era obvio que no iba a amainar si no lo ayudaba. De pronto, cayó en cuenta de algo: Por supuesto... ¡Potter va con el psiquiatra mágico! Seguramente era por eso. Había algo, algo que Draco ignoraba y que a la tonta de Granger se le había olvidado mencionarle, algo que quizá había traumado a Potter y ahora lo ponía en aquel estado; algo que estaba ocasionando que Potter se estuviese muriendo del terror. Draco no tenía idea, pero en ese momento no podía darse el lujo de lamentarse por no saber, porque era urgente que se pusiera en acción. Intentó pensar en las pistas que el otro mago le había dado… "Ya no puedo repelerlos", le había gritado Potter. Parecía temerle a algo que ahora se creía incapaz de combatir. Así que Draco imaginó que si lo convencía de que él estaba ahí para cuidarlo, quizá lo haría sentir mejor. Y mejor que lo hiciera rápido antes de que Potter se desmayara por la falta de oxígeno.

Con eso en mente, se arrastró de rodillas por encima de la nieve hasta quedar pegado a Potter. Pasó saliva y, armándose de valor, rodeó el cuerpo tembloroso de Potter con sus dos brazos y lo apretó firmemente. Oh, dios, nunca se imaginó que algún día tendría a Potter muerto de miedo y así de vulnerable, mucho menos que podría abrazarlo y que tendría la oportunidad de reconfortarlo. Concéntrate, estúpido, se dijo. Acercó su boca a la cabeza del otro mago y comenzó a susurrarle junto al cabello con voz suave:

—Todo está bien, Harry, en serio, todo está bien... Aquí estoy yo. No pasa nada, yo te cuido, yo me encargo. Te ayudaré a cuidar a todos los niños. Te juro que, pase lo que pase, aquí estaré yo para ti. Yo siempre te cuidaré... Yo los repeleré por ti, te lo juro... Ahora... Ahora es mi turno de protegerte —añadió con voz más segura porque no estaba diciéndole mentiras. Era real.

Para su alivio, su táctica pareció funcionar. Poco a poco, Potter comenzó a respirar de modo más normal y sus temblores comenzaron a disminuir. Continuó quieto, agazapado y sin hacer más, y Draco continuó hablándole.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti? ¿Harry? Estoy aquí para ti. Déjame cuidarte, déjame ayudarte. Respira profundo, así… así, muy bien. Yo... —Draco cerró los ojos y apretó a Potter con más intensidad entre sus brazos. Se le ocurrió que tendría que decirle cosas más íntimas, más acorde a su papel de esposo enamorado, más como... frases de amor. Frases que seguramente su otro yo y Potter se decían todo el tiempo. Se mordió los labios, abrió los ojos y se atrevió a decir algo que, quiso convencerse, era completamente falso y sólo lo hacía para salir del paso y cumplir con su papel de marido preocupado—: Te quiero muchísimo, Harry. Y, respecto a lo del otro día, de verdad... de verdad no fui yo quien te dijo todas esas cosas horribles. Lo que quiero decir es que no era yo mismo realmente. Estaba fuera de mis cabales. Simplemente… No era yo. Te juro que ni una sola palabra de lo que dije, fue en serio. Per… Perdóname por favor —finalizó con voz quebrada.

De nuevo cerró los ojos y no dijo más. ¿Qué mierdas era lo que acababa de decir? Jamás, ni en sus más locos sueños, se imaginó a él mismo diciéndole semejantes cosas a nadie, mucho menos a Harry Potter en persona. "Te quiero muchísimo", resonó la frase en su mente y quiso patearse a él mismo, especialmente... especialmente porque sentía, muy en el fondo, que no era una total mentira.

Sin liberarlo de su abrazo, usó una de sus manos para acariciar la espalda de Potter enérgicamente pero con ternura, como dándole un masaje para ayudarlo a entrar en calor al tiempo que deseaba demostrarle cariño. Sintió a Potter suspirar y eso lo hizo sonreír. Acercó más su cabeza hacia Potter hasta que el cabello del héroe le quedó justo junto a su cara, y Draco no pudo evitar la tentación... Movió su cabeza de tal modo que su nariz quedó enterrada en la maraña de cabello oscuro de Harry Potter, y Draco se sorprendió de lo suave que era, de lo bien que olía, de lo agradable que era estar así con él. Aspiró profundamente, deseando grabar ese momento, ese aroma y esas sensaciones a fuego en su memoria. Era imposible saber si algún día volvería a tener la oportunidad de estar así con Potter...

