Capítulo 13. El James y el Lily

Cuando Draco arribó a la mansión, ya tenía rato que había caído la oscuridad sobre aquella parte de Inglaterra aunque todavía no era de noche. Lo primero que hizo fue preguntarle a un elfo si el amo Harry habría regresado; la respuesta negativa lo llenó de pesar.

Había dejado de nevar y hacía un frío espantoso: estaba seguro de que esa noche volvería a dormir solo y era como si la naturaleza se burlara de él.

Buscando matar el tiempo mientras llegaba la hora de cenar, se encaminó a su despacho a trabajar en los asuntos pendientes. Desde su charla con Granger y Snape, Draco había tomado la decisión de ahora sí poner todo su empeño en comportarse como si aquella vida siempre hubiese sido la suya, pues, ahora que sabía que no existía otra realidad más que esa, iba a dar lo mejor de él y a dejar de pensar que, en cualquier momento, Snape lo podía sacar de ahí. De hecho, no quería pensarlo muy conscientemente, pero estaba comenzando a saborear la tenue posibilidad de que, quizá, Snape lo dejara para siempre en esa realidad.

Y por supuesto, tenía que trabajar llevando a cabo con éxito las empresas de su familia.

Después de un par de horas de ello y volviendo a hacerse la nota mental de ir a Londres a comprar una computadora y un teléfono muggles en cuanto le fuera posible, un elfo entró a su despacho y le avisó que la cena estaba a punto de ser servida. Usando magia, Draco se arregló el aspecto y la ropa, deseando que Harry y Eltanin hubiesen regresado ya.

Desafortunadamente, ante la mesa del comedor, sólo estaban esperándolo sus padres. Durante unos segundos, Draco miró con pesadumbre la silla que Harry solía ocupar y la silla alta de bebé de Eltanin, ambas vacías. Para no preocupar a Lucius y a Narcisa, Draco procedió a fingir una sonrisa tranquila al tiempo que se sentaba junto a ellos.

Lucius, desde su lugar de honor en la cabecera de la mesa, miró a Draco con gesto inquisitivo. Draco se dio cuenta y le sostuvo la mirada, tratando de poner cara afable para no demostrar la preocupación que lo estaba carcomiendo.

—¿Por qué estás aquí, Draco? —le preguntó su madre con tono inquieto—. ¿Y quién tiene a Eltanin?

Draco la miró sin comprender.

—¿Qué... qué quieres decir?

Narcisa lo miró extrañada.

—Me refiero a por qué no saliste con Harry, dejándome a Eltanin. Hoy es viernes, ¿no? —Miró hacia Lucius, como buscando confirmación.

—En efecto, querida —murmuró Lucius echándole un vistazo a El Profeta vespertino que descansaba sobre la mesa a un lado de sus platos y cubiertos—. Hoy es viernes.

Draco intentó comprender con rapidez.

—Oh. Y el motivo de tu pregunta es porque... Harry y yo acostumbramos a salir todos los viernes, ¿supongo? —trató de adivinar. Su madre asintió como si fuera algo muy obvio. Lo que faltaba, pensó Draco con tristeza. Harry y yo solemos tener citas románticas los viernes mientras mis padres nos cuidan al bebé. Quiso burlarse ante lo cliché del asunto, pero la verdad es que le parecía adorable, una excelente manera de mantener viva la llama del amor. Suspiró, deseando no haberle dicho a Harry todas aquellas cosas durante el mediodía. Quizá, si no lo hubiese hecho, a esas horas estarían ambos en algún restaurante o bar trabajando en su reconciliación. La perspectiva de lo que pudo haber sido esa noche y no fue por haber sido él tan estúpido e imprudente, lo entristeció mucho más. Sin mirar a Narcisa a los ojos, le dijo a manera de excusa—: Harry y yo decidimos no salir hoy porque... Bueno, él tenía que hablar con… con uno de los Weasley, no recuerdo cuál, y como yo mañana tengo algunas cosas que hacer con Hermione en Nottingham, decidimos que saldría él solo. Y a última hora, decidió llevarse a Eltanin con él para dejarme descansar —mintió.

—Ah sí, ¿te refieres a la ceremonia de inauguración de los dos centros sociales? —le preguntó Narcisa. Draco la miró extrañado; habría jurado que sus padres no sabían nada de ese asunto. Ante su expresión, Narcisa continuó explicando con una gran sonrisa—: Hoy en la mañana nos llegó una lechuza de parte de Hermione con la invitación, en la cual anexó una nota donde se indica que es una sorpresa para Harry y, por lo tanto, se ruega guardar el secreto.

—Madam Granger-Weasley no explica mucho en su nota —agregó Lucius mientras el primer plato de la noche aparecía en la mesa—, pero, por lo que alcanzamos a comprender, da a entender que tú eres el artífice y benefactor de ambas caridades y del evento. —Hizo una breve pausa y miró a su hijo con intensidad—. ¿Es eso verdad?

Draco miró a su alrededor para cerciorarse de que Harry no estaba entrando tardíamente a cenar. Con desesperanza, tuvo que aceptar que el moreno no iba a llegar. Mientras batía con la cuchara la sopa de su plato sin comer nada en absoluto, respondió:

—Aprovechando que Harry no anda por aquí, puedo confesarles la verdad: sí, así es, todo esto fue idea mía, aunque Hermione me brindó todo su apoyo y movió sus influencias dentro del Ministerio para conseguir los permisos sin tantas trabas —dijo, aunque la verdad era que no tenía idea—. De una u otra manera, lo hicimos entre los dos. No había podido contarles antes porque Hermione y yo nos propusimos que fuera una sorpresa para todos… Lo siento.

—No tienes que disculparte, cariño —dijo su madre, mirándolo con orgullo—. Estoy feliz de que ayuden a la gente de esa población y estoy todavía más feliz por Harry. ¡Estoy segura de que disfrutará ampliamente de ese nuevo trabajo!

Draco sonrió tensamente mientras sus padres se enfrascaban en una charla donde intercambiaron comentarios acerca de las habilidades de Harry para esto y para lo otro, dejándolo a él al margen, cuestión que agradeció porque la verdad era que no tenía nada de ganas de socializar. Entonces, mientras terminaban con la sopa y los elfos mandaban el segundo plato de la noche, Lucius comenzó a darle a Draco consejos de todo tipo para la administración de la fundación que se haría cargo de las instituciones, obligándolo a poner atención porque ése sí era un tema que le interesaba, ya que allá en su vida real, jamás había llevado a cabo ninguna obra de caridad.

Hablando de esos tópicos con su padre, Draco consiguió relajarse un poco y la cena se pasó más amenamente. Al finalizar, los tres Malfoy se levantaron de la mesa para retirarse y fue cuando Lucius dijo:

—Durante mi vida productiva como cabeza de la familia, yo mismo llevé a cabo diversas donaciones a diferentes causas, pero jamás me atreví a realizar una obra social de esta envergadura —le dijo a Draco, acercándose a él y tomándolo firme y cariñoso de un hombro. Draco, a quien todavía le carcomía la culpa porque en su vida real Lucius había fallecido por algo que él no hizo, se quedó congelado ante aquel contacto físico. Su padre no era asiduo a ello, era bastante raro que lo tocara para demostrarle aprecio—. Aunque sospecho que lo sabes y quizá ni siquiera necesites confirmación, aun así tengo que decírtelo, hijo: estoy sumamente orgulloso de ti. De lo mucho que has logrado. De la familia que has formado, del nieto que nos has dado. Pero, sobre todas las cosas, estoy orgulloso de que hayas sido lo suficientemente persistente para luchar por lo que querías, por lo que sabías que te haría feliz, aun pasando por encima de mí y de lo que yo pensaba que era lo mejor para ti. Me equivoqué y me lo has demostrado como todo un caballero. Eres el mejor Malfoy que ha habitado esta casa, no me cabe duda.

Draco lo miró con los ojos muy abiertos. Lucius, a su vez, lo miraba con gran cariño, sus ojos grises normalmente fríos resplandecían en ese momento como mercurio líquido. A unos pasos de ellos, Narcisa los observaba sonriendo, sin decir nada.

Draco titubeó un poco, pero sólo un poco. Sabía que era ese momento o ninguno, así que lo aprovechó. De un solo movimiento, se abalanzó sobre su padre y lo abrazó lo más apretado que pudo, cogiéndolo desprevenido, sacándole un jadeo ahogado de tan fuerte que lo apretó. Draco cerró los ojos y se permitió a él mismo disfrutar de ese momento como nunca antes: el calor y el tacto del cuerpo de su padre, el aroma de la loción que solía usar, la suavidad de las telas finas de su túnica. Draco ni siquiera podía recordar cuándo había sido la última vez que lo había abrazado.

Postergó y postergó ese instante lo más que pudo. Lucius, sorprendido y quizá un poco incómodo, le dio unas palmaditas en la espalda.

—Gracias, papá —murmuró Draco, soltándolo por fin. Sabía que tenía los ojos húmedos, así que, sin mirar a ninguno de sus progenitores a la cara, se dio la media vuelta y salió del salón comedor.


Draco se quedó minutos completos paseándose por el corredor que comunicaba su cuarto con el de Eltanin y el de huéspedes que Harry estaba ocupando, indeciso de qué hacer. ¿Tendría que confiar en Harry y simplemente esperar a que regresara? ¿Tendría que salir a buscarlo? ¿Hacer llamadas por la red flu a todos sus amigos y conocidos para ver en dónde estaba?

Finalmente se decidió. Se dirigió a las escaleras de servicio que estaban al fondo del corredor y las subió. Llegó a la segunda planta, caminó por un corredor cuyas puertas guardaban tras ellas las pequeñas habitaciones donde dormían los elfos domésticos y, al llegar al final del pasillo, abrió la puerta del aviario que daba a la parte trasera de la mansión.

Esa habitación era casi la mitad del tamaño de la lechucería de Hogwarts, aunque, claro, tenía mucha menos población de lechuzas. El muro que daba al exterior tenía tres ventanas sin cristal para que las lechuzas, búhos y halcones, propiedad de la familia, pudieran entrar y salir a su antojo a cazar.

Andando con cuidado para no pisar el excremento, Draco llegó hasta una pequeña mesa junto a la puerta donde había pergamino, plumas y tinta para escribir cartas de emergencia. Comenzó a garabatear una nota para Harry después de unos segundos de titubeo. Quería demostrarle su preocupación pero, al mismo tiempo, no quería parecer desconfiado. En el fondo de su corazón, sabía que Harry le sería fiel bajo cualquier circunstancia y quería dejárselo claro. Era lo menos que merecía.

"Harry,

Espero que estés bien. Aunque sé que eres un mago sensato y no cometerás una locura, no puedo negarte que me siento preocupado por ti y por el bebé. Te suplico que vuelvas a casa al menos por esta noche… ¿Por favor? Creo que es necesario que hablemos."

Dejó de escribir, dudando. Después de pensarlo por un minuto entero mientras masticaba la pluma y comenzaba a temblar por el frío que se colaba por las ventanas, Draco soltó una maldición entre dientes y agregó a la nota:

"Sé que la he cagado en grande sin parar una y otra vez, y sé que quizá no merezco tu perdón. No obstante, te lo suplico: perdóname. Pase lo que pase entre nosotros, quiero que jamás dudes de una cosa y esa es que te amo con todo el corazón.

Siempre tuyo,

D.M."

Esperó a que secara la tinta mientras se frotaba la cara con una mano y se preguntaba si no había ido demasiado lejos al escribir algo como "te amo" cuando ni siquiera estaba seguro de sentir tal cosa por Harry Potter, cuando nunca se lo había dicho a nadie a viva voz. Sin embargo, terminó por convencerse que, dadas las evidencias, seguramente su Draco anterior le había dicho eso a Harry incontables veces, así que lo dejó.

Dobló la nota, buscó a la lechuza más despierta y la mandó con la misiva a encontrar a Harry Potter.


Antes de bajar de la segunda planta a su habitación, Draco decidió hacer un recorrido por ese piso para cerciorarse de que todo estaba como lo recordaba. En aquella, la parte más solitaria de la casa, aparte de los cuarteles de los elfos, las recámaras extra de servicio, el aviario, varios almacenes y armarios, sólo había un par de habitaciones más: el enorme invernadero donde Narcisa tenía cientos de plantas mágicas de todo tipo, y un pequeño salón circular en la torre noreste de la mansión. Ahí fue a donde se dirigió Draco.

Ese saloncito redondo y rústico había sido el sitio favorito de Draco cuando niño y adolescente, pues sólo poseía muebles viejos pero cómodos, era cálido en invierno y fresco en el verano, y tenía una vista espectacular hacia los terrenos y el bosque. Había sido un refugio excelente para encontrar soledad y leer libros. Draco subió la angosta escalera de caracol y llegó hasta ahí, y fue cuando se vio invadido por el descubrimiento.

Este es, pensó mientras sonreía y miraba a su alrededor, este es el lugar favorito de Harry y mío aquí en la mansión.

Draco sabía, aunque nunca la había visitado, que la sala común de Gryffindor en Hogwarts estaba dentro de una torre. Así que sólo tuvo que sumar dos más dos y llegar a la conclusión de que, quizá, aquel saloncito no tan elegante pero sí muy cómodo y tibio, le traía recuerdos agradables a Harry y por eso era que él y Draco habían elegido aquel lugar como su favorito en la casa. Draco echó un vistazo, perdiendo minutos completos en observar el sofá de dos plazas lleno de cojines y mantas frente a una chimenea y casi pudo imaginarse a él sentado ahí con Harry pasando interminables horas de charla y, por qué no, haciendo el amor lenta y tiernamente.

Suspiró y, asustado de la intensa tristeza que sintió al imaginar eso, bajó corriendo las escaleras rumbo a su habitación.


Harry no le respondió la carta, pero después de esperar alrededor de una hora en su habitación, Draco escuchó ruidos al otro lado de la puerta, en el corredor. ¡Harry había vuelto! Sintiéndose aliviado, casi se tropezó con sus propios pies para llegar a la hoja de madera, pegar la oreja y tratar de oír. Creyó escuchar que alguien entraba al cuarto del bebé, permanecía unos minutos ahí, salía y cerraba la puerta con cuidado.

Draco suspiró para darse valor y abrió la puerta de su habitación.

Tal como imaginó que lo haría, pilló a Harry ahí afuera. Éste tenía todavía la mano en el picaporte de la puerta del cuarto de Eltanin, donde seguramente acababa de acostarlo.

Sus miradas se encontraron en el oscuro corredor y, por unos segundos, ninguno de los dos hizo ningún movimiento. Harry parecía asustado y sorprendido, como si de veras no hubiese esperado que Draco lo estuviese aguardando así. Draco, en cambio, podía haber sonreído por la alegría que lo invadió al saber que Harry estaba ahí, que iba a pasar la noche ahí, que no estaba con nadie más...

—Harry... —masculló, comenzando a caminar despacio hacia él. Pero Harry dio un paso hacia atrás e hizo un ademán con la mano, como pidiéndole que no se acercara. Draco, con el corazón pesado y adolorido, se detuvo—. Harry, hablemos por favor —le suplicó.

Harry quería negarse, pero entonces, pareció pensarlo mejor.

—De acuerdo, tienes razón. Será mejor hablar de una vez —susurró. Caminó hasta Draco y se paró ante él. Con la luz que emitía el cuarto de Draco a su espalda, éste pudo confirmar el aspecto deprimido y derrotado que Harry lucía. Traía el rostro demacrado y los ojos rojos, como si hubiese llorado. Draco hizo una mueca de lo culpable que se sintió.

—Harry... —volvió a mascullar, titubeante. Sabía que si insistía en decirle a Harry la verdad de las cosas, éste, como le había advertido Granger, no le creería. Tenía que ceñirse al plan que había trazado unas horas antes, no le quedaba más remedio. Tendría que engañar a Harry para poder reconciliarse con él, así odiara hacerlo. Como un mantra, se repitió mentalmente el lema de Slytherin: "... echar mano de cualquier medio para lograr tus fines…" Lo importante sería el resultado. Se armó de valor para llevar a cabo aquello, y dijo—: ¿Qué has pensado acerca de lo que te dije en la tarde?

Harry lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿Que qué he pensado? —susurró. Entonces se llevó una mano al alborotado cabello, dejándoselo todavía más despeinado, y soltó una risotada—. Lo que he pensado es que tú estás intentando deshacerte de mí y estás inventando todas esas mentiras para conseguirlo en vez de decirme simplemente que ya no me amas más —masculló desesperado, mirando a Draco con intensidad, pidiéndole con los ojos que lo desmintiera—. Por favor, Draco —le suplicó con voz rota—, dime cuál es la verdad detrás de toda esta locura.

—La verdad es que... la verdad es que... —Draco bajó los ojos y se observó los zapatos—. La verdad es que necesito entrar al cuarto de Eltanin para verlo y desearle buenas noches.

—¿Qué? —jadeó Harry, como si no pudiera creer que Draco saliera con eso—. Eltanin... Eltanin ya está dormido —dijo distraídamente, intentando ver a Draco a los ojos sin conseguirlo pues éste le rehuía la mirada.

—De todas maneras, entraré a verlo —dijo Draco un poco más firmemente. Elevó los ojos y observó a Harry—. ¿En... en dónde estuviste toda la tarde? —se atrevió a preguntarle—. ¿Recibiste mi nota?

Harry asintió con gesto pasmado, como si no pudiera entender en absoluto el comportamiento de Draco y, vamos, eso era bastante comprensible. Hasta Draco sabía que estaba comportándose como loco, pero eso, exactamente eso, era parte del plan.

—Estuve... estuve con Ron en La Madriguera. Molly y Arthur tenían mucho tiempo sin ver al bebé y tenían ganas de... Olvídalo, no importa. Draco, ¿podemos hablar de lo nuestro, por favor? —le rogó.

Draco pasó saliva, sintiéndose aliviado porque Harry no había estado con Gabrielle pero, al mismo tiempo, lleno de miedo por lo que iba a hacer, rogándole a todo que aquello le diera resultado.

—¿De qué quieres hablar? —le dijo en un fingido tono duro—. Yo ya te conté la situación y tú insistes en que soy un mentiroso —le espetó.

Harry se quedó boquiabierto unos segundos.

—¿Es en serio? ¿Continúas aferrándote a esa… a esa fantasía, entonces? —jadeó, enojándose de nuevo. Draco lo miró con gesto desafiante y no dijo nada, pero esperaba que su silencio fuera elocuente. Así pareció ser, porque Harry lo miró con furia y exclamó—: Muy bien. Si de verdad insistes en continuar con esas patrañas, entonces no me dejas alternativa. Yo… yo no quería esto, Draco, pero no voy a tolerar que quieras verme la cara de tonto por no atreverte a decirme simplemente que no me quieres más. Quizá tú no quieras el divorcio, pero yo no puedo seguir casado contigo así. Este fin de semana saldré de esta casa. Te enviaré los papeles del divorcio a través de Hermione —espetó con voz dura mientras daba un par de pasos hacia atrás y le obsequiaba a Draco una muy desagradable mirada.

A pesar de que se veía sumamente enojado, era obvio que también estaba lastimado. Draco alcanzó a vislumbrar una lágrima que se deslizaba rauda por la mejilla de Harry antes de que éste le diera la espalda y caminara a toda velocidad al cuarto de huéspedes que estaba ocupando. Draco, con el pecho doliéndole físicamente, estuvo a un pelo de gritarle para pedirle que se detuviera: la pena de Harry le calaba a niveles inimaginables, pero todo aquello era necesario, era parte del plan.

Lo dejó marcharse sin decir palabra.

Harry cerró la puerta del cuarto detrás de él con un golpe muy fuerte y Draco se quedó unos minutos ahí en el pasillo respirando agitado, luchando por tranquilizarse. Si aquello no salía como lo había planeado, jamás se perdonaría a él mismo haber herido así al pobre de Harry. Se llevó las manos a la cara y esperó a que su respiración se normalizara.

Entonces, lento y silencioso, entró al cuarto del bebé y cerró la puerta detrás de él. La habitación estaba en penumbras a excepción de una cálida luz anaranjada que se proyectaba hacia el techo y dibujaba la luna y las estrellas moviéndose con cadencia y emitiendo una melodía apenas perceptible que parecía ser una canción de cuna. Draco sonrió, aquel efecto era muy lindo y tranquilizador y se preguntó si Harry mismo sería el autor de ese encantamiento de lámpara musical. No lo dudaba. Harry era tan buen padre que conmovía.

Draco caminó hasta la cuna y observó a Eltanin, quien, vestido con un mameluco decorado con dragoncitos, dormía plácidamente. Draco se inclinó sobre él hasta que alcanzó su rostro angelical y le dio un beso muy suave en la frente. La piel de Eltanin se sentía como porcelana tibia bajo sus labios; su aroma de bebé era sumamente agradable e intoxicante, Draco podría haberse quedado ahí toda la noche sólo oliéndolo. Renuente, se incorporó pero permitió que sus dedos trémulos acariciaran el cabello platinado del niño, quitándoselo de la frente y peinándolo hacia atrás. Draco se sorprendió de lo delgado y suave que era, como hebras de seda. Así dormido, Eltanin parecía un angelito, todo inocencia y belleza. Draco apretó los labios, sintiendo de pronto una ráfaga de cariño tan grande por ese pequeño que le sacudió el pecho. Deseó con todo el corazón que lo que iba a hacer a continuación, saliera como él esperaba.

Miró hacia ambos lados de la cuna y encontró lo que buscaba: una pequeña esfera de color azul que flotaba inocente y protectora junto al mueble. Era un encantamiento "monitor de bebé". Draco lo reconocía bien porque, justo la noche anterior, Ashy le había enseñado a hacerlo. Ese indudablemente había sido conjurado por Harry, lo que quería decir que, cuando Eltanin emitiera ruidos, el encantamiento se activaría y Harry escucharía lo que sucedía en aquella habitación.

Draco suspiró con alivio. Había contado con que Harry no dejaría dormido al bebé sin colocar un monitor, y le alegraba no haberse equivocado. Bien. Ahora, la siguiente parte del plan.

Carraspeó suavemente y llevó sus manos hacia el bebé para tirar de las mantas y reacomodarlo. Esos movimientos tuvieron el efecto deseado: Eltanin despertó apenas lo suficiente como para emitir algunos gemiditos de inconformidad antes de quedarse dormido otra vez. No obstante, aquel ruido hecho por el bebé fue suficiente para activar el monitor: Draco, con satisfacción, vio la esfera azul aumentar de tamaño y brillar un poco más. Esa era señal de que, donde fuera que Harry estuviera, su varita estaba proyectando una esfera idéntica que dejaba salir todo sonido procedente de ahí.

