Capítulo 10. La familia adoptiva de Harry Potter
Cuando se acercaron a la puerta del cuarto que les habían indicado en la recepción del hospital, Draco se asustó de la cantidad de gente parada ahí, especialmente del océano de rojo que vio desde lejos. Mientras caminaba al lado de Harry (lentamente porque él iba golpeado y Harry, cansado), Draco comenzó a sudar un poco de los nervios pues realmente le iba a costar "reconocer" a la familia Weasley ya que, en su otra vida, no sabía nada de ellos y apenas sí los había visto de lejos en alguna ocasión, mucho menos conocía sus nombres.
La multitud apostada ahí (no todos pelirrojos, pudo constatar Draco) los descubrió viniendo por el corredor y comenzaron a saludarlos desde la distancia. Se veían sonrientes y tranquilos, lo que era indicativo de que la niña estaba perfectamente bien y que no había nada que lamentar de lo ocurrido en el campo de entrenamiento.
Al contrario, pensó Draco, sonriendo satisfecho y admirando a su guapísimo esposo de reojo, creo que las cosas no pudieron haber resultado mejor.
De pronto, Draco se vio empujado por alguien de cabello de color platinado: Gabrielle se le había echado encima a Harry para abrazarlo. La chica había hecho a un lado a Draco tan bruscamente que éste casi se dio contra la pared del corredor. No obstante, Draco no tuvo tiempo para enojarse o para mirar el modo en que Gabrielle envolvía a un sorprendido Harry entre sus brazos, porque, a su vez, alguien se abalanzó sobre él también para abrazarlo.
Era Fleur Delacour (o Fleur Weasley, Draco no tenía idea cómo se haría llamar), quien de pronto estaba llenándole la cara de besos mientras exclamaba, con un acento francés menos marcado que el de su hermana, bendiciones y agradecimientos de todo tipo por haber salvado a su pequeña hija.
—¡Oh Dgaco, Gabielle nos ha contado a todos cómo atgapaste a Victoige en bgazos cuando cayó desde lo alto! ¡No puedo cgeeglo! ¡Le salvaste la vida! ¡Estoy en deuda pegmanente contigo!
Draco intentó sonreír y no poner cara de asco porque Fleur podía ser una mujer hermosa y todo, pero la verdad era que lo estaba asfixiando y, además, le estaba dejando la cara empapada de babas y lágrimas. Discreto y con suavidad, Draco la empujó para quitársela de encima.
—No fue nada, eh... Fleur, en serio. Cualquiera que hubiese estado cerca lo habría hecho. Harry estaba ocupado con otros niños y a distancia bastante considerable, por eso tuve que intervenir yo —mintió, echándole un vistazo de reojo a Harry. Según podía recordar, Gabrielle no se había dado cuenta de que Harry se había quedado congelado del terror, así que mejor que pensaran otra cosa. Draco no tenía idea si el secreto del trauma de Harry y sus ataques de pánico eran del conocimiento de toda esa gente.
Harry, quien todavía tenía a Gabrielle encima, captó los ojos de Draco y le dirigió una mirada llena de agradecimiento. Asintió y confirmó lo dicho por Draco mientras trataba de soltarse de una llorosa Gabrielle Delacour:
—Así es... Yo estaba demasiado lejos, lo siento mucho, no habría podido atraparla. Fue una suerte excepcional que Draco hubiese estado ahí el día de hoy. Yo... yo le estaré eternamente agradecido —murmuró, mirando a Draco con insistencia y, finalmente, empujando a Gabrielle hacia un lado, quitándosela de encima.
Draco sonrió mucho, sintiéndose triunfante. Después de esas muestras de lealtad de parte de Harry, ni siquiera estaba molesto porque aquella mocosa francesa lo hubiese abrazado así a la primera oportunidad. Miró a Gabrielle discretamente y la atrapó observándolo a él. Sus miradas se cruzaron y Draco no pudo contenerse: la miró con gesto presuntuoso y vencedor. Arqueó una ceja, pensando "Harry es mío, él me quiere a mí y tú te jodes", y estuvo seguro de que ella lo captó. Gabrielle giró su cabeza hacia un lado de modo altanero, echándose el bonito cabello hacia un lado y procedió a ignorar a Draco con ganas.
—¿Y cómo está Victoire? —preguntó Harry con gesto culpable.
—Está como nueva —respondió un pelirrojo alto y muy guapo que traía el cabello agarrado con una coleta—. Sólo estamos esperando al sanador en turno para que nos firme la hoja del alta.
Cuando las dos hermanas Delacour finalmente se cansaron de agradecerles a Harry y a Draco, se alejaron un poco y permitieron que los otros se acercasen a ellos a saludar. De pronto, aquel pelirrojo de cabello en coleta estaba estrechando la mano de Draco con gran efusividad, y, por el modo en que se refirió a Victoire como "la niña de sus ojos", Draco pudo deducir que se trataba del padre de ésta, el famoso Bill Weasley. También estaba ahí Ron Weasley sin su esposa Granger. Ron se acercó a Draco y le dio una palmada muy fuerte en un hombro que, de nuevo, casi lo hace rebotar contra la pared del corredor.
—No esperaba menos de ti, Draco —le dijo Ron con el tono cargado de respeto y Draco, azorado, lo miró boquiabierto. La verdad, jamás se habría esperado, ni en esa vida ni en ninguna, que la comadreja Weasley lo tratara con aquel cariño. Draco tuvo que reconocer que cuando Ron Weasley no tenía en su cara un gesto de amargura o de resentimiento, se veía bastante bien, casi guapo—. ¿En dónde dejaron a Teddy? —preguntó.
