Capítulo 11. Charlas de alcoba
Tratando de no hacer ruido y usando su varita para iluminarse, Draco entró a su cuarto y se cercioró, con gusto, de que Harry continuaba ahí. Se acercó a la cama y se aseguró de que Harry estaba profundamente dormido, pues incluso roncaba tenuemente. Aunque tenía el ceño un poco fruncido, por lo demás se veía que tenía un sueño tranquilo.
Draco suspiró, se encaminó al baño y se metió a la ducha.
Mientras se enjabonaba, pensó en todo lo que había sucedido durante ese día y no pudo evitar recordar lo que había pasado entre Harry y él unas horas antes, en la casa del club de quidditch infantil. Luego, intentó no sentirse tan culpable cuando no tuvo más remedio que acariciarse a él mismo cuando su mente y sus sentidos se llenaron de las memorias de los besos que Harry le había dado, de aquella desesperación con la que lo había tomado del cuello y, luego, de la ropa, para tirar de él y subirlo encima suyo. Draco creía que si cerraba los ojos y pensaba detenidamente en ello, podía volver a sentir la mano de Harry abarcando su miembro por encima de su ropa, frotándolo, llevándolo a su orgasmo.
Draco se corrió bajo el chorro de agua caliente, sofocando sus jadeos y gemidos y tratando de no sentirse demasiado pervertido y aprovechado.
Se puso una pijama mientras evitaba su imagen en el espejo y se acostó en el extremo opuesto que Harry ocupaba, agradecido de que la cama fuera lo suficientemente grande como para poder estar ahí con el otro mago sin tener que tocarlo.
A pesar de toda su resaca moral y emocional, se durmió de inmediato.
Algo lo despertó cuando todavía no era de día. El cuarto continuaba igual de oscuro que cuando se había ido a acostar.
De principio no supo decir qué era: sencillamente había despertado sobresaltado. Entonces, se quedó quieto y callado y se dio cuenta de que, junto a él, Harry estaba moviéndose agitadamente y murmuraba incoherencias. Draco buscó su varita, encendió la punta con un leve lumos y se giró hacia su acompañante. Harry todavía estaba dormido y en medio de una pesadilla, si es que algo se podía deducir de la manera en que fruncía el ceño, arrugaba la boca en una mueca de miedo y soltaba murmullos de angustia. Draco se extrañó pues, ¿qué no había bebido Harry poción para dormir sin soñar? ¿Así de fuerte sería su trauma? Dejando la varita a un lado, Draco se inclinó a toda prisa sobre Harry, lo tomó de los brazos y lo agitó suavemente mientras lo llamaba con voz suave.
—Harry, Harry. ¡Despierta, Harry! Harry, estás teniendo una pesadilla, ¡despierta!
—No, no, no —mascullaba Harry, hablando cada vez con más claridad conforme comenzaba a despertarse o a experimentar aquella pesadilla más vivamente, Draco no sabía—. ¡A él no, a Eltanin no! Dios mío, por lo que más quieran, ¡no!
—¡Harry! —gritó Draco y lo sacudió con más fuerza—. ¡Despierta, YA!
Harry despertó envuelto en un lío de sábanas y mantas. Con los ojos sin gafas, desorbitados y llenos de miedo, miró hacia Draco al tiempo que se aferraba a la pijama que éste traía puesta.
—¡Draco! —gritó con voz ronca—. ¡Draco, Draco, lo siento mucho! ¡Casi te matan, apenas conseguí salvarte! Lo siento mucho —repitió y comenzó a llorar desconsolado.
Draco, temiendo que fuera a darle otro ataque de pánico, lo rodeó entre sus brazos y comenzó a mecerlo mientras le susurraba sobre el pelo palabras suaves de consuelo.
—No te preocupes, Harry, estoy aquí, ¿lo ves? Estoy contigo, estamos bien, Eltanin también está bien. Acabo de dejarlo dormido en santa paz en su cuarto. No pasa nada, no pasa nada... Aquí estoy yo para ayudarte.
—Casi te dejaban sin alma, Draco —gemía Harry entre sollozos—. Casi nos matan a todos, por poco... por poco...
Algo hizo clic en el cerebro de Draco. Casi lo dejan sin alma… ¡Dementores! Ahora todo tenía sentido.
—Todo está bien, no seas tonto, al final nos salvaste, ¿no? —le dijo. Soltó un poco a Harry para buscarle los ojos. El otro mago, un tanto renuente, levantó el rostro empapado en lágrimas y le correspondió la mirada—. Harry, escucha bien. Nos salvaste, por más malo que haya sido, al final nos salvaste a todos —le dijo Draco con toda convicción, rogando a Merlín no estarse equivocando al creer que Harry se refería al episodio que le había contado Granger, donde los había salvado a todos de los dementores cuando entraron a Azkaban a liberar a Lucius.
Harry asintió lentamente, aunque no se veía nada convencido.
—Pero los dementores escaparon y no sabemos en donde están. El Ministerio no lo sabe. Podríamos... podríamos tropezarnos de nuevo con ellos en cualquier momento de nuestras vidas, ¡en cualquier lugar! —comenzó a decir en voz cada vez más rápida y atemorizada—. ¡Y yo ya no podría repelerlos, Draco! ¡Ya no puedo! Soy un inútil... —gimoteó y se clavó de nuevo contra el pecho de Draco, acurrucándose contra él en posición fetal.
