Capítulo 21. La despedida

Después de una hora durante la cual Draco se quedó a solas en su despacho y se recalentó el café con magia para poder tomárselo, Ethel entró a llevarle los papeles de propiedad de la mansión Zabini. Preocupada por el semblante serio de su jefe, ella volvió a preguntarle si se sentía bien. Draco afirmó algo con palabras escuetas y, así, Ethel le dejó el legajo de papeles listos sólo para su firma y se retiró.

Draco revisó los documentos con una sonrisa triste en la cara. Suspiró y trató de hacerse a la idea de lo que implicaba sacrificar aquella cantidad de dinero, autoconvenciéndose de que era lo justo y necesario. Finalmente, firmó cada papel con gusto, regresándole, de ese modo, el derecho absoluto de propiedad a la madre viuda de Blaise, ahora sin ninguna hipoteca encima. Tomó papel y tinta y le escribió una pequeña nota a su amigo.

"Querido Blaise,

Por favor, considera esto como el regalo acumulado de todas las navidades en las que hemos estado alejados por causa mía. Dale mis saludos y cariños a tu madre, quien espero, de ahora en adelante, pueda pasar muchas décadas viviendo ahí en el que siempre ha sido su hogar, con la tranquilidad de saber que nunca será desalojada. Si les ocasioné algún desazón por todos los trámites anteriores, les pido mis más sinceras disculpas.

Si alguna vez necesitas asesoramiento financiero, puedes preguntarme, será un gusto para mí recibir tu lechuza, ya sea para eso o simplemente para irnos a tomar una copa.

D.M."

Suspiró varias veces mientras guardaba todo en un sobre. Lo cerró y le pidió a Ethel que lo mandara vía lechuza lo más pronto posible. Sabía que no podía hacer más. A partir de ese momento, el siguiente movimiento les correspondía a sus amigos. Si ellos lo deseaban, ahora podrían volver a él. Si no... Pues, Draco tendría que resignarse a perderlos definitivamente, del mismo modo que tenía que hacerlo con Harry Potter.

Miró su reloj. Ya casi era hora de almorzar. Viendo que no quedaba nada urgente que realizar, decidió ir a Wiltshire a comer con su madre.


Se apareció en el vestíbulo y le preguntó a un elfo por la señora de la casa: le indicaron que su madre estaba atendiendo a una visita en la sala de té del ala este.

Draco arqueó las cejas. ¿Una visita? ¿Sería posible que fuera su tía Andrómeda...?

Con una sonrisa emocionada, Draco se apresuró hacia ese salón. Atravesó la galería este, echándole una mirada nostálgica al punto donde, en "el vistazo", había estado colgado el retrato de él con su familia. Hizo todo su esfuerzo para no entristecerse por eso, pasó por la sala de trofeos y llegó finalmente a donde estaba su madre.

La encontró tomando el té con Bill Weasley, ni más ni menos.

Por segunda vez en el día, Draco se le quedó viendo al pelirrojo de manera incrédula. Pero... ¡¿qué demonios...?!, quiso exclamar, conteniéndose a tiempo.

Bill, vestido con la misma ropa con la que Draco lo acababa de ver hacía apenas unas horas, se levantó de su sillón en cuanto miró a Draco quedarse congelado bajo el dintel de la puerta. Narcisa lo vio llegar y también se puso de pie. Caminó hacia Draco para saludarlo con un beso en la mejilla: se veía entusiasmada y sonriente.

—¡Draco! ¡Cariño! Mira nada más a quién tenemos aquí. Ustedes dos se conocen, ¿cierto?

Draco asintió, mirando a Bill con gesto inquisitivo.

—Sí, sí, claro… es el señor William Weasley. Por supuesto que tengo el gusto… Pero…

Bill soltó una risotada.

—Por favor, Draco Malfoy. Llámame Bill. —Caminó hasta Draco y le dio la mano, sonriéndole. Draco se la tomó, desconcertado.

—¿Pero que no…? —comenzó a cuestionarlo en voz muy baja, pero Narcisa lo interrumpió.

—Hace un rato tuve que ir al banco —comenzó a narrar su madre, sentándose de nuevo en su butaca favorita y llamando a un elfo para que le sirviera té a Draco—… siéntate, cariño. Siéntese usted también, señor Weasley, hágame el favor... Te decía, Draco, que hace un rato tuve la necesidad de ir a Gringotts a arreglar un asunto un tanto engorroso con mi bóveda y, ya estando ahí, el señor Weasley en persona se ofreció a ayudarme. Tengo que confesar que ser atendida por un mago así de caballeroso y atento es mucho más placentero que tener que mirar la cara gruñona de cualquiera de los duendes que laboran ahí, por más importantes que sean. En fin. Cuando terminamos de arreglar el problema con la bóveda, el señor Weasley me comentó que te conocía y que te tiene en alta estima, querido, y, bueno, charlamos un poco acerca de ti… y de otras personas, claro. La conversación se prolongó, llegó la hora de su descanso para almorzar, y entonces se me ocurrió invitarlo a comer con nosotros.

Draco y Bill se miraron entre ellos y éste le sonrió de nuevo. Draco entrecerró los ojos, sintiendo que había entrado a una dimensión desconocida... otra vez. Es que... ¿Un Weasley en su casa? ¡¿UN WEASLEY?! ¡¿Invitado por su propia madre?! Era totalmente inverosímil.

—Haberla atendido fue todo un honor, señora —dijo Bill, tomando una taza de té que se veía minúscula en sus enormes manos—. Y le agradezco muchísimo la invitación a almorzar. En serio, no tendría que haberse molestado.

—Oh, no diga tonterías, señor Weasley. El honor es mío.

Draco, todavía confundido porque no entendía bien qué era lo que estaba pasando ahí, tuvo tiempo entonces de sentirse conmovido por su madre y muy agradecido con Bill. Éste no tenía idea, no tenía modo de saberlo, pero la verdad era que Narcisa Malfoy era una dama con muy pocos amigos y muy poca gente mágica dispuesta a pasar tiempo con ella; mucho menos a aceptar su invitación a visitar una mansión que, para desgracia de la familia, alguna vez fuera el mismísimo cuartel del Señor Oscuro. La realidad era que su madre estaba muy sola. A Draco no le extrañaba que se hubiese arrojado de cabeza a invitar a tomar el té y a almorzar al primer mago que la había tratado de manera decente por primera vez quizá en años.

No obstante, todas las alarmas instaladas en su cerebro no cesaban de sonar con fuerza. Porque Bill podría ser todo lo caballeroso, atento y guapo que uno quisiera, pero no dejaba de ser un Weasley... Un miembro de una familia de traidores a la sangre altamente despreciados por los Malfoy. Su madre jamás lo habría invitado ni tratado con esa cortesía al menos que tuviera un motivo oculto. Ahí... Ahí tenía que haber kneazle encerrado.

Draco dejó de observar a Bill y giró todo su cuerpo hacia su madre, obsequiándole una mirada penetrante. ¿Qué es lo que está planeando tu maquiavélica cabecita?, intentaba preguntarle.

Narcisa le correspondió la mirada con los grandes ojos muy abiertos, toda ella una oda a la inocencia y la incomprensión. Draco frunció el ceño. Definitivamente, su madre estaba planeando algo.

Y Bill Weasley también, concluyó mientras se volteaba a ver al pelirrojo, quien, al igual que Narcisa, estaba fingiendo candidez.