Poco a poco, Draco comenzó a sentir el modo en que Potter se relajaba entre sus brazos. Su respiración se profundizó, suspiró varias veces, sus músculos dejaron de estar tan tensos y, en un par de minutos, había vuelto a su completa normalidad. Entonces, lentamente, Potter sacó la cabeza de entre sus rodillas, se quitó las manos de encima y giró su cuerpo hacia Draco, rodeándolo con los brazos y correspondiendo a su abrazo.

Acto seguido, comenzó a sollozar quedamente con la cara encajada en el pecho de Draco.

Éste, fuertemente conmovido, no pudo hacer más que continuar abrazándolo, acariciándolo, murmurándole palabras suaves llenas de confort y, de vez en vez, palabras que manifestaban su arrepentimiento por las cosas horribles que le había dicho.

Potter no dijo nada. Sólo se dejó hacer conforme dejaba de llorar y se tranquilizaba.

Después de un par de minutos así, finalmente Potter habló con un hilo de voz:

—No-no puedo creer que... que me haya pasado esto aquí. Delante de los niños y sus papás, y justo cuando alguien estuvo en peligro. Si no hubieras estado tú aquí… No sé qué habría pasado con Victoire. Seguramente… seguramente el Ministerio va a despedirme cuando se entere.

Draco no dijo nada. Miró su reloj para tratar de calcular cuánto tiempo había transcurrido. Se había sentido eterno, pero realmente sólo habrían sido diez minutos cuando mucho. Seguramente todos los padres de familia los estarían esperando en el campo de entrenamiento para saber qué era lo que estaba pasando. La gente solía ser así de chismosa.

—Vamos con ellos y les pediremos que guarden el secreto —le dijo a Potter en voz baja. Todavía estaban muy cerca el uno del otro: Draco continuaba arrodillado sobre la nieve (ya ni siquiera sentía las piernas por el frío, pero de verdad que no le importaba) con Potter envuelto entre sus brazos, mientras éste tenía apoyada la cabeza y el peso de su cuerpo contra el pecho de Draco, sus brazos también rodeándolo. A pesar de todo, a pesar de los accidentes que habían sucedido, del ataque de pánico, de que ahora tendrían que ir a enfrentar a los padres de los niños, a pesar de eso… Draco se sentía inexplicablemente dichoso. Sentía que estaba mucho más cerca de reconciliarse con Potter de lo que lo había estado un rato antes y eso lo emocionaba de una manera que era difícil de explicar.

Además… además…

Pasó saliva, cerró los ojos y deseó no tener que soltarlo nunca. Dios mío, se sentía tan bien estar así con Potter. Tan cerca, sintiendo su calor, sintiendo el peso de su cuerpo, y Draco no quería separarse, no quería…

Pero…

—Creo que es hora de volver y enfrentar las consecuencias, señor entrenador —dijo en tono de broma, intentando aligerar un poco la situación.

—¿Draco? —masculló Potter contra su pecho y Draco se estremeció cuando percibió la humedad del aliento de Potter atravesándole la ropa.

—¿Sí? —preguntó con voz ronca, todavía negándose a abrir los ojos y terminar con la magia de aquel instante.

Potter se movió un poco, lo suficiente para poder separar la cabeza del pecho de Draco y elevar la mirada hacia él. Draco abrió los ojos, sus miradas se cruzaron y fue cuando éste se dio cuenta de que Potter no traía sus gafas puestas; seguramente se le habían caído en algún punto de su huida. Pensó en sacar su varita para convocarlas con un accio, pero Potter lo estaba distrayendo bastante en ese momento: lo estaba observando intensamente con los labios entreabiertos. Draco miró la boca de Potter y pasó saliva, sintiéndose muy nervioso.

¿Potter quería que lo besara?

Besar a Harry Potter... ¿Cuántas veces no había soñado con semejante acción? La boca se le secó sólo de pensarlo, sólo de imaginarse haciéndolo, pero, ¿sería ese el momento adecuado?

—Harry... —fue el gemido que brotó de sus labios antes de que pudiera evitarlo. Miraba alternadamente entre la boca incitadora de Potter y sus ojos, no atreviéndose a dar el paso, esperando a que el otro mago fuera quien comenzara a hacerlo, pero por dentro estaba muriéndose de ganas, de tantos deseos, de...