Draco abrió mucho los ojos, asombrado. Entonces, ¿Harry había perdido la capacidad de conjurar a su patronus? ¿Patronus Potter (como lo había llamado burlonamente Lucius desde su quinto año) se había quedado sin aquella magia que lo hiciese tan famoso, tan singular y tan envidiado? Si ese era el caso, ahora ya quedaban claras muchas cosas. Porque si aquella incursión a Azkaban donde todos ellos casi mueren a manos de los dementores le había dejado a Harry un trauma así de fuerte que incluso lo había hecho perder a su patronus, se podía comprender entonces su estrés, miedo y ataques de pánico.
Seguramente, Harry se sentía indefenso e incapaz de proteger a sus seres queridos (algo que, para alguien con una personalidad gryffindoresca como la suya, tenía que resultar fulminante), y eso, más la deprimente, larga y recurrente historia que Harry tenía con esos seres repugnantes, resultaba en el cóctel perfecto para ponerse como se ponía si se presentaba el detonante adecuado. En la casa de Andrómeda, un boggart con apariencia de dementor. En el campo de juego, una nube negra de doxys atacando a una querida sobrina. No había que pensar mucho para concluir que la mente fácil de impresionar de Harry había confundido la bandada de doxys con un dementor al asecho.
Draco suspiró y abrazó a Harry más fuertemente entre sus brazos. No sabía qué decir porque no quería meter la pata: ignoraba qué podría haber sido exactamente lo que sucedió en aquella aventura en Azkaban que había dejado a Harry con ese nivel de estrés postraumático... Pero, entonces, se le ocurrió algo.
—Harry, te propongo una cosa... Recuperaremos a tu endiabladamente hermoso ciervo plateado. ¿Qué dices a eso? De algún modo... de algún modo… Te ayudaré y… Él volverá a ti. ¿Qué te parece? ¿Estás de…?
Se silenció porque no tenía idea de cómo ayudar a otra persona a realizar un conjuro que él ni siquiera estaba seguro de poder hacer. Jamás en su vida había tenido la necesidad de un patronus y tampoco lo había intentado por miedo a fallar. De algún modo, intuía que no iba a poder hacerlo y presentía que eso lo llenaría de rencor hacia Harry, especialmente porque éste siempre había sido un mago legendario por contar con un patronus corpóreo desde los jodidos trece años de edad...
No obstante, siguió diciendo cosas parecidas en un murmullo suave y arrullador, porque, al parecer, estaba funcionando.
Harry se fue tranquilizando poco a poco: dejó de llorar, dejó de temblar y sólo se quedó así, quieto y abrazado de Draco hasta que llegó el punto donde ambos se quedaron dormidos bajo la tenue luminosidad de la varita encendida.
Cuando Draco despertó por segunda vez, ya en la mañana, descubrió que en algún momento de la noche había soltado a Harry porque ya no lo tenía envuelto entre sus brazos. No obstante, Harry continuaba ahí. Y no sólo eso... Estaba a un costado de Draco, muy cerca, apoyado con un codo sobre la cama y la cabeza sobre la mano, observándolo detenidamente.
Draco se asombró de que el otro estuviera no sólo despierto, sino mirándolo así con aquel interesado escrutinio. Carraspeó, parpadeó un par de veces y, sintiéndose endiabladamente nervioso, susurró:
—¿Puedes verme sin tus gafas puestas?
No tenía idea de cómo reaccionaría el otro. Hasta ese momento, el carácter de Harry era un misterio que se develaba a él mismo lentamente y que estaba resultando en algo que a Draco deleitaba bastante. A veces, Draco hacía cosas que pensaba que a Harry iban a molestarle (como cuando desmemorió a todos los testigos de su ataque) y resultaba que no era así, que incluso parecía aprobarlas. Con cada día que pasaba cerca de él y lo conocía un poco más, Harry sorprendía a Draco de las maneras más agradables. Era… era como si Harry tuviera un poco (o un mucho) de Slytherin en él y eso hiciera mucho más sencilla su convivencia como pareja.
Como en ese momento. Para alivio de Draco, Harry sonrió un poco y suspiró.
—Veo lo suficiente, como sabes bien.
Draco asintió lentamente, aunque pensó: No, claro que no lo sé, ni bien ni de ninguna manera, porque yo no soy el Draco que te conoce desde que tienen diecisiete. No, Draco no sabía una mierda, pero de todas formas ahí estaba, incansable, fingiendo por una razón que ya ni entendía cuál era. Porque de pronto, todo aquel juego de "la casita" con Harry (quien desde el día anterior había dejado de ser "Potter" en su mente) había dejado de ser una actuación provocada por las ganas de que Snape lo sacara de aquella realidad y se había convertido, sin que Draco se diera cuenta, en algo mucho más real.
Con terror, Draco cayó en cuenta de que, si ahora fingía haber sido el marido de toda la vida de Harry, no era para que Snape lo sacara de ahí, sino porque no quería continuar lastimando al otro mago, porque quería llevarse bien con él y aprovechar aquellos instantes de intimidad.
Como ése, por ejemplo.
Volvió a carraspear, inseguro de qué hacer a continuación. ¿Debía levantarse o debía continuar ahí acostado tan cerca de Harry Potter?