Draco estaba tan nervioso por no saber qué pretendían aquellos dos, que no podía tomarse su té con tranquilidad.

—Así que... —comenzó a preguntar—, ¿vas a quedarte a almorzar con nosotros, Weasley?

Bill asintió.

—Y no sólo yo. Tu madre ha tenido la amabilidad de invitar a alguien más que nos hará compañía. —Miró su reloj de pulsera y añadió—: Ya no debe tardar en llegar.

El pulso de Draco se aceleró de inmediato y sintió que se acaloraba... ¿Sería posible que...? Se giró a ver a su madre, quien sólo le obsequió una gran sonrisa.

—Ah, sí, había olvidado comentártelo. Cuando estábamos en el banco, el señor Weasley me contó que en casa de sus padres estaba hospedándose un mago extranjero de muy buena familia y, como me explicó que se aburría pues por culpa de la nieve no pueden hacer muchas actividades al aire libre, pensé que podíamos invitarlo a casa a socializar un poco con nosotros —comentó Narcisa descaradamente, como si ella y Draco no hubiesen ya charlado con anterioridad de la existencia de "ese mago extranjero hospedado con los Weasley" y supieran exactamente de quién se trataba.

Draco, desilusionado, dejó la taza de té encima del plato sobre la mesa. Cerró los ojos, suspiró y se armó de paciencia.

Tendría que haberlo sabido.

Y pensar... y pensar que, por un mísero momento, se ilusionó imaginándose que se trataría de...

—Así es, Draco —dijo Bill, interrumpiendo sus sombríos pensamientos—. Le contaba a la señora Malfoy acerca de este amigo de mi hermano Charlie. Ambos, Charlie y su amigo, están de vacaciones ahora mismo, hospedados en La Madriguera con mis papás, pero bastante aburridos ya. Les quedan pocos días en Inglaterra y, por alguna razón, me pareció que sería agradable para él y para ti que se conocieran.

—¿Ah, sí? —le preguntó Draco a Bill con los ojos muy abiertos, casi deseando que el otro pudiera leerle los pensamientos: Yo estoy enamorado de Harry Potter y no me interesa nadie más, ¿lo olvidas, Weasley?

—Pues… sí —respondió Bill con una sonrisa descarada.

Ya descubierto el pastel, la situación no le extrañaba en absoluto a Draco, al menos, no la concerniente al comportamiento de su madre. Apenas el día anterior, Narcisa le había manifestado sus intenciones de organizar algo, lo que fuera, para que el heredero Malfoy pudiera conocer a Emil Enescu y ver si comenzaban una relación que culminara en honorable matrimonio. Así que era, hasta cierto punto, normal y esperado que al recordar que en el banco trabajaba un Weasley, Narcisa hubiese acudido ahí a buscarlo y, una vez entablado el contacto, hubiese conseguido invitar a Enescu a la mansión.

En realidad, era una de las tantas típicas estrategias usadas por cualquier madre de alta sociedad desesperada por casar a su retoño.

Lo que Draco no comprendía era qué pretendía Bill Weasley con aquello.

Era como si ambos, Bill y Narcisa, tuvieran cada uno su propia agenda oculta, su propio interés en que Draco conociera y tratara a Enescu. Era como aquel dicho: Merlín los cría y ellos se juntan. De parte de su madre, Draco podía entenderlo. Pero, ¿y Weasley?

Draco lo miró.

—¿Y por qué crees que sería agradable tanto para él como para mí conocernos, Weasley?

Bill apenas abría la boca para responder, cuando un elfo se apareció en la puerta y anunció:

—Ha arribado a la mansión el señor Emil Enescu, mi señora ama Narcisa.

La madre de Draco se veía tan feliz que parecía resplandecer. Draco sintió muchísima pena de verla así de entusiasmada porque sabía que se iba a decepcionar, ya que no había nada en el mundo, ni siquiera la imposibilidad de tener algo con Harry Potter, que pudiera hacer que Draco se interesase en Enescu. Nada de nada. El tipo podía ser guapo, mago sangre limpia y de muy buena familia, pero era insoportable, irrespetuoso y resbaloso como poca gente que Draco hubiese conocido. Totalmente repugnante e intratable. Alguien que Draco ni siquiera podría tolerar como amigo, ya ni se diga pretender entablar otro tipo de relación con él.

Y así estaba Draco, enumerando en su mente todos los defectos que podía recordar de Emil Enescu, cuando éste atravesó la puerta del salón escoltado por un elfo. Narcisa se puso de pie y Bill y Draco la imitaron.

—Señor Weasley, háganos los honores, por favor —pidió ella con una sonrisa.

Antes de que sucediera cualquier otra cosa más, Bill tuvo tiempo de mirar a Draco y le guiñó un ojo. Le susurró muy bajito, asegurándose de que nadie más lo escuchara:

—Sígueme el juego, Draco. De verdad creo que te conviene.

Draco lo miró con extrañeza mientras Bill caminaba hacia Enescu y luego lo dirigía hasta los sillones donde aguardaban Draco y su madre.

—Emil, permíteme presentarte a la familia Malfoy, una de las más distinguidas de la sociedad inglesa. La señora es madam Narcisa Malfoy y éste es su hijo, Draco.

Enescu llegó ante ellos. Draco, quien ya se había preparado para soportar sus miradas intensas y sus comentarios insidiosos, se quedó sorprendido porque Enescu lo ignoró flagrantemente, concentrando toda su atención en la señora de la casa. Con los ojos muy abiertos, Draco lo observó mientras el mago rumano, muy caballeroso, se inclinaba ante Narcisa, le tomaba la mano y le besaba el dorso de la misma.

Viéndose hecho a un lado, Draco tuvo unos segundos para apreciar la apariencia del recién llegado. Enescu iba muy bien vestido con unas túnicas algo viejas pero elegantes, y, por alguna razón que Draco no entendía, se veía todavía más atractivo de lo que le había parecido en "el vistazo".

¿Por qué sería?

Enescu y su madre intercambiaron unas cuantas palabras de cortesía y, finalmente, el primero se dignó a hacerle caso a Draco. Se giró hacia él y, casi con indiferencia, le tendió una mano y lo saludó, apenas dedicándole una mirada. Entonces, volvió a volcar su atención en Narcisa y en Bill, ignorando a Draco casi descaradamente.

Éste se quedó desconcertado. Por lo visto, ahí, en su realidad, él no era digno de gustarle al rumano como lo había hecho en "el vistazo". ¿A qué se debería ese cambio...?

Narcisa los dirigió a todos hacia el salón desayunador que quedaba a un costado del salón de té, los sentó ante la mesa y los elfos sirvieron la comida. Narcisa había sentado a Enescu en el sitio de honor y le dedicaba toda su atención, la cual, Enescu correspondió con una amabilidad sincera que no dejaba de impactar a Draco. Él, por su parte, se había sentado junto a Bill, esperando tener la oportunidad de exigirle una explicación.

Enescu, en respuesta a las preguntas que le hacía Narcisa, estaba narrándoles un poco acerca de muchos temas: de su trabajo como cuidador de dragones, de su familia en Rumanía, de sus lazos con la realeza muggle y mágica, y etcétera. Draco notó que hablaba de Charlie Weasley con cariño y respeto, algo que le pareció curioso porque el otro Enescu, el del "vistazo", apenas sí parecía haber sido un amigo superficial del pelirrojo.

Draco comenzó a comprender que éste no era el mismo Emil Enescu que él había conocido en la otra realidad. Especialmente porque no le había dedicado una sola mirada lasciva a él. De hecho, parecía creer que Draco era la persona menos interesante ahí.