—Uno de los padres de los otros niños nos hizo el favor de llevarlo a la casa de Andrómeda —respondió Harry.
Luego, fue Ginny Weasley quien, vestida con uniforme de auror, se acercó a Draco y le dio un apretado abrazo que casi le saca el aire.
—¡Estuviste genial, Draco! —le dijo ella a gritos—. ¡Casi haces que me alegre de que Harry me haya dejado por ti!
Draco arqueó una ceja y se aguantó las ganas de decirle a la comadrejilla que, de todas maneras, sin él o con él, Harry jamás se habría casado con ella. Al menos en la vida de donde Draco provenía, no.
—Eh… ¿Gracias, supongo? —le respondió y le dio un par de palmaditas en la espalda.
Otro pelirrojo, de menor estatura pero también muy atractivo, se acercó cuando Ginny apenas liberaba a Draco de sus garras.
—Hola, Malfoy, ¿te acuerdas de mí? —le dijo aquel pelirrojo, extendiendo un brazo hacia él y ofreciéndole una mano llena de cicatrices y callos. Draco se la tomó y le obsequió una sonrisa fingida.
—¡Por supuesto! Eh...
El pelirrojo sonrió. Era tan pecoso que parecía que estaba bronceado.
—Charlie. Me llamo Charlie. No te culpo por no recordarme, no nos habíamos visto desde la boda de Bill y Fleur.
Draco arqueó una ceja, recordando de repente que los Weasley tenían un hermano viviendo en un país extranjero donde trabajaba en una colonia de dragones, o algo por el estilo. Seguro que era aquel.
—Claro, claro, ¡Charlie! ¿Cómo has estado?
—No tan bien como tú, según veo. Así que, ¿casado con Harry y ya con un hijo? Increíble, Malfoy. Enhorabuena. Tengo que decirte que sé de primera mano que, con él, te has sacado la lotería —dijo y miró hacia Harry significativamente. Draco también miró hacia donde Harry hablaba en voz baja con los padres de Victoire.
Gabrielle también estaba ahí junto a ellos. La chica, insistente y necia, estaba plantada a un lado de Harry, y Draco notó, con rabia, cómo la francesa trataba de apoyar el peso de su cuerpo contra el de Harry. Draco apretó los dientes, suspiró y trató de no enojarse. Sabía que, hiciera lo que hiciera esa bruja, Harry jamás le sería infiel. Tenía que confiar en él. Gabrielle podría abrazar, tocar y manosear a Harry todo lo que pudiera, pero eso no significaba nada. Harry lo amaba a él y Draco se aferró a ese pensamiento para no perder el control y armar una escena de celos.
Regresó sus ojos a Charlie y le dijo con toda sinceridad y con la voz más seria de lo que pretendía:
—Por supuesto que me saqué la lotería. Eso lo sé muy bien.
Y entonces, algo amargo le subió por el esófago porque fue terrible caer en cuenta de que, a lo que Charlie Weasley le llamaba "haberse sacado la lotería" (o sea, estar casado con Harry Potter y tener familia con él), era realmente la situación idílica y perfecta que Draco no sabía que quería y necesitaba en su vida hasta que la había tenido ahí en ese vistazo.
Pero el punto era que en su vida real no era así.
Un nudo se le formó en la garganta y no pudo seguir charlando. Agachó la mirada, sintiéndose sobrepasado. Por suerte, alguien se acercó en ese momento hasta Charlie y comenzó a hablar con él, distrayéndolo. Draco levantó los ojos y le echó un vistazo al mago que se había acercado y hablaba con Charlie. Seguramente no era un Weasley (pues no era pelirrojo), aunque sí era bastante atractivo, de piel muy blanca y ojos y cabello oscuros, más o menos de la misma edad de Charlie. Draco se le quedó mirando fijo porque, el otro mago, a su vez, lo estaba observando a él intensa y apreciativamente.
—Malfoy, este es Emil Enescu, un viejo amigo —dijo Charlie al notar que aquellos dos se miraban el uno al otro—. Trabajamos juntos en Rumanía y me ha acompañado a pasar las fiestas con mi familia. Emil, él es Draco Malfoy, el marido de Harry Potter.
Draco le sonrió por obligación y le dio la mano. El tal Enescu le dio un fortísimo apretón que casi le rompe todos los dedos, y, no sólo eso... Draco frunció el ceño al darse cuenta de que Enescu, a la hora de soltarle la mano, lo hacía de modo lento e insinuante, casi acariciándole la palma con los dedos. Y no sólo eso: también lo miró de arriba abajo y le arqueó una ceja, sonriendo de lado.
—Muchísimo gusto, Draco —le dijo Enescu con un marcado y burlón acento rumano, haciendo especial énfasis en su nombre—. Me encanta comprobar que otros ingleses son tan guapos como mi amigo Charlie, ¿quién lo hubiera dicho? ¿Sabías que Charlie y yo nos dedicamos a cuidar… dragones, cierto, Draco? —preguntó en un tono provocativo que no le pasó desapercibido a éste.
—Sí… algo me han contado —respondió Draco, mirándolo con el ceño fruncido. ¿Acaso aquel mago rumano le estaba coqueteando así de descarado, aun con Harry presente ahí apenas a un par de metros?
