Capítulo 23. Invitados (no tan) inesperados
A partir de ese momento, las cosas se precipitaron para Draco y éste se vio inmerso en un remolino de actividades con tal de tener todo listo para salir cuanto antes. Después de haber visto a Granger, regresó a su oficina para ultimar detalles.
Ethel ya le tenía reservado un carruaje tirado por thestrals que lo recogería en los jardines de la mansión justo a la medianoche para poder llegar a Texas antes del amanecer. Draco sonrió presuntuoso: esa era la ventaja de ese tipo de trasporte, se acomodaba a las necesidades del viajero, y no al revés. Draco pensó, porque lo sabía, que podía tratarse al equivalente muggle de alquilar un helicóptero o incluso una avioneta privada. O sea, en pocas palabras, era el mejor modo mágico de viajar.
Ethel también ya le había armado un paquete con los papeles que Draco iba a necesitar para sus transacciones. Draco se los guardó en un maletín de cuero de dragón y, finalmente, su fiel y eficiente secretaria le pasó los datos del rancho enorme y lleno de lujos que había alquilado a las afueras de la ciudad texana de San Antonio.
Draco miró las fotos de las instalaciones del rancho y sonrió pensando en las personas a las que deseaba invitar a acompañarlo. Estaba comