Capítulo 17. Navidad, otra vez
Todavía arrodillado junto a su cama, Draco experimentó un nivel de ansiedad e incredulidad que no había sentido nunca antes. Comenzó a respirar superficial y rápidamente, ahogándose porque el aire no alcanzaba a llenar sus pulmones, negándose a aceptar la realidad que se le planteaba a sus ojos.
Meneó la cabeza mientras se dejaba caer hacia adelante y apoyaba las manos sobre el suelo. Aquello tenía que tratarse de un error. Seguramente alguien había quitado las fotografías de la cómoda de su cuarto, y el encantamiento de calendario simplemente se había equivocado.
Intentando convencerse de eso (aunque en el fondo sabía que no era posible, pues era mundialmente sabido que el encantamiento de calendario era infalible), Draco se puso de pie rápido y torpe. Así tal como estaba, en pijama y sin zapatos, atravesó su cuarto a tropezones y salió por la puerta. Jadeando por la falta de oxígeno, llegó corriendo al cuarto de Eltanin y abrió la puerta de golpe, esperando ver esa recámara tal como la recordaba: la cuna, los muebles y la decoración infantiles, los juguetes de su pequeño hijo…
No era así. No había nada de eso.
Parpadeó varias veces todavía sin acceder a aceptarlo.
Lentamente, la sangre se le congeló en las venas cuando no tuvo más remedio que reconocer que eso no era una alucinación y que todo en aquella habitación había regresado a ser lo que era antes: un simple cuarto de huéspedes que no tenía en absoluto ni un solo motivo infantil. De nuevo, una cama tamaño matrimonial con dosel dominaba el espacio, y todo estaba decorado en oscuros colores púrpura como antaño.
Draco se llevó una mano a la boca para evitar un grito angustiado que quiso brotar entre sus labios. No, no, no, Eltanin no... Todo menos eso, por favor, por favor.
Las lágrimas llenaron sus ojos pero él todavía se resistía a creerlo. Quizá... quizá… ¿algo había pasado durante la noche? Quizá habían cambiado al bebé de cuarto, quizá Draco no recordaba bien... Sí, seguramente, algo de eso tendría que ser.
Presa de una angustia que no había conocido antes, Draco comenzó a caminar como demente por todo el corredor, abriendo puerta tras puerta de todos y cada uno de los cuartos de huéspedes y fijándose en lo que había dentro.
Ninguno tenía la apariencia de que un bebé estuviera ocupándolo.
Sin darse por vencido, terminó con todos los de ese corredor, los más cercanos a su propio cuarto, y no se detuvo ahí. Continuó con todas y cada una de las habitaciones de esa planta, sintiéndose cada vez más agitado y aterrorizado.
No iba a aceptar así de fácil que Eltanin no existía más.
Finalmente llegó hasta el otro extremo de la planta, al cuarto principal de la casa: la habitación de sus padres. Importándole poco el decoro y los buenos modales, abrió aquellas puertas dobles de un solo golpe.
Su madre, sentada en la cama, vestida con una esponjada y elegante bata y con huellas de acabar de despertar, se giró hacia él.
—¡Draco! Cielos, qué susto me sacaste. Feliz Navidad, hijo... —comenzó a decir con una sonrisa, pero entonces reparó en el semblante lunático y angustiado de Draco y se asustó—: ¿Qué te sucede? ¿Ha pasado algo malo?
Draco no respondió de inmediato. Se fijó en el otro extremo de la enorme cama de esa recámara: el sitio que solía ocupar su padre. Estaba vacío e intacto, como si nadie hubiese dormido ahí durante la noche.
Miró a su madre con los ojos como platos.
—¡Mamá! ¿En dónde... en dónde están los demás?
Narcisa, muy pálida, se puso de pie y caminó hacia Draco.
—¿Los demás? ¡Oh, Draco, ¿cuáles demás? ¿De quiénes me estás hablando?
Draco la miró fijamente y pasó saliva.
—¿De-de El... Eltanin? —masculló, para probar la reacción de su progenitora.
—¿Eltanin? —repitió ella—. ¿Te refieres a Eltanin Black, el tío abuelo de mi padre que vivía en París?
Su madre no estaba bromeando. Ella no era así, y además parecía tan preocupada como Draco. Todo aquello era muy real. Draco volvió a llevarse una mano a la boca: le estaba costando no ponerse a llamar a gritos a todas aquellas personas que le hacían falta en esa casa. Eltanin, su padre... Harry.
—Oh dios, oh dios —comenzó a murmurar, alejándose de su madre, que cada vez se asustaba más al verlo en ese estado—. No puede ser, los he perdido, los he perdido... Snape tenía razón...
Narcisa intentó tocarlo en un brazo y Draco retrocedió.
—Draco, ¡ya está bien de esto! —exclamó ella, mirándolo con enojo y ciñéndose la bata alrededor de su cintura—. ¡Explícame por favor de qué estás hablando! ¿Por qué mencionas a Snape? ¿Acaso me estás jugando una broma?
Draco negó, escuchando a su progenitora apenas distraídamente; el corazón se le estrujaba en el pecho y la cabeza le daba vueltas en espiral. No podía asimilar aquel conocimiento, aquella certeza de que, ni su hijo, ni su padre, ni su esposo, vivían ahí.
La certeza de que, a excepción de Harry, ni siquiera existían ahí.
De nuevo, los ojos se le llenaron de lágrimas y sin tener modo lógico de explicarse delante de Narcisa, se dio la media vuelta y corrió hacia las escaleras principales.
Bajó a toda velocidad y se dirigió hacia el salón de juegos. Abrió la puerta de un manotazo y de nuevo se paró en seco al comprobar que tampoco ahí había rastros de que existiese un bebé en la familia.