Una erección inoportuna comenzó a cobrar vida ante la perspectiva de que pudiera pasar cualquier cosa más entre ellos dos... Draco, quien estaba boca arriba con Harry a un lado, elevó las rodillas y apoyó los pies en la cama, haciendo que las mantas cubrieran su entrepierna, decidido a que el otro mago no notara su excitación.
Draco decidió aprovechar aquel momento de paz y soledad con Harry para hablar del elefante en la habitación. Pero primero quiso cerciorarse de que Harry estuviera recuperado.
—¿Ya te sientes mejor? ¿Dormiste bien? Digo, excluyendo el momento en que tuviste pesadillas, claro.
Harry bajó la mirada unos segundos y asintió.
—Estoy mucho mejor, gracias. Esas pociones son maravillosas, aunque, claro, después de unas horas pasa el efecto. Pero creo que sí dormí suficiente. —De nuevo levantó la mirada hacia Draco y añadió con los ojos llenos de algo que éste no podía identificar—: Por cierto, muchas gracias por… Ya sabes, por todo.
Draco asintió.
—Entonces —comenzó a decir tentativamente, ardiendo de ganas de sacar un brazo de debajo de las mantas para tocar a Harry pero conteniéndose—, si aun sin gafas ves así de bien como dices, podrás ver lo mal que me siento por todo lo que te hecho pasar los últimos días, desde Navidad… Lo siento, fue un mal chiste, lo de las gafas —agregó rápidamente al ver que Harry hacía muecas de desagrado—. Si no quieres hablar del tema, lo comprendo...
Harry arqueó las cejas y suspiró sonoramente antes de dejarse caer sobre las almohadas en lo que, Draco interpretó, era un intento para dejar de verlo a los ojos. Harry clavó la mirada en el techo de tela del dosel de su cama.
—El punto es que sí quiero hablar, Draco —dijo Harry entonces—. Por eso no me había levantado y estaba esperando a que despertaras.
—¿Hace cuánto que tú despertaste?
—No sé, pero no mucho. Estaba bastante entretenido mirándote —reconoció entonces Harry, e hizo una mueca adorable que delataba su culpa.
Draco sonrió, presuntuoso. Se acaloró de nuevo y, en un arranque de coquetería que no pudo evitar, le preguntó con voz ronca:
—Y, ¿te gustó lo que estabas viendo?
Harry apretó los labios y volvió a suspirar.
—Bastante. Y creo que ese es el puto problema, ¿no?
Antes de que Draco tuviera tiempo de responder nada, Harry tomó impulso sobre la cama. Con un rápido movimiento que Draco no habría podido prever, Harry se colocó encima de él, tomándolo de las muñecas y poniéndoselas a la altura de su cabeza, oprimiéndolo contra la cama con todo el peso de su cuerpo. Y el cuerpo de Draco reaccionó de la peor manera. Su pulso se aceleró a millones de latidos por segundo y la erección que un rato antes ya estaba comenzando a despertar, en ese instante se puso completamente en guardia. Draco rogó porque Harry no lo notara.
Con sus rostros demasiado cerca el uno del otro, Harry miró a Draco a los ojos y le dijo en voz baja y enojada:
—No entiendo una puta mierda qué es lo que está pasando contigo, Draco… lo que está pasando entre nosotros. Nuestra vida iba genial, casi perfecta, y entonces despiertas el día de Navidad convertido en un cretino, tratándome mal a mí y a Eltanin, como si fueras otra persona que no sintiera nada de cariño por nosotros dos, y encima quitándote nuestra argolla de matrimonio como si no valiera nada. Cuando me dijiste lo que me dijiste esa noche, me juré a mí mismo que nunca te perdonaría, que iba a tomar mis cosas para largarme y pedirte el divorcio. Pero, maldito seas tú y el amor que siento por ti, no pude hacerlo, Draco. No pude irme porque en el fondo albergaba la esperanza de que todo volvería a estar bien entre nosotros.
Draco no se atrevió a decir nada. Sólo miró a Harry con los ojos muy abiertos, respirando con agitación, cada vez más excitado y emocionado. No podía evitar reaccionar a la cercanía, el peso y el calor del cuerpo de Harry, y además, tener al otro mirándolo así de intenso era avasallante. No tenía miedo, sabía que Harry era demasiado Gryffindor para hacerle daño, pero sí sentía un tipo de respeto reverencial ante semejante actitud furiosa y determinada. No entendía por qué Harry había despertado de repente así cuando apenas hacía unas horas había estado llorando entre sus brazos como un niño asustado por una pesadilla.
Era… era como si un gatito indefenso hubiese despertado convertido en un peligroso león. Draco, aunque apreciaba también la otra faceta de Harry donde él era quien tenía que protegerlo, no podía negar que el cambio le fascinaba a niveles que no eran normales en absoluto.
—Y pasaron los días —continuó diciendo Harry con voz cada vez más ronca y baja, cambiando su tono furioso por uno más íntimo y asombrado, como si él mismo no pudiera creer en la intensidad de sus sentimientos hacia Draco—, y tú seguiste siendo un patán, alguien que yo ya ni siquiera reconocía, al grado de hechizarte para llevarte a la fuerza a San Mungo por análisis de identidad. Cuando confirmaron que efectivamente eras tú y nadie suplantándote, casi me morí al creer que lo nuestro se había acabado, pero continué negándome a irme, no podía, simplemente... no podía salir de aquí y renunciar a ti, a Eltanin, a la familia que tú, yo y tus padres construimos dentro de las paredes de esta mansión —siguió diciendo Harry, mirando alternadamente a Draco a los ojos y luego a los labios, como si quisiera besarlo pero estuviera conteniéndose con ganas. Draco no podía hacer ni decir nada porque no quería interrumpirlo; intuía que Harry necesitaba ese desahogo, que necesitaba decirle todas aquellas cosas—. Estaba segurísimo de que tú ibas a acusarme de secuestro o algo así, y me costó creer que no lo hicieras. Y eso hizo que renaciera la llama de la esperanza en mí, que me ilusionara. Pensé, ¿es que acaso Draco todavía me quiere? ¿Podremos arreglarnos? Y luego fuiste a buscarme esa misma noche y te pusiste la argolla de nuevo delante de mi cara, diciéndome que no querías el divorcio, pero... Yo continuaba pensando que no eras sincero y sólo lo hacías para evitarte la vergüenza de una separación deshonrosa.
Draco negó con la cabeza sin poder apartar sus ojos de los verdes de Harry que lo seguían observando con vehemencia.
—No, Harry, nunca fue eso —susurró—. Te juro por nuestro hijo que yo jamás quise separarme de ti. Te juro por Eltanin que estoy completamente arrepentido de lo que te dije, de las cosas que hice. No… no fueron de corazón.
Harry lo miró durante algunos momentos sin decir nada. Entonces, volvió a la carga:
—¿Sabes algo? Estas tres noches sin ti han sido las peores de mi vida, Draco Malfoy. La noche de Navidad en la que llegaste ebrio y me fui a un cuarto de huéspedes, fue espantosa, creo que no pude pegar ojo. Luego, la siguiente noche mientras estabas en el hospital, también me lo pasé despierto, muriéndome de la ansiedad. Y luego, finalmente la siguiente que pasé de nuevo solo en ese jodido cuarto, después de que viniera Hermione a cenar. Esa noche sí dormí un poco, pero seguramente fue porque estaba muerto de cansancio. En cambio, anoche… No puedo negarte que, aunque anoche haya dormido horriblemente mal por culpa de las pesadillas, al menos tuve el consuelo de que estaba contigo, aquí, en nuestra cama. Que regresé a tus brazos... —masculló con tanto significado, bajando la mirada—, que tú... que tú me confortaste en medio de mis peores miedos. Que no me juzgas y, en vez de eso, me ayudas. —Meneó la cabeza en un gesto de incredulidad—. ¿Por qué, Draco, por qué?
Draco pasó saliva. La intensidad de las palabras de Harry lo tenían enmudecido y le costó encontrar su voz:
—¿Por qué, qué, Harry?
Harry volvió a elevar la mirada hacia él.
—¿Por qué, si todavía me amas, si no te avergüenzas de mí por mis debilidades y defectos, por qué me dijiste esas cosas horribles? ¿Es que, realmente, en el fondo, quieres que vuelva a jugar quidditch en vez de ser sólo un entrenador de niños pésimamente remunerado?
Draco negó con la cabeza. Dios, cómo le iba a costar convencer a Harry de que jamás había dicho esas palabras con sinceridad.
—No, Harry, no. Créeme, te lo suplico. Todo eso que te dije fue falso, no lo pienso así, no lo siento así. Yo... en realidad, yo estoy sumamente orgulloso de ti por lo que has hecho. Por eso fui a verte entrenar con los niños ayer. Adoro ver tu trabajo con ellos. Adoro verte volar. Joder, Harry —masculló, sobrepasado por lo que sentía. Sin poder callarse, confesó entonces—: Se me pone dura cuando te veo volar, ¿te lo había dicho antes? Eres un puto sueño húmedo cuando estás arriba de una escoba.
Harry arqueó una ceja y sonrió un poco. Era la primera sonrisa que Draco le veía durante todo ese rato.
—Oh, ¿o sea que estás confesando que vas a verme a un campo de entrenamiento con montones de niños a nuestro alrededor para excitarte viéndome volar? ¿Así de pervertido, señor Malfoy?
A Draco le puso sobremanera escuchar a Harry hablarle así. Especialmente porque parecía que había dejado atrás todas las dudas y el enojo y ahora sólo empleaba un tono de voz ronco y sensual. Draco cerró los ojos durante un momento, rebasado, pasó saliva y asintió con la cabeza.
—Sí. Por ti, sólo por ti, Harry, soy lo peor en cuanto a perversiones se refiere —dijo con toda seriedad y Harry soltó una risita. Draco también sonrió y, animado, continuó intentando arreglar las cosas, aprovechando la ligereza del ambiente entre los dos—: Pero, en serio, Harry… Necesito que me creas cuando te digo que todo lo que te dije el día de Navidad es falso. Todo. Realmente estoy orgulloso de ti, realmente valoro tu sacrificio, y por supuesto que continúo absolutamente interesado. ¿Cómo podría no estarlo, si… si… Si tú eres lo mejor que me ha pasado desde que tengo memoria? —finalizó, sintiendo que, de alguna manera, eso último contenía una gran verdad.
Se le quedó viendo a Harry a los ojos con intensidad, intentando que, con eso, él leyera en los suyos la honestidad de sus palabras. Harry, con el bonito cabello negro alborotado enmarcando su rostro guapísimo, sólo lo miraba y lo miraba sin decir nada.
—Entonces, ¿por qué lo dijiste? —volvió a preguntar con un hilo de voz—. Sólo… sólo dime por qué, Draco. Es todo lo que necesito saber.
Draco apretó los labios sin dejar de contemplar los ojos de Harry, los cuales eran un pozo insondable de desconsuelo y curiosidad. Sabía que era sólo eso. Eso era todo lo que Harry necesitaba saber para perdonarlo.
Por qué.
La puta mala noticia para ambos era que Draco no tenía ningún "porqué" lo suficientemente convincente para otorgarlo como excusa. ¿Qué demonios iba a decirle?
Abrió la boca pero no se le ocurrió nada.
De pronto, menos pudo pensar en nada porque Harry dejó caer su rostro sobre el suyo y comenzó a besarlo con dureza, casi con furia. Harry gimoteó al tiempo que obligaba a Draco a abrir los labios y sumergía su lengua en las profundidades de su boca, restregándose contra su cuerpo y demostrándole que él también se encontraba sumamente excitado.
Draco entreabrió sus labios enseguida, sobrepasado por aquel nivel de pasión, dejándose hacer, abandonándose con gusto. Nunca, con absolutamente ninguno de los muchos amantes ocasionales que había tenido durante su vida, se había sentido así de ansioso y hambriento, así de deseado. Gimió casi con angustia cuando Harry comenzó a frotarse contra él en un delicioso vaivén, haciendo que sus dos erecciones, a través de las telas de sus pijamas, se oprimieran la una contra la otra. Draco abrió las piernas lo más que pudo, permitiendo que Harry se acomodara mejor, y puso los ojos en blanco sólo de imaginar hacer eso sin ropa…
Tuvo que suplicar.
—Harry, Harry… Oh, Dios, Harry —gimoteaba al tiempo que arqueaba sus caderas hacia arriba, buscando más; al tiempo que recordaba que le había prometido a Granger nada de sexo y pensando Al diablo, Granger, tú y la promesa, váyanse mucho al diablo, porque no iba a desperdiciar esa oportunidad ni cualquier otra que se le presentara de estar así con Harry Potter, Dios, no lo iba a hacer, ¿cómo iba a poder negarse?—… Y… y si… Harry, ¿y si nos quitamos las pijamas? Joder, me muero por sentirte, oh Harry, déjame sentirte…
Arriba de él, Harry gimoteó desesperado y, para desencanto de Draco, meneó la cabeza en un gesto negativo.
—Draco, en serio me estoy muriendo de ganas por hacerte el amor, pero…
Dejaron de besarse y de frotarse el uno contra el otro y, jadeando sonrojados, se miraron a los ojos.
—¿Pero…?
—No voy a hacer nada contigo hasta que me digas por qué —sentenció Harry con voz sofocada.
Draco dejó caer la cabeza sobre la almohada, frustrado, pero al mismo tiempo, comprendiendo.
Tenía que decirle la verdad a ese Harry. Tenía que decírselo. Así como se lo había dicho a Granger y ella le había creído y todo había resultado bien, con Harry también lo sería porque, además, no le quedaba más remedio. Suspiró hondo y comenzó:
—Bien, de acuerdo. Voy a decirte toda la verdad. ¿Está bien? Lo único que te pido es que mantengas la mente abierta a toda posibilidad por más increíble que parezca, ¿me lo prometes?
Harry usó sus brazos para levantarse por encima de Draco, lo miró con suspicacia pero asintió, aunque no se veía muy convencido. Se acostó a un lado y le prestó toda su atención. Draco se puso horriblemente nervioso.
—Bueno, para empezar, lo primero que debes saber es que te dije esas cosas porque… porque yo quería que te enojaras conmigo —comenzó y miró a Harry en espera de su reacción. Éste arqueó una ceja y Draco abrió la boca, dispuesto a soltar de una vez por todas toda su verdad cuando, de pronto, se vio interrumpido por un sonido de explosión justo donde había dejado su varita, seguido del llanto de un niño pequeño.
Draco pegó un brinco en la cama, girándose hacia atrás para mirar qué era lo que había producido ese ruido, pero sólo había una pequeña burbuja azul flotando encima de su varita y de ahí era de donde parecía provenir el llanto de…
—Eltanin... ya despertó —dijo Harry, suspirando con frustración y levantándose de la cama. Draco lo vio irse con el corazón desconsolado. ¡Habían estado tan cerca! Tan cerca de hacer el amor, tan cerca de hablar con la verdad. Vio a Harry ponerse una bata encima de la pijama y mirarlo a los ojos antes de salir del cuarto—. Supongo que tendremos que posponer esta charla hasta la tarde, ¿no? —dijo y le obsequió a Draco una mueca que quizá intentó ser una sonrisa pero que más bien parecía ser un gesto de dolor—. Voy a levantar al bebé y a encargarme de él hasta que sea mi hora de irme al club. ¿Nos vemos aquí a las dos?
Draco no tuvo más remedio que asentir mientras Harry salía del cuarto y lo dejaba solo.
Volvió a dejarse caer sobre la almohada. Pensó en la posibilidad de masturbarse, pero entonces se dio cuenta de que el llanto de Eltanin había obrado mejor que un cubetazo de agua helada y que, de su excitación, ya no quedaba nada.
Gimió con fastidio y se levantó.
