Capítulo 20. Ingenuidad
La manera en que Draco se aferraba de las mangas de la túnica de Harry mientras éste estaba besándolo, era puro y llano reflejo de la desesperación embargada con ilusión que estaba sintiendo, de la necesidad de agarrarse de algo para no hundirse, para no caer. Durante unos pocos segundos en los que tuvo tiempo de pensar, llegó a la conclusión de que no podía creer que todo estuviese saliendo así de bien, así de rápido... Que su intento de seducir a Harry antes de que éste se marchara a América estuviese saliendo efectivamente tal como él lo había planeado.
Las dos manos de Harry, una sobre su espalda y otra sobre su cintura, comenzaron a moverse hacia abajo hasta terminar acunando posesivamente su trasero. Draco quiso jadear, pero no podía: la boca de Harry lo tenía amordazado. Tiró de Draco hacia él y restregó su cuerpo contra el suyo.
Sus erecciones se frotaron entre las telas de sus ropas y ambos magos tuvieron que dejar de besarse para gimotear.
—Joder, Malfoy —comenzó a susurrar Harry contra los labios de Draco, sin alejar sus rostros, jadeando uno encima del otro—... No me equivoqué contigo, ¿cierto? Tú también lo estás deseando.
Draco se mordió la lengua para no dejar escapar tantas cosas. Claro que te deseo, imbécil, ¿no ves que te amo? En vez de eso, cerró los ojos ante la intensidad de los movimientos de cadera que estaba haciendo Harry contra él, y masculló:
—¿En serio tienes que preguntarlo? —Se meneó contra Harry, asegurándose de que el otro pudiera sentirlo perfectamente bien—. Vamos, Potter, no me decepciones... me habían dicho que eras listo.
Harry soltó una risita sardónica.
—No sé quién te habrá dicho eso, pero... Si fuera un poco listo en verdad, no estaría aquí en tu loft, haciéndote esto, deseando que... Joder, Malfoy, pero es que, maldita sea, no pude resistirlo… No pude resistirte. Te ves… Eres...
Draco no se enteró ni de cómo se veía ni de cómo era porque Harry soltó una maldición como si de veras estuviese muy enojado con él mismo y volvió a arremeter contra la boca de Draco, besándolo tan duro que Draco podía sentir contra su piel y labios la barba naciente del rostro de Harry picándole y lastimándolo.
Lo besó así durante un largo rato, sin dejar de frotarse, sin dejar de acariciarlo, gruñendo y gimoteando cada vez que hacían algo nuevo y diferente con sus labios, casi derritiéndose cuando Draco sumergió la lengua en su boca y lo besó con ardor. Era extremadamente obvio que Harry encontraba a Draco bastante atractivo y que lo estaba volviendo loco.
Okay, era cierto que las cosas no estaban saliendo exactamente como Draco las había planeado (se había imaginado a él mismo iniciando un apasionado e inesperado beso con Harry tal como lo había hecho en "el vistazo" y enamorándolo sólo por eso), pero creyó que no tenía derecho a quejarse. Acá, aparentemente, le había bastado ponerse enfrente de Harry Potter viéndose como un Adonis y el héroe había caído redondo a sus pies, al grado de que se le había echado encima apenas se vieron a solas y tuvieron oportunidad.
Draco no iba a quejarse, en serio que no.
Sin dejar de besarlo, Harry quitó sus manos del trasero de Draco y comenzó a abrirle la ropa. Empezó con el botón de su chaqueta, la cual, al quedar abierta, fue fácil de quitar. La dejaron caer a un lado, encima de un sofá.
Harry gimoteó agradecido cuando pudo recorrer con las manos la espalda y el torso de Draco aun por encima de la suave y bonita camisa de algodón egipcio que traía puesta. Draco quiso reciprocar: sin despegar sus labios de la boca del Gryffindor, llevó sus propias manos a los botones que sostenían la túnica de éste para comenzar a abrirlos.
No obstante, Harry no se lo permitió.
Gimió un sonido negativo, movió un poco la cabeza diciendo que no, y retiró las manos de Draco.
—Todavía no —gruñó, separando de nuevo sus bocas. Apoyó su frente sobre la de Draco mientras miraba hacia abajo. Comenzó a abrirle el cinturón que traía puesto mientras murmuraba ardiente sobre sus labios—: Maldito bastardo calculador... te pregunté por qué te habías puesto este jodido traje muggle, tú, de entre toda la gente... Tú, a quien yo recordaba como alguien que odiaba a los no mágicos... Y aquí estás, vestido con sus ropas, viviendo en su territorio, usando sus tecnologías... ¿Qué pretendes con eso, Malfoy? ¿Volverme loco? ¿Ese es tu plan?
Draco soltó una risotada ahogada al mismo tiempo que percibía las manos de Harry desabrochándole el pantalón. Volvió a tomarlo de los brazos, más que nada, para tener un punto del cual sostenerse.
—¿Volverte loco? ¿A ti? Mi buen dios, Potter —se burló—, no puedo creer que seas así de egocéntrico. No todos giramos a tu alrededor, ¿sab...?
Se interrumpió porque, en ese instante, Harry había conseguido meter la mano entre su pantalón abierto y su ropa interior. Acarició suavemente la pequeña sección de vello púbico que Draco tenía ahí y, entonces, sin aviso, envolvió sus dedos callosos alrededor de su erección.
Draco gimió y Harry volvió a besarlo en la boca. Lo besó y lo besó, tragándose sus gimoteos, acariciando suave y candente todo lo largo de su miembro, usando la otra mano para bajarle los pantalones y los calzoncillos. Pronto, tuvo a Draco desnudo de la parte inferior, con su ropa enroscada alrededor de las pantorrillas pues no se había sacado los zapatos.
Draco, aun en medio de las brumas de aquella pasión que lo invadía, tuvo algunos destellos de sensatez y pánico. Sentía que las cosas se le estaban saliendo de control, que todo estaba sucediendo demasiado rápido y torpe, que el seductor ahí era quien al final estaba siendo seducido; el cazador, cazado; y nada de eso le gustaba en absoluto. Sí, era halagador tener a Harry así de loco por él, pero...
Había algo, algo en el comportamiento de Harry, algo un tanto descuidado y poco romántico que provocaba que le saltaran todas sus alarmas. Pero... pero...
Joder, joder, era Harry.
Oh dios, era Harry quien estaba besándolo con furia, quien estaba acariciándolo, usando su mano grande y fuerte para envolver su erección, la cual ya estaba escurriendo preseminal de manera abundante, y Draco gimió, sobrepasado, invadido por todo aquel deseo que siempre había sentido por Harry y al cual apenas había dado rienda suelta los últimos pocos días anteriores... No podía decirle que no, no podía parar aquello...
Harry le dio un beso particularmente fuerte, separó sus labios y alejó su rostro del de Draco. Entonces, Harry bajó los ojos hacia donde su mano acariciaba la erección palpitante y sensible del rubio. Parecía realmente embebido por la vista y Draco se estremeció.
—Malfoy... eres... Eres realmente hermoso. Y tan sexy. Nunca... Nunca me lo imaginé. ¿Por qué no hicimos esto mucho antes?
Draco gimió y cerró los ojos. Tuvo que recordarse a él mismo que, para este Harry Potter, esa era la primera vez entre ellos dos. Podía ser que para Draco no, pues él ya conocía a Harry (o al menos, al otro Harry)… ya conocía sus besos, ya había visto su cuerpo desnudo y se lo había follado y había sido follado por él, pero... Pero para este Harry, no. Para este Harry, todo era nuevo y emocionante y Draco se estremeció al pensarlo. Le pareció genial poder estar viviendo "la primera vez" de Harry con él y la pura idea lo hizo enamorarse todavía mucho más del moreno y de su naciente relación.
Harry volvió a comerle la boca, como si creyera que dejar de besar a Draco fuese perder el tiempo de la manera más tonta. Draco se dejó hacer. Se sentía totalmente sometido por el otro y por las circunstancias, pero no le molestaba: este Harry era muchísimo más dominante que su otro Harry, y Draco estaba fascinado. La mano con la que estaba acariciándole su miembro continuó haciéndolo, y con la otra mano, Harry acarició la espalda de Draco hacia arriba hasta llegar a su cabeza. Lo tomó del cabello, lo apretó en un puño y tiró de él hacia atrás.
Draco tuvo que dejar de besarlo. Un quejido de dolor y placer combinados escapó de su boca y Harry comenzó a morderle y besarle el cuello, sin darle tregua, ahogándolo.
—Toda la maldita noche he estado observándote —decía Harry con voz ronca contra la piel de Draco, húmeda y caliente por culpa de sus besos y saliva—, toda, toda la noche, tú... volviéndome loco, me has tenido babeando por ti, queriendo follarte casi desde el instante en que te vi entrar por la chimenea de Andrómeda… Malfoy... —Harry hizo una pausa para darle una fuerte mordida a Draco en el cuello y éste supo que iba a dejarle una gran marca. El mero pensamiento y la sensación de eso lo hizo gimotear y estremecerse de la cabeza a los pies—. Quiero decir... ya te había visto antes, en otras ocasiones, y vaya que te la hubiera chupado con gusto hasta dejarte seco, pero hoy... Hoy... Te apareciste ante mí, tan diferente por alguna razón que no entiendo, y sencillamente perdí el control.
Volvió a morder a Draco como para castigarlo por aquello, por atreverse a verse tan bien y hacerlo desearlo. Entonces, levantó su cara del cuello de Draco y buscó sus ojos con los suyos.
Ambos magos se miraron durante un segundo, jadeantes, sonrojados y calientes como el infierno.
—Sabes que te ves increíble con esta ropa y por eso la usas, ¿cierto? —susurró Harry, embriagando a Draco con su aliento con aroma a whisky de fuego.
Draco no pudo evitarlo: sonrió presuntuoso. Y esa sonrisa pareció provocar todavía mucho más a Harry Potter, quien, sobrepasado, gimoteó y se dejó caer de rodillas enfrente de él. Draco tuvo unos segundos para observarlo desde arriba: Harry le dedicó una mirada llena de ardor, le sonrió y sacó la lengua justo enfrente de la erección chorreante de Draco.
—Mierd... —comenzó a mascullar Draco justo antes de verse interrumpido por la lengua de Harry, quien, trémulamente, le dio una lamida leve como aleteo de mariposa sólo justo sobre la punta de su erección, con la intención de limpiar las gotas de preseminal que se le habían acumulado ahí. Vio a Harry cerrar los ojos y fruncir el ceño, como si estuviera en medio de un gran placer; lo escuchó gimotear un largo: "mmm", y Draco volvió a estremecerse en medio de un espasmo.
Este Harry Potter iba a volverlo loco, iba a derretirlo, iba a fundirle el cerebro dentro del cráneo.
Harry hizo una pausa mientras, sin emitir palabra, observaba la erección de Draco frente a su cara. Draco lo miró pasar saliva, miró sus ojos con pupilas dilatadas y sintió que le flaqueaban las rodillas: tuvo que sostenerse de los hombros del otro mago para no caer. Harry, sin dejar de mirarlo con los labios entreabiertos mojados de saliva, usó ambas manos para bajarle el pantalón y los calzoncillos hasta los tobillos y acarició las piernas de Draco con fervor durante algunos segundos. Miró a Draco a los ojos, le sonrió de lado, y susurró:
—Me moría por probarte. Siempre quise hacerte esto desde que descubrí lo bueno que te habías puesto, pero la verdad nunca pensé que me darías la oportunidad. Creía que me odiabas, pues cada vez que nos encontrábamos parecías tan lejano, tan inalcanzable... Tan poco interesado. Hasta hoy… —Con una mano, tomó la erección de Draco y la acarició lentamente. Draco puso los ojos en blanco y siseó.
—Potter... Oh Potter, por favor… —rogó.
Harry soltó una risita entre dientes.
—¿Desesperado, Malfoy? Imagínate como estoy yo que te he deseado durante años... —Draco abrió los ojos ante esa revelación, pero no pudo decir nada porque Harry había acercado su cara a su entrepierna y comenzó a lamer y a dar pequeños besos a todo lo largo de su miembro erecto. Cerró los ojos bien apretados, arrugó la frente como si estuviera enojado y masculló—: ¿Por qué tenías que aparecerte justo hoy, Malfoy, por qué justo hasta hoy...?
Tomó la cabeza de la erección de Draco entre sus labios entreabiertos y la chupó... Draco vio estrellas. Tuvo que volver a cerrar los ojos, echó la cabeza hacia atrás y gimió. Enterró los dedos en los hombros de Harry.
Harry comenzó entonces a chupársela con ganas, a meterse en la boca lo más que podía, usando la lengua para oprimir en los sitios correctos, haciéndolo temblar de placer. Draco jadeaba conforme Harry se esmeraba en darle un trabajo oral de la mejor calidad, uno que nada tenía que ver con la única mamada que había recibido del otro Harry, el del "vistazo"... Era tristemente obvio que este Harry tenía muchísima experiencia sexual, y Draco intentó no empañar su felicidad al imaginar cuántos otros hombres habían pasado por la boca de Harry para que éste pudiera haber conseguido semejante habilidad.
Sintió la punta de su miembro topar con la suave y esponjosa garganta de Harry, y gimió profundamente. El moreno llevó sus dos manos hacia el trasero de Draco, acariciando lascivamente sus nalgas, rozándole la hendidura entre éstas, provocándolo.
Draco estaba muriéndose. Tuvo que volver a rogar:
—Oh, Ha... Ah —se contuvo a tiempo de soltar el nombre. Carraspeó, bajó la mirada y continuó hablando—: Potter, por favor, por favor... Tócame.
Vio a Harry sonreír con su polla metida entre los labios y, joder, la imagen fue impresionante. Harry se rebuscó la varita entre la túnica, la sacó y, sin emitir una sola palabra y sin sacarse la erección de Draco de la boca, apareció una gran cantidad de lubricante sobre su mano izquierda. Embadurnó todos sus dedos y Draco lo vio llevar sus manos de nuevo hacia su trasero. Cerró los ojos y lloriqueó cuando Harry le toqueteó entre las nalgas, buscando... Encontró su entrada y, sin preámbulo, sumergió un dedo ahí.
Draco jadeó, llevó una mano a la cabeza de Harry y lo tomó fuertemente del cabello. Harry gimió, asintió y, sin dejar de chupar y con un dedo profundamente metido en el trasero de Draco, masculló:
—Sí, Malfoy, así... fóllate mi boca, hazlo, por favor...
Llevó la otra mano hacia la que Draco había puesto sobre su cabeza, y se la empujó. Draco captó la indirecta y comprendió que era lo que Harry estaba pidiéndole: quería que se moviera dentro de su boca con completa libertad.
—Joder, Potter... —siseó Draco al tiempo que llevaba la otra mano al cabello de Harry, lo tomaba de la nuca y comenzaba a empujarse dentro de él según la necesidad de su intenso deseo. Oh mierda, mierda. Eso era ardiente, ese Harry era ardiente, y él sabía que no duraría mucho más. Draco gimoteó, lloriqueó y suspiró porque aquello era grandioso, cerró los ojos y casi gritó cuando Harry consiguió encontrar su próstata dentro de su culo con aquel dedo lubricado y comenzaba a meterlo y sacarlo con sensualidad y buena puntería. Draco se empujó hacia Harry lo más que pudo, se enterró en su garganta tanto que lo escuchó gimotear y sintió que no aguantaba más.
Jamás en su vida le habían hecho una mamada así.
—Ha... Potter, Potter —intentó prevenirlo—, ya voy... Voy a...
No estaba seguro si Potter querría quitar la boca o... Pero, para su enorme beneplácito, Potter gimió con aprobación y no retiró la boca, sino que se lo comió todavía más y sumergió el dedo dentro del culo de Draco con mayor insistencia, toqueteándole el punto exacto que lo hizo estremecer. Draco dejó salir un grito ronco, se echó hacia delante casi cayendo encima del otro, le tiró del cabello y eyaculó ardiente y espeso dentro de su gloriosa boca.
En medio de las oleadas de intenso placer que recorrieron su cuerpo conforme terminaba y terminaba, escuchó que Harry gimoteaba como si aquello fuera lo mejor que le hubiese pasado nunca, como si Draco fuera lo más delicioso que hubiese saboreado en su vida.
—Oh, joder, joder —jadeó Draco cuando todo finalizó, sin poder creerlo, sonriendo ampliamente, tan feliz y satisfecho que creía que podía llorar—. Oh dios, Ha... Potter... te a... —comenzó a decir, pero se contuvo a tiempo.
—¿Me, qué? —preguntó Harry con la voz extremadamente ronca, retirándose de Draco y sonriendo mucho. Draco abrió los ojos y bajó la mirada justo a tiempo para ver al otro limpiarse los restos de saliva y semen con el dorso de su mano libre. Harry sacó el dedo que todavía tenía dentro de Draco y miró expectante hacia éste.
Draco quería pasar saliva, pero tenía la boca seca. Le temblaban las rodillas y no comprendía cómo era que todavía no se había desplomado hasta el suelo.
—Te a-admiro, es lo que iba a decir —masculló sin aliento. Harry sonrió y se puso de pie justo enfrente de Draco, separado apenas por unos centímetros—. Podría obsequiarte algunos cumplidos bastante acertados con referencia a tu extraordinario talento oral, pero no quiero darte más motivos para que se te suba a la cabeza. Luego, tu ego pesará tanto que no habrá traslador que pueda llevarte a América —bromeó, sonriendo perezosamente.
Harry, quien ostentaba tremenda erección debajo de la túnica, sonrió y se arrojó sobre Draco por toda respuesta. Lo besó de nuevo de manera salvaje, y Draco percibió en la boca del moreno el sabor de su propia corrida, lo cual fue muy erótico y raro pero en absoluto desagradable. Harry lo tomó de las caderas y se frotó contra él, lastimándolo un poco al unir su entrepierna cubierta de ropa a la desnuda de Draco.
Éste gimoteó y se permitió ser besado así durante unos momentos. Entonces, separó un poco la boca de la de Harry y le dijo:
—Si quieres, si quieres... puedes follarme —sugirió, el corazón latiéndole tan deprisa que le dolía. Imaginar a Harry haciéndole el amor de nuevo, le provocaba una ternura que apenas podía soportar—. Vamos a la cama.
Aparentemente, eso había sido algo muy equivocado para mencionar. Harry, todavía sosteniéndolo de las caderas, se empujó un poco, alejándose, y lo miró fijamente a los ojos sin decir nada durante unos momentos. Tenía el rostro muy serio.
Draco, aún respirando agitado por su reciente orgasmo, comenzó a preocuparse. No encontraba nada que decir para salvar aquel escollo. Abrió la boca, pero entonces Harry le ganó la palabra al comenzar a decir con una media sonrisa:
—Yo... De acuerdo, vamos. Pero... pero tengo que confesártelo, Malfoy. Eres el polvo más ardiente que he tenido en años… Si te follo, no creo... no creo durar.
Draco pudo volver a respirar. Sintiéndose aliviado, soltó una risita y negó con la cabeza al tiempo que se dejaba caer de culo en el sofá más cercano para sacarse los zapatos y la ropa que Harry le había dejado enroscada en los tobillos.
—¿Te preocupas por eso? Como si yo hubiera durado mucho, también. No te mortifiques, Potter. Igual, podemos repetir una y otra vez, ¿no lo crees? Después de todo, la noche es joven —finalizó con una sonrisa coqueta.
Harry arqueó las cejas y no dijo nada.
Draco, entusiasmado porque Harry había aceptado su invitación a pasar a la cama, no le dio importancia a la repentina seriedad de éste. Terminó de quitarse todo lo de la parte inferior e, iba a comenzar a desabrocharse la camisa pero Harry se lo impidió. Apenas había puesto las manos sobre los botones de esa prenda, cuando Harry, abriendo mucho los ojos como si acabara de recordar algo urgente, dio un paso hacia Draco, lo tomó de las solapas de la camisa, lo levantó del sofá y lo besó con ardor, haciéndolo olvidar lo que estaba a punto de hacer.
Draco, sintiendo que su erección comenzaba a elevarse de nuevo, gimoteó y se dejó besar; él, completamente desnudo a excepción de su hermosa y costosa camisa de algodón fino, Harry, completamente vestido con túnica de mago.
Sin dejar de besar a Draco, Harry comenzó a abrirse la túnica a toda prisa y Draco se emocionó. Mientras Harry maniobraba con su propia ropa, Draco lo tomó de las mejillas, acariciando su rostro, llevando las manos a su cabello y peinándolo entre sus dedos, todavía maravillado por tenerlo ahí con él haciendo eso.
Porque, cuando se había despertado aquella funesta mañana de Navidad, recién retornado del "vistazo", había creído con todas sus fuerzas que no volvería a tocar a Harry ni a estar cerca de él. Que, al igual que a Eltanin y a su padre, lo había perdido para siempre. Pero no. Le había costado algo de maña, y había tenido que actuar con gran premura, pero lo tenía finalmente con él. Lo había conseguido. Y ahora, ahí estaban ambos, a punto de hacer el amor. Draco planeaba enamorarlo y retenerlo a su lado, así se le fuera la vida en ello.
Harry terminó de abrirse la túnica y sus manos se fueron directas a su pantalón. Draco dejó de besarlo y bajó los ojos: la vista de la erección bonita y gruesa de Harry mientras éste se bajaba un poco los calzoncillos para liberársela, lo hizo salivar. Harry se acarició él mismo y soltó un gimoteo, su miembro se veía duro como roca y escurría tanto preseminal que había dejado su ropa interior con una gran mancha de humedad.
A Draco se le ocurrió que si Harry lo penetraba así, en verdad no iba a durar. Decidió que no podía arriesgarse a que su primera vez con este Harry resultara un fracaso, así que le dijo:
—Hablando de polvos ardientes, Potter... Mira nada más lo que tenemos aquí —masculló entre dientes, llevando una mano hacia la erección de Harry, quitando la que el moreno tenía ahí y comenzando a acariciarlo él mismo, lento y suave. Harry gimoteó largamente y apoyó la cabeza sobre el hombro de Draco, sobrepasado. Ese gesto de aparente entrega le enterneció el corazón a Draco. Sonrió mucho y le dijo—: Voy a chupártela primero, Potter. Luego, podrás follarme en la cama, si es que te portas bien y te lo ganas.
Harry asintió con un gemido ahogado, meneando la cabeza contra el hombro de Draco. Éste soltó una risita, se dejó caer de culo otra vez sobre el sofá y así, sentado sobre el mueble y con Harry de pie delante de él, lo tomó de los muslos y lo acercó de un tirón.
Harry, con los pantalones a medio abrir y sólo con su miembro de fuera, apoyó las manos sobre el cabello de Draco mientras éste se tragaba de un solo bocado su erección. Se la metió lo más profundo que pudo y comenzó a chupar con frenesí, usando la lengua para oprimir la parte inferior, bebiéndose con gusto las gotas derramadas por la excitación, rasguñando un poco con los dientes y empapando de saliva. Con las manos, tocaba y acariciaba los muslos anchos y musculosos del moreno, lo aferraba de las caderas, y lo agarraba de las nalgas para empujarlo más hacia él.
Harry estaba alucinado.
—Oh joder, joder, oh Malfoy.
Tal como Draco lo había vaticinado, Harry no iba a durar. Draco sintió cómo el moreno lo apretaba del cabello, tirando de él al grado de que lo hizo gemir de dolor. Harry se empujó hacia delante, clavó la punta de su erección en la garganta de Draco y comenzó a eyacular sin darle ningún aviso. Pero a Draco no le molestó: se bebió cada gota derramada por Harry mientras abría los ojos y miraba hacia arriba para apreciar a detalle el modo en que el moreno se retorcía, cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás, mordiéndose los labios para sofocar los gemidos de alivio ante su liberación.
Draco tragó lo más aprisa que pudo antes de que tuviera oportunidad de comenzar a percibir su sabor sobre la lengua. Sonrió presuntuoso mientras liberaba el ahora suave pene de Harry y se limpió la boca con la manga de su camisa, todo sin dejar de observar al otro mago, quien había quedado hermosamente sonrojado, sudoroso y todavía mucho más despeinado. Jadeando para recuperar el aliento, Harry finalmente abrió los ojos, inclinó la cabeza y miró a Draco. Le sonrió perezosamente.
No había quitado las manos del cabello de Draco y en ese momento lo estaba acariciando con ternura. Draco sentía que se estremecía ante aquel dulce gesto.
—Wow, Malfoy... —susurró Harry, sin aliento. Estaba mirando a Draco con ojos de borrego, peinando las hebras platinadas con sus dedos en movimientos lentos y gentiles. Suspiró hondamente y agregó—: Eso fue genial. Ya decía yo que tenías verdaderos talentos ocultos. Me alegro de habértelos conocido antes de... —se interrumpió y carraspeó. Desvió la mirada, soltó a Draco del cabello, dio un paso atrás y comenzó a cerrarse el pantalón.
Draco lo miró alejarse y acomodarse su ropa y comprendió al instante qué era lo que estaba pasando ahí. Aterrorizado, se levantó, sintiéndose de pronto muy expuesto por estar tan desnudo mientras que el otro apenas sí se había abierto un poco el pantalón.
—¿Ya te vas? —preguntó en un tono que trató de sonar casual y despreocupado.
Harry hacía enormes esfuerzos para no verlo a los ojos mientras caminaba hacia el perchero y tomaba su capa y el sombrero de guarda.
—Sí-sí, así es —tartamudeó—. Ya tengo que irme. Lo siento mucho, Malfoy, pero es que salgo de viaje mañana y, ¿sabes? Todavía tengo millones de cosas que hacer y que empacar y... Bueno. Tú entiendes, ¿cierto?
Miró a Draco de reojo y sonrió tenso. Draco trató de corresponder aquella media sonrisa con otra igual, pero no pudo en absoluto. Estaba luchando con todas sus fuerzas para no entrar en pánico. Joder, joder, ¿qué había hecho mal? Se suponía que iba a llevarse a Harry a la cama, se suponía que iban a hacer el amor. Todo le había salido al revés. ¿Por qué el otro lo estaba rechazando así de descarado? ¿Qué era lo que no le había gustado?
Draco sabía, porque lo había escuchado, que Harry salía al otro día hasta tarde. Lo que quería decir que tenía tiempo para quedarse. Por lo tanto, si estaba marchándose así de apresurado tenía que ser por otra causa diferente.
—Ha... Potter, yo... —comenzó a decir, pero no se le ocurría ningún argumento. ¿Qué iba a decirle? ¿Acaso sería buena idea retenerlo y comenzar a contarle lo que vio en "el vistazo"? Por supuesto que no. Enmudeció, desesperado y aterrorizado, sin saber cómo arreglar aquel desastre.
Harry se detuvo en su camino a la chimenea, se giró un poco y lo miró a los ojos.
—Perdóname, Malfoy —se disculpó con un hilo de voz—, pero de verdad, te lo juro, no puedo... no puedo quedarme. Quizá... Quizá más adelante, si tú aun quieres... Mira, probablemente regrese a Inglaterra durante las vacaciones de Pascua para pasarlas con Teddy. Si se da el caso, y si tú continúas visitando a tu tía, y nos vemos, podríamos... Tú y yo... Bueno. Ya me entiendes. —Visiblemente avergonzado, Harry le dio la espalda, tomó un puñado de polvos flu y, antes de echarlos a la chimenea, añadió sin mirar a Draco a la cara—: Te mandaré una postal desde América, ahora que sé tu dirección. Buenas noches, Malfoy. Feliz Navidad.
Diciendo eso, sin haberse atrevido a mirar a Draco de nuevo a la cara, Harry Potter, el epítome de todo lo que era ser un Gryffindor, salió cobardemente por la chimenea hacia una dirección que Draco no alcanzó a escuchar.
Las llamas verdes explotaron y luego se extinguieron, y Harry Potter se había ido.
Por tercera vez en ese rato, Draco se dejó caer de culo sobre el sofá y se quedó ahí varios minutos, sólo mirando al fuego, sin poder creer lo que había pasado, sin poder comprenderlo. Sin poder entender en dónde había estado el fallo.
Feliz Navidad, había dicho el grandísimo imbécil. Sí, cómo no.
Draco pasó saliva y notó, con horror, un agujero en el pecho que crecía a momentos y que le dolía con una fuerza equiparable a quinientos sectumsempras, ni más ni menos.
Ahora… ahora, ¿cómo iba a vivir con eso?
Draco no durmió absolutamente nada durante aquella noche.
Se quedó sentado en su sala durante casi una hora sólo recordando momento a momento todo lo que había pasado con Harry, sintiéndose cada vez más avergonzado de él mismo, lamentando con ganas haberse cegado tanto y no haber leído las señales que Harry había estado enviándole de que él sólo buscaba una noche de sexo sin compromiso. Se arrepentía del increíblemente estúpido papel que había hecho delante del héroe Potter al creer que éste, con su fama de promiscuo y con un viaje importante en puerta, iba a enamorarse de él y a tomarlo en serio sólo porque se habían hecho una mamada el uno al otro.
Había creído, en la cumbre de una ingenuidad sin parangón, que Potter se enamoraría de él sólo... ¿Sólo porque era él?
Aparentemente, no. Aparentemente, Draco no era especial, sólo era uno más. Obviamente.
Oh Merlín, joder, joder, había sido tan crédulo, tan inocente. ¿Cómo había pensado en serio, en serio, que Harry Potter iba a quedarse a pasar la noche con él y que, decidiría, sólo por eso, perder la gran oportunidad de aquel fenomenal trabajo que le habían ofrecido en América?
Draco gimió, se llevó las manos a la cara y apoyó los codos sobre las rodillas, tan horrorizado de él mismo por haber sido así de tonto que ni siquiera podía procesar la angustia espantosa que crecía dentro de su alma conforme se daba cuenta de las verdaderas repercusiones de su fracaso para enamorar a Harry…
No quería pensar en eso, no en ese momento. Enfocó todas sus energías y pensamientos en odiarse a él mismo y en recriminarse su estupidez, dejando así de lado, al menos por el momento, el deprimente hecho de que había perdido a Harry para siempre. Negándose a pensar en eso, aguantándose las ganas de dejarse derrumbar, se levantó del sofá y, como sonámbulo, fue a ducharse.
Evitó a toda costa mirar su imagen cada vez que pasaba frente a un espejo. Ahora, sumado a las cicatrices de su pecho, tenía un enorme chupetón en el cuello que Harry le había dejado como doloroso recuerdo de aquella noche de breve pero intensa pasión. Era una suerte que, al menos, eso no fuera permanente.
Después, ya limpio y vestido con una cómoda pijama, Draco se tumbó en su cama tratando de no dedicarle un solo pensamiento a nada, pero haciéndolo de todas formas.
Se pasó la noche entera dándole vueltas a una sola idea.
Esa noche, no sólo había perdido a Harry para siempre.
La imagen de aquel adorable bebé rubio de ojos verdes no cesaba de llenar su mente y su corazón, haciéndolo llorar a mares durante horas enteras hasta que ya no pudo más.
Se levantó antes de que amaneciera porque sabía que no tenía caso quedarse en la cama si no iba a poder dormir. Fue a su cocina y se preparó una tetera completa de té negro muy cargado, el cual se bebió cuando estaba todavía tan caliente que se escaldó la lengua, todo mientras miraba a través de las ventanas del loft hacia el horizonte y contemplaba el amanecer.
Aquel día era el martes 26. Draco, mirando fijo hacia las nubes que anunciaban nieve, recordó lo acontecido durante aquel día en "el vistazo". Había sido la mañana que había despertado con resaca después de que Blaise lo rescatara de un bar de hotel y lo llevara a la mansión. Había sido el día que había pasado casi en su totalidad cuidando a Eltanin, y luego, a Teddy, porque Harry había ido al hospital a su consulta psiquiátrica. Había sido el día en que había pensado, por primera vez, que él, en otra vida muy distinta, podía haber tenido un hijo así de perfecto y guapo como aquel bebé.
Algo se le retorció en lo más profundo de las entrañas al pensar que Harry se largaría más tarde a América para nunca volver y Eltanin jamás podría nacer. Por su culpa. Por todas las malas decisiones que parecía que no podía dejar de tomar.
Náuseas invadieron su estómago de pronto y tuvo que correr al baño a vomitar todo el té que acababa de beberse.
Curiosamente, después de haber vaciado el contenido de su estómago pudo dormitar un buen rato, si es que acaso se le puede llamar "dormir" a lo que él hizo abrazado al inodoro.
Cuando volvió a recuperar el sentido, habían pasado un par de horas y recordó, con un sobresalto, que ese día era laborable y él tenía mucho trabajo que hacer en la oficina. De hecho, ahora recordaba que había citado a Ethel bastante temprano.
Se quedó sentado en el suelo del baño durante unos minutos mientras analizaba si valía la pena levantarse y continuar con su vida ahora que ya había perdido cualquier esperanza de recuperar lo que más añoraba del "vistazo".
Pero, ¿qué iba a hacer si no? ¿Quedarse encerrado ahí hasta languidecer y morir? Eso era patético, nada acorde para un Malfoy. Además, su madre lo necesitaba; él era la única familia que le quedaba. Al menos, Draco tendría que continuar adelante por ella, sino era por nadie más.
Así que Draco se negó a sucumbir a la desesperación y trató de armarse de valor. Al final, recordó que la lección más importante de todas las que había aprendido en "el vistazo" había sido aquella donde él se atrevía.
Suspiró profundo un par de veces para tranquilizarse. Ahora… ahora que había perdido cualquier oportunidad con Harry, tenía que enfocarse en todo lo demás porque, era eso o era morir de añoranza. Tenía que pensar en todo lo que le quedaba. Tenía a su madre, tenía a su tía y a su sobrino. Y también, si se daba a la tarea, podría tener de nuevo a sus amigos.
Pansy y Blaise.
Con una leve sonrisa en la cara, Draco se puso de pie, se metió a duchar de nuevo y decidió, aun con las toneladas de agotamiento y tristeza que traía encima, ir a trabajar y arreglar las tonterías que había hecho antes de irse al "vistazo".
Quizá había perdido a Harry sin remedio, pero aun le quedaban otras personas por las que podía luchar.
Antes de marcharse de su loft, trató de arreglarse la cara lo mejor que pudo para no mostrar las señales de pena y cansancio que delataban descaradamente la terrible noche que había pasado. Usó lo que tuvo a su alcance: desde maquillaje muggle, hasta cuanto encantamiento de belleza pudo recordar.
Cuando finalmente estuvo un tanto satisfecho con el resultado, llamó a su madre vía chimenea para decirle, brevemente, que el negocio de la noche anterior le había salido bien sólo a medias, y que ya pasaría por la mansión más tarde para contarle con detalle. Su madre lo miró con preocupación durante un momento, pero no dijo nada y se despidió, deseándole un buen y provechoso día.
Draco le sonrió tensamente y anheló con todas sus fuerzas que los buenos deseos de su madre se volvieran realidad.
Se apareció en sus oficinas y encontró a Ethel ya sentada ante su escritorio, trabajando arduamente para ponerse al día. La bruja levantó el rostro hacia Draco y la sonrisa que tenía en la cara flaqueó un poco al ver el aspecto de su jefe.
Bueno, era obvio que los intentos de Draco por no verse tan mal no habían sido infalibles.
—Buenos días, jefe. ¿Se… se siente bien?
—Me siento fantástico, Ethel, muchas gracias —respondió con sarcasmo. Entonces, se mordió la lengua, arrepintiéndose de ser tan desagradable. Ethel, menos que nadie, tenía la culpa de sus problemas—. Y tú, ¿cómo estás? —le preguntó con cortesía para remediar su anterior desplante. Ethel lo miró desconcertada, y era normal. Draco jamás le preguntaba nada parecido. Éste suspiró para armarse de paciencia y agregó en tono amable—: Te ves diferente. Te hiciste algo en el pelo, ¿cierto?
Ethel sonrió entonces y se llevó una mano a su bonita mata de cabello castaño
—Sí, de hecho así es —dijo alegremente—. Tuve tiempo de pasar por la peluquería antes de abrir la oficina. Con eso de que, de pronto, como por un milagro de Navidad, tengo un jefe generoso que me dio un bono inesperado, me sobró un poco de dinero para ir a arreglarme.
—No que te haga mucha falta, eh. Eres muy guapa de todas formas, peluquería o no —agregó. Vio a Ethel sonrojarse y él se sintió bastante satisfecho, descubriendo, asombrado, que ser amable con ella era mucho más placentero que comportarse como un patán como había sido siempre. Suspiró y cambió de tema—: ¿Cómo va el día? ¿El imbécil de Wilkerson finalmente ha aceptado subir la suma de su oferta por el viñedo, o lo hacemos sufrir un poco más?
Ehtel no dejaba de sonreír. En el fondo ella era también un tanto maquiavélica como Draco (seguramente por eso formaban un dueto jefe/empleada tan eficiente) y le encantaban sus tácticas de terror a la hora de negociar.
—De hecho, así es, jefe… Apenas llegué a la oficina, me encontré con su lechuza esperándome. Ha elevado la suma casi al doble: parece que le llegaron los rumores de que la Corporación Ayers podía ganarle el mandado y está decidido a no dejarse.