—No... —volvió a murmurar, caminando hacia atrás, como si la vista de aquellos muebles sobrios y mesas para jugar cartas, pudiera hacerle daño físico.
Casi se tropieza con sus pies desnudos en su prisa de volver a pegar carrera. Haciendo caso omiso del frío que sentía y de la rigidez de sus músculos, corrió como desaforado hacia las galerías. Atravesó la del lado oeste y llegó jadeando hasta la pared de la galería este donde había estado colgado el retrato de él con su familia...
Nada. El cuadro no existía ahí. Tampoco ahí quedaba señal alguna de que Draco tuviese un hijo y un esposo.
Negando con la cabeza, volvió a retroceder. El corazón le latía tan duro que podía sentirlo retumbar dentro de su caja torácica y lo escuchaba dentro de sus oídos. Con los ojos empañados por el llanto, volvió a las escaleras principales de mármol, ahora sin correr porque sentía que iba a desmayarse.
A paso lento y funesto llegó a su despacho. Abrió la puerta y confirmó que los cambios que él había realizado en su otra vida, no existían ahí. El despacho estaba tal como lo había dejado su padre al morir.
Al morir.
Las rodillas le flaquearon y Draco de nuevo se desplomó sobre el suelo alfombrado del corredor, justo ahí, ante la puerta abierta de aquel despacho. No cabía duda, había regresado a su vida real, a esa vida donde no tenía nada, donde Lucius estaba muerto, donde su hijo jamás había nacido, y todo porque él…
Porque él había tomado una decisión diferente respecto a Harry Potter.
Pero, pero...
¿Y si no había sido así? Una leve esperanza le inundó el alma. Se incorporó un poco, se tomó las solapas de la pijama con ambas manos y tiró con fuerza, rompiendo la tela y lanzando botones por todos lados. Y así, con el pecho descubierto, bajó la mirada.
Aun con los ojos nublados por culpa de las lágrimas, pudo ver con claridad las cicatrices del sectumsempra en toda la parte delantera de su torso.
—No —masculló con la voz rota—. No, no, no, demonios, ¡Harry! ¿Qué hicimos, Harry, por Dios…?
Apretó las manos en puños frente a su cara y fue cuando se dio cuenta de que no tenía su argolla matrimonial puesta en la izquierda. Lentamente, Draco rotó su mano frente a él y abrió los dedos, observándoselos detenidamente. Con los de la mano derecha, se toqueteó el sitio donde tendría que haber estado colocado aquel anillo de oro que contenía un poco de la magia de Harry en él...
La realidad terminó de asentarse en su mente con un golpe tan violento y cruel que las náuseas lo invadieron y tuvo que correr al baño más cercano a vomitar.
Después, hecho un ovillo junto al inodoro, lloró con el corazón desgarrado hasta que, literalmente, no pudo más.
Después de un rato, fue bastante curioso como, a pesar de todas las evidencias, Draco todavía se negaba a aceptarlo.
Salió del baño con la camisa de su pijama rota y abierta, con la cara roja y húmeda de tanto llorar. Comenzó a caminar a paso lento por el corredor.
Tercamente, volvió a asomarse al despacho: tenía la estúpida esperanza de que todo volviese a ser como antes, y, cada vez que veía que no era así, quería ponerse a gritar de la frustración.
—¡ASHY!
El elfo, cuya actitud en esa realidad parecía más nerviosa y reservada que en la otra, se apareció ante él haciendo una reverencia.
—Diga, el amo —graznó el elfo antes de incorporarse. Entonces, miró el aspecto desaliñado de Draco y abrió mucho los ojos con susto, pero no dijo nada.
—Ashy, sígueme —le pidió Draco con voz más suave, comenzando a caminar hacia su cuarto. El elfo lo siguió con las orejas gachas, como atemorizado—. Dime una cosa, por favor. ¿En dónde se encuentra el señor Lucius Malfoy en este momento?
Draco había preguntado eso sin mirar al elfo, así que se perdió la expresión que la criatura hubiese puesto.
—El amo... El señor Lucius está reposando en la cripta familiar de los Malfoy en la parte más trasera de los terrenos, señor —respondió con voz tímida, como si no comprendiera por qué Draco le preguntaba esas cosas y temiera un castigo.
Draco cerró los ojos muy apretados, recordando que él siempre había sido un cretino con todos los elfos de la mansión y por esa justa razón le tenían pavor.
—En la cripta familiar —repitió con voz hueca, deteniéndose bajo el umbral de la puerta de su cuarto. Apoyó un brazo contra el marco y se quedó ahí, sintiéndose muy débil. Creyó que podría desplomarse hasta el suelo.
—Sí, señor, amo Draco.
—¿Desde qué año? —preguntó Draco sin abrir los ojos.
Sintió y oyó al elfo removerse inquieto detrás de él.
—El amo Lucius nos dejó en el año 2000, señor.
Draco suspiró profundamente y asintió. Sí, nada había cambiado. Esa era su vida real, la de siempre. Una donde él no había sido ni amigo ni novio de Harry Potter y, en cambio, Lucius había ido a Azkaban dos veces para terminar muriendo cuando Draco apenas había cumplido veinte años.
Bajó los brazos y apretó las manos en puños, sintiéndose muy enojado de repente.
—¡VETE YA! —le gritó a Ashy y el elfo no necesitó que se lo dijeran dos veces: se desapareció de inmediato. Sabiéndose solo, Draco terminó de entrar a su cuarto y cerró la puerta de un golpe tan fuerte que estaba seguro que hasta su madre tendría que haber escuchado estuviese donde estuviese en la mansión.