Draco no podía negar que se sentía un tanto ofendido por ello, lo cual, sabía, era sumamente infantil.

Frunció el ceño y se concentró en su comida, anhelando poder terminar lo más pronto posible con aquel extraño momento para volver a sus ocupaciones habituales y olvidarse de todos aquellos chiflados y su afán de actuar como casamenteros.

No obstante, tendría que haber sabido que su madre no iba a rendirse tan fácilmente.

Narcisa, por supuesto, también había notado que Enescu no estaba interesado en Draco. Así que, a la hora del postre, después de que Enescu hubiese hablado hasta por los codos casi exclusivamente con ella, Narcisa intentó desviar la conversación para incluir a su hijo.

Enescu acababa de mencionar que en Rumanía el negocio de la crianza de dragones era bastante lucrativo, por lo que la madre de Draco aprovechó para decir:

—Draco es un genio para los negocios, señor Enescu —afirmó y miró a Draco con orgullo. De reojo, Draco pudo ver que Bill sonreía mucho ante ese comentario. El pelirrojo casi no había hablado nada durante el almuerzo, pero parecía bastante divertido con la situación, cosa que tenía a Draco con los nervios crispados—. Desde que murió su padre, él se ha dedicado completamente a manejar los bienes e intereses de nuestra familia. Estoy muy segura de que en estos años ha conseguido, no sólo mantener nuestra fortuna, sino aumentarla de manera significativa. ¡Y apenas tiene veintiséis años, imagínese lo que le falta por hacer!

Draco arqueó una ceja y no dijo nada. ¿Despertar el interés de Enescu en la fortuna de los Malfoy ya que parecía no encontrar a Draco atractivo? Vaya, esa era una movida bastante sucia de parte de su madre, pero no le extrañaba... aunque no por eso dejaba de doler. Sin embargo, Draco tuvo que recordarse que, entre familias de sangre pura, casarse por intereses que iban más allá del amor siempre había sido algo bastante común.

Enescu finalmente pareció reparar en Draco y lo miró. Con un pequeño sobresalto de placer, Draco se percató entonces de que Enescu no tenía los ojos castaños como había creído antes: en realidad, los tenía de un color azul bastante oscuro, y, para su sorpresa, Draco se encontró pensando en que eran realmente bonitos… Quizá… quizá tanto como los de Harry Potter.

—Oh, no tenía idea de eso, señor Malfoy —le dijo Enescu mirándolo con cortesía. A Draco lo descolocaba muchísimo que Enescu, quien había sido tan patán en la otra realidad, ahí se comportara como un verdadero caballero—. Nunca está de más conocer gente con habilidades financieras de ese calibre. Yo no dispongo de mucho dinero, pero tengo una cuenta de ahorros con miras a lograr unas inversiones en el futuro. ¿Podría, entonces, consultar algunas ideas con usted?

Draco abrió la boca y no dijo nada por unos segundos. Estaba intentando, con todas sus fuerzas, compaginar a este Enescu con el otro Enescu que había conocido. Físicamente eran iguales, pero, en personalidad, era como si se tratara de dos magos completamente diferentes.

—Por supuesto —dijo al fin, sonriéndole—. Estoy a tus órdenes. Llámame Draco, por favor.

De reojo, Draco notó que Narcisa sonreía fascinada. Enescu, por su parte, miró a Draco con calidez y le correspondió la sonrisa. Ese gesto abierto y amable, sin el atisbo de arrogancia y lujuria que había tenido el Enescu del "vistazo", hizo que ese Emil Enescu pareciera mil veces más guapo. Su rostro definitivamente era mucho más agradable de apreciar, y Draco se encontró con que, de pronto, no podía quitarle los ojos de encima.

—En ese caso, llámame Emil a mí, por favor.

Draco asintió, sonrió más y trató de ignorar el gesto de burla que tenía Bill en la cara.

Pero, que lo partiera un rayo. ¿Quién hubiera creído que Emil Enescu podía ser una persona así de encantadora?


Un poco más tarde, cuando hubo finalizado el almuerzo, Narcisa se llevó a un muy interesado Enescu a darle una vuelta por las galerías de la mansión. Draco y Bill los seguían a una distancia corta, y, cuando Draco estuvo seguro de que podría hablar con el pelirrojo sin que los otros dos los escucharan, lo tomó del brazo y comenzó a cuchichearle:

—Estoy listo para escuchar tus explicaciones, Weasley.

Notó que Bill sonreía y eso sólo lo hizo enojar más.

—Ya te dije que puedes llamarme Bill.

—Weasley, te lo advierto...

Bill se detuvo y encaró a Draco.

—De acuerdo. Mira. El caso es que hoy en la mañana, después de verte a ti en tu oficina y antes de encontrarme con tu madre, recibí una visita inesperada ahí en el banco.

Draco frunció el ceño.

—¿Enescu?

Bill lo miró sin comprender.

—¿Enescu? Oh no, no me refiero a él. Estoy hablando de Harry.

A Draco se le detuvo el corazón durante varios segundos.

—¿Harry? ¿Harry Potter?

Bill sonrió burlesco.

—Harry Potter, así es. Fue a visitarme con carácter urgente porque... Bueno, no puedo contarte por qué, pero lo que sí puedo decirte es que su visita me hizo reconsiderar algunas cosas y cambiar de opinión respecto a otras. Después de un rato que él se hubiese marchado, tomé una decisión y se me ocurrió una idea. Entonces, como caída del cielo, tu madre entró al banco y me di cuenta de que ahí estaba la oportunidad perfecta para llevar a cabo mi plan.

A Draco le estaba costando muchísimo seguir el hilo de lo que Bill estaba diciendo. Su mente se había quedado dando vueltas en espiral en el hecho de que Harry había ido a visitarlo a decirle quién sabe qué cosas… cosas que lo habían hecho trazar un plan que incluía a Narcisa Malfoy.

Por lo tanto, quizá también lo incluía a él. ¿Sería acaso que…?

—¿Potter te habló de mí? —le preguntó a Bill en un hilo de voz—. ¿Te hizo algún comentario acerca de mí?

Bill le dedicó una sonrisa enorme y meneó la cabeza.

—No puedo decírtelo. Harry me hizo prometer que no se lo contaría a nadie. Lo que sí puedo decirte es que Emil también sufre de un mal parecido al tuyo.

A Draco lo desorientó aquello. ¿Por qué, si estaban hablando del interesantísimo tema titulado "Harry Potter", ahora Bill mencionaba a Enescu?

—¿Qué? ¿Cuál mal?

Bill suspiró hondo y dijo:

—Mira, a mí Emil me cayó muy bien desde el momento en que lo conocí. Y la verdad, es que me da mucha pena. El pobre está tan enamorado de Charlie, pero Charlie no le corresponde ni lo va a hacer. Después de que Harry lo hubiese ilusionado en vano hace un par de años, mi hermano se juró a él mismo no volver a inmiscuirse en otra relación, quedarse soltero y dedicarse sólo a su trabajo. Así que Emil tiene tan pocas probabilidades con Charlie como las tienes tú con Harry.

Aquello hizo que el corazón de Draco se hiciese añicos. Y pensar que… Y pensar que, por unos segundos, se había ilusionado con aquella misteriosa visita que Harry le había hecho a Bill.

Agachó la cara y no supo qué responder. Era como si hubiese perdido la voz.