—Vaya, eso es grandioso. Gracias, Ethel. Buen trabajo. Más tarde, regrésale una lechuza informándole que podremos finiquitar la venta en un par de días, cuando yo esté más disponible. Por ahora, tengo algunas cosas más urgentes que atender. Toma nota, por favor —le indicó y Ethel sacó su vuelapluma de inmediato—. Necesito que me busques un investigador privado en América que averigüe bien a fondo el asunto con el pozo petrolero de Texas y la tribu indígena que reclama su derecho sobre la propiedad…
—¿Tribu indígena? —lo interrumpió Ethel con asombro.
—Así es. Me llegó el dato de que no son terroristas, sino solamente unos locales quienes han sido burlados por una gran corporación, para variar. Quiero toda la información de todas las partes involucradas para poder tomar una decisión y no comprar a ciegas. Y, de hoy en adelante, siempre usaremos un investigador antes de invertir en cualquier negocio. Sería bueno contar con uno de planta. Encárgate, por favor.
—De acuerdo.
—Por otra parte, ¿recuerdas la mansión de los Zabini en Durham? ¿La que estaba a punto de ser embargada? —Ante el asentimiento de Ethel, Draco continuó—: Bien. Necesito que canceles todos los movimientos legales pendientes acerca de esa propiedad. Llama a todos los posibles compradores que teníamos. Infórmales que la venta se ha cancelado indefinidamente, y prepárame los papeles de propiedad para poner todo de nuevo a nombre de la señora Zabini.
—¿A… nombre… de…? —balbuceó Ethel, azorada, mirando a Draco con los ojos muy abiertos.
Draco sintió que las mejillas se le calentaban un poco, pero intentó no sentirse abochornado.
—Sí, Ethel. Voy a devolverles la propiedad. No, no me han dado dinero. No quiero preguntas ni comentarios al respecto, ¿de acuerdo? —sentenció con voz dura. Ethel asintió mientras su vuelapluma anotaba todo con presteza—. Ya que tengas eso en completo orden y esté todo bajo las normas legales, haz un legajo con los papeles de propiedad y me avisas para firmarlos y envíarselos a la familia.
—Muy bien. ¿Algo más?
Draco lo pensó detenidamente. El hecho de devolverles la mansión a los Zabini iba a significar una gran pérdida económica para sus propios negocios, pero intentó restarle importancia a eso. Si ese era el precio que debía pagar para recuperar de alguna forma el respeto y la amistad de Blaise y Pansy, lo aceptaba de buena gana. Ya se repondría de algún modo después.
—Investiga cuál de los equipos de quidditch de Estados Unidos es el mejor. Quizá sea buen momento para comprar acciones antes de que la fama de Harry Potter vuelva ese deporte popular en Norteamérica y el valor de los equipos suba como la espuma. Veo buenas inversiones ahí ahora mismo, pero hay que actuar deprisa.
Ethel sonrió.
—Buena idea, jefe. Haré una investigación completa al respecto. Le tendré resultados en un par de horas. Mientras voy a…
Se interrumpió porque alguien tocó a la puerta de la oficina. Ethel se retiró del despacho de Draco para recibir al visitante y regresó unos momentos después para informarle de quién se trataba. Draco apenas le había dado un sorbo a su café, cuando ella le dijo a través de la puerta entreabierta:
—Jefe, lo busca el señor William Weasley.
Draco frunció el ceño. ¿Quién…? Oh. Mierda, mierda. ¡¿Bill Weasley?! ¿Qué carajos hacía ese mago ahí?
Draco se sintió alterado de inmediato. ¿Estaría buscándolo porque le había pasado algo a Harry durante la noche y todos ellos creían que Draco era el culpable? Casi se ahogó con su café. Tosió un poco y le dijo a Ethel:
—Dile que pase, por favor.
Nervioso como pocas veces, Draco miró al pelirrojo entrar en su oficina. Estudió a toda prisa su lenguaje corporal: Bill, guapísimo como siempre, iba vestido con túnicas de trabajo y no parecía enojado ni preocupado. Llevaba en el rostro una gran sonrisa que suavizaba sus rasgos marcados con cicatrices que, Draco sabía, le habían sido hechas por Greyback, el asqueroso hombre lobo con aires de mortífago, justo durante aquella vez que Draco lo había dejado entrar en Hogwarts.
Se asombraba muchísimo de que Bill no le guardara rencor por ello.
Pasó saliva, relajándose un poco ante el aspecto amigable del otro mago, pero aun así quedándose con la guardia alta. No tenía idea de qué podía estar haciendo en su oficina. Con una mano, le indicó la silla que quedaba frente a su escritorio.
—Buenos días —lo saludó—. Siéntate, por favor. ¿A qué debo el honor?
Bill, sin dejar de sonreír, se sentó. Suspiró y miró a su alrededor.
—Bonitas instalaciones, Malfoy. ¿Cómo van los negocios?
Draco lo miró.
—No realmente tan bien como desearía, he tenido… Digamos que he tenido un par de descalabros últimamente, pero confío en que podré reponerme. ¿Puedo ofrecerte algo de beber?
Bill negó con la cabeza.
—No te preocupes, no pienso quitarte mucho tiempo. He de irme yo también a laborar a Gringotts. Sólo que… —Bill hizo una pausa mientras miraba fija e intensamente a Draco a los ojos. Éste los entrecerró un poco. Los nervios se lo comían vivo ante el suspenso, y no pudo evitar preguntar:
—¿Por qué estás aquí, Weasley? ¿Le ha pasado algo a Potter?
Bill arqueó una ceja y sonrió más.
—No que yo sepa. La última noticia que tuve fue que lo veremos hoy a las cuatro de la tarde para despedirlo antes de su partida. El Departamento de Transportes Mágicos en el Ministerio nos ha prestado una sala completa para poder meter a toda la gente que vamos a ir a decirle adiós.
—Ah —dijo Draco. Mierda. Ahora sabía en dónde y a qué hora iba a ser la partida de Harry. Eso no lo alegraba en lo más mínimo, pues quería decir que tendría que soportar la terrible tentación de presentarse ahí a rogarle que no se fuera—. Bueno… me alegro de que… De que esté bien.
Agachó la cara y trató de disimular su tristeza.
—Lo sé, Malfoy —continuó diciendo Bill, quien no dejaba de observarlo con sumo interés—. He venido a invitarte. Pensé que tal vez querrías asistir.