Draco pasó saliva y comenzó a murmurar un monólogo que ya había planeado y ensayado previamente, dirigiéndose aparentemente al bebé pero hablándole realmente a la esfera:

—Hola, bebé... No podía acostarme sin verte antes, ¿sabes? Te extrañé con ganas. ¿Te la pasaste bien con papá Harry? —Hizo una pequeña pausa—. Oh, cariño, tengo que confesarte, estoy haciendo cosas terribles pero que son necesarias, sólo espero… sólo espero que en un futuro no me odies. Te amo con todo mi corazón, hijo mío, tanto como amo a tu padre, por eso necesito que ambos estén lejos de mí. Tu… Tu papá cree que ya no lo quiero —agregó con voz quebrada—, y aunque no es cierto no puedo desmentirlo, él va a irse, y yo voy a pedirle que te lleve con él porque sé que estarás en mejores manos que si te quedas aquí. No se lo he contado a nadie, no he tenido el valor porque temo que crean que soy peligroso y me envíen lejos o me encierren... Pero no tengo más remedio que reconocer que, quizá, en efecto, sí represento un peligro para todos ustedes. Creo… creo que estoy perdiendo la chaveta, hijo mío, y eso me aterroriza... Yo soy la cabeza de esta familia, soy responsable de todos ustedes, ¿qué haríamos si me encierran en el manicomio de San Mungo? Últimamente he estado perdiendo la memoria, olvidando cosas importantes, y peor aún, he tenido pesadillas espantosas donde me veo a mí mismo viviendo otra vida muy diferente a ésta donde tú ni siquiera naciste... Y lo más horrible es que, al despertar, esas pesadillas se confunden con mi realidad, y a veces creo que esa siempre fue mi vida y soy sólo un intruso aquí.

Hizo otra pausa más larga donde volvió a suspirar.

Le partía el corazón estar diciendo aquellas mentiras que Harry, obviamente, estaba escuchando, pero no veía otro modo de arreglar semejante metida de pata que había hecho al contarle que venía de otra realidad. Intentó consolarse con el pensamiento de que, en el fondo, realmente no eran mentiras al cien por ciento. Después de todo, su verdadera realidad sí era como una pesadilla comparada con esa, y en verdad no quería volver allá. Se apresuró a continuar hablando antes de que se desactivara el encantamiento monitor:

—Por eso he decidido consultarme con un medimago psiquiátrico, pero no quiero avergonzarlos a ustedes, no quiero que tu papá se dé cuenta de mi debilidad, muchísimo menos deseo que su reputación quede mancillada por estar casado con un demente como yo. Él ya tiene suficiente con sus propios problemas de salud como para estar cuidándome a mí. Creo que... creo que lo mejor es que él se separe de mí. Es tan brillante, es tan bueno jugando quidditch… ¡Ya te darás cuenta cuando crezcas, lo bueno que es tu papá para volar! —decía cada vez con más convicción—. Seguramente, al separarse de mí y cuando tú seas mayor, retomará su carrera como jugador. Yo… Yo sólo sería un estorbo para su éxito. Además, por si fuera poco, hay una chica francesa que está tan enamorada de él, creo que... creo que es justo lo que tu papá Harry necesita. No un Slytherin taimado y tramposo como yo, un exmortífago portador de la marca oscura, amargado y con pesadillas de otras vidas; sino una joven hermosa que lo quiera, que lo trate bien, que no... Que no cargue con todos los pecados que yo sí cometí. A veces… a veces no puedo dejar de preguntarme por qué tu papá Harry se podría haber fijado en mí pudiendo tener a cualquier persona mucho más buena, menos complicada, con un pasado menos vil. Yo… yo no entiendo —agregó con la voz rota, la cual, para su asombro, no salió así porque la fingiera. Quizá podía estar diciendo algunas mentiras, pero los sentimientos de indignidad y baja autoestima, la sensación sempiterna de no ser merecedor del amor de Harry… eran bastante reales.

Eso no tenía que fingirlo nunca. Eran parte de él, siempre estaban con él.

Se silenció, pensando que eso debía bastar para convencer a Harry. Respiró agitado durante unos segundos para tranquilizarse y miró la esfera azul disminuir de tamaño y perder brillo hasta quedar convertida en una pequeña mota apenas pulsante. Eso quería decir que el encantamiento se había vuelto a pausar y Harry había dejado de escuchar. Draco dio un par de pasos hacia atrás, se dejó caer de culo en el sillón que estaba junto a la cuna del bebé y se quedó ahí sentado un largo rato sólo mirando a su pequeño hijo dormir con placidez.

No podía dejar de preguntarse si Harry realmente había escuchado todo su discurso y si se lo creería. Y todavía más importante, no podía dejar de pensar si acaso todo eso realmente cambiaría el concepto que Harry tenía de él y le quitaría las ganas de divorciarse. Sonriendo levemente mientras se daba el lujo de imaginarse a él y a Harry reconciliados y viviendo una vida idílica, cerró los ojos, se apoyó en el respaldo del sillón y, con la rítmica y suave respiración de Eltanin como ruido de fondo, Draco se quedó dormido.


Despertó cuando amanecía y casi salió corriendo de ahí de regreso a su cuarto, pues no quería encontrarse todavía con Harry. Quería darle algunas horas para que pensara en lo que lo había escuchado decir la noche anterior. Se metió a duchar y se cambió de ropa rogándole a todos los dioses que conocía que por favor Granger y él no estuviesen equivocados y que Harry realmente se conmoviera con su supuesta historia de pesadillas y locura, de su supuesto sacrificio "te engañé para que me dejaras pues no soy merecedor de tu amor".

Para darle más credibilidad a su farsa, le pidió a Ashy que le avisara al resto de la familia que había salido a una consulta de urgencia en San Mungo. Pero lo que realmente hizo, fue ir a darse una vuelta por la calle Tottenham Court Road para buscar la computadora y el teléfono que tanto necesitaba para sus negocios. Los compró y la tienda quedó de enviarlos a domicilio durante la siguiente semana.

El clima había mejorado bastante: ya no estaba nevando, ya no hacía viento helado y se podía recorrer la ciudad a pie, lo que aprovechó para matar el tiempo. Alrededor del mediodía y como no había desayunado nada, Draco hizo una parada en uno de sus restaurantes muggles favoritos, el Dalloway Terrace, para tomar el brunch y beber té.