Draco miró de nuevo hacia Harry y, de nuevo, lo encontró con Gabrielle colgada de su brazo. El calor del enojo le recorrió las venas; tuvo ganas de salir de ahí de inmediato, no recordaba haberse sentido tan incómodo. Resopló mientras pensaba que la familia Weasley y sus allegados representaban un verdadero peligro para su matrimonio. Se preguntó si él y Harry tendrían ese problema recurrentemente y si se pasarían el tiempo quitándose de encima a otra gente que buscaba meterse en los pantalones de uno o de otro. Recordó las palabras de Blaise cuando éste le había afirmado a Harry que Draco se lo pasaba celoso de toda la gente que lo rodeaba y que siempre tenía el temor de que fuera a dejarlo por algún fan o compañero de equipo. Apretó los labios, dándose cuenta de que eso podía ser una completa verdad.
Estaba pensando en eso tan profundamente que no se dio cuenta en qué instante Charlie se hubo alejado, dejando a su amigo junto a Draco. El rumano se acercó más y captó su atención. Lenta y discretamente, aquel mago de cabello oscuro levantó un brazo y tocó a Draco con la punta de los dedos de una mano.
—¿No te gustaría ir al salón de té conmigo? Puedo... puedo invitarte algo, si gustas —le dijo con una gran sonrisa. Draco lo miró, asombrado de su desvergüenza y valor. El mago era bastante atractivo y Draco estaba seguro que allá, en su otra vida, no habría dudado ni un segundo para aceptar sus avances y coqueteos. Pero ahí, en esa vida, él estaba casado con Harry Potter. ¡Casado con Harry Potter, ni más ni menos! No estaba interesado en absoluto, ni por ése ni por ninguno más. Ajeno a sus pensamientos, Enescu continuaba hablándole—: O incluso, si quieres, podemos irnos los dos por algo más fuerte de beber. Charlie me mostró el otro día un par de sitios interesantes en su famoso callejón Diagon.
Draco suspiró con fastidio y negó con la cabeza.
—Lo siento, eh... disculpa, olvidé tu nombre.
El otro mago lo miró socarrón.
—Emil Enescu.
—Ah, sí. Eso. Yo... Mira, Enescu, yo vengo con mi esposo, por si no lo notaste —respondió Draco entonces, señalando con un pulgar hacia donde Harry estaba parado.
Enescu miró hacia allá y soltó una risita.
—Oh sí, los vi llegar juntos y escuché que Charlie te presentaba como marido del famosísimo Potter. Pero, por lo que veo, tu... "esposo" —dijo, marcando la palabra con burla—, no piensa igual que tú a la hora de convivir con otros, ¿no crees?
Draco miró hacia Harry. Gabrielle, la muy descocada, estaba no sólo completamente abrazada del brazo de Harry, sino que ahora había pegado todo su costado contra él y apoyaba su cabeza sobre el hombro del mago. Harry parecía no darse cuenta: se veía muy distraído charlando con Bill.
Gabrielle se percató de que Draco los estaba mirando y le regaló una sonrisa llena de burla y significado. Draco se contuvo de hacerle una mueca de odio y de ir ahí a quitársela a Harry a empujones. En eso estaba pensando, cuando vio a Ron Weasley acercarse a Harry como si quisiera decirle algo, tomarlo del otro brazo y tirar de él hasta provocar que Gabrielle no tuviera más remedio que soltarlo y dejarlo ir. Ron se alejó con Harry unos pasos y, con una discreción que Draco jamás habría creído posible que la comadreja pudiera poseer, se colocó en medio de aquellos dos para evitar que Gabrielle volviera a quedar a un lado de Harry.
Draco arqueó una ceja, asombrado.
Pero, de cualquier manera, se sentía agotado, adolorido, frustrado y enojado. Y, sobre todas esas cosas, se sentía profundamente triste y fuera de lugar. La urgencia de huir ahí era insoportable. Sin mirar a Enescu, le dijo:
—Por favor, ¿podrías disculparme? Necesito ir a... a algo, allá.
Y con eso, se dio la media vuelta y caminó a toda prisa a donde, él sabía, estaba el salón de té del hospital. Total, si Harry quería regresar a casa con él cuando terminara de socializar con aquella gente, podría buscarlo. Y si no...
Draco no quiso ni pensarlo.
Estaba ya bebiéndose su segunda taza cuando llegó alguien y se paró enfrente de su mesita. Draco, sintiéndose muy desgraciado, elevó la cara y descubrió a Ron Weasley de brazos cruzados, mirándolo con reprobación. Ese gesto lo despabiló de inmediato, haciéndolo enojar.
—¿Se puede saber qué hice mal esta vez? —espetó Draco de mala manera, confiando en que ese fuera el modo en el que Weasley y él se llevaban en aquel vistazo—. Mira, We… Ron, si hay alguien aquí que tendría el derecho a estar molesto, ése soy yo. No creas que te he perdonado lo que pasó el otro día, cuando entraron a mi casa, me desmayaron y luego dejaste que Hermione y Harry me trajeran a hacer estudios a San Mungo.
Weasley enrojeció y puso cara de pena. Se sentó frente a Draco sin esperar invitación.
—Bueno, eso es cierto, te debo una disculpa muy grande. Pensé que no estabas enojado, Hermione me dijo que habló contigo y todo estaba bien. Pero oye, al menos yo no dejo a mi esposa a merced de un pretendiente que parece no respetar ningún lazo ni compromiso. Tú has estado viendo como es Gabrielle con Harry y parece no importarte. ¡Hasta saliste huyendo, dejándole el campo libre!
Draco elevó los ojos hacia Weasley, enfureciéndose más.
—Ah, ¿o sea que ahora yo tengo la culpa de que tu pequeña cuñada quiera propasarse con mi marido?