No le importaba. Se sentía furioso. Todo eso era culpa de él por haber sido un cobarde toda su vida. Y también era la culpa de Harry Potter por no haber sido su amigo antes, por... por no haberlo ayudado a sacar a su padre de Azkaban y todo lo demás… ¡Y de Snape! Por supuesto. Todo era culpa de Snape. Draco había sido un mago perfectamente sano emocionalmente y muy feliz como llevaba su vida, sin arrepentimientos ni tristezas (o al menos, de eso era de lo que trataba de convencerse), y entonces, había tenido que llegar Snape a arruinarle todo y a robarle su tranquilidad al mostrarle una realidad que en verdad no existía, no había existido nunca, ni existiría jamás.
¿Para qué?, se preguntaba una y otra vez, ¿para qué Snape había hecho todo eso si no había sido sólo para torturarlo y dejarlo así de infeliz?
Draco comenzó a dar vueltas por su habitación, caminó hasta el armario y, al comprobar que no estaba ninguna pertenencia de Harry ahí, negó con la cabeza y caminó hacia atrás.
Se llevó las manos a la cabeza. No podía soportarlo. Iba a volverse loco.
¿Y si...? ¿Y si todo eso que él creía haber vivido como un "vistazo", en realidad no había sido más que una pesadilla muy elaborada que había tenido durante la noche? ¡Eso era lo más lógico! ¡Eso tenía que haber sido!
Se dejó caer sobre la cama. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas de modo abundante, sin que él pudiera hacer nada para detenerlas.
Querer convencerse de que "el vistazo" había sido sólo un sueño, sólo un producto de su mente inconsciente, era un acto de bondad hacia él mismo, pero Draco sabía bien que no era cierto y que no podría creerlo por más que quisiera. Porque eso, todo eso, cada cosa, situación y conversación que había vivido en "el vistazo", no podían ser sólo producto de su mente. Era indudable que lo que le había sucedido se había sentido tan real que podía describirlo a detalle. Tan real que todavía podía sentir el abrazo que le dio a su padre; podía sentir entre sus dedos el cabello platinado suave como seda de Eltanin mientras acariciaba su cabecita y le daba una mamila… Tan real que podía cerrar los ojos y recordar perfectamente cómo se sentía el ardiente y suave interior del cuerpo de Harry Potter mientras le hacía el amor.
Habían sido muchos días, casi una semana entera, y Draco lo sentía así en su cuerpo y en su alma, sentía el paso del tiempo transcurrido ahí, sentía cada cosa vivida muy real. Sabía que, aunque ahí el calendario marcara 25 de diciembre, para él ya era el día 31.
Él realmente era una semana más viejo.
Él había vivido siete días en otro sitio, en otra realidad, y estaba convencido de ello con la misma certeza que lo movía a elevar su varita y saber que podría ejecutar magia con ella.
Y, hablando de magia…
Con la urgencia de querer comprobar una cosa, se puso de pie y buscó su varita. La había dejado tirada sobre el piso junto a la cama. La tomó y la acarició entre sus dedos, con el corazón lleno de miedo.
Iba a comprobar de una vez por todas si "el vistazo" había sido sólo un elaborado y largo sueño, o una realidad que había vivido en verdad.
Cerró los ojos, suspiró para calmarse y dejar de llorar, y buscó entre sus recuerdos el más agradable. De su vida real, de la que había tenido ahí hasta antes del vistazo, no creía tener nada rescatable, así que se dejó perder en todos los momentos increíbles que había pasado junto a Harry y Eltanin. Recordó vividamente a Harry narrándole su primer beso y cómo con eso él se había dado cuenta de que estaba enamorado de él, y, sonriendo como bobo ante esa memoria, con manos trémulas, elevó su varita hacia enfrente y murmuró:
—Expecto patronum.
Sintió magia brotando de su cuerpo, canalizándose a través de la varita y ejecutándose ante él. Abrió los ojos lentamente y arrugó la cara en una mueca de gran amargura cuando vio su serpiente bebé moviéndose por la habitación, rodeándolo en movimientos circulares, irradiando ondas cálidas que parecían llegarle al alma.
Draco comenzó a llorar con sollozos ahogados. Lo sabía. Sabía que todo había sido real, no lo había soñado ni imaginado.
Todo… todo era culpa de Snape.
Demasiado enojado e incrédulo como para quedarse ahí contemplando la prueba de su desgracia, Draco dio un manotazo hacia el patronus y éste se desvaneció.
Se dio la media vuelta y se largó al baño a darse una ducha rápida. Iba a salir a buscar a Snape. No tenía idea de si podría encontrarlo, pero tenía que hacer el intento. Iría al mismo lugar donde lo había visto por primera vez, esperaría a verlo y arreglaría cuentas con él.
En el armario de la mansión, en esa vida, tenía mucha menos ropa que en "el vistazo" porque, claro, se suponía que él no vivía ahí sino en un loft del Soho. Mientras se había duchado a toda prisa, apenas sí había tenido tiempo de pensar en eso... En que ahora de nuevo tenía bajo su poder aquella propiedad y sus oficinas. El saberlo no le brindaba ningún consuelo a pesar de que, en los primeros días que había vivido en "el vistazo", lo único que había deseado era poder regresar a su loft y a todas las pertenencias que acumulaba ahí.
Se vistió a toda prisa frente al espejo sin poder dejar de mirar, casi hipnotizado, las cicatrices de su pecho. Esas marcas que Harry Potter le había dejado y que, con el pasar de los años, había aprendido a ignorar porque el recuerdo de cómo se las había hecho era demasiado amargo, ahora se le presentaban con un nuevo significado que amplificaba los sentimientos negativos. Meneó la cabeza, pensando que ahora sí tendría que ponerse a investigar en serio para encontrar una manera de borrarlas de su cuerpo. No iba a poder soportar verlas día a día.