Pero, en un momento dado durante su visita al restaurante, estuvo muy a punto de ir corriendo al baño para vomitar toda la deliciosa y bastante costosa comida que acababa de almorzarse. Los nervios se lo estaban tragando vivo: no podía dejar de pensar en lo que había hecho con Harry, en lo que iba a pasar en un par de horas en la ceremonia de inauguración de los centros sociales, en si todo aquel descabellado plan no era un craso error. Le mortificaba haber dicho aquellas mentiras, pero el punto es que no había encontrado otra solución para explicarle a Harry "las patrañas" que le había contado acerca de que venía de otra realidad.

Tal como Granger le había explicado, no existía escenario posible donde Harry no creyera que todo aquello habían sido mentiras, así que lo único que le restaba a Draco era cambiar "el motivo" por el que las había tenido que decir. Si Harry creía que había sido uno loable, entonces sí lo perdonaría.

Ahora todo dependía de Harry Potter y Draco no tenía más remedio que esperar a ver qué movimiento decidía realizar el moreno sobre aquel hipotético tablero de ajedrez.


Justo estaba saliendo de aquel restaurante de postín, cuando una lechuza llegó volando directo hacia él. El cielo estaba nublado y de nuevo había comenzado a nevar levemente, así que no había mucha gente caminando en la acera en ese justo momento y Draco pensó que era una suerte.

La lechuza dejó caer una carta en sus manos y se alejó antes de que cualquier muggle a su alrededor pudiera verla y asombrarse. Draco pudo reconocer al ave como una de las pertenecientes a su familia y eso lo llenó de ilusión. Miró la nota que tenía entre los dedos y el corazón se le aceleró a mil por hora. ¿Sería de Harry?

Ahí, en plena acera de una de las calles más transitadas del centro de Londres y en medio de una nevada, Draco abrió la nota y la leyó, sonriendo como idiota.

"Draco,

He estado esperando por ti toda la mañana. Un elfo nos dijo que saliste a San Mungo, pero siento que ya te has tardado demasiado. ¿Está todo bien? Estoy muy preocupado por ti. Sé que anoche no quedamos en buenos términos antes de irnos a dormir, pero ha pasado algo que me ha hecho reconsiderar las cosas. Te ruego que me concedas otro momento para hablar. Necesito decirte algo importante.

Espero que consigas regresar a la casa antes de las dos de la tarde, pues lamentablemente tengo que salir con Ron. Le cancelaría los planes para esperarte, pero de verdad no puedo, es algo que tiene que ver con Hermione y la gente pobre de Nottingham, así que asumo que es importante. ¿Podemos vernos acá en casa más tarde o en la noche para hablar?

Si puedes responderme, te lo agradecería mucho. Realmente estoy preocupado por ti y no puedo dejar de imaginarte muy enfermo en San Mungo necesitando de mi ayuda.

Harry.

PD. ¿De casualidad habrás visto mi viejo reloj de pulsera? Juraría que lo dejé en el tocador, pero ha desaparecido y los elfos no tienen idea."

Draco releyó un par de veces más, inseguro de qué pensar. Indudablemente, Harry lo había escuchado la noche anterior, pues mencionaba que había pasado algo que lo había hecho reconsiderar… Aunque por el tono de la carta, realmente Draco no podía asegurar que Harry deseara una reconciliación. Ni siquiera le mandaba decir un "te quiero", ni nada. Todo era realmente opaco, difícil de discernir.

—Demonios —masculló Draco, ganándose la mirada airada de una pareja de ancianos que justo pasaba a su lado. Los nervios amenazaron de nuevo con provocarle náuseas y ganas de vomitar. ¿Harry deseaba buscar una reconciliación o sólo iba a gritarle más por no haberle dicho que tenía pesadillas y, quizá, una enfermedad mental?

Además, le preguntaba por su reloj. Draco había pensado dárselo después de la ceremonia de inauguración, ya que todo hubiese terminado y tuvieran más tranquilidad para charlar.

Mirando la hora en su propio reloj, Draco buscó entonces un sitio sin testigos para desaparecerse y regresar a casa. Sólo pensaba cambiarse de ropa y salir de inmediato a Nottingham, postergando la conversación con Harry hasta después de aquel evento. Por alguna razón, tenía un fuerte presentimiento de que ese era el mejor curso de acción a seguir.

Se moría de la ansiedad, pero pensó que lo mejor era dejar que las cosas se cocieran lentamente para, además, aprovechar el indudable sentimiento de sorpresa (y con suerte, de gratitud) que Harry tendría hacia él después de saber lo que Hermione y Draco habían hecho en Nottingham.


Cuando salió de la chimenea en el sitio que Granger le había indicado en Nottingham, eran ya las dos en punto. La ceremonia comenzaría en media hora más, así que Draco tuvo tiempo para ser recibido por una efusiva y nerviosa Hermione Granger, quien daba órdenes sin parar a un montón de ayudantes y empleados.

—Oh, ¡hola, Draco! —lo saludó, mirándolo como si no pudiera deducir de cuál Draco se trataba—. ¡Llegaste a tiempo! Tenemos que salir al estrado a tomar nuestros sitios y confiar en que Ron llegará con Harry. Si lo hace, ellos se quedarán entre el público. Entonces, comenzaremos.

Draco le sonrió más efusivamente de lo que acostumbraba.

—¡Me muero de los nervios por ver la reacción de Harry! —dijo Draco con voz jovial, dejando a la mujer mirándolo estupefacta. Granger acercó su cara hacia Draco y lo miró inquisitiva, entrecerrando los ojos. Draco, evitando a toda costa soltar una carcajada, la miró igual—. ¿Pasa algo, Hermione? —le preguntó, fingiendo cariño y preocupación.

Granger retrocedió un paso y se frotó la barbilla con los dedos de una mano. Draco hizo un gran esfuerzo para mantener un rostro impasible, aunque era difícil. Sabía que Granger se estaba preguntando si acaso este Draco sería ya el Draco Malfoy que había vivido aquella vida, y Draco se congratuló ampliamente de su actuación.