Weasley puso los ojos en blanco.
—Por supuesto que no. Pero, no sé, casi no te reconozco, Draco. El Draco Malfoy que yo tengo años de conocer ya le habría puesto las cuentas claras a esa niña. Después de todo, no te olvides de que tiene sangre veela. Yo sé que Harry te ama a ti con locura, pero... No sé qué tan inmune pueda ser a sus encantos mágicos. Yo recuerdo que a mí Fleur me afectaba muchísimo —reconoció Weasley, enrojeciendo de las orejas y mirando hacia otro lado. Draco sonrió muy a su pesar—. Además, están los problemas que ustedes dos han tenido últimamente, ¿sabes? Harry estaba muuuuy convencido de que tú ya no lo querías más. Si sigue creyendo eso y luego, encima, una veela lo hostiga, ¿cómo esperas que no caiga en la tentación?
—Ya hablé con él… —comenzó a explicarse Draco—. No fue la conversación perfecta, pero al menos me he disculpado.
—¿Y? ¿Él te perdonó?
Draco se encogió de hombros y agachó la mirada, clavándola en la taza del té aguado e insípido que estaba bebiéndose.
—No estoy seguro. Creo que no. No lo ha dicho explícitamente. Es que hemos tenido muy pocas oportunidades de estar a solas, ¿sabes? Ambos tenemos vidas ocupadas. Pero... Lo estoy intentando.
Para su sorpresa, Weasley le sonrió mucho.
—¡Genial! Ya decía yo que todo esto tenía que tratarse de un error. —Se puso de pie—. Bueno, yo tengo que regresar a la tienda a relevar a George para que él pueda venir a ver a Victoire. En fin, Draco, sólo me resta desearte buena suerte. Échale ganas, no seas estúpido. Gabrielle va a estar en Inglaterra hasta después de Año Nuevo. Ten cuidado con ella, no es nada inocente. Fleur se propuso conquistar a Bill y lo logró, así que no dudo que su hermanita menor sea igual de persistente. Yo que tú, me tomaba unas vacaciones para pasar más tiempo cerca de tu marido.
Le guiñó un ojo y se retiró, y si Draco no hubiera estado tan sorprendido de tener a Ron Weasley, de entre toda la gente, apoyándolo para que se reconciliara con Harry Potter y evitara que una bruja con sangre veela se lo quitara, se habría horrorizado de ver a su antiguo rival haciéndose semejante gesto amistoso.
Toda aquella situación con los Weasley era extremadamente extraña pero entrañable. Después de pensarlo un poco, llegó a la conclusión de que Ron Weasley no era tan estúpido ni tan mala gente como siempre pensó. Al menos, ahí era lo suficientemente inteligente como para desearle lo mejor a su amigo Harry Potter, y siendo que lo mejor de lo mejor en toda Inglaterra era el mismo Draco Malfoy, tenía sentido.
Sintiendo una confianza en él mismo renovada y fortalecida, Draco sonrió presuntuoso, abandonó su té horrible, dejó unas monedas en la mesa y salió del salón para buscar a Harry y llevárselo a casa.
Los dos tenían una reconciliación en progreso que él se moría de ganas por concluir.
De cualquier forma, aquella reunión improvisada en un corredor del hospital ya estaba llegando a su fin. Al parecer, ya habían dado de alta a la niña, quien, de pie entre sus padres, estaba frente a Harry asegurándole que lo quería mucho, que lo perdonaba y que no iba a tener miedo a subirse a una escoba otra vez.
—Estaré ahí sin falta la siguiente sesión, tío Harry —le dijo la pequeña y abrazó al moreno, quien, de cuclillas, apretó a la nena entre sus brazos. Victoire miró a Draco por encima del hombro de Harry y le sonrió—. Aunque mi tío Draco me haya salvado esta vez, tú siempre serás mi héroe favorito, tío Harry.
Todos se rieron al tiempo que Draco llegaba hasta ellos y se paraba junto a Harry. No pudo evitar las miradas socarronas que le dirigieron tanto Gabrielle como el amigo rumano de Charlie. Draco les hizo muecas a ambos, esperó a que Harry se pusiera de pie y, acto seguido, se giró hacia él, lo tomó de la barbilla con los dedos de su mano y se inclinó para besarlo.
Le dio un pequeño pero muy profundo beso, olvidándose momentáneamente de todos los que los rodeaban y que, o se estaban riendo nerviosos, o soltaban sentidos "aww". Para su gran deleite, Harry se dejó besar de ese modo y hasta correspondió un poco; Draco no sabía si había sido porque lo había cogido desprevenido o porque no le molestaba en absoluto, pero, por lo que fuera, resultó bien. Draco se había estado armando de valor todo el camino desde el salón de té hasta llegar ahí, temiendo intentarlo y la vergüenza pública de verse rechazado por su marido. No obstante, Harry no estaba rechazándolo. Se besaron así durante unos pocos e insuficientes segundos y Draco lo soltó, alejándose lentamente. Suspiró, miró a Harry con ojos entrecerrados y le sonrió con calidez.
Para su alegría, Harry le correspondió la sonrisa.