—Gracias por haber estado aquí —susurró Potter entonces, interrumpiendo sus pensamientos—. Debí… debí traer mis pociones conmigo, pero nunca pensé que tendría un ataque en pleno entrenamiento. Estúpido de mí. No sé qué habría pasado con todos nosotros si tú no hubieras estado aquí —finalizó Potter, mirándolo con sus grandes ojos verdes que, sin las gafas, se veían todavía más infantiles y hermosos. Tenía las pestañas negras mojadas por las lágrimas que había derramado. Draco no pudo evitarlo, dejó de rodear a Potter con un brazo para llevarse la mano a la boca y, con los dientes, sacarse el guante que tenía puesto. Dejó caer el guante sobre la nieve y, ya con la mano desnuda, tembloroso e incierto, le tocó el rostro a Potter y le limpió los rastros de lágrimas con un pulgar trémulo. Pasó saliva de nuevo porque Potter no dejaba de mirarlo con total atención y, Draco quería creer, con mucha adoración.

—Harry, lo que dije... —comenzó a explicarse Draco—... lo que te dije hace rato, que sentía mucho lo que pasó entre nosotros, fue completamente cierto. No te lo dije sólo para ayudarte a tranquilizarte. De hecho, tenía días buscando la oportunidad de pedirte disculpas. No sé qué fue lo que me ocurrió el día de Navidad, pero de verdad que no era yo mismo. De ninguna manera pienso todas esas cosas horribles que te dije. ¿Me crees?

Lamentablemente, haber dicho todo eso fue la aguja que pinchó la burbuja que envolvía aquel instante y lo volvía mágico, porque Potter, en cuanto Draco hubo dejado salir esas últimas palabras, suspiró, bajó la vista y se movió hacia atrás, alejándose de él, obligándolo a soltarlo de su abrazo.

Draco, con gran decepción, no tuvo más remedio que dejarlo ir. Demonios, y pensar que él había imaginado que estaba a punto de besarlo.

—Hablemos en la casa de esto, ¿te parece bien? Por ahora... —farfulló Potter, comenzando a ponerse de pie de modo tambaleante—. Tengo cosas más lamentables y urgentes que hacer. No sé cómo vayan a reaccionar todos los padres después de mi ridícula huida y patético espectáculo. Y cuando se enteren de mi problema de salud mental… —agregó con voz preocupada, meneando la cabeza en un gesto negativo.

Draco se mordió los labios. De alguna manera, sabía que decirle a Potter "No digas eso, no eres patético por tener un trauma y reaccionar a él" no iba a servirle de nada. Su orgullo no lo dejaría aceptarlo. Y además, Draco no tenía idea de qué era exactamente lo que le había causado ese estado a Potter y no quería meter más la pata hablando de ello sin saber a ciencia cierta de qué se trataba. Tenía que preguntárselo a Granger.

Potter comenzó entonces el lento y penoso camino de regreso al claro del bosque, demostrando con su andar cansado que el ataque de pánico lo había dejado completamente exhausto. Draco sentía mucha pena y de verdad quería ayudarlo, pero no sabía cómo. A él le dolía todo el cuerpo por el golpe que había recibido al atrapar a Victoire, pero aun así le fue más fácil caminar al lado de Potter que a éste. Dudó un segundo y entonces le ofreció su brazo a Potter, sin decirle nada. Potter lo miró durante unos segundos, dudando, pero entonces pareció doblegar su orgullo y se lo aceptó: lo tomó del brazo con firmeza y se ayudó de él para terminar de caminar el tramo de bosque que les restaba.

El par de minutos que les llevó llegar hasta el claro fue tiempo suficiente para que Draco tomara una decisión. Era evidente que el trastorno mental de Potter no era del dominio público y seguramente, si los periódicos se enteraban de un chisme así, hablarían de ello por décadas y quizá, incluso provocarían que Potter no volviera a conseguir trabajo ni como entrenador ni como jugador. El mundo mágico no era tan tolerante ni tan comprensivo con los trastornos mentales como lo era el muggle; en ese punto estaban más atrasados y con desventaja, así que Draco llegó a la conclusión de que no debían arriesgarse. No podía permitirse el lujo de que alguno de esos padres de familia le contara algo a alguien, se corriera la voz y la prensa terminara enterándose.