Ahora que sabía que no existía otro Draco Malfoy viviendo otra realidad, Draco había tomado la decisión de vivir aquella vida como suya. La iba a robar, la iba a tomar por asalto, no le importaba nada ni le remordía la consciencia. Iba a engañarlos a todos, a fingir y actuar que siempre había sido el Draco Malfoy que ellos conocían, que había sido novio de Harry desde los diecinueve años.

Ahora que sabía más de esa vida y de la gente a su alrededor, estaba convencido de que lo conseguiría.

Granger arqueó una ceja, indecisa.

—Ah... ¿Draco?

Draco abrió los ojos con inocencia.

—¿Dime, Hermione?

—Tú... Tú eres... Quiero decir, ¿eres tú mismo o...?

Draco, a pesar de que tenía ganas de reírse a carcajadas, se aguantó y mudó su expresión a una de preocupación.

—Pues mira, amiga, ahora que lo mencionas, me he sentido un poco raro últimamente. De hecho, he sacado cita en San Mungo porque al despertar hoy, me he fijado en la fecha y casi me caigo para atrás cuando vi que era el sábado 30, ya que... ¡Quizá no me creas, pero la verdad es que no puedo recordar con exactitud qué ha pasado durante los últimos cinco días!

—¿Cinco días? —repitió Granger con azoro.

—¡Así es! Desde Navidad, para ser exactos. Prácticamente, he olvidado todo lo que ha pasado desde la víspera. —Se rascó la nuca en un gesto inocente—. Quizá...Quizá me di un golpe en la cabeza y sufrí una laguna mental, no lo sé. Será mejor que un sanador me revise, ¿o tú qué crees?

Granger sonrió nerviosa, como si quisiera creer que en verdad ese Draco ya era el que siempre había sido su amigo, pero todavía se resistiera.

—Oh Draco, pues yo estoy de acuerdo, nada mejor que una consulta con un profesional, imagina si no lo aconsejaré yo que mis padres son dentistas.

Draco asintió con gesto bonachón y Granger pareció terminar de creérselo. Se le echó encima y lo abrazó muy apretado. Draco se aguantó la risa mientras correspondía el abrazo.

—Aw, Hermione, yo también te estimo, querida, pero... ¿este abrazo se debe a algo en especial? —le preguntó, todavía fingiendo un tono inocente y amistoso. De ese momento en adelante, tendría que controlar sus arranques sarcásticos hacia ella, pero bien valía la pena si conseguía engañarla.

Granger se separó de él a regañadientes y Draco miró, con infinita diversión, que tenía los ojos húmedos y una sonrisa bobalicona. Era un puto genio.

— No-no, no es nada —tartamudeó ella, al borde del llanto—. Lo que pasa es que... no te había visto desde Nochebuena y te echaba de menos, eso es todo. No te preocupes, estoy completamente segura de que este lapsus de mala memoria no es nada grave.

Draco sólo le correspondió la sonrisa y se dejó invadir por un sentimiento de esperanza sin rival.

Quizá... quizá de veras todo saldría bien.


A partir de ese momento, todo pasó con rapidez. Salieron del edificio y se dirigieron a un gran patio que separaba ambos centros sociales. Granger lo condujo hacia el estrado, el cual estaba colocado sobre una tarima para elevarlo del nivel del suelo. Granger le presentó a la gente importante del estrado: la mayoría eran brujas y magos que ostentaban cargos administrativos y de dirección en las dos nuevas instituciones. Enfrente de todos ellos, habían colocado varias hileras de sillas para el público, el cual comenzaba a llegar. Un grupo de trabajadores de mantenimiento del Ministerio estaban lanzando encantamientos de paraguas encima del estrado y las sillas, ya que, al estar a la intemperie, la nieve caía inclemente sobre todos ellos. Después de varios minutos de trabajar empleando mucha magia, consiguieron todos juntos un efecto tipo "carpa" bastante eficiente que los protegió del mal clima. Mientras la gente terminaba de llegar y daba la hora de comenzar, Granger, desde su asiento junto a Draco, le señaló los dos edificios aledaños, y le explicó cuál era el centro deportivo para niños y cuál, el educativo para brujas adultas.

—Ese es el James, y ese es el Lily. Así les decimos de cariño y para ahorrarnos palabras —se explicó con una gran sonrisa—. Oh dios, sólo espero que a Harry le guste la idea —añadió, nerviosa.

—Despreocúpate, Hermione —la tranquilizó Draco, tomando una mano enguantada de la bruja entre las suyas y apretándosela con cariño—. Estoy seguro de que amará la idea de que el nombre de sus padres perdure así en el tiempo.

—Y hablando de tiempo... ¡Oh cielos, ya vamos a comenzar! —Ella se levantó y caminó hasta el centro del estrado, donde el público la recibió con una tibia ovación: seguramente, el frío les enfriaba los ánimos, nunca mejor dicho, pensó Draco soltando risitas entre dientes.

En el momento en que Granger comenzó a hablar usando un encantamiento sonorus para agradecer la presencia de la gente y cosas así, Draco escudriñó entre el público buscando a Harry y a Weasley. No pudo encontrarlos y fue cuando comenzó a preocuparse. ¿Qué tal si el estúpido del cabeza de zanahoria no había conseguido convencer a Harry de ir ahí? Y peor, ¿qué tal si era culpa de Draco por haberle hecho creer a Harry que había ido a San Mungo sin dar más detalles? Con esos pensamientos se torturaba mientras Granger hablaba brevemente del origen de la idea de fundar aquellos dos centros. Luego, comenzó a deshacerse en alabanzas hacia el "misterioso" benefactor que había hecho posible todo eso y finalizaba presentando a Draco como el siguiente orador quien venía a anunciar el nombre de los centros sociales.

La gente aplaudió un poco más efusivamente cuando Draco se puso de pie y caminó hacia donde estaba Granger. Ella le apuntó con su varita y traspasó el encantamiento amplificador hacia él. Draco se aclaró la garganta, volvió a mirar hacia el público y fue cuando lo vio.