Aspiró fuerte para tranquilizarse.

—Y entonces... —comenzó a decir—, ¿creíste que era una buena idea que Enescu y yo nos conociéramos, ya que ambos tenemos amores imposibles? ¿Ahora te dedicas a trabajar de cupido, Weasley? —finalizó con enojo, levantando los ojos y fulminando a Bill con la mirada.

Pero Bill lo estaba observando de manera muy extraña, casi calculadora.

—Sencillamente creí que podría ayudar —dijo de modo misterioso—. Creí que serviría para una causa, o para la otra.

Draco negó con la cabeza, todavía observándolo con molestia.

—No entiendo una palabra de lo que dices, eres peor que un centauro. ¿Podrías dejar de hablar de modo tan críptico?

Bill suspiró, le dio una fuerte palmada a Draco en un hombro y reanudó la marcha.

—Tengo que irme, debo regresar a mi trabajo. ¿Me acompañas a la chimenea? Fue un verdadero placer visitarte aquí, conocer a tu madre y comer con ustedes. Sé que mi casa es poca cosa comparada con esta mansión, pero considérate a ti y a tu madre invitados a mi mesa cuando les apetezca. A Fleur le agradará tener a una bruja tan distinguida como invitada.

A Draco no le pasó desapercibido que Bill realmente no le había contado nada de nada. Sabía que aquello de "sino sirve para una causa, servirá para la otra", se le quedaría dando vueltas en la cabeza durante horas, aunque no comprendía en absoluto a qué se refería.

—Como sea, Weasley —dijo al final—. Independientemente de tus turbias intenciones y de tus palabras incomprensibles, has conseguido hacerle pasar un rato ameno a mi madre y eso… Bueno, eso lo aprecio de corazón. Gracias.

Bill volvió a darle otra palmada.

—Te dije que podías contar conmigo como amigo, Draco. Hablando de otra cosa, Emil va a ir a la despedida de Harry a las cuatro. Estoy seguro de que te invitará a acompañarlo porque el pobre ya no da más con la frialdad con la que Charlie lo trata delante de todos. Ve con él, ¿quieres?

—¿Qué? No, Weasley, ya te había dicho que...

—Draco —lo interrumpió Bill entonces—. Confía en mí. Ve con Emil Enescu a la despedida de Harry Potter. Créeme que eso puede significar la diferencia para ti entre ganar o perder. Ve. Con. Él.

Lo último lo había dicho de un modo tan autoritario que Draco no pudo hacer más que mirarlo a los ojos y afirmar con la cabeza.

—De acuerdo. Si es que Enescu me invita. Hasta ahora parece más interesado en mi madre que en mí, así que… —dijo, haciendo reír a Bill.

Draco frunció el ceño. Es que, ¿acaso realmente le molestaba que en esa realidad Enescu no estuviera prendado de él como lo había estado en "el vistazo"?

¿No era eso demasiado incongruente?


Acompañó a Bill a la chimenea del vestíbulo principal. El pelirrojo, no sin antes pedirle de nuevo que no dejara de asistir a despedir a Harry, le dijo adiós y se marchó hacia su trabajo.

Draco se quedó unos momentos contemplando la chimenea y pensando en los increíbles giros que había estado dando su vida durante las últimas horas: la cena navideña con Andrómeda y Teddy, su noche de sexo rápido pero intenso con Harry Potter, su intento (aun sin respuesta) de acercarse a Blaise y Pansy, la inesperada amistad incondicional de Bill Weasley, y el sorprendente cambio de personalidad de Emil Enescu.

Las últimas dos situaciones eran las que más lo descolocaban porque no habían estado dentro de sus planes y jamás se las habría podido imaginar.

Caminando a paso lento sin dejar de pensar en todo eso, Draco regresó al salón de té donde su madre y Enescu estaban esperándolo. Había decidido tomarse la tarde libre de la oficina porque, además de que no se sentía con muchos ánimos para trabajar, no había al momento nada urgente que atender.

Draco se sentó junto a Narcisa y su invitado, y se quedó en silencio, escuchándolos charlar. Enescu estaba emocionado contándole algunas anécdotas de su trabajo a la madre de Draco, y éste lo observaba un tanto atónito. Continuaba sin dar crédito a que este Enescu fuera el mismo mago que había conocido en "el vistazo".

Se quedó reflexionando acerca de eso durante un rato. ¿Por qué resultaba que ahí Enescu era diferente, si se suponía que lo que había cambiado las cosas de aquella realidad, era la famosa puta decisión de los cojones que Draco había tomado en el baño de Myrtle? ¿Cómo algo así había podido afectar a alguien que vivía en Rumanía y que no había tenido contacto previo ni con Draco ni con Harry Potter?

Bueno, pero, eso no era totalmente cierto, ¿o sí? Enescu no era realmente un ente tan alejado de ellos. Era amigo de Charlie Weasley, quien, a su vez, era un miembro de la familia más cercana a Harry. Y según decía Bill, Enescu estaba enamorado de Charlie, quien no le correspondía porque...

Ah, pensó Draco, creyendo haber dado en el clavo.

Eso tenía que ser. La decisión de Draco, la de atacar a Harry en vez de hablar con él en el baño, los había alejado a ellos dos en vez de hacerlos pareja, volviéndolo a éste un donjuán de lo peor. Desde entonces, Harry se había dedicado a romper corazones a diestra y siniestra, incluido el de Charlie Weasley, ni más ni menos.

Draco no tenía modo de estar seguro, pero presentía que la cosa iba por ahí. Seguramente, en esa realidad, el hecho de que Enescu sufriera un revés amoroso cortesía de Charlie, quien a su vez lo había sufrido de parte de Harry, había vuelto a Enescu una persona mucho más agradable y considerada. Sí, eso podía ser.

Draco arqueó las cejas mientras pensaba en ello. Era increíble el nivel de influencia que podía tener una sola decisión en tantísimas personas, incluso en algunas que vivían en países a miles de kilómetros de ahí.

Era realmente absurdo y, de pronto, Draco no pudo evitar la sensación de culpa que solía invadirlo cada vez que recordaba a la gente que había afectado con su mera decisión, llegando tan lejos en algunos casos que se volvía cuestión de morir o de no nacer, como les había pasado a Lucius y Eltanin.

Draco carraspeó y se removió inquieto en su sillón, lleno de rabia hacia él mismo.

—¿Todo bien, cariño? —le preguntó de pronto su madre, sacándolo de sus cavilaciones.

Draco elevó sus ojos hacia ellos; no se había dado cuenta en qué momento había clavado la mirada en el suelo. Intentó sonreír, pero no estaba seguro de poder conseguir algo más allá de una mueca angustiosa.

—Sí, madre, no te preocupes. Estaba pensando en... en algunos negocios que me tienen un poco agobiado. —Fingió que miraba su reloj de pulsera, sin poder evitar recordar, de golpe, el viejo reloj de oro que había reparado y preguntándose si acaso Harry se acordaría un poco de él cada vez que consultara la hora de ese momento en adelante. Oh dios, ¿cómo podía ser tan ingenuo?— De hecho, creo que voy a ir a la oficina un rato para finiquitar algunos pendientes.

Se puso de pie y Enescu también se paró a toda prisa en un gesto indudablemente caballeroso. El rumano estaba mirando a Draco con la frente fruncida, y Draco, a su vez, lo miró con los ojos muy abiertos; no recordaba que el otro Enescu pusiese jamás en su cara un gesto así de preocupación genuina.