Se puso lo mejor que encontró entre las escasas prendas, se peinó el cabello -que ahí traía un poco más largo que en "el vistazo"- y salió de su cuarto. Se había dedicado todos aquellos minutos en que demoró en arreglarse a rumiar todo lo que le había pasado, concentrándose en enojarse con Snape, con Potter y con él mismo porque, de alguna manera, estar furioso era mucho más sencillo que sucumbir a los sentimientos de derrota. Sentía que al enfadarse con otros y con las circunstancias, tenía energía para moverse y actuar.
Así que eso iba a hacer, justamente. Iba a actuar. Iba a encontrar a Snape y a exigirle que lo devolviera al "vistazo" porque era una putada y una crueldad haberle enseñado aquella vida y, luego, habérsela quitado.
Y así, con ese ímpetu que le otorgaba la rabia que sentía, Draco bajó las escaleras a toda prisa, tratando de recordar con precisión cuál callejón era aquel donde se había encontrado con Snape por primera vez.
Se sobresaltó un poco porque se encontró con su madre, quien, de pie con actitud extraña, lo esperaba en el vestíbulo.
Poniéndose en guardia, Draco ralentizó sus pasos y se acercó a Narcisa con cautela. Su mamá, vestida y arreglada un poco más elegante de lo que acostumbraba, lo miró venir con las manos entrelazadas y el gesto duro pero preocupado.
—Draco —le dijo—. Les pregunté a los elfos por ti y uno de ellos me dijo que te había visto un tanto alterado y quizá enfermo. Por eso decidí no molestarte y darte un tiempo a solas para que recuperaras la compostura. Ahora, te exijo que me brindes una explicación.
Draco se detuvo ante Narcisa y no supo qué responder. Se llevó una mano a la cara y se frotó la barbilla con los dedos. Era consciente de que, a pesar de la ducha y el acicalamiento, continuaba teniendo huellas de llanto en la cara.
—Quizá no me lo creas —murmuró, evitando mirar a su progenitora a los ojos—, pero anoche tuve un sueño acerca de... Acerca de Lucius. Al despertar hoy, por un segundo creí que todo había sido real y eso, de golpe, me trajo de vuelta al año en que enfermó y... lo perdimos —bajó la voz hasta enmudecer. Al menos, no estaba diciéndole mentiras. No totalmente.
Narcisa suspiró hondo y se acercó a su hijo. Le colocó una mano sobre el brazo.
—Te entiendo mejor de lo que crees. Yo misma tengo sueños así, todo el tiempo.
Draco se atrevió a elevar sus ojos hasta los de su madre y tuvo que tragar fuertemente porque se le había formado un nudo en la garganta. Los ojos le picaron con lágrimas pero resistió las ganas de ponerse a llorar. Si Narcisa supiera, si tuviera la más mínima idea de que había estado en manos de Draco evitar la muerte de su esposo, ¿aun así lo seguiría queriendo como hijo?
—Siento haberte preocupado, mamá —murmuró Draco agachando de nuevo la mirada—. Ahora, si me disculpas, debo ir a... a mis oficinas. Tengo un asunto realmente urgente que...
—¿Cómo dices? —dijo su madre con voz rota, y Draco se dio cuenta de que ella también parecía a punto de llorar—. ¿El día de Navidad? Pero, ¡yo contaba con tu presencia al menos para almorzar! ¡Rara vez me visitas!… No quiero ser de ese tipo de madres inoportunas y posesivas que exigen atención de sus ocupados hijos, pero… ¡Al menos el día de hoy, Draco!
Draco apretó la mandíbula. Ella tenía razón, por supuesto. Él casi nunca se paraba en la mansión durante el año, al menos que su madre le diese la suficiente lata como para no poder postergarlo más. Se hablaban bastante frecuentemente por la red flu y se mandaban lechuzas cada dos por tres, era cierto, pero sabía que su madre pasaba los largos días ahí sola, encerrada sin nadie más con quien convivir. Imaginó lo que Lucius pensaría del abandono en que Draco tenía a Narcisa y algo se le retorció en las entrañas. Diablos, incluso imaginó lo que Harry pensaría de él si supiera que descuidaba así a su madre, especialmente él que se había quedado huérfano y no tenía parientes de sangre...
Miró los ojos azules de Narcisa, los cuales estaban llenos de desazón. Ella era lo único que le quedaba. No tenía modo alguno de recuperar a Eltanin, ni a Lucius, ni a aquel Harry que había sido su esposo y lo amaba, pero... Su madre estaba ahí. Era un estúpido si malgastaba su tiempo persiguiendo quimeras en vez de pasárselo con ella, y ahora se daba cuenta. No iba a desairar a la única familia que le quedaba en esa vida.
Meneó la cabeza en un gesto afirmativo.
—Tienes razón —le dijo a Narcisa. Dio un paso hacia ella y la abrazó apretadamente. Su madre pareció sorprenderse durante un momento, pero entonces, suspiró con alivio y le correspondió el abrazo—. Me quedaré a almorzar contigo y entonces me marcharé, pero será sólo para resolver este asunto que te digo. Y en compensación, regresaré a dormir aquí y quizá pase algunos días más de visita en la mansión, ¿qué dices a eso?
La alegría de su madre lo hizo sonreír triste. Le ofreció un brazo, el cual Narcisa tomó con una sonrisa resplandeciente y, así, los dos únicos Malfoy que quedaban en esa casa, con el corazón lleno de añoranza, caminaron con paso lento hacia el comedor.
A pesar de su reciente disposición a tratar de pasar más tiempo de calidad con su madre, Draco no podía concentrarse en la mayoritariamente insulsa conversación que ésta llevó casi durante todo el almuerzo.