Suspiró con determinación mientras salían del bosque y los padres de familia y los niños que los esperaban en el campo comenzaban a rodearlos y a hacerles preguntas, a excepción de Teddy Lupin. El niño se había quedado regazado y, apoyado en el palo de su escoba, sólo observaba a Harry con gesto aprensivo. Las demás personas se veían genuinamente preocupadas por Potter y se notaba que le tenían gran cariño y respeto, pero aún así... Draco sabía que dejarlos enterarse era un riesgo muy grande.

Levantó una mano para pedir silencio y todo el mundo se calló, esperando por lo que tuviera que decir. Incluso Potter se le quedó viendo con curiosidad.

—Voy a llevar al entrenador Potter adentro de la casa para sentarlo y que pueda descansar, y sólo entonces volveré con ustedes y les explicaré lo que acaba de suceder, ¿les parece bien?

Algunos no parecieron quedar muy conformes, pero Draco no estaba pidiéndoles permiso. Ignoró sus miradas y preguntas, y caminó con paso resuelto hacia la casa, casi arrastrando a Potter porque éste no quería irse de ahí sin explicarse él mismo.

—Pe-pero, Draco... —se quejó—, ¿por qué no me has dejado decirles...? Tienen derecho a saber qué es exactamente lo que acaba de pasar. Imagino que muchos de ellos querrán sacar a sus hijos del equipo si piensan que el entrenador no es capaz de cuidarlos en caso de peligro —completó con voz amargada al mismo tiempo que conseguían llegar hasta la casa y entraban por la puerta que daba a la sala.

Draco frunció el ceño.

—Yo me encargo de todo eso. Confía en mí, Harry, por favor. ¿Lo harás? —le preguntó Draco al tiempo que lo obligaba a sentarse en uno de los sofás de la sala de estar de la casa club. Lo miró fijamente a los ojos, recordando entonces que habían dejado sus anteojos en el bosque—. ¿Confiarás en mí? Dime si te he fallado alguna vez... a excepción del día de Navidad pasado, claro está —añadió, bajando la mirada.

Potter no dijo nada durante unos segundos.

—Está bien. Claro que confío en ti, por supuesto —exhaló y se desplomó contra el respaldo del sofá, agotado.

—Bien. Regresaré en un momento, espera aquí. También iré a buscar tus anteojos, supongo que se te cayeron en alguna parte del bosque.

Y con eso, salió de nuevo de la casa. Caminó enérgicamente hacia el claro donde los padres aguardaban ya impacientes y algunos de ellos, enojados. Draco sacó su varita, la escondió debajo de su abrigo y se preparó para desmemoriarlos a todos, de uno por uno y sin que se dieran cuenta. Lo haría incluso con los niños… No le remordía la consciencia en absoluto y no le importaba arriesgarse a estar cometiendo un delito. No iba a permitir que aquel suceso saliera de ahí, no iba arriesgarse a que Potter continuara sufriendo daños por los rumores y la mala prensa. Ya había tenido suficiente de eso cuando fue estudiante del colegio.

Suspiró, alistó la varita y el encantamiento en su mente, y se acercó al grupo de gente que lo estaba aguardando.


Un rato después, Draco, ya con los anteojos de Potter a buen resguardo en el bolsillo de su abrigo, regresó a la casa acompañado de todos los padres y madres de familia con sus niños. Todos iban tan alegres y despreocupados que Potter los observó extrañado mientras ingresaban a la casa club, se despedían de él y se iban, poco a poco, por la chimenea que estaba en el comedor rumbo a sus respectivos hogares.

El papá de un niño que parecía ser muy amigo de Teddy se ofreció a llevarlo a casa de su abuela, y Draco aceptó para quitarle a Harry la responsabilidad de cuidar a su ahijado al menos por esa tarde. Potter los miró irse con la boca abierta, seguramente preguntándose por qué parecían tan felices y por qué nadie mencionaba el incidente recién ocurrido.

Cuando finalmente Draco y Potter se quedaron solos en la sala, éste preguntó con voz preocupada:

—Draco, ¿qué es lo que acaba de suceder? ¿Qué fue lo que les dijiste? —Por toda respuesta, Draco sonrió y le mostró su varita a Potter sin decir nada. Potter abrió mucho los ojos y la boca, y pareció comprender—. Oh, Dios mío, ¡los obliviataste! ¿A todos?… Pero, ¿eso no es ilegal? ¡Draco! ¿Y si te metes en problemas?

Draco hizo un chasquido con la lengua como restándole importancia y se sentó al lado de Potter en el sofá.