Harry estaba ahí, hasta la última fila, de pie junto a Weasley y un montón de pelirrojos más, mirando atónito hacia donde Granger y Draco estaban parados en el estrado de honor.

Draco se puso repentinamente nervioso. Saludó a la gente y comenzó su breve discurso.

—Buenas tardes. Tengo el honor de estar este día ante ustedes porque el benefactor del proyecto así me lo ha pedido. Él es un hombre inteligente que conoce el valor del deporte como medio para impartir educación y disciplina positiva en los niños y niñas, y que además es muy fan de mi querido esposo, el mejor jugador de quidditch de todo el Reino Unido, Harry Potter. —Draco se interrumpió durante unos segundos mientras la multitud aplaudía con muchos más ánimos; era evidente que sentían gran cariño por Harry, a quien todavía no habían descubierto que se encontraba con ellos mezclado entre el público y bien oculto entre la familia Weasley. Draco sonrió mucho ante esa muestra de afecto hacia Harry y lo buscó con los ojos. Harry, a la distancia, lo estaba mirando fijo. Draco se aclaró la garganta y prosiguió—: Como madam Granger-Weasley, nuestra estimada directora del Departamento de Investigaciones, les ha informado antes, nuestro benefactor ha dispuesto de varias cosas como condición para sus donaciones. Una de ellas, fue el nombre de ambos centros sociales. La otra, el nombramiento del director del centro deportivo para niños. Así que, con gran placer, me es grato darles a conocer que, a partir del día de hoy... ¡El "Club Infantil Deportivo James Potter" y el "Centro Educacional para Brujas Lily Potter", abren sus puertas para recibir calurosamente a los niños, niñas y mujeres de la comunidad mágica de Nottingham!

Al tiempo que Draco había mencionado cada nombre de los centros sociales, sendos letreros con las denominaciones de los edificios aparecieron sobre cada uno. La gente estalló en estruendosos aplausos y vítores. Draco miró hacia donde estaba Harry.

El moreno tenía gesto incrédulo. Los Weasley, a su alrededor, lanzaban hurras y le daban cariñosos golpes en la espalda.

Draco carraspeó y continuó anunciando:

—Por si eso fuera poco, el benefactor ha puesto como condición suprema para conceder los donativos, que se asigne al señor Harry James Potter como el director y principal entrenador del Club Infantil Deportivo que lleva el nombre de su estimado padre, quien, como todos recordarán, murió como héroe junto a su madre durante la Primera Guerra Mágica —dijo, y se silenció durante un momento. Draco dudaba que sus últimas palabras siquiera hubiesen sido escuchadas por la gente, pues a partir del instante en que había dicho el nombre de Harry y su nombramiento oficial, la multitud había estallado en gritos y aplausos a mansalva. Las madres de familia que aspiraban a inscribir a sus niños al centro deportivo, estaban llorando de la emoción de saber que semejante estrella de quidditch en persona iba a ser el entrenador de sus pequeños hijos e hijas. Draco podía entender la emoción. Sonrió mucho y sólo agregó—: Por favor, ¿podría, nuestro estimado Harry Potter, acercarse a la tarima y subir al estrado? Creo que nuestro público estaría encantado de verlo aceptar el nombramiento.

Harry, quien no paraba de recibir muestras de felicitación y cariño de parte de la gente que estaba cerca de él, comenzó el lento y tortuoso camino hacia la tarima de honor, pasando entre la gente y saludando de mano a cuantos podía. Muchas brujas aprovecharon para robarle uno o dos besos, y Draco sólo pudo sonreír conforme la cálida sensación del orgullo le subía por el pecho y le formaba un bulto en la garganta. Se sentía tan ufano de que la gente quisiera así a Harry que no podía con los sentimientos acumulados.

Los ojos se le humedecieron de orgullo cuando finalmente Harry consiguió subir hasta el estrado y se acercó hacia donde él y Granger lo esperaban de pie. Draco tenía en la mano un pergamino muy bonito que certificaba, con pocas palabras, el nombramiento de Harry como director y entrenador del nuevo centro. Esperó a Harry hasta que éste llegó hasta él, le tendió el pergamino y Harry lo tomó con la mano izquierda mientras le brindaba la derecha para saludarlo.

Draco se la tomó con gusto y ambos esposos se estrecharon las manos enguantadas con fuerza mientras la multitud se deshacía en aplausos. Draco quiso soltar a Harry casi enseguida, pero Harry no lo dejaba ir. Sólo apretaba y apretaba su mano y fue cuando Draco se atrevió a mirarlo a los ojos. No pudo evitar estremecerse cuando notó que los verdes de Harry lo observaban intensa y brillantemente.

Harry sonreía, pero Draco no podía asegurar que fuera un gesto sincero. De hecho, le parecía que Harry estaba un tanto perturbado y quizá no fuera sólo por la sorpresa. Pero antes de que pudiera pensar más en el asunto, Granger procedió a pasarle el encantamiento sonorus a Harry y los esposos tuvieron que soltarse de las manos.

Muy nervioso, Draco caminó de regreso a su silla, se sentó y, desde ahí, procedió a beberse con la mirada a Harry mientras éste tartamudeaba un discurso improvisado adorablemente torpe donde agradecía todo aquello, especialmente los títulos de los centros sociales nombrados en honor de sus padres. Al decir eso, echó un vistazo hacia un lado y hacia atrás, donde estaba Draco.

Sus miradas se encontraron por un breve instante y Harry volvió a sonreír, ahora con más calidez y complicidad. Los ojos se le humedecieron de nuevo a Draco, pero ahora era por una razón completamente diferente. Sintiendo la esperanza renacer en él, agachó la mirada y apretó el puño de su mano derecha, en la cual todavía persistía la tibia y hormigueante sensación del afectuoso apretón que Harry acababa de darle.

Nunca en su vida había esperado con tanta ilusión una fiesta como la que estaba a ocurrir a continuación.