Apenas sí volvió a ver a Harry lo que restó de la mañana cuando ambos se encontraron en el salón desayunador. Harry comió algo rápido, se empinó un té bien cargado y, con el rostro marcado por las ojeras de la mala noche pasada, se despidió de beso de Draco, de Eltanin y de Narcisa y salió pitando hacia su trabajo.
Draco lo miró irse y suspiró con tristeza, ganándose un par de miradas extrañadas de parte de sus padres.
—¿Las cosas ya están bien entre ustedes? —preguntó su madre.
—Narcisa, no seas indiscreta —la atajó Lucius mientras ojeaba las enormes páginas de El Profeta delante de su cara y fingía que no ponía nada de atención—. No es propio de alguien de nuestra clase.
Narcisa puso los ojos en blanco. Draco sonrió un poco y le respondió a su madre:
—En eso estamos. Creo que... creo que de esta noche no pasa que por fin arreglemos nuestras diferencias —dijo, deseando convencerse de ello y sonrojándose un poco ante la perspectiva de volver a dormir en la misma cama que Harry. Incluso, si todo salía bien, si Harry le creía y lo perdonaba, Draco se ilusionó pensando que, quizá, haría el amor con él. Narcisa, como si hubiese adivinado sus pensamientos, le sonrió con picardía y mejor no dijo nada. Su madre se concentró en su tacita de té y Draco terminó con su desayuno, recordando de repente que tenía un viejo reloj que recoger en cierta tienda de antigüedades en el callejón Diagon. Abrió mucho los ojos al acordarse, ¡menos mal que Harry no había tenido tiempo ni ocasión de extrañar ese reloj!
Se levantó a toda prisa, se llevó a Eltanin con él para abrigarlo bien y le pidió a Ashy que le ayudara a empacar todo lo necesario en el bolso del bebé. Podía haber dejado al niño al cuidado de Narcisa, pero la verdad era que tenía ganas de pasar tiempo con él y, como en realidad no pensaba ir a trabajar, concluyó que era buena idea llevarlo consigo.
Así que, con el auxilio de Ashy, Draco puso a Eltanin en un lujoso carrito de bebé que aparentemente había sido un regalo de Pansy y que ésta le había traído desde Italia. Ya con el bebé a buen resguardo, Draco sacó su varita y se desapareció rumbo al callejón Diagon. Ahí, a pesar de que nevaba levemente, pudo dar una vuelta con el niño mientras se dirigía a la tienda del señor Kline, recogía el reloj de Harry y pagaba la alta suma que le había costado su reparación.
Pasó por algunas tiendas más y, en un impulso extraño, compró regalos para toda su familia y amigos. Entonces, en otro impulso todavía más extraño que no comprendía de dónde procedía, decidió desaparecerse con rumbo a la casa de Pansy, la cual, él sabía, era donde ella y Blaise vivían juntos.
La verdad de las cosas era que Draco no tenía idea de cuándo iba a terminar ese vistazo. Así que, pensando en que cualquier día podía ser el último que pasara ahí, cedió a la tentación de visitar a sus "amigos" en la casa que éstos dos compartían. Por lo que había entendido de sus anteriores charlas, la casa de los Zabini (esa casa que en su otra infame vida Draco estaba tratando de quitárselas a través de una hipoteca vencida) estaba siendo ocupada por la madre de Blaise, así que éste, quien a pesar de no haberse casado todavía con Pansy, ya estaba viviendo con ella en una residencia que los Parkinson poseían en un barrio muy lujoso de Londres.
Y aunque no los esperaban ni los habían invitado, Blaise y Pansy se mostraron extasiados cuando Draco tocó a su puerta justo a la hora de almorzar. Seguramente mucho tenía que ver que Draco llevara a Eltanin con él, aunque no podía seguir negándose a él mismo que el cariño que parecían profesarle aquellos dos parecía muy real y no tenía nada que ver con el bebé.
Draco pasó un rato de lo más agradable en compañía de sus amigos y pudo descansar un poco de la responsabilidad de Eltanin pues Pansy y Blaise volcaron toda su atención en el bebé en cuanto hubieron arribado.
—Draco —le preguntó Pansy a la hora que habían terminado el plato principal y un elfo servía el postre—. Lamento sonar así de insistente y metiche, pero necesito saber para poder dormir en paz: ¿ya te has reconciliado con Harry?
Draco elevó la mirada y, en vez de sentirse fastidiado, sonrió. Todo el mundo le había preguntado lo mismo los últimos dos días pero, curiosamente, Draco no lo tomaba a mal. Era un recordatorio del motivo por el que estaba ahí, en esa realidad.
Carraspeó y bebió un trago de la copa de vino que le habían servido.
—En eso estamos, querida. Mucho más cerca que lejos, te lo puedo asegurar.
Blaise y Pansy intercambiaron una mirada cómplice y sonrieron.
—Más te vale, cariño. Si no, recuerda mi amenaza. Divórciate de Harry y, antes de que estés firmando el acta, me robaré a Eltanin y huiré con él a Australia.
Draco frunció el gesto en una mueca de asco.
—¿Australia? Pff, qué mal gusto, querida. Pero no, no será necesario. Dame un poco de tiempo y lo verás.
—Muy bien. ¿Qué te parece hasta la víspera de Año Nuevo? Esa noche, cuando nos encontremos en Londres con los Weasley, quiero verlos a ti y a él tan asquerosamente melosos como lo han sido siempre. ¿Trato hecho?
Draco no dijo nada. Se sorprendió un poco pues no esperaba que Blaise y Pansy convivieran con los Weasley, pero, aparentemente, en ese vistazo hasta cosas así de imposibles pasaban. Aparte, lo sacudió un poco lo que Pansy acababa de decir: verlos a él y a Harry tan asquerosamente melosos como siempre.
Frunció el entrecejo mientras le daba un trago a su vino y pensaba en eso. Allá, en su vida real, nunca se había visto a él mismo con una pareja estable, con un "novio", mucho menos con un "marido", y todavía muchísimo menos comportándose delante de la gente tan cariñoso con un compañero afectivo al grado de que todos sus amigos los tuvieran etiquetados como "una pareja de melosos". Se acordó también de las palabras de Granger: Draco y Harry se aman como nunca vi a una pareja amarse antes. A veces... a veces, resulta difícil de creer.
Recordó el retrato de ellos dos con Eltanin que estaba colgado en la galería este de la mansión y la manera en que se miraban, y se sintió peor. Pensó detenidamente en todo eso y, de pronto, con un vuelco un tanto doloroso en el pecho, llegó a la conclusión de que era verdad. Porque, si él tuviera a Harry en su realidad, la verdad era que no podría contenerse de mirarlo y tratarlo con todo el cariño que el moreno despertaba en él, sin mencionar la intensa atracción física y sexual que el otro mago siempre había ejercido sobre su persona.
El problema era el minúsculo detalle de que Draco no tenía a Harry en su vida real.
Pensar eso le dolió tanto que apenas sí pudo disimular la mueca de amargura. Se empinó el vino y le pidió al elfo que le sirviera más mientras le regalaba a Pansy una sonrisa tensa.
Finalmente, cuando Eltanin comenzó a demostrar señales de agotamiento y el reloj estaba cerca de marcar las dos de la tarde, Draco se despidió de sus amigos (quienes le dieron sendos abrazos tan apretados que lo dejaron con los huesos adoloridos) y desapareció rumbo a la mansión Malfoy. Llegó, subió con Eltanin hasta su recámara donde procedió a cambiarlo, a darle un biberón y a acostarlo para la siesta vespertina. Dejó puesto el encantamiento de monitor y salió a buscar a Harry, confiando en que ya hubiese regresado.
Llegó a su cuarto y, como si lo hubiese planeado, al mismo tiempo que ingresaba y cerraba la puerta tras él, Harry salió del baño envuelto, de nuevo, solamente en una esponjosa toalla blanca alrededor de la cintura. Draco salivó sólo de verlo.
Harry se sorprendió un poco de verlo ahí, como si hubiese olvidado que habían quedado de encontrarse a esa hora.
—Oh, hola, Draco —le dijo y, curiosamente, esquivó su mirada mientras caminaba hacia el armario-vestidor y luego se detenía bruscamente—. Demonios, volví a olvidar que no tengo mi ropa aquí. Debí haberme dado la ducha en el otro cuarto, donde tengo mis cosas... —decía mientras se ponía una mano en la cintura y miraba la ropa de Draco colgada ahí.
Draco se acercó, un tanto inseguro.
—¿Quieres ponerte algo mío o te traigo ropa del otro cuarto? Y, hablando de eso... ¿no crees que ya podrías regresar todas tus cosas aquí? —agregó con esperanza.
Harry, así de semidesnudo y apetecible como estaba, se giró hacia Draco y lo miró con gesto triste.
—Primero quiero retomar nuestra charla, Draco. Ya te lo dije, hay una sola cosa que quiero saber y es...
—Por qué te dije lo que te dije —lo atajó Draco, impaciente—. Ya lo sé, Harry, y como te estaba diciendo en la mañana antes de que el bebé despertara, estoy dispuesto a decírtelo. —Se pasó una mano por el cabello, sintiéndose de nuevo extremadamente nervioso—. Mira, ¿por qué no te espero en alguna parte de la casa mientras te vistes y hablamos de esto de una vez por todas?
Harry asintió.
—Bien. Nos vemos en nuestro lugar favorito, ¿qué te parece?
Draco lo miró y sintió ganas de soltar una carcajada de pura histeria. ¿Su lugar favorito? ¿Y cuál putas era su lugar favorito en esa enorme y laberíntica mansión? Se rió entre dientes y Harry lo miró extrañado.
—El punto, Harry, es que no tengo idea de cuál es nuestro lugar favorito y ése, aunque no lo entiendas ahora, es precisamente el meollo de toda esta maldita situación —espetó en un tono que le salió mucho más brusco de lo que había pretendido.
Harry lo miró comenzando a fruncir el entrecejo, enojándose.
—¿No lo sabes o no lo recuerdas? —preguntó en voz baja y peligrosa—. Porque, querido Draco, esas son dos cosas muy diferentes.
Draco asintió, dándole la razón.