—Como si eso me preocupara. Era muchísimo más importante que no se largaran de aquí conociendo tu secreto, a lo que pueda pasarme a mí por haberles hecho olvidar un ratito de sus vidas. ¿Para qué somos amigos entonces de la influyente e importante Hermione Granger Weasley, si no es para que nos saque de apuros con la Ley en caso de necesitarlo? —dijo en tono serio y, para su sorpresa, Potter lo miró y se rió con ganas.

Draco se asombró tanto de haber hecho reír a Potter que no pudo seguir hablando. La verdad era que había imaginado que Potter se pondría furioso y moralista con él por haberles aplicado obliviates a todos y cada uno de los testigos de su ataque de pánico, así que verlo reírse con alegría y agradecimiento le resultaba totalmente inesperado.

Sonriendo con presunción, se le quedó viendo a Potter mientras éste, apoltronado cómodamente en el sofá, terminaba de reírse débilmente.

—Oh, Draco —suspiró Potter cuando dejó de reír—. En serio, ya te lo había dicho pero lo repito: no imaginas cuánto me alegro de que justamente hoy hubieses estado aquí. —Lo miró a los ojos, poniéndose completamente serio de repente, y Draco se sintió nervioso—. Eres… Eres increíble, haber hecho eso por mí. De verdad, gracias.

Draco pasó saliva. Apretó las manos en puños. El momento era perfecto. Los dos estaban ahí a solas y Potter parecía tan dispuesto. Sólo… sólo era cuestión de que él diera el siguiente paso, que se atreviera, que se acercara. Tenía que dejar el orgullo a un lado, el miedo a verse rechazado.

Vamos, se dijo. Atrévete. Acuérdate de tu otro yo. El grandísimo cabrón se atrevió a tanto que terminó casándose con él.

Ese pensamiento lo animó. Se movió por encima del sofá, acercándose lo más que pudo hasta Potter, hasta que sus muslos quedaron pegados. Potter lo miró hacer eso y no hizo ni dijo nada, y Draco lo tomó como buena señal.

—Harry... —masculló Draco, sintiéndose de pronto muy sobrepasado, sintiendo que la temperatura de su cuerpo aumentaba, que comenzaba a sudar a pesar del frío, que toda la ropa que traía encima le estorbaba. Lentamente, sin dejar de ver a Potter a los ojos, se quitó los guantes de las dos manos y la bufanda que traía puesta. Se inclinó sobre Potter, envalentonándose porque el otro sólo se le quedaba viendo con sus ojos dilatados todavía sin anteojos. No había señas de rechazo en su lenguaje corporal y Draco lo tomó como incentivo para continuar—. Harry —repitió con voz ronca, levantando una mano y colocándola en la mejilla del otro mago.

Potter entrecerró los ojos al sentir el contacto y soltó un pequeño suspiro.

—Draco —gimió. Escuchar a Potter decir su nombre así fue la gota que derramó el vaso.

Draco no podía creerlo, no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Iba a besar a Harry Potter.

Iba a besarlo. Oh sí, lo iba a hacer.

Se inclinó más sobre él y acercó su rostro, lentamente, saboreando el momento, incrementando la espera, la expectación, porque la realidad era que no tenía la certeza de que algo así pudiera volver a pasar en un futuro, así que quería aprovechar y disfrutar cada segundo del evento al máximo. Potter, con los párpados medio cerrados, lo observó acercarse y no dijo nada. Al contrario, sacó la punta de su lengua y se humedeció los labios, apenas perceptiblemente, lo suficiente para que Draco se volviera loco con aquella insinuación. Potter levantó la mano y la colocó suavemente sobre la que Draco tenía sobre su mejilla, como alentándolo.

Draco no pudo soportarlo más.

Sin cerrar los ojos, porque no quería perderse de nada, ni un segundo de ello, Draco terminó de acercar su cara a la de Potter y tocó su labio inferior con los suyos, suavemente, lo más gentil que su ansiedad se lo permitió. Potter emitió un quejidito de necesidad y un torrente de hormonas y excitación recorrió el cuerpo de Draco de la cabeza a los pies, ocasionando que mandara cualquier temor al diablo.