El ánimo de Draco oscilaba entre la más pura negación a aceptar que esa realidad iba a ser su realidad definitiva, a la furia más encendida cuando recordaba que todo era culpa de Snape y de él mismo; sin hablar de los periodos de melancolía que de pronto lo asaltaban cuando miraba las sillas que habían sido ocupadas por Lucius y Harry y el sitio donde solían colocar la sillita alta de Eltanin.
No entendía qué era lo que le estaba pasando, pero, como la negación y el enojo eran los sentimientos que al menos en ese momento le resultaban más fáciles de manejar, se aferraba a ellos como un náufrago a la tabla salvavidas.
Por lo tanto, casi cada tema de conversación sacado por su madre le parecía aburrido, predecible y agobiante, especialmente porque la urgencia de salir a buscar a Snape estaba quemándole.
Los elfos mandaron el postre y Draco se apresuró para terminar lo más pronto posible en sus ganas de huir. Rodó los ojos cuando Narcisa comenzó, por enésima vez en la vida, con el tema de que ya era hora que dejara de ser tan promiscuo y desobligado y buscara alguna manera de casarse para tener herederos.
—Sé que te he nombrado a todos y cada uno de los magos sangre pura que son... eh, homosexuales, y que pululan por la sociedad inglesa, Draco —decía su madre mientras le daba pequeñas probaditas a su pudín de ciruelas— y ya que ninguno es de tu completo agrado, pensé, "¿por qué no comenzar a buscar en las altas sociedades mágicas de otros países?"
Draco suspiró y no dijo nada. Continuó con los ojos clavados en su propio pudín mientras lo hacía pedazos con la cucharita de plata, pensando en la ironía de que su madre jamás le hubiese propuesto a Harry Potter como candidato a cortejar, a pesar de que era bien sabido que la estrella de quidditch bateaba para ambos equipos. Draco no se atrevió a preguntarle por qué, pero igual podría tratarse por su estatus de sangre (el cual no era completamente puro ya que su madre había sido hija de muggles), o porque Narcisa pensaba que Draco lo odiaba, o porque quizá era ella misma quien lo detestaba. Después de todo, en esa vida, Narcisa y Harry sólo habían tenido encuentros nada agradables, y Narcisa odiaba el hecho de que Harry Potter casi matase a Draco en un baño de Hogwarts.
Una punzada de algo indescriptible le retorció las entrañas al pensar que Harry habría sido bien capaz de meterse a Azkaban a sacar a Lucius sólo por tener contento a Draco, en una incursión ilegal que le costaría la salud mental y casi la vida misma.
Si él hubiese sabido eso antes… Si Narcisa pudiera saberlo ahora con la misma certeza que él…
Narcisa seguía hablando sin desanimarse por la apatía que su hijo mostraba ante la conversación.
—… así que he estado mandando algunas lechuzas y hablando con amigas por aquí y por allá. Y no vas a creer en nuestra buena suerte, querido —seguía diciendo Narcisa al tiempo que hacía una pausa y estiraba un brazo para darle un apretón a Draco en una mano—. Me enteré de muy buena fuente de que, justo en este momento, está en Inglaterra un mago con las características necesarias para ser digno esposo de un Malfoy. Sólo se encuentra de vacaciones, así que, si quieres conocerlo, tendremos que darnos prisa. Por lo que pude enterarme, es descendiente de una larga línea de magos muy nobles de Europa del Este, emparentados con la misma casa de Habsburgo. Este mago es el menor de varios hermanos, así que no heredará títulos ni fortunas, pero siendo que tú tienes la tuya, no creo que ese sea un problema. Es apenas un poco mayor que tú y muy guapo. El único inconveniente que le veo, son sus amistades y contactos, ya que me han dicho que está aquí de visita con la familia Weasley, de entre toda la gente —finalizó su madre arrugando la nariz en un gesto despectivo.
Aquello despertó a Draco de su letargo. Elevó el rostro y clavó los ojos en su madre.
—¿Con la familia Weasley?
—Así parece. Creo que trabaja en una colonia de dragones y es amigo de uno de los hijos de esta gentuza. Pero, hijo, otorguémosle el beneficio de la duda, ¡seguramente él no tiene idea del tipo de gente que son ellos!
—Madre, ¿sabes cómo se llama ese mago?
A Narcisa se le iluminaron los ojos y con justa razón. Después de todo, era la primera vez que Draco se mostraba mínimamente interesado en alguien que ella estuviese sugiriéndole para presentárselo con miras a un futuro galanteo.
—¡Por supuesto! Hice mis deberes al completo. Se llama Emil Enescu y es de Rumania. Como te digo, no posee títulos ni es muy rico, pero… Oh, de hecho, ahora que lo recuerdo… ¡Apareció una foto de él en El Profeta de hoy! Mira.
Narcisa soltó a Draco de la mano y estiró su brazo hacia un lado, donde estaba el ejemplar de ese día del periódico. Draco sabía que su madre sólo leía la sección de sociales y que, si seguía suscrita al diario, lo hacía más que nada por costumbre pues había sido Lucius y luego Draco quienes siempre lo leían de cabo a rabo cada mañana durante el desayuno.
Mientras Draco fruncía el ceño y pensaba en Emil Enescu, su madre hojeó el periódico hasta encontrar lo que buscaba.
—Aquí está —le dijo mientras señalaba una foto en blanco y negro donde aparecía mucha gente—. Es este chico de cabello oscuro que está aquí. Velo, Draco, es realmente guapo. Por favor, dime que te gusta —añadió ella con un poco de nerviosismo.
Draco tomó el diario con ambas manos y abrió mucho los ojos al leer el titular.