—Así es, tú lo has dicho. Son muy diferentes. Y respondiendo a tu pregunta: no lo sé. —Se llevó las manos a la cabeza cuando Harry lo fulminó con la mirada; oh no, no iba a soportar eso otra vez, no quería que Harry volviera a enojarse con él, simplemente no quería. Lo único que quería era estar bien con el moreno, pero eso se volvía completamente imposible cuando realmente no lo conocía ni a él ni a sus secretos de pareja. Harto, comenzó a explicarse en voz alta, cada vez más histérico—: ¡No lo sé porque yo no soy el Draco que ha vivido contigo, Harry! ¡Yo no soy el Draco que se confesó en el baño de Myrtle en vez de atacarte, el Draco a quien tú ayudaste a sacar a su padre de Azkaban ocasionándote, de paso, un trauma de por vida por culpa de los dementores! ¡Yo no soy el Draco con quien te casaste, con quien fuiste a un concierto a Irlanda, con quien tuviste un hijo! Soy Draco, pero no soy tu Draco —finalizó con voz quebrada, sin dejar de ver a Harry a los ojos, rogándole con la mirada que le creyera—. Te juro, te lo juro por el hijo que tuviste con mi otro yo, que estoy diciéndote la verdad.
Harry, frente a él, parecía haberse olvidado de su semidesnudez y de todo. Sólo miraba a Draco con ojos desorbitados y boqueaba, incrédulo.
—¿Qué... qué fue lo que dijiste?
Draco soltó un bramido de desesperación y comenzó a caminar en círculos alrededor de su cuarto mientras Harry lo observaba, estupefacto.
—Lo que estoy diciéndote es que yo soy otro Draco proveniente de otra realidad alterna a ésta. Una donde tú y yo no estamos casados. Intenté... Dios mío, Harry, intenté jugar el papel que Snape me exigía para regresar a mi mundo, engañándote, fingiendo que soy tu marido, pero la verdad es que no lo soy. Tal como tú lo sospechaste cuando me llevaste a San Mungo, ¡yo no soy tu esposo! Estabas totalmente en lo correcto. Yo soy... O sea, físicamente sí soy él, tu Draco —dijo con la voz rota, porque pensar en ese Draco lo llenaba de celos y envidia—, pero mi alma, o mi mente, o qué sé yo qué, pertenece a otro Draco. Al Draco que soy yo en otra vida. Aparecí aquí en Navidad, creo que como un tipo de castigo porque en mi vida real soy un soberano hijo de puta, y por eso te dije esas cosas horribles, Harry, porque... porque no quería dormir contigo. No quería. —Dejó de caminar y agachó la cara, lleno de vergüenza—. Y te lo puedo asegurar que no quería no porque no lo deseara, sino porque... Bueno, no me parecía correcto. Después de todo, tú no me amas a mí, sino a otro... A otro yo.
Harry sólo lo miró sin decir nada. De pronto, una lágrima corrió rauda por la mejilla de Harry y Draco sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos. Dio un paso hacia Harry con intención de abrazarlo, pero Harry casi brincó hacia atrás por el afán de alejarse. Draco se detuvo en seco, destrozado.
—Y pensar... —comenzó a murmurar Harry con la voz llena de pesar, los ojos empapados de lágrimas y mirando a Draco como si no pudiera creerlo—... Y pensar que yo... Dios, ¿sabes qué fue lo que ocurrió hoy en el entrenamiento, Draco Malfoy? —exclamó, comenzando a levantar la voz y caminando hacia la puerta. Pasó junto a Draco y lo empujó hacia un lado, furioso—. ¡Hoy, durante un descanso, Gabrielle se me ha declarado! Me siguió y me atrapó a solas en la casa club, y luego intentó besarme.
—¿Qué? —jadeó Draco, descorazonado. Durante toda la mañana había pensado en eso, en que Harry estaría cerca de Gabrielle durante el entrenamiento, pero él había tenido la plena confianza que Harry nunca lo traicionaría ni con ella ni con nadie, así que había intentado no preocuparse.
—¡Sí, eso hizo! —continuó gritando Harry, llegando hasta la puerta del cuarto y tomando el picaporte—. Intentó besarme, y me dijo que quería estar conmigo a costa de lo que fuera, aun si continuaba casado. Y cuando la rechacé, le pedí que no volviera a intentarlo y le dije que yo no estaba solamente casado, sino que amaba profundamente a mi marido y que estaba convencido de que él me amaba a mí igual...
—Harry, espera...
—Pero ahora veo que no es así, Malfoy —afirmó Harry con voz helada, mirando a Draco a los ojos; sus verdes resplandeciendo con odio, atravesando al otro como dagas—. Veo que te has montado toda una historia de fantasía para justificar tus acciones en vez de simplemente decirme la verdad.
—No, no, Harry, es que... ¡Esa es la verdad!
—¿Sí? —lo cuestionó Harry con fiereza—. ¿Y cómo podrías demostrármelo?
Draco se quedó de una pieza.
—No... No lo sé.
Y era verdad. ¿Cómo demonios iba a demostrarle semejante cosa si incluso ahí mismo tenía el físico exacto del Draco de esa realidad, sin cicatrices y todo? La única prueba era que no recordaba una mierda de la vida que había llevado ahí por obvias razones, pero esa era una soberana tontería. Cualquiera podía fingir que no sabía algo. Y si se ofrecía a mostrarle recuerdos a Harry de su otra vida, éste bien podía alegar que habían sido fabricados, especialmente porque Draco era muy bueno en oclumancia. Y lo mismo aplicaba para el uso del veritaserum.
Miró a Harry con desconsuelo y éste, a su vez, le dio una sonrisa llena de sarcasmo.
—Justo lo que pensé. Adiós, Malfoy —dijo, y salió por la puerta, cerrándola tras él y dejando a Draco sumido en un silencio ensordecedor.