—¿Te retiras ya, Draco? —le preguntó el otro mago con tanta amabilidad que lo hizo sentir desconcertado.

Draco asintió torpemente.

—Sí, es que… tengo cosas que hacer.

—¿Y no será nada que puedas posponer un poco? Perdona mi atrevimiento, pero… Verás. Yo... yo estoy invitado a una pequeña reunión que se llevará a cabo dentro de las instalaciones del Ministerio de Magia, según me indicaron. La familia con la que me hospedo son amigos muy cercanos de Harry Potter, y hoy van a ir a despedirlo antes de su viaje en traslador a América. —Draco lo escuchaba con el corazón en la garganta. Oh cielos. ¿Realmente Enescu estaba por invitarlo? ¿Cómo era posible que Bill lo hubiese sabido?— En realidad, me siento obligado a asistir por cortesía hacia los Weasley, pero... estar con todos ellos cuando están alrededor de Potter, me hace sentir un poco fuera de lugar. Además, no soy más que un turista torpe que no sabe cómo llegar a esas oficinas —agregó con una gran sonrisa coqueta, una sonrisa que Draco jamás le había visto al otro Enescu y la cual realmente le robó el aliento—. ¿No te gustaría acompañarme, aunque sea por un rato? Después de eso, podría... podría invitarte a cenar o a tomar una copa o... lo que tú desees. En agradecimiento por hacerme el honor de ser mi acompañante.

Se le quedó viendo a Draco con gran expectación. Draco notó, por el rabillo del ojo, que su madre lo miraba con los ojos enormemente abiertos, incitándolo a aceptar. Draco le dirigió una rápida mirada a Narcisa.

Su mamá se veía tan ilusionada que...

Me llevan los mil demonios, pensó Draco. No tenía tanta maldad en el corazón como para rompérselo a su madre así. Miró de nuevo a Enescu, le sonrió forzadamente, y le dijo:

—De acuerdo, te acompañaré, pero solamente porque dices que no sabes llegar al Ministerio y, siendo un visitante proveniente de tierras extranjeras, me siento con el compromiso de no permitir que te extravíes en nuestra ancestral ciudad capital.

Le sonrió tenso y Enescu le correspondió con una sonrisa que rivalizaba a la misma que tenía Narcisa.


Siendo que faltaban un par de horas para la tan cacareada reunión, Draco invitó a Enescu al salón bar para pasar el rato. Draco sonrió con nostalgia mientras servía dos porciones de whisky y veía la botella de crema de menta entre los demás recipientes de licor.

Suspiró y se sentó en un sofá frente al rumano. Había pensado que no tendría nada de qué hablar con él, pero conforme pasaban los minutos y el alcohol los desinhibía, fue percatándose de que Enescu era una persona muy interesante, con gran cultura y con quien Draco tenía bastante en común como para charlar.

La diferencia que puede lograr en uno mismo tener el corazón roto, pensaba Draco. Se preguntó, no sin sentir una gran pesadumbre, si ahora que Harry iba a largarse para nunca volver, Draco iba a convertirse en una mejor persona por eso mismo.

La verdad era que lo dudaba mucho.

Estaban los dos enfrascados en una apasionada charla acerca del museo de Louvre, cuando la puerta del salón bar se abrió de golpe. Draco se levantó por el susto y Enescu lo secundó. Ambos se quedaron mirando al mago que estaba bajo el dintel de la puerta, el cual, a su vez, los contemplaba con azoro.

Era Blaise.

Draco no pudo evitar que el corazón le diera un vuelco. Tuvo que reprimir la sonrisa que pugnaba por dibujársele en los labios. Blaise, con el ceño fruncido, miró al invitado de Draco y pareció sorprendido. Quizá, al arribar a la mansión, nadie le había dicho que Draco estaba acompañado.

Detrás de Blaise apareció Ashy, lloriqueando muy preocupado.

—¡Amo Draco, señor! ¡Ashy no pudo detener al señor Zabini antes de que entrara hasta acá, señor, Ashy lo siente mucho!

Draco negó con la cabeza.

—No te preocupes, Ashy, el señor Zabini tiene las puertas abiertas de esta mansión para cuando él desee entrar.

Blaise pareció desconcertarse al escuchar eso. Su gesto se suavizó todavía más. Volvió a mirar a Enescu con desconfianza y Draco comprendió que deseaba hablar a solas con él. Draco se dirigió a Enescu y le dijo:

—Emil, éste es mi amigo y ex compañero de colegio, Blaise Zabini. Blaise, te presento al señor Emil Enescu, visitante de Rumanía. —Blaise y Enescu se dieron la mano de modo distante pero cortés. Entonces, Draco añadió—: Emil, si puedo abusar de tu amabilidad, necesito unos minutos a solas con mi amigo. Si gustas, aguarda aquí por mí. Regresaré pronto.

Sin esperar respuesta, Draco salió del salón bar seguido por un muy silencioso Blaise. Ambos se encaminaron hasta llegar al vestíbulo principal, y entonces Draco se giró hacia su amigo.

—¿Quieres subir a mi… digo, al despacho de mi padre? ¿O…?

Blaise echó un vistazo alrededor y, al comprobar que no había nadie que pudiera escucharlos, dijo:

—Está bien aquí, no hay necesidad de tanta ceremonia. Yo no soy alguien a quien puedas impresionar, Malfoy.

A Draco le dolió que Blaise no lo llamara por su primer nombre.

—De acuerdo —consintió—. ¿Qué puedo hacer po…?

No pudo terminar de formular la pregunta porque, de pronto, Blaise se le había echado encima. Tomó a Draco de las solapas de su túnica y lo zarandeó un poco, mientras le siseaba entre los dientes apretados:

—¿Qué es lo que pretendes con tu truco, Malfoy? ¿No te basta con quitarnos nuestra casa? ¡¿Qué más quieres de nosotros?!

—Blaise, espera…

—¡Si crees que voy a permitir que mi madre firme los papeles que le has mandado sin estar seguro de que esto no es algún tipo de trampa, estás muy errado y no me conoces nada!

Draco negó con la cabeza y tomó los puños de Blaise con sus manos. Lo empujó para que lo soltara y, afortunadamente, Blaise lo hizo así. Jadeando, su amigo se retiró un paso de él y lo miró con ojos fulminantes.

—¿Y bien? —le espetó.

Draco se reacomodó la ropa mientras miraba al otro a los ojos y le decía a toda prisa:

—Sé que todo esto puede parecer muy raro, ya que apenas hace dos días yo estaba dispuesto a hacer válida la hipoteca que pesaba sobre tu casa aun a costa de ustedes y su bienestar. Pero… —Meneó la cabeza y soltó una risita que no tenía nada de divertida—… Sé que será muy duro para ti creerme, Blaise, pero he cambiado. No soy el mismo mago que hace dos días. Me… me pasó algo. Algo que me hizo reconsiderar muchas cosas y, entre ellas, me hizo darme cuenta de que estaba siendo un patán del peor calibre contigo y con tu madre. —Hizo una pausa, y Blaise sólo lo miró con incredulidad. Draco suspiró y se frotó la cara con una mano—. Mira… No firmen nada si desconfían. Lleva los papeles con un buen abogado para que los revise. Verás que no hay ninguna trampa, que todo está en regla. La mansión es de ustedes otra vez. No pesa ninguna deuda sobre ella y así seguirá.

—Esto… esto es… ¿Es por Pansy? ¿Es por la visita que ella te hizo en tus oficinas?