No obstante, se obligó a ser suave. Potter acababa de sufrir un ataque de pánico y estaba cansado, Draco tendría que ser amable, darle su espacio, sus tiempos... Sólo será un beso, sólo uno, se dijo y, con eso en mente, comenzó simplemente a mordisquearle el labio inferior a Potter, sólo eso... Se lo chupó y lamió, quedo y lento, sin cerrar los ojos, observando. Estaba maravillado de lo guapo que era Potter así de cerca, mientras éste cerraba los ojos y se dejaba hacer. Draco comenzó a mover su mano sobre su rostro, acariciándolo. Sacó un poco su lengua y la sumergió en medio de los labios entreabiertos de Potter y éste volvió a gemir.

—Dios mío, Harry —masculló Draco. La manera en que Potter respondía al beso estaba volviéndolo loco. Tuvo que cerrar los ojos porque todo aquello era demasiado.

—Draco —jadeó Potter a su vez, levantando ambas manos y tomándolo del cuello, acercándolo más a él, como si tuviera miedo de que Draco fuera a alejarse—. Draco, oh dios, Draco, te he extrañado tanto, tanto...

Potter pareció incendiarse de pronto, pareció olvidar que acababa de sufrir un terrible y agotador ataque de pánico, y comenzó a besar a Draco de manera frenética. Draco gimió en medio del éxtasis que aquella respuesta de Potter le provocaba, y mandó cualquier intento de ir lento al diablo. Los labios de Potter se sentían tan suaves, tan cálidos, tan correctos encima de los suyos, su lengua se sumergió en su boca y tocó la suya y Draco gimió, maravillado de lo bien que sabía Potter, oh dios, el sabor de su saliva, su aroma, su tacto, Draco no podía creerlo, se sentía hambriento, deseoso de más, asombrado de lo bien que eso se sentía, de que por fin, después de tantos y tantos años de desear a Potter en silencio y a lo lejos, ya podía besarlo, podía tenerlo entre sus brazos así, estremeciéndose de deseo, dispuesto a todo, amándolo...

—Joder, Harry... yo... yo también te extrañé —mintió, porque, obviamente él no podía haber extrañado algo que jamás había tenido, algo que jamás había sido suyo. Pero se dio cuenta de que lo que estaba sintiendo por Potter en aquel momento era completamente sincero y no pudo si no dejarse perder en las maravillas de lo que, para él, era su primer beso.

Su primer beso con Harry Potter.

Se dejó perder, se olvidó de todo, se entregó en cuerpo y alma.

Gimiendo con desesperación, correspondió frenético al beso brusco y ansioso que Potter le estaba dando, y se inclinó más sobre el otro mago. Draco sólo había esperado poder besarlo, así que jadeó lleno de asombro cuando Potter, con fuerza inesperada, lo tomó de la tela de su túnica, tiró de él y lo dirigió hasta que Draco quedó sentado encima, a horcajadas sobre el otro, una rodilla a cada lado de sus caderas.

Potter quería mucho más que un beso y Draco no iba a hacerse del rogar. Soltó a Potter para poder quitarse el abrigo: lo hizo a toda prisa sin separar su rostro del otro mago, sin dejar de besarlo. Consiguió quitárselo y lo arrojó de cualquier modo a un lado. Escuchó gemir a Potter mientras éste acariciaba su espalda por encima de la ropa y llevaba sus manos directo al trasero de Draco, lo tomaba de las nalgas y lo empujaba hacia él.

Draco casi se desmaya cuando su erección, aun encima de todas las capas de ropa, rozó la dureza de la de Potter.

Los dos gimieron y Draco, con el cerebro obnubilado por el placer grandioso y novedoso que estaba experimentando, comenzó a frotarse contra Potter y éste gimió con aprobación.

—Joder, sí... —escuchó Draco que Potter murmuraba contra sus labios. Una ráfaga de deseo recorrió su cuerpo y se quedó en su entrepierna, endureciendo aun más su miembro y llevándolo casi al borde. No podía creer lo cerca que se sentía ya del orgasmo, se sentía junto al precipicio, a punto de terminar. No le había pasado algo así desde que era adolescente. Pero no le importaba. Estaba con Potter, joder, con Potter, estaba encima de él, besándose con él como si no hubiera un mañana, frotándose con la ropa puesta como si fuera su primera vez (y para Draco, lo era), ansiosos, ganosos, a punto de...

De alguna manera, las manos que Potter tenía en el trasero de Draco y las cuales usaba para empujarlo más hacia él, encontraron camino entre la túnica y los pantalones que éste traía. Potter consiguió meter una mano bajo la ropa y con sus dedos largos, helados y llenos de callos, acarició a Draco entre sus nalgas; recorrió, ansioso, su abertura hasta rozarle la suave piel de su entrada.