"FIESTA DE DESPEDIDA PARA LA ESTRELLA MÁS RUTILANTE DE EUROPA: Harry Potter, el jugador de quidditch más exitoso que el Reino Unido ha tenido en décadas, es despedido en íntima y privada fiesta organizada por sus amigos más cercanos"
La nota seguía y seguía, detallando cosas que a Draco no le interesaban, como la lista de invitados, lo que habían comido y bebido, y algunas entrevistas acerca del tema. Lo que él hizo fue escanear la fotografía con avidez y, en efecto, ahí estaba Harry Potter en medio de todos, rodeado de los Weasley y de otras personas que Draco no conocía. Estaba Granger, por supuesto, y Enescu, de pie a un lado de Charlie. El corazón le dio un vuelco de puro dolor al ver la cara de Harry en aquella foto, tan sonriente, tan ajeno, tan lejano.
El golpe de la realidad en la que ahora existía, lo dejó sin aliento otra vez y ahora con mucha más violencia. Le costaba creer que había pasado de tener a ese mago adorable y guapísimo en su propia cama como esposo, a no tenerlo en absoluto y a conformarse con mirarlo a través de fotografías de la prensa.
Apretó los labios con fuerza, incapaz de decir palabra, pues temía perder el control.
—Oh —exclamó Narcisa, malinterpretando la expresión desolada de Draco—, ¿te preocupa que pertenezca al círculo de conocidos de Potter? Ese es un detalle que a mí no me angustia. Sé de buena fuente que él no es cercano a Potter per se, que sólo asistió a esta fiesta porque es amigo de este pelirrojo —añadió su madre y señaló a Charlie—. Pero mira qué guapo es. Parece un poco bajo de estatura, pero eso no le quita nada de gallardía. Estaba pensando en organizar una reunión con algunos conocidos que tenemos en común y así, tú y él podrían conocerse de manera formal…
Draco sólo escuchaba a medias. Continuaba admirando a Harry con gran desazón, sin saber a ciencia cierta qué sentir, qué pensar, qué hacer al respecto. En esa realidad, Harry Potter iba a irse a América la mañana siguiente y seguramente Draco no lo volvería a ver. Si de por sí, antes de eso, Draco sólo se había encontrado con el héroe en contadísimas ocasiones a través de los años… ahora, con todo un océano en medio de ellos dos, menos iba a poder verlo nunca más.
Harry se veía tan guapo en aquella foto… Draco no se cansaba de verlo. Suspiró discretamente mientras su madre continuaba enumerando todos los parientes importantes que tenía Enescu entre la realeza europea, notando que el semblante de Harry no se veía del todo feliz. Draco entrecerró los ojos y se preguntó el porqué, mientras pasaba los dedos por el papel.
Su madre se había quedado callada de pronto y lo miraba, como esperando una reacción. Draco carraspeó y dobló el periódico.
—¿Puedo quedármelo? —preguntó.
A Narcisa se le iluminaron los ojos.
—¡Claro! ¿Eso quiere decir lo que creo que quiere decir? —preguntó con una gran sonrisa. A Draco se le constriñó el corazón una vez más: no quería decepcionar a su madre, pero si ella esperaba casarlo con Enescu (con aquel imbécil, de entre toda la gente) iba a llevarse un fiasco enorme.
—En realidad —le dijo Draco—, quiere decir que voy a pensarlo, ¿te parece bien?
Narcisa se desilusionó un poco.
—De acuerdo… Pero no demores mucho, no sé cuánto más vaya a estar en Inglaterra este chico… Habrá que organizar algo donde puedan conocerse y sepamos decir si es el adecuado para ti.
Draco le dio a su madre una sonrisa fingida y se puso de pie.
—Mamá, te pido disculpas, pero en serio tengo que retirarme. Necesito salir con urgencia, pero, como te dije antes, regresaré a cenar contigo. ¿Te parece bien?
Salió a toda velocidad del comedor, dejando a su solitaria madre atrás. En cuanto llegó a la galería y supo que su madre no podía verlo ni escucharlo, Draco se apoyó de espalda contra la pared, cerró los ojos apretados y, jadeando fuerte para controlar el llanto frenético que amenazaba con desbordarlo, estrujó el diario contra su pecho.
No tenía idea de cómo iba a vivir en un mundo donde él no era, ni había sido nunca, ni podría ser jamás, el esposo de Harry Potter.
Subió a su cuarto sólo para poner a buen resguardo aquel periódico. Sin querer pensar en la razón que lo movía a guardar aquel ejemplar sólo por tener una fotografía impresa de Harry en él, Draco volvió a tomar su abrigo, sus guantes y bufanda y se dirigió a la puerta de la casa. Se colocó todo bien apretado porque afuera nevaba copiosamente y Draco sabía que más tarde habría una tormenta espectacular. Suspiró al recordar la noche en que Blaise había ido a buscarlo al bar del hotel y la gran nevada que estaba cayendo: justo eso sucedería más tarde ese mismo día.
Se apareció en el Callejón Diagon y comenzó a caminar casi sin rumbo. Las calles estaban prácticamente desiertas: a pesar de que no pasaba de las dos de la tarde, era el día de Navidad y todos los negocios estaban cerrados, amén de que, con cada momento que pasaba, la nevisca arreciaba.
Le costó un buen rato encontrar el callejón en el que había visto a Snape por primera vez. Se quedó parado justo ahí, en medio de todo, completamente solo y con montones de nieve cayéndole encima, preguntándose si en verdad no sería que se había vuelto loco y absolutamente nada de lo que él creía haber vivido, había pasado en realidad. Ni las visitas del difunto profesor de Pociones, ni "el vistazo", ni su patronus.