—Mi adorado marido siempre será el héroe favorito de todos, hasta el mío, y nada de lo que yo haga podrá quitarle ese sitio consentido —dijo Draco entonces, sin dirigirse a nadie en particular, hablando con la voz llena de cariño. Harry arqueó unas cejas, impresionado por el halago. Draco se atrevió entonces a mirar a los ojos a los demás presentes y no se asombró de ver que Ron Weasley le sonreía ampliamente e incluso levantaba un pulgar en una inequívoca señal de ánimo. Draco tuvo que ocultar una sonrisa muy grande cuando vio eso y más cuando notó que Gabrielle estaba roja y miraba hacia otro lado mientras jugueteaba con su pelo—. Ahora, si no les resulta inconveniente, Harry y yo tenemos que retirarnos. Como todos saben, Eltanin nos espera en casa. —Se giró hacia Harry y le buscó la mirada—. ¿Qué dices, cariño? ¿Nos vamos?
Harry le sonrió y asintió con la cabeza. Se veía agotado. Draco no había escuchado que Harry les hubiese contado a los presentes acerca de su ataque de pánico y lo exhausto que había quedado por su causa, así que Draco había comenzado a suponer que nadie de ellos, o al menos, no todos, estaban enterados de su trastorno mental.
Se abstuvo cuidadosamente de mencionarlo.
Todos comenzaron a despedirse entre ellos, se desearon felices fiestas y acordaron encontrarse en cierto punto de Londres para ver los fuegos artificiales la víspera de Año Nuevo. Draco los escuchó, se preguntó si acaso él todavía estaría ahí con ellos para esa fecha y trató de no sentirse sorprendido cuando se percató de que, en el fondo, deseaba que fuera así.
Allá, en su vida real, jamás había mirado los fuegos artificiales de Año Nuevo con nadie, a propósito. Si es que acaso alguna vez los había presenciado, había sido por puro accidente y desde la ventana de su edificio de oficinas junto al callejón Diagon, en algunas ocasiones en las que se había quedado a trabajar hasta tarde. Completamente solo.
Intentó disimular la mueca de amargura y preocupación que luchaba por mostrarse en su rostro y no dijo más.
Ahora fue el turno de Draco de realizar la aparición conjunta para llevarlos a él y a Harry a casa. Se aparecieron en el vestíbulo de la mansión y, casualmente, la madre de Draco andaba por ahí con el bebé. Harry se alegró mucho de ver a Eltanin, hasta el gesto de cansancio y tristeza se le esfumó del rostro mientras se acercaba a Narcisa, tomaba a Eltanin en brazos y caminaba con él escaleras arriba. Narcisa y Draco lo miraron irse sin decir nada, pero, cuando estuvo lo suficientemente lejos, Narcisa se giró hacia Draco y le preguntó:
—¿Tuvo un ataque, cierto?
Draco se giró bruscamente hacia su madre. Así que ella sabía. Eso era extraño, pues aparentemente ninguno de los Weasley estaban enterados y, en cambio, la familia de Draco sí.
Draco asintió, ardiendo de ganas de hacerle mil preguntas al respecto a su madre pero guardándose de demostrarlo. Si Granger no lo sacaba de apuros, ya sabía a quién cuestionar, aunque con Narcisa tendría que ser más discreto.
—Voy a acompañarlo para echarle una mano con el bebé —dijo Draco.
Narcisa asintió.
—Ayúdalo a tomar un baño y acuéstalo. Me encargaré de que un elfo les suba a su recámara las pociones que necesita para dormir sin sueños.
Draco le agradeció a su madre y se encaminó hacia los cuartos. No tenía idea si Harry entraría en la recámara que era de ambos o si todavía querría dormir en la de huéspedes que estaba ocupando. Draco lo encontró de pie con el bebé en brazos afuera de la puerta de su recámara compartida, dudando. Con rapidez, se acercó a él, le sonrió amablemente y le quitó al niño.
Eltanin estaba feliz de verlos. No dejaba de soltar risitas y balbuceos. Draco lo observó, admirándose como siempre de lo bonito que era; le dio un sonoro beso en su mejilla sonrosada y regordeta. Entonces, le dijo a Harry al tiempo que abría la puerta de su cuarto.
—Por favor, Harry, quédate aquí. Te… te prometo que no te molestaré. Déjame ayudarte a tomar un baño caliente y luego, duérmete. Yo me encargo del bebé. Te hace falta descansar.
Harry lo miró con los ojos húmedos. Después de unos segundos, asintió lentamente con la cabeza.
—De acuerdo. Eso haré. Gracias, Draco —le dijo, mirándolo fijo.
Draco sintió mariposas en el estómago. Sonrió, dejó que Harry entrara delante de él y luego lo siguió.
Tener a Eltanin y a Harry ahí con él dentro de su cuarto después de haber pasado la noche anterior todo solitario, le brindaba una alegría y una esperanza que era imposible de describir.
Dándose sus mañas para jugar con Eltanin y entretenerlo y, al mismo tiempo, auxiliar a Harry, Draco consiguió ayudar a éste a quitarse su sucio y húmedo uniforme de quidditch, tratando con todas sus fuerzas de no sentirse "incorrectamente emocionado" al ver al otro desnudo porque, en primer lugar, el bebé estaba ahí con ellos, y en segundo lugar, Harry estaba muerto de cansancio. Así que lo que Draco hizo, a pesar de que el deseo que sentía por Harry estaba a flor de piel, fue no mirar directo al cuerpo desnudo del otro mago.
Le llenó la tina de agua caliente, le puso sales aromáticas relajantes, ayudó a Harry a entrar al agua y lo dejó ahí a solas en el baño mientras él jugaba con Eltanin sobre su cama.
Alguien tocó a la puerta.
—Adelante —dijo Draco, preguntándose quién podría ser. Un rato antes ya había ido Ashy a llevarle las pociones tranquilizantes para Harry.
Una cabecita de cabellos azules se asomó a través de la puerta entreabierta y Draco tuvo a la sonriente cara de Teddy Lupin mirándolo con descaro.