Draco vio estrellas debajo de sus párpados cerrados. Tuvo que dejar de besar a Potter para poder jadear porque sentía que estaba ahogándose.

—Oh, Harry, por Merlín, Harry...

—Draco, tócame, tócame... —le rogó Harry, y Draco no lo pensó más. Bajó una de sus manos, la metió entre sus cuerpos y la colocó encima de la erección de Harry , aun sobre toda su ropa, encima de su túnica y de su pantalón del uniforme de quidditch. Sintió aquella dureza ardiente debajo de su palma, sintió a Harry estremeciéndose bajo su caricia, y Draco usó los dedos para conocer la forma de la excitación del otro, para apretarlo, para volverlo loco. Harry comenzó a gemir incoherencias y a empujar sus caderas hacia la mano de Draco al mismo tiempo que no dejaba de acariciarle el trasero y trataba de seguir besándolo.

Pero era tan difícil continuar besándose así. Llegó un punto donde lo que estaban haciendo con sus bocas no era un beso propiamente dicho: era sólo compartir el aliento, jadear uno sobre la boca del otro, sacar un poco la lengua de vez en cuando para toquetear los labios, los dientes y la lengua de su pareja, darse una pequeña mordida en los labios, y luego, lamerse para suavizar la caricia, gemir sin control, y pronto, mucho más pronto de lo que le hubiera gustado, Draco tuvo a Harry estremeciéndose ahí debajo de él mientras el moreno se corría, mientras su viscosa y ardiente esencia empapaba sus pantalones de quidditch. Draco, maravillado, sentía cómo el miembro de Harry, perfecto y hermoso, caliente y duro como roca, emitía pulsaciones debajo de su mano y debajo de toda su ropa. Harry gemía y gemía mientras se prolongaba su orgasmo, se aferraba a Draco como si su vida dependiera de eso, y éste todavía no podía creerlo, no podía creer que él, justamente él, con unos cuantos besos y caricias aun por encima de la ropa, estuviese provocando a Harry de aquella jodida y erótica manera a tal grado de hacerlo correrse debajo de los pantalones.

Draco cerró los ojos, presintiendo que él no demoraría mucho en llegar también a su culminación. Harry, quien había dejado de acariciarlo mientras se corría, comenzó a respirar ahogadamente y reanudó sus lascivas caricias en el trasero de Draco al tiempo que arremetía con fuerza para volver a besarlo, aparentemente decidido también a llevarlo a su orgasmo. Draco gimió agradecido y se dejó hacer. Sintió la otra mano de Harry, la que no tenía metida en sus pantalones, buscar sitio por delante de sus cuerpos y aferrarle su erección por encima de la ropa. Draco jadeó, sobrepasado, echando las caderas hacia delante, buscando más, deseando tanto que...

El sonido de la chimenea que estaba a unos metros en el comedor, encendiéndose con la fuerza de la llamarada verde de la red flu, los interrumpió justo cuando Draco estaba a nada de correrse.

Alguien estaba entrando por ahí y fue como recibir un cubetazo lleno de la nieve helada del exterior. Sin tener tiempo de terminar, Draco tuvo que dejar de besar a Harry y separarse de él. Brincó hacia un lado y cayó sentado en el sofá junto a Harry, quien, con cara de susto, usó su túnica de quidditch para cubrirse la entrepierna empapada y su pantalón hecho un desastre.

Draco, casi llorando por la insatisfacción de su no orgasmo, cogió rápidamente su abrigo y lo usó para cubrirse también el regazo, ya que él ostentaba una erección de campeonato que era perfectamente visible a través de sus pantalones. Tuvieron los segundos justos que necesitaron antes de que Claudette entrara a la sala y los descubriese así.

La bruja se detuvo en el dintel de la puerta que separaba el comedor de la sala y los miró inquisitiva. Luego arqueó una ceja, sonrió un poco y continuó caminando hacia ellos, intentando no mirarlos mucho a la cara.

Draco se sonrojó: sabía que aquella bruja sabía qué era lo que había estado pasando ahí entre Harry y él, ¿y cómo no, si los estaba encontrando sentados de manera extraña sobre el sofá, despeinados, con la ropa desarreglada, sin aliento y con los rostros sonrojados? Cualquiera, hasta Ron Weasley, se habría dado cuenta. Draco se cubrió la cara con una mano, sumamente avergonzado.