Apretó los dientes y cerró los ojos, suspirando hondamente para no llorar. No sabía si le convenía continuar aferrándose a que todo aquello sí había pasado o si sería mejor convencerse a él mismo que simplemente lo había imaginado. Sentía el calor de la madera de espino de su varita dentro del bolsillo de su abrigo y de nuevo le picaban los dedos con la urgencia de invocar a su patronus para comprobar que no lo había soñado.
Aquella era la única prueba que le quedaba de toda la semana vivida en "el vistazo".
Sacó la varita, la admiró durante unos segundos y suspiró.
Cerró los ojos y recorrió en su mente, como si de una película se tratase, todos los momentos buenos que había vivido en la otra realidad. Una sonrisa se dibujó en sus labios al darse cuenta de que eran muchísimos. Tantos, que le resultaba difícil escoger. ¿Cuál era el mejor o el más feliz? Pensó en aquella tarde en la que había dormido a Eltanin entre sus brazos mientras le daba una mamila y el pequeño le había sonreído, enseñándole unos adorables y pequeños dientes. Aquel momento había sido el instante en que Draco había sentido al niño como su verdadero hijo por primera vez, y el sentimiento había sido casi aplastante.
Se aferró a ese recuerdo, agitó la varita y murmuró, abriendo los ojos:
—Expecto patronum.
Y ahí apareció de nuevo la serpiente, comprobándole que no estaba loco, que en verdad había sucedido. Draco dejó escapar un sollozo ahogado mientras su patronus se movía en círculos y luego, se lanzaba hacia delante. Dio vuelta en la esquina del callejón y no volvió. Sintiéndose curioso y sin nada mejor que hacer, Draco caminó a paso veloz para alcanzarlo.
El patronus continuaba ahí en la avenida principal, revoloteando alegre entre la nieve que caía y a muy poca altura del suelo; parecía esperar por Draco y éste se sintió cada vez más intrigado. Entonces, la serpiente dio una voltereta, voló hacia una puerta de un negocio que estaba sobre esa calle y se desvaneció al chocar contra ella.
Draco elevó la vista, miró la fachada de la tienda y la respiración se le agitó.
Una réplica gigante y mecánica de uno de los gemelos pelirrojos le indicó que se encontraba frente a la tienda de bromas llamada "Sortilegios Weasley".
Entrecerró los ojos mientras se acercaba a paso lento hasta el negocio. Eso no podía ser casualidad, ¿o sí?
La tienda, por supuesto, estaba cerrada igual que todas las demás. Draco limpió con una mano enguantada el vidrio de una ventana y echó un vistazo hacia dentro. Nada. Todo estaba oscuro y solitario. Había algunos papeles y anuncios pegados a la ventana, las tonterías habituales que la gente solía publicitar. Draco les pasó la mirada por encima hasta que uno de los avisos le llamó poderosamente la atención a causa de la desastrosa caligrafía con la que estaba escrito. No había pasado años observando a Harry Potter escribir notas y deberes en Hogwarts para nada: Draco reconoció de inmediato su letra. Era un pergamino simple escrito a puño y letra por el héroe, Draco estaba seguro. No demoró nada en ponerse en alerta y comenzar a leer:
"RECOMPENSA.
Reloj de pulsera de oro perdido.
Se recompensará con una gran cantidad de galeones a quien devuelva un reloj de pulsera de oro con bastante uso y que en la parte trasera tiene grabada la frase: "Fabian Prewett, 1967". Probablemente extraviado aquí mismo en el Callejón Diagon durante la semana previa a Navidad.
Reloj casi inservible, sucio y viejo, sólo tiene valor sentimental para el dueño.
Informes y cobro de la recompensa, aquí mismo en Sortilegios Weasley."
Draco se llevó una mano a la boca para no soltar una exclamación. El anuncio no estaba firmado por Harry; de hecho, ni siquiera hacía mención en absoluto a que el reloj fuera de él, por lo que a cualquier otra persona más le resultaría imposible saber que el famosísimo jugador de quidditch era el dueño desesperado de aquella joya extraviada. Y dejando eso de lado, estaba la extraña y tremenda casualidad de que fuera ese reloj, precisamente, un objeto que Harry hubiese perdido también ahí. El mismo reloj que allá, en la otra vida...
—¿En verdad, después de todo lo que te ha pasado, continúas creyendo en las casualidades, Draco? —dijo una voz detrás de él.
Draco se sobresaltó y casi pegó un brinco. Se giró sobre sus talones lo más rápido que la abundante nieve en el piso se lo permitió.
Y así, en medio del desierto Callejón Diagon en pleno día de Navidad, se encontró de nuevo cara a cara con Snape. Éste, que ahora iba vestido de modo muy normal (incluso llevaba un grueso y pesado abrigo negro, como si de veras un espectro como él pudiera sentir el frío), estaba mirando a Draco con gesto condescendiente y una sonrisita de burla en los labios.
Draco miró a su alrededor. No había ni una sola persona más por ahí. Sólo estaban ellos dos. Encaró a Snape y, de pronto, toda la energética furia que lo había llevado hasta allá pareció desvanecerse. Sólo pareció quedar en él una gran tristeza y derrota.
—Snape —comenzó a decir en voz baja—, ahora sí se lo digo de todo corazón y no es sólo fanfarronería: si no estuviera usted muerto, no tiene idea de lo que yo le haría —siseó con la voz helada por el odio. Jamás pensó que se sentiría así por su ex profesor—. Lo que me ha hecho no tiene nombre. Ha sido un despropósito cruel y retorcido, y lo único que consiguió fue dejarme sintiéndome más infeliz de lo que me he sentido mi vida entera.