Draco vio la oportunidad ahí y la tomó. Aunque no era cierto, afirmó con la cabeza sin dejar de ver a su amigo intensamente a los ojos.

—Podría decirse que sí. Sus palabras me calaron hondo, ¿sabes? Ella tiene razón: los amigos, o los ex amigos, no se hacen entre ellos este tipo de cosas. Y mira, Blaise, si no quieres ser mi amigo de hoy en adelante, lo entiendo bien. Sólo quiero que sepas que la mansión Zabini es mi regalo por tantos años de desprecios y malos entendidos. Tómalo así, por favor.

Blaise lo miró a los ojos durante lo que parecieron ser minutos completos. Draco le sostuvo la vista tratando de parecer lo más sincero posible. Al final, Blaise suspiró hondamente y pareció relajarse.

—De acuerdo. Digamos que te creo. Pero, de todas formas, llevaré esos papeles a revisar y, te lo advierto, Malfoy, si encuentro una sola trampa, la que sea, no descansaré hasta hacértelo pagar. Ya he soportado demasiadas humillaciones de tu parte, y no voy a dejar que sigas lastimando a mi madre.

Draco levantó las manos en un gesto apaciguador.

—Estoy totalmente de acuerdo contigo.

Blaise lo miró de arriba abajo y se dio la media vuelta. Draco lo vio irse así y se sintió descorazonado. Pero entonces, Blaise se detuvo antes de llegar a la puerta, miró a Draco por encima de su hombro, y le dijo:

—Ese tipo con el que estabas en tu salón bar… ¿Es tu novio?

A Draco le volvió a dar un vuelco el corazón porque la pregunta de Blaise no había sido hecha con un tono irónico ni burlesco. Parecía genuinamente interesado. Sonrió un poco antes de responder:

—No, no, para nada. ¿Por qué?

Blaise se encogió de hombros.

—Bueno, es que feo no es. De hecho, me recuerda un poco a Harry Potter… sólo que sin anteojos y de menor estatura. Y siendo que aquel cuatro ojos fue tu amor platónico durante todo el colegio, supuse que te habías buscado el sustituto más similar y asequible —dijo y se rió mucho.

Aunque la risa de Blaise era música para los oídos de Draco, éste fingió que se enojaba. Frunció el ceño.

—¿De veras crees que Potter me gustaba en el colegio? —fue lo que preguntó con tono indignado—. ¿De dónde sacas esas patrañas?

Blaise soltó una larga carcajada y no respondió.

—Adiós, Draco. Si los papeles no son falsos y todo está en orden, entonces supongo que aceptaré tu invitación para ir a tomarnos una copa. De hecho, quizá sea yo quien te la invite a ti. Te mantendré al tanto.

Diciendo eso, abrió la puerta, la atravesó y salió por ella.

Draco lo vio irse sintiéndose bastante esperanzado.


Antes de salir de la mansión, Draco le pidió a Enescu tiempo para arreglarse un poco, ya que, le dijo a forma de excusa, él se había vestido desde la mañana teniendo en mente un día laboral y no una reunión para despedir a una leyenda del deporte. Subió a su habitación, se retocó el peinado y se rasuró con magia hasta quedar impecable, y se cambió la túnica por otra mucho mejor. Se miró al espejo y suspiró satisfecho. Se veía realmente bien.

Sabía que no iba a ganar nada con ir a esa reunión, que quizá solamente estaba haciéndose daño y prolongando su sufrimiento. Sabía que Harry Potter era algo inalcanzable para él, que había perdido cualquier oportunidad con el héroe y que no había nada que pudiera cambiar esos hechos, pero… Bueno, iba a ir a verlo y Harry lo vería a él. Quizá por última vez en sus vidas. Al menos deseaba dar una impresión que a Harry le resultara difícil de olvidar. Así se largara hasta América, así ellos dos no volvieran a verse nunca más… Harry Potter iba a ver a Draco tan guapo como a éste le fuera posible estar.

Saber que iría a esa despedida del brazo de Enescu, quien no era nada feo, también le daba a Draco cierta malévola satisfacción, aunque presentía que era una tontería. Si a Harry no le interesaba Draco, menos le iba a molestar verlo con otro mago. Quizá hasta se sentiría aliviado al ver que Draco no estaba ya interesado y se lo había quitado de encima.

Aquel desalentador pensamiento enturbió su ánimo. Se bajó el cuello de la túnica y, ante el espejo, observó detenidamente el chupetón que Harry le había hecho la noche anterior. Pasó saliva, sintiéndose terriblemente triste de repente y deseando que ojalá aquella marca tan entrañable pudiera quedarse en su cuello para siempre.


Cuando Draco finalmente arribó al Ministerio escoltando a Emil Enescu, continuaba creyendo que estaba cometiendo un grave error. Intentó relajarse pensando en que nada podía empeorar su ya de por sí desconsolada situación con Harry, y la verdad era que los Weasley le daban bastante igual, así que… ¿qué más daba?

Condujo a su acompañante a través del edificio hasta la planta donde se alojaban las oficinas del Departamento de Transportes Mágicos. Enescu, quien no había dejado de comportarse como un perfecto caballero hasta ese momento, estaba resultando una compañía bastante amena. Draco no pensaba llegar a nada más con él, pero se convenció de que no le hacía daño contar con un amigo con quien departir, salir y tomar una copa durante algunos días, especialmente durante esos días venideros en los que tendría que vivir con la reciente realidad de que Harry Potter se había marchado hasta el otro lado del océano.

Además, también Enescu terminaría regresando pronto a Rumanía, así que, ¿qué importaba si Draco se divertía un rato con él aprovechándose de que no era el mismo imbécil que había conocido en "el vistazo"?

Al menos, hasta ese momento, andar con Enescu había colaborado a mantenerlo distraído, lo cual ya era ganancia. Cualquier cosa que le impidiera estar pensando sin parar en Harry y su inminente marcha, era realmente bienvenida.

Mientras caminaban por los corredores del Ministerio, Draco pudo percatarse del modo desagradable en que la mayoría de los magos y brujas se le quedaban viendo. Suspiró discretamente, echando de menos el respeto y la admiración que la gente le había manifestado en "el vistazo". En su realidad, él, la verdad sea dicha, nunca había hecho nada bueno por la comunidad mágica, sino todo lo contrario… Así que, de cierto modo, era comprensible que las personas no le tuvieran nada de estima.

Enescu también pareció notarlo.

—Los trabajadores de este edificio… no parecen quererte mucho, ¿o me equivoco? —preguntó después de que una bruja muy mayor con la que se habían tropezado, se alejara de ellos murmurando palabrotas.

Draco pasó saliva y evitó mirarlo a los ojos.

—No. No te equivocas. Tampoco es que yo haya hecho muchos méritos para ganarme su cariño.

Enescu lo estaba mirando inquisitivamente.

—¿En verdad? Bueno, tengo que confesar que estoy intrigado. Ahora quiero saber mucho más de ti. Qué persona tan fascinante eres, Draco Malfoy.

Draco se giró a verlo a la cara al mismo tiempo que una puerta cercana se abría de golpe y Bill Weasley salía a través de ella.

—¡Por fin llegan! —les susurró, tomándolos de los brazos y tirando de ellos—. ¡Entren rápido, queremos darle una sorpresa a Harry y no podremos hacerlo si los descubre a ustedes dos coqueteándose aquí afuera en los pasillos!