Draco levantó la cara tan aprisa que casi se desnuca.
—¿Quién? ¿Yo? ¿A una reunión para despedir a Potter?
—Bueno, claro —afirmó Bill, sonriendo—. Además, escuché que ahora te llevas bien con Andrómeda y Teddy, ¿no? En la mañana muy temprano, antes de salir de mi casa, escuché a Fleur hablando con mi mamá, quien, a su vez, había hablado con tu tía Andrómeda. Las noticias vuelan dentro de nuestra familia, como puedes ver —agregó, sonriendo a manera de disculpa.
Draco estaba atónito. No sabía que pensar de todo eso, pero de una cosa sí estaba seguro: no iba a presentarse en esa reunión de despedida por ningún motivo. Ya había sufrido demasiado por el plantón que Harry le había dado la noche anterior como para volver a verlo irse, ahora con un traslador hasta el otro lado del océano.
Comenzó a negar con la cabeza, pero Bill lo interrumpió:
—Antes de que me digas nada, Malfoy, necesito confesarte algo. Anoche, cuando Harry y Ron me obligaron a pasarte una revisión mágica por tu cuerpo y mente, me di cuenta de algo. En verdad lo lamento mucho, pues podría sonar muy invasivo e indiscreto, y yo no te lo habría mencionado en absoluto, pero al descubrir que me involucraba también a mí y a mi familia, no pude evitar venir a darte las gracias.
—Weasley, perdóname, pero no entiendo de qué est…
—Descubrí que fuiste víctima de un hechizo muy poco común donde te obligaron a vivir una realidad alterna a la nuestra. Y, aunque no entré en grandes detalles, pude darme cuenta de que ahí, en cierta ocasión de peligro, le salvaste la vida a mi hija Victoire.
Draco, estupefacto, sintió que enrojecía hasta la raíz del cabello. Boquiabierto, miró a Bill durante varios segundos. Éste le correspondió la mirada con una leve sonrisa.
—¿Viste… viste todo lo que me ocurrió? —preguntó Draco con la boca seca.
Bill, con gesto amable, negó con la cabeza.
—No vi nada, Malfoy, despreocúpate. Es difícil explicar, pero lo que yo percibí al revisarte, más que una visión de lo que te ocurrió, fue como… Como compartir contigo tus sentimientos y sensaciones al respecto. Percibí rastros de la magia que fue empleada en ti, la cual tiene la firma de Severus Snape, por cierto, cosa que no puedo comprender muy bien porque se supone que él está muerto, pero… —Se encogió de hombros—. En este mundo mágico, no siempre se puede explicar de manera lógica todo lo que sucede. Lo sé por experiencia propia. Y me di cuenta, como te decía, no de lo que te pasó con exactitud, pero me acerqué bastante. Y sentí, sobre todo, lo que tú sientes ahora hacia Harry, por ejemplo. Hacia él y hacia mi familia. Y ahondando más en ese punto, pude ver en los recuerdos de tus sensaciones la ocasión en que le salvaste la vida a una de mis hijas.
Hubo un silencio un tanto incómodo donde ninguno de los dos dijo nada. Draco miraba a Bill sin poder dar crédito a lo que escuchaba porque… Porque tener a aquel mago ahí diciéndole eso era la confirmación de que todo lo del "vistazo" había sido real. Tan real, que otro mago podía darse cuenta tan sólo por haberlo revisado con un encantamiento.
Draco bajó la mirada y dijo en voz baja:
—Aunque… aunque lo sucedido en esa realidad no haya sido real, válgame la redundancia, mi intención al atrapar a tu pequeña niña fue la de no permitir que sufriera ningún daño. Volvería a hacerlo sin dudarlo.
Bill le sonrió cálidamente.
—Lo sé, Malfoy. Y por eso mismo estoy sumamente agradecido contigo. Podrá ser posible que para nosotros eso que tú viviste no sea real, pero para ti, lo fue. Y eso es lo importante. Considérame en deuda contigo.
Draco miró a Bill, incrédulo.
—Bueno, Weasley, no sé qué decir. En serio no es necesario que…
—Y como te dije antes —lo interrumpió Bill mientras se levantaba de la silla—, también descubrí el modo en que te sientes por Harry. —Draco se sonrojó y Bill se encogió de hombros—. En ese rubro no sé si pueda ayudarte. El grandísimo cabrón de Harry es un rompe-corazones sin remedio. Pregúntamelo a mí que tengo dos hermanos que, en algún punto de sus vidas, estuvieron locos por él.
—¿Dos hermanos?
—Claro. Ginny y Charlie —respondió Bill sonriendo mucho. Draco arqueó las cejas.
—No tenía idea de Charlie. De Ginny, claro, eso todo el mundo lo sabe, pero... —dijo en voz baja. Bill se encogió de hombros.
—Así es Harry, peor que si tuviera sangre veela. Pero bueno, así y todo, lo queremos incondicionalmente, ¿cierto? Y ahora que se va, pensé que querrías despedirte de él al menos. ¿Estás seguro de que no quieres ir? Yo puedo llevarte como invitado mío, sin ningún problema.
Draco lo pensó un momento, y luego suspiró. Negó con la cabeza.
—Estoy seguro de que sólo será peor —dijo al fin.
Bill asintió.
—Quizá tengas razón. Pero bueno, si cambias de opinión, búscame en mi oficina de Gringotts, o en mi casa en Cornualles, El Refugio. Y de hecho, ya que estamos, búscame cuando quieras. Como te dije, me siento en deuda contigo. Considérame un amigo, Draco Malfoy —finalizó Bill, sonriéndole mucho.
Salió del despacho y cerró la puerta detrás de él, dejando a Draco tan pensativo como destrozado.
Apretó las manos en puños y las oprimió contra sus ojos cerrados. No. No iba a llorar. No importaba nada. No importaba si ahora estaba completamente convencido de que "el vistazo" había sido tan real que incluso otros magos podían verlo a través de la magia.
No importaba nada porque Draco no tenía modo de enamorar a Harry, y jamás, jamás podría tener la familia que había conocido ahí y ahora tanto añoraba.
Tenía que aprender a sobrevivir su día a día sabiendo que su vida real jamás sería así.
Se quedó largo rato sólo observando una taza de café cada vez más fría mientras, tras su ventana, la nieve caía suavemente sobre la ciudad.