Además… Joder, además, estaba el hecho de que él le había prometido a Granger que no iba a tener sexo con Harry Potter bajo ninguna circunstancia. En medio del calor del momento, se había olvidado de esa estúpida promesa, la cual, ahora, lamentaba profundamente haber hecho.

Soltó una maldición entre dientes mientras sentía que su erección comenzaba a desaparecer y una helada sensación de pérdida le inundaba el ánimo. Imaginar que aquella era la única ocasión en la que tendría oportunidad de estar así con Harry y que ni siquiera había podido terminar, lo llenaba de pesar. Maldita su suerte.

Claudette pasó junto a ellos y dijo, sonriendo mucho y sin mirarlos a la cara:

—Harry, lamento interrumpir, sólo regresé por mis cosas, en serio no pensé que los encontraría todavía aquí.

—¿Cómo… cómo está Victoire? —preguntó Harry entonces, quien ya parecía estar recuperado de su reciente orgasmo y hablaba con normalidad. Draco lo observó y se dio cuenta de que, pasada la gloria y maravilla del éxtasis, Harry volvía a verse muy preocupado por lo que había sucedido en el campo de entrenamiento y por la salud de su sobrina.

—Está muy bien, Harry, en serio, no te preocupes. La caída no fue en absoluto grave, el señor Malfoy hizo un magnífico trabajo al atraparla —dijo, y miró hacia Draco, sonriéndole cálidamente—. Todo un buscador también, ¿cierto, señor Malfoy?

Draco, a pesar de la impotencia que sentía por haber sido interrumpido de aquella manera tan cruel, tuvo que corresponder esa sonrisa.

—Me alegro mucho de escuchar eso, Claudette —contestó—. Gracias por haber llevado a la niña y a su tía a San Mungo de manera tan oportuna. Por cierto, hay algo que necesito hablar contigo —dijo, y se levantó. De cualquier manera, la excitación sexual que lo había vuelto loco unos momentos antes, se había desvanecido ya por completo, así que no tenía de qué preocuparse. Volvió a ponerse su abrigo, guantes y bufanda. Le pasó sus anteojos a Harry y le dijo a Claudette—: Hay algo que necesito confesarte acerca de los padres de familia y sus niños. Confío en que a ti no será necesario obliviatarte.

Claudette lo miró con azoro pero también con gesto divertido, quizá presintiendo por dónde iba aquella confesión.

—Realmente espero eso, señor Malfoy —le dijo—Cuénteme, por favor.


Tal como Draco había presentido, Claudette sí tenía conocimiento acerca de los problemas de salud mental de Harry Potter. No entraron en detalles, y, para no despertar sospechas, Draco no le hizo preguntas, sólo le contó todo lo que había sucedido ahí después de que ella se marchara hacia el hospital a llevar a la niña y a su tía. Entonces, Claudette prometió guardar el secreto por cariño y respeto al entrenador Potter, y Draco supo que podía confiar en ella.

Harry y él decidieron ir enseguida a San Mungo. Harry no dejaba de estar bastante angustiado por la salud de Victoire y aunque Claudette les había dicho que la niña ya estaba completamente curada de las mordidas de las doxy gracias a la rápida aplicación del antídoto, él quería cerciorarse con sus propios ojos de que realmente fuera así. Además, también deseaba y necesitaba hablar con los padres de la niña, seguramente para pedirles perdón. Draco, conociendo el carácter de Harry, no podía haber esperado menos de él.

Había guardado la secreta esperanza de poder regresar a la mansión enseguida para continuar haciendo eso que Claudette había interrumpido, pero supuso que ya tendrían más tiempo después. Quizá… quizá más tarde, o en la noche.

Sólo imaginar que Harry y él podrían dormir juntos en la misma cama lo llenaba de una ilusión tal que no podía dejar de sonreír como idiota.

Antes de irse de la casa club, Draco se paró frente a Harry, le limpió los pantalones con un encantamiento de su varita y le sonrió mucho sin decir nada. Harry lo miró a los ojos y se mordió los labios, sin corresponderle la sonrisa. Entonces, por un momento, Draco se angustió porque creyó ver en la mirada de Harry algo parecido a la duda y el remordimiento. ¿Qué significaba aquello?

Lamentablemente, en ese instante no había tiempo para charlas acerca de sus problemas maritales ni para las dudas que uno o el otro pudiera manifestar. Harry lo tomó del brazo y se desapareció junto con él rumbo al hospital.