—¿Se puede pasar, tío Draco? —A Draco le sorprendió gratamente que el chico le llamara "tío", pues no se le había escapado que las veces anteriores que habían hablado, Teddy nunca le había dicho así. No pudo disimular una sonrisa altanera mientras Teddy entraba, saludaba a Eltanin a gritos y el bebé le respondía igual. Teddy se subió a la cama con ellos y comenzó a usar los juguetes de Eltanin para entretenerlo mientras hablaba a toda velocidad—: Después del entrenamiento, el papá de Josh me llevó a mi casa con mi abuela, y tomé un baño y me puse ropa limpia. Mi abue me obligó a almorzar aunque yo no tenía hambre. De hecho me he sentido un poco raro hoy, tío... Como si... Como si... No sé, me duele un poco la cabeza y siento que olvidé algo importante.
Draco levantó sus ojos hacia el niño. Hacía horas, cuando había obliviatado a todos en el campo, también lo había desmemoriado a él, obviamente. Ahora, le remordía la consciencia por haberlo hecho, pues, después de todo, eran familia. Draco apretó los labios y tomó una decisión. Se sacó la varita de entre la ropa, apuntó a Teddy (éste sólo lo miró con curiosidad, pero sin miedo, y Draco sintió todavía más remordimiento al ver el nivel de confianza que aquel niño tenía en él) y murmuró:
—Finite incantatem.
Los ojos azules de Teddy parecieron iluminarse conforme los recuerdos de lo sucedido en el campo regresaban a él. Miró a Draco con enojo.
—¡Tío! ¡Me borraste la memoria! ¿Por qué a mí?
—Bueno, es que... pensé que...
—¿Pensaste que me asustaría de ver lo que le pasó a mi padrino? Pero... yo ya lo había visto sufrir un ataque antes —murmuró en voz baja, agachando la cara—. Fue una vez que en mi casa había un boggart. Mi padrino Harry fue a ayudar a mi abue a matarlo, y el boggart salió del sótano convertido en un dementor, y mi padrino... mi padrino se puso así al verlo. Tuviste que ir tú por él para llevarlo al hospital.
Draco se sintió tan impresionado por aquella información que se bajó de la cama para ponerse de pie. Miró hacia la puerta que separaba el cuarto del baño, y rogó porque Harry todavía no estuviera a punto de salir. Se giró hacia Teddy.
—Teddy, ¿tú crees que yo soy tu verdadero tío Draco o no? —le preguntó.
Teddy, sentado sobre la cama junto a Eltanin y ambos rodeados de juguetes de colores brillantes, miró a Draco y se encogió de hombros.
—No lo sé bien. Cada día te pareces más, así que he pensado que quizá no lo eres, pero que pronto lo vas a ser.
Aquella afirmación dejó a Draco boquiabierto. Meneó la cabeza para despabilarse.
—Entonces, confías en mí, ¿cierto?
Teddy afirmó con un gesto de cabeza, un tanto indiferente, como diciendo: "claro, ¿por qué no?"
Draco sonrió.
—Pequeño diablillo. ¿Y por qué eres capaz de guardar el secreto de la enfermedad de tu padrino pero no me guardaste el secreto a mí de que yo soy otro Draco?
Teddy se rió.
—Pues porque no me lo pediste ni me dijiste que era secreto —comentó con toda simpleza—. En cambio, cuando pasó lo de mi padrino, tú y él me hicieron prometer que no se lo diría a nadie porque era importante guardar el secreto. Me dieron una caja de ranas de chocolate por mi promesa —finalizó y suspiró contento, como recordando con gran nostalgia el evento. Draco sonrió más.
—Muy bien, te prometo tres cajas de ranas de chocolate si me cuentas todo lo que sepas de la enfermedad de tu padrino. ¿Sabes qué es lo que...?
Draco se interrumpió porque en ese momento Harry estaba saliendo del baño envuelto en una toalla, con el cabello mojado y la piel brillando por las gotas de agua. Draco tuvo una reminiscencia de su primer día en el vistazo, cuando había visto salir a Harry desnudo de la ducha y éste le había enseñado todo el culo. Sonrió mientras pensaba en lo mucho que habían cambiado las cosas para él en apenas cuatro días: la manera en que veía a Harry y lo que sentía por él.
Harry se alegró de ver a Teddy. Aunque se veía extremadamente agotado, sonrió mucho, se acercó a la cama y le dio un abrazo a su ahijado.
—Padrino —le dijo el niño—. Lamento mucho que hoy de nuevo te hayas asustado. Espero que ya estés mejor.
Harry se quedó un tanto extrañado y miró a Draco de reojo.
—Eh, sí, ya estoy mejor, Ted, gracias. Sólo un poco molido.
—Le he regresado el recuerdo, si es lo que te estás preguntando —le explicó Draco a Harry—. Después de todo, creo que Teddy es de fiar —finalizó y le sonrió mucho al niño, guiñándole un ojo.
Harry sonrió con gesto fatigoso mientras caminaba de regreso al armario-vestidor para cambiarse. A medio camino, pareció recordar que no tenía ropa ahí y se detuvo, un tanto pasmado. Draco miró a los niños.
—Cuida a Eltanin, Teddy, ahora regreso. —Caminó entonces hacia Harry, lo tomó suavemente de un brazo y le susurró—: No seas tonto, ponte algo mío. Una pijama, para que te acuestes a descansar. Después... después hablaremos de esto, si quieres. Lo importante justo ahora es que te restablezcas.