—¡No estábamos coque…! Hum. Buenas tardes —saludó Draco cuando se encontró dentro de aquella sala abarrotada. Estaba llena de Weasleys de todas las edades y colores, y de varias otras personas que Draco recordaba muy bien como íntimos amigos de Harry, como Longbottom, la esposa de éste, Lunática Lovegood y otros personajes más. Entre toda la gente , distinguió a Ron Weasley y a Hermione Granger mirándolo con desconfianza y algo se constriñó en el pecho. Y, por supuesto, estaban también su tía Andrómeda y Teddy.

—¡Tío Draco! —gritó el niño, separándose del grupo y corriendo a abrazarlo. Draco lo recibió con un sofoco, sin dejar de observar con aprensión a los demás, temiendo que le lanzaran maldiciones por atreverse a abrazar al pequeño.

Todos los presentes, con vasos en las manos y algunos comiendo bocadillos, se habían quedado muy silenciosos mirando a Draco, pero realmente no parecían manifestar sorpresa alguna. Draco supuso entonces que Bill ya los había prevenido acerca de su llegada. Bueno, si ya sabían que Draco estaría ahí acompañando a su huésped rumano y no habían sacado la varita para hechizarlo, podía considerarse como buena señal. Al menos, Draco supo que no moriría esa tarde asesinado por cualquiera de ellos.

—Hola, Teddy —le dijo al niño, mirándolo a los ojos y tratando de ignorar a los demás. Le revolvió el cabello azul mientras Teddy lo soltaba y lo miraba con alegría.

—¡Qué bien que llegaste a tiempo, tío Draco! Tío Bill ya nos había contado que vendrías con Emil. ¿Piensas ir a mi casa pronto? ¡Tengo mil cosas nuevas que me regalaron que quiero enseñarte!

Draco asintió, pero antes de que pudiera seguir charlando con el niño, éste corrió de nuevo hacia su abuela y, luego, hasta donde estaban esperándolo un montón de niños pelirrojos y rubios. Andrómeda estaba observando a Draco con una ceja arqueada, y Draco se encontró incapacitado para sostenerle la mirada. No quería que su tía leyera en sus ojos que ella había tenido toda la maldita razón en advertirle que, si se iba a follar con Harry, éste iba a romperle el corazón.

Enescu estaba saludando a todos de modo mucho más cordial que Draco y sus saludos fueron recibidos, a su vez, con auténtico cariño. Draco aprovechó eso para deslizarse entre la gente hasta el rincón más oculto, desde donde pudo apreciar la situación sin tener que mezclarse. Ahí pudo notar que la sala contaba con dos mesas de madera, una de las cuales estaba llena de viandas y bebidas y, la otra, tenía una sola botella de vino vacía y vieja. Sintiendo una punzada en el pecho, Draco adivinó que esa botella era el traslador que se encargaría de llevarse a Harry lejos de ahí. Buscó a Enescu y lo vio saludando a Charlie con una gran sonrisa, pero Charlie rápidamente lo ignoró para continuar charlando con Molly Weasley.

Draco sintió verdadera pena y solidaridad hacia Enescu, y fingió que no se había dado cuenta del desplante que Charlie acababa de hacerle. Después de unos minutos más, Enescu llegó a su lado llevando dos vasos de cerveza. Le ofreció uno a Draco con una gran sonrisa, como si lo recién ocurrido con Charlie no importara en lo más mínimo.

—Bill ya me había contado que tú y la familia Weasley tienen… cierta historia, por así decirlo —dijo Enescu en tono divertido. Draco lo miró mientras le sorbía tragos a su bebida y no dijo nada—. Pero no te preocupes añadió Enescu con rapidez—. A mí realmente no me importa. Como te dije hace rato, todos estos detalles que poco a poco estoy conociendo acerca de ti, sólo hacen que te encuentre más y más fascinante.

Draco le sonrió tensamente y no respondió. Estaba sintiendo que el estómago se le volvía al revés y al derecho dentro del abdomen, y creyó que podría largarse a vomitar en cualquier momento. No entendía por qué había creído que presentarse en esa reunión era una buena idea. ¡En una reunión a puerta cerrada en un salón repleto hasta el techo de Weasleys y de Gryffindors! ¡Con pura gente que lo despreciaba! ¡Con Harry Potter a instantes de llegar ahí!

En serio, ¿en qué demonios había estado pensando al aceptar?

Muerto del estrés, Draco comenzó a balbucear disculpas mientras caminaba de espaldas hacia la puerta por donde habían entrado.

—Lo-lo siento, Emil, pero de pronto, creo que no me siento muy bien, creo que… creo que algo de lo que almorzamos me hizo daño…

Tomó el picaporte con la intención de girarlo y escapar, pero entonces, la puerta se abrió con fuerza, golpeándolo y empujándolo hacia un lado. Horrorizado, miró hacia el umbral de la puerta recién abierta y descubrió a Harry Potter, vestido muy guapo y con un gran baúl levitando detrás de él.

Harry miró a Draco y su cara palideció y se descompuso durante unas milésimas de segundo. Abrió la boca, quizá para preguntarle a Draco qué maldito asunto lo había llevado ahí, cuando todos en el salón gritaron al unísono:

—¡SORPRESA!

Harry casi pega un brinco del susto. Despegó sus ojos de Draco para voltearse a ver al resto de los integrantes de aquel nutrido grupo, lo cual Draco aprovechó para emprender de nuevo graciosa retirada. Como no podía pasar por la puerta sin tocar a Harry, reculó hasta alcanzar de nuevo el rincón en el que había estado antes y donde Enescu lo estaba esperando con una gran sonrisa en la cara.

—Es curioso —le dijo Enescu en voz alta para hacerse escuchar por encima de la algarabía que se había desatado por la entrada de Harry—, pero, por un momento, me pareció que tú y Harry Potter se conocen de algo porque… esa mirada que acaban de intercambiar, ustedes dos…

Enescu no dijo más pero miró a Draco con cierta malicia. Draco pasó saliva y le dio un largo trago a su vaso de cerveza. Le costaba quitarle los ojos de encima a Harry para voltear a ver a Enescu. Ahora que los tenía a los dos en la misma habitación, se daba cuenta de que nadie conseguiría jamás opacar lo que Harry Potter le hacía sentir. Y ese pensamiento era tan desolador como abrumador.

—Potter y yo nos conocemos desde hace mucho, así es —respondió con los dientes apretados, sintiéndose enojado con todo y con todos de repente—. Así como te contaron que tengo cierta historia con los Weasley, también la tengo con él. Créeme, Emil… es una muy larga historia.

Enescu continuó mirándolo de modo sagaz durante algunos momentos más.

—¿Es por eso que estabas pensando en escapar antes de que él llegara?

Draco no respondió nada. Estaba observando fijo hacia donde Harry estaba parado, rodeado de sus seres queridos, recibiendo abrazos y permitiendo que la gente le moqueara sobre la túnica mientras le decían adiós. Teddy acaparaba mucho de la atención de su padrino: el niño estaba haciendo un verdadero esfuerzo para no soltarse a llorar y se notaba. Harry, aparentemente conmovido, intentaba mantenerlo cerca de él y le hacía el mayor caso que le era humanamente posible mientras, al mismo tiempo, trataba de hablar con los demás.