Snape tuvo el descaro de poner los ojos en blanco y suspirar. Se acercó un par de pasos hasta que quedó parado exactamente junto a Draco, ahí, ante la ventana principal de la tienda de bromas de los hermanos Weasley.
—Draco, hazme el favor a mí y háztelo a ti mismo de pensar. No me decepciones. Yo creí que, de entre todos los ineptos a los que di clases en Hogwarts, tú sobresalías tanto por tu astucia como por tu inteligencia y capacidad. Esta es la última vez que vamos a vernos, al menos permíteme llevarme conmigo un agradable sabor de boca. Hazme saber que toda la magia que desperdicié en darte tu vistazo, va a servirte de algo.
Draco se rió con amargura y meneó la cabeza, incrédulo.
—¿Servirme de algo? Mire, Snape, antes de que usted se presentara ante mí y me metiera en esa realidad fantástica, yo creía que vivía feliz. Había aprendido a aceptar lo que tenía y, de cierta manera, me sentía dichoso. Pero vino usted, me hizo ver que me había perdido de algo mucho mejor y... ¿y luego qué? Me lo quitó todo despiadadamente, haciéndome sentir culpable de paso. Y ahora viene y me dice que eso me servirá de algo. ¿CÓMO, SNAPE, CÓMO? —finalizó con un grito furioso, acercándose a su ex profesor y tomándolo de las solapas del abrigo.
Snape lo miró con fastidio y, parsimoniosamente, se quitó de encima las manos de Draco.
—Cuando dices que "te quité todo", no sólo estás equivocado, Draco, también estás siendo muy infantil. Te lo dije muchas veces. Lo que te mostré en "el vistazo" no es lo que es, sino lo que pudo ser pero nunca fue. Por tanto, no es tuyo y, al no ser tuyo, nadie puede quitártelo. Lo que tendrías que haber hecho fue, no aferrarte a esa realidad, sino aprender, darte cuenta. Te indiqué que descubrieras qué era lo que te hacía falta.
Draco se frotó la cara con un guante helado y húmedo y resopló con sorna.
—¡De acuerdo, de acuerdo! Me di cuenta, Snape. O al menos, eso creo. ¿Y? ¿Qué me gano con eso? ¡No puedo echar el tiempo atrás y actuar de modo distinto al que lo hice, ¿o sí?!
—Claro que no. Esto no se trata de cambiar el pasado, sino de moldear tu presente y construir tu futuro.
—Moldear mi... —comenzó a repetir Draco, pasmado por la necedad del otro de que aquello del "vistazo" hubiese sido un regalo y no una puta tortura—. Usted no tiene idea. Me ha dejado hecho mierda. Ahora sé que tengo la culpa de la muerte de mi padre, de que mi madre esté completamente sola, de no tener un hijo, de no… —se silenció y negó con la cabeza.
Snape lo miró y se encogió de hombros.
—¿Y? ¿Harás algo al respecto o sólo te enojarás con tu ex profesor muerto? Es verdad que no podrás devolverle la vida a Lucius, pero puedes arreglar otras cosas y… recuperar algunas más. ¿No dice el dicho que es mejor tarde que nunca? —dijo en tono de burla y Draco tuvo más ganas de matarlo, si cabía—. Además —continuó hablando Snape en voz baja y un tanto más comprensiva, mirando a Draco con sus ojos negros resplandeciendo con algo que parecía simpatía—, deberás meterte en la cabeza que tú no tienes la culpa de que Lucius haya muerto. Es cierto que, de haber tomado tú otra decisión, él podría haberse salvado, pero... De todas maneras, Draco. Tu padre cavó su propia tumba en el momento en que se puso al lado del Señor Tenebroso y dejó que invadiera su propiedad.
—Váyase a la mierda —susurró Draco bajando la mirada, deseando creer esas palabras, necesitando creer que él no tenía la culpa en verdad.
Snape volvió a suspirar muy sonoramente.
—En fin. El tiempo se me agota. Debo irme y esta vez será para siempre. Pero antes, mira... —pidió con voz más suave. Draco levantó la vista—. Te estoy obsequiando una última manera, ¿vas a aprovecharla o no? —concluyó Snape y señaló con un dedo largo hacia el letrero de la recompensa.
Draco soltó una risotada incrédula.
—¿Y qué me gano con que Potter haya perdido su reloj aquí? No es como que yo me lo haya encontrado, ¿o sí? Eso... eso fue allá, en...
De reojo, Draco pudo darse cuenta de que Snape ya no estaba ahí. Giró su cabeza, preguntándose si acaso no se estaba volviendo loco de verdad y se había imaginado todo aquello, cuando vio las huellas en la nieve donde Snape había estado parado. No, no estaba demente: alguien había caminado hacia él y su rastro terminaba justo ahí.
Pero, ¿de qué le servía saber que no estaba loco? Cerró los ojos y maldijo entre dientes una y otra vez, dándose cuenta de que no había servido de nada haber ido hasta allá a buscar a Snape. Sí, lo había encontrado, y sí, había hablado con él, pero al final no había recuperado nada y Snape se había largado, asegurándole que ahora su despedida era para siempre.
Draco presintió que, quizá, ahora se sentía peor que antes porque estaba casi cien por ciento convencido de que "el vistazo" había sido algo real y no tenía puta idea de cómo iba a vivir con ese conocimiento.
Suspiró profundo para tranquilizarse. Entonces, metió las manos a los bolsillos de su abrigo buscando su varita para desaparecerse rumbo a su casa, cuando sintió un bulto que, hacia unos segundos, no había estado ahí. Azorado, lo sacó. Era algo pequeño envuelto en papel estraza con el logotipo de la tienda del señor Kline impreso en él.
Con manos temblorosas y la boca abierta, Draco lo desenvolvió.
Era el reloj de Harry Potter.