Harry elevó sus ojos hacia él y lo miró con intensidad. Draco le correspondió la mirada, sin saber qué más decir, sin comprender del todo qué significaba que Harry lo estuviese observando así. Entonces, después de unos segundos de pensarlo, Harry asintió lentamente y continuó su camino hacia el armario. Draco regresó a la cama con los niños, y, unos minutos después, Harry regresó vestido con una pijama de Draco.
Éste lo miró sonriéndole. Harry se veía adorable pues, como era un poco más fornido que Draco, la pijama le quedaba un tanto apretada y era simplemente gracioso.
—Espero que estés cómodo. Ven, acá están tus pociones. Bébelas, acuéstate y duerme. Yo me encargo de los niños, no quiero que tú te preocupes por nada, ¿de acuerdo? —le dijo Draco al tiempo que levantaba a Eltanin en brazos y usaba su varita para mandar todos los juguetes al salón de juegos, a donde pensaba dirigirse con los niños mientras llegaba la hora de la cena—. Vamos, Teddy, hay que dejar que tu padrino descanse.
Teddy le dio un abrazo muy apretado a Harry.
—Adiós, padrino, que te mejores. Espero que tengas bonitos sueños. Piensa en chocolate.
Harry soltó una risita medio sarcástica y amarga que Draco no comprendió. Le dio palmadas a su ahijado en la cabeza.
—Justo lo que necesito. Claro, Teddy, no te preocupes. Gracias por venir a visitarme.
Con eso y, mirando a Harry por última vez por encima de su hombro mientras salía del cuarto con los niños, Draco le dirigió una sonrisa que, para su gran regocijo, Harry le correspondió.
El resto de la tarde pasó rápida y agradable: Draco, aprovechando que había dejado de nevar y que hacía menos frío, abrigó bien a los niños y los sacó a dar una vuelta por los jardines. Incluso él y Teddy hicieron un muñeco de nieve muy deforme que luego Eltanin tuvo mucho gusto en derrumbar a patadas con sus piecitos calzados con botas cuando Draco lo acercó para que lo admirara.
Adentro de la mansión, Narcisa y Andrómeda bebían el té y charlaban.
Draco, aun distraído, aun jugando con los niños, no podía dejar de pensar en Harry y en su extraño trauma. Se moría de ganas de encontrarse a solas para poder ir a una chimenea a hablar con Granger e interrogarla al respecto, así que, después de la cena y de que finalmente Teddy y Andrómeda se marcharan a su casa, Draco se encargó de darle el último biberón a Eltanin y lo acostó.
Como era la primera vez que él se ocupaba de eso, llamó a Ashy para asegurarse de estar haciéndolo bien. Ashy le dio unas pocas indicaciones, le dijo cómo poner un encantamiento de "monitor de bebé" y entonces, Draco esperó a que Eltanin finalmente se quedara dormido antes de dejar su cuarto.
En el corredor, se entretuvo algunos momentos mirando fijo la puerta de su propio cuarto, del que ahora compartía con Harry, donde Harry se encontraba en esos momentos profundamente dormido. O al menos, eso esperaba Draco.
Suspiró hondamente y caminó, con paso lento y triste, a su despacho. No pensaba trabajar, sólo quería hablar con Granger.
Granger demoró años en responderle la llamada vía red flu. Draco primero la buscó en la casa que compartía con Weasley, donde éste lo atendió y le dijo, en medio de un gran bostezo, que su mujer no había vuelto de trabajar. Entonces, Draco hizo varias llamadas a diferentes chimeneas del Ministerio hasta que finalmente dio con la correcta; pero ahí, una bruja joven y de malas pulgas, que seguramente era un tipo de secretaria o asistente, le informó que Granger estaba muy ocupada en una reunión y que ella le pasaría su recado.
Draco esperó pacientemente durante una media hora mientras se bebía un vaso de whisky y se ponía al día con su correspondencia.
Cuando finalmente Granger le honró con el privilegio de su atención, Draco dejó el vaso sobre el escritorio y se acercó a la chimenea.
—Buenas noches, Granger —la saludó—. Gracias por responder. Necesito preguntarte algo con urgencia.
Granger lo miró con ojos sorprendidos durante unos segundos antes de suavizar la expresión.
—Dios mío, Malfoy... Por unos momentos me olvidé de que tú no eras tú, sino otro. —Meneó la despeinada melena y negó con la cabeza—. Ay, no me hagas caso. Ha sido un día extenuante y largo y siento el cerebro como esponja. Estaba en una reunión con el Comité de Servicios Sociales para ver si por fin toman en serio la investigación que hizo mi Departamento acerca de la pobreza y los problemas en Nottingham, pero nada. No hay dinero y no les importa una mierda que... —soltó y luego se llevó una mano a la boca—. Ups, lo siento, no quise decir eso. —Suspiró y miró a Draco con curiosidad—. ¿Y tú como vas con Harry? ¿Ya conseguiste su perdón?
Draco abrió mucho los ojos, recordando lo que había pasado entre Harry y él en la sala de estar de la casa club. Merlín, era lo más erótico y prohibido que le había pasado nunca. Se sonrojó sólo de pensar en eso. Esperaba que Granger no se diera cuenta de su gesto culpable.
—Me he disculpado con él, así es... No obstante, no estoy muy seguro de que me haya perdonado porque nos interrumpieron y, ejem, no pudimos seguir hablando al respecto, pero... Bueno, al menos he conseguido que vuelva a dormir en la misma cama que yo. Quiero decir, en el mismo cuarto, o sea... diablos.
Agachó la cabeza. No se le había ocurrido pensar en las implicaciones de tener a Harry en la misma cama que él. ¿Cómo iba a soportar esa tentación?
Granger lo miró con los ojos entrecerrados.
—Bueno, mira, Malfoy... Como tú no estás casado en tu vida real, quizá no lo sepas, pero tengo que confesarte un secreto de matrimonio: los casados no hacemos el amor todas y cada una de las noches, ¿sabes?
Draco puso los ojos en blanco y trató, con todas sus fuerzas y por beneficio de su salud mental, de no imaginarse a Granger y a Weasley en la misma cama haciendo lo que fuera.
—¡Demasiada información, Granger! —exclamó.
Para su asombro, Granger se rió con ganas.
—Lo que quiero decir es que está bien, me parece genial que tú y Harry compartan cama de nuevo. Creo que es la mejor señal de que él está disculpándote. Lo que estoy intentando que te quede claro es que no tienes que sufrir por eso: puedes tratar, cada noche, de inventar alguna excusa creíble para no tener sexo con él. Sólo cuida que no se sienta despreciado, o rechazado, o...
Draco volvió a poner los ojos en blanco.
—Claro, ¿cómo no lo pensé antes? Va a ser facilísimo decirle que no a Harry sin que éste se sienta ofendido, y más con el carácter que tiene —dijo con sarcasmo—. Pan comido.
Granger suspiró.
—Confío en ti, Malfoy. Más te vale que lo hagas bien, que ya quiero a mi amigo de regreso. O sea, al verdadero tú.
—Claro, claro —respondió Draco, intentando no sentirse ultrajado pero sin lograrlo. Por alguna razón, se sintió celoso de su otro yo. Carajo, con cada día que pasaba ahí en ese vistazo, más y más odiaba al Draco suertudo de esa realidad.
—¿Y qué era lo que querías preguntarme? —le dijo Granger al fin, sofocando un bostezo.
Draco la miró con enojo al recordar el motivo por el que la había estado buscando.
—¿Por qué no me dijiste que Harry sufría de algo que parece estrés postraumático? Hoy tuvo un ataque de pánico sólo porque unas doxys atacaron a Victoire. ¡Y yo sin tener idea! Granger, eso tenía que haber sido lo primero que debiste contarme.
Granger miró a Draco con la boca y los ojos muy abiertos. Incluso, pareció que de pronto había dejado de tener sueño.
—¿Qué fue lo que dijiste? —exclamó con angustia.
Draco comprendió.
—Oh... ¿No lo sabías? —Granger negó con la cabeza, y entonces, Draco tuvo que contarle, con pelos y señales, qué era lo que había ocurrido ese día en el campo de entrenamiento y, luego, en el hospital—. Creo que los únicos que saben de esto que sufre Harry, es mi familia. Al menos, hasta donde me di cuenta, sólo lo saben mi madre, Teddy, Andrómeda y... mi otro yo, por supuesto.
Granger estaba pálida y asustada.
—¡No tenía idea de eso! Quiero decir, Ron y yo sabíamos que Harry iba a consulta cada día martes, pero creíamos que era una simple terapia psicológica. Ahora... ahora veo que es algo más grave. ¿Por qué Harry no nos contaría? —preguntó descorazonada.
—¿Quizá no quería preocuparlos? Mira, Granger, no lo sé, se supone que tú lo conoces mejor que yo.
—Mañana mismo voy a ir a hablar con sus sanadores. Dudo mucho que quieran romper su código ético para contarme qué fue lo que llevó a Harry a consulta, pero de todas formas lo intentaré. Si no consigo nada, entonces tendrás que averiguarlo tú, Malfoy, y luego me lo contarás todo —le ordenó.
Por tercera vez, Draco puso los ojos en blanco.
—Eres medio mandona, ¿ya te lo habían dicho antes?
Granger sonrió.
—Todo el tiempo. Bueno, me voy, que me muero de sueño y Ron debe estar trepándose por las paredes de hambre si es que me está esperando para cenar con él. Te hablo mañana para contarte si averigüé algo.
Se despidieron y dieron por finalizada la llamada por la red flu.
Draco se sentía mucho más desconcertado que antes y, si era sincero con él mismo, también se sentía halagado. Lo que fuera que le estuviese ocurriendo a Harry, éste sólo había confiado en los Malfoy como para hacerlos los únicos partícipes de ese secreto. No pudo evitarlo: una oleada cálida de algo que no supo ponerle nombre le anegó el pecho cuando llegó a la conclusión de que Harry Potter, en esa vida y a falta de cualquier otro Potter más, había adoptado a los Malfoy como familia. No a los Weasley, no a nadie más. A los Malfoy, ni más ni menos. A la familia de Draco.
Somos lo más parecido a una familia de verdad que él tiene, pensó Draco, experimentando de nuevo aquel bochornoso sentimiento que lo había invadido el día anterior cuando, en su armario-vestidor, se había dado cuenta de que Harry tenía muy poca ropa.
En aquel entonces, se había negado firmemente a ponerle nombre a ese sentimiento, pero ahora no podía continuar negándolo. Era ternura. Era cariño. Jamás, jamás, Draco había sentido nada parecido por nadie.
Se llevó las manos a la cara y se quedó así durante unos momentos, respirando profundo para tranquilizarse.
Lo que sentía por Harry era tan grande y tan intenso que creía que iba a explotarle en el pecho, no sabía que hacer, era desesperante. Tuvo que beberse un par de vasos más de whisky antes de dejar su despacho y regresar a su habitación, sintiéndose completamente apesadumbrado y deshecho.