Draco sentía que el corazón se le encogía cada vez más con cada segundo que pasaba. Oh cielos, ahí estaba Harry. Ahí estaba Harry. Ahí estaba, marchándose a América, a punto de tomar un traslador en cualquier puto momento, largándose para siempre de la vida de Draco y no sólo eso… Sino que llevándose también con él la oportunidad de formar una familia perfecta, hermosa y feliz. La oportunidad de tener a Eltanin.

Draco, aterrorizado y muy angustiado, comenzó a hiperventilar y, de pronto, supo que tenía que salir de ahí pero ya.

Se giró hacia Enescu, quien estaba observándolo atentamente.

—Emil, en verdad… No me siento nada bien. Mira… ¿Qué te parece si me escapo ahora mismo y te veo más tarde en algún lugar? Mándame una lechuza cuando te desocupes.

Draco ni siquiera estaba pensando en lo que decía. Simplemente estaba haciendo promesas para que lo dejara marchar. Enescu, por su parte, sonrió ampliamente ante eso.

—¿De veras saldrás conmigo? Qué estupendo, Draco. Entonces, te buscaré en cuanto me vea libre. ¿Te irás sin decirle nada a Potter? ¿No vas a despedirte?

Draco estuvo a punto de soltar una risotada ante la ironía.

—No. Créeme que él no necesita nada de lo que yo pueda decirle. Entonces, te…

Draco no pudo decir más porque, en ese instante, Enescu se acercó hasta él y lo abrazó muy apretadamente, dándole dos besos bastante castos pero muy cariñosos, uno en cada mejilla. Lo soltó y se alejó, sonriéndole mucho.

—Gracias por todo, Draco. Te veo más tarde.

Draco asintió y se alejó un paso, y luego otro, y luego otro más. Para su buena suerte, Harry finalmente se había retirado de la puerta y Draco tenía vía libre. Casi corrió para llegar a ella, la atravesó y, sin mirar atrás y sin despedirse de nadie, salió al corredor, el cual estaba desierto.

Sentía que le faltaba el aliento como si hubiera corrido kilómetros enteros. Tuvo la tentación de apoyarse de espalda contra la pared y respirar hondo para recuperarse, pero le urgía salir de ahí. Justo estaba por dar un paso, cuando la puerta volvió a abrirse y Harry Potter salió a través de ella. La cerró a su espalda, buscó a Draco con la mirada y, rápidamente, caminó hacia él.

Draco se aterrorizó pero pensó que se vería terriblemente mal si de pronto comenzaba a correr, así que permitió que Harry le diera alcance.

—¡Malfoy, espera! ¿Ya… ya te vas?

Draco casi suelta otra risa histérica cuando recordó que, hacía menos de veinticuatro horas, él le había hecho la misma idéntica pregunta a Harry antes de que éste escapara de su loft después de su par de mamadas.

Asintió, frenético.

—Sí, Potter, lo siento… Yo… Yo sólo vine a traer a Emil, es que… él no sabía cómo llegar al Ministerio. Me pidió que lo acompañara, y pues… Pero sé muy bien cuando mi presencia no es grata en un sitio, así que… —caminó hacia atrás, pero Harry parecía determinado a no dejarlo ir.

—¿Tu presencia no es grata? —repitió y sonrió. A Draco se le paralizó el corazón al ver a Harry sonriéndole así. De pronto todo fue demasiado insoportable y odió el hecho de que el Ministerio estuviese protegido con hechizos anti-desaparición—. Bueno, quizá no para todos, pero… Sé que Andrómeda y Teddy están felices de tenerte aquí. Y yo… Bueno, ya sabes lo que yo pienso de ti —añadió en voz muy baja, mirándolo intensamente.

Draco no respondió. Sólo lo miró fijo, preguntándose por qué demonios Harry no lo dejaba marcharse, por qué no regresaba a su puta fiesta de despedida y lo dejaba en paz, por qué no se largaba a América de una jodida vez.

—No sabía que tú y Enescu se conocían —comentó Harry en un susurro, frunciendo el ceño un poco como si le desagradara la idea. Terminó de recorrer el espacio que le faltaba para quedar a un palmo de distancia de Draco.

Draco negó con la cabeza.

—No nos conocíamos —respondió de manera automática. Sentía que el cerebro le había dejado de funcionar y realmente no era consciente de lo que estaba diciendo—. Bill nos presentó hoy.

—Ah —fue la elocuente y muy inteligente respuesta de Harry Potter. Y con eso, los dos se quedaron callados, sólo mirándose a la cara, bastante cerca. Parecía como si ninguno deseara despedirse de verdad. Como si ninguno deseara irse ya.

Algo relampagueó en la mente de Draco. Se vio a él mismo en su último día dentro del "vistazo", en su cama con Harry acostado a su lado, el moreno narrándole su primer beso, el modo en que se había enamorado de Draco… Un recuerdo tan apreciado que incluso le había servido para invocar a su patronus muchos años después.

Draco comenzó a temblar mientras una voz (no la de Snape, no la de él, sino la de Harry, la de su Harry, el Harry del "vistazo") le susurraba dentro de su cabeza:

Atrévete.

Y Draco decidió dejar de pensar.

Se atrevió.

Se abalanzó sobre Harry, lo tomó de las solapas de la túnica y plantó su boca sobre la suya.

Lo besó con la mayor furia, presión y pasión que jamás había empleado para besar a alguien. Harry se había quedado quieto, azorado, pero después de unos pocos segundos, comenzó a corresponderle con idéntico ímpetu y eso inflamó el alma de Draco. Sintió las manos de Harry tomarlo de la cintura y acercarlo más a él, escuchó que Harry gemía dentro del beso, sintió las vibraciones de ese gemido contra su boca, y Draco no dudó en sumergir la lengua entre los labios entreabiertos del otro mago.

En el fondo de su corazón, sabía que eso no serviría de nada. Lo sabía con la misma certeza con la que se sabe que al otro día el sol va a salir. Pero de todas maneras, iba a hacerlo. Iba a intentarlo. No iba a quedarse sin repetir en esa realidad su más grande hazaña dentro del "vistazo", aunque no funcionara ni para enamorar a Harry, ni para retenerlo en Inglaterra.

No importaba.

Así que, con eso en mente, sin tener ya nada que perder, Draco se entregó en cuerpo y alma a ese beso, y le entregó todo a Harry sin mediar palabra.

Se separaron después de varios minutos, jadeantes, con los ojos cerrados. Draco estaba tan excitado que sabía que ni la túnica le serviría para disimular su erección. Pasó saliva, soltó a Harry de su ropa y dio un paso atrás. Se atrevió a abrir los ojos y miró a Harry a la cara. Éste lo estaba mirando con los ojos como platos, los labios hinchados y rojos, la boca abierta, respirando con agitación. Se notaba que no sabía que decir.

Draco le sonrió triste.

—Si quieres más de esto —le dijo en voz muy baja, mirándolo fijo a los ojos—, ya sabes en dónde encontrarme. —Harry no respondió, sólo continuó mirándolo. Draco tuvo el impulso de reírse a carcajadas para no llorar—. Como sea… Adiós, Potter. Que tengas buen viaje.

Hizo un gesto con la mano a manera de despedida y se dio la media vuelta. Caminó a toda velocidad rumbo a los ascensores, invadido por la secreta esperanza de que Harry lo siguiera y lo detuviera.

Pero no fue así.

Llegó hasta el atrio, esperó un pequeño rato y, cuando finalmente tuvo que convencerse de que Harry no iba a ir a buscarlo, tomó una chimenea directo a su loft.

Iba en completo estado de shock y sin comprender por qué demonios insistía en lastimarse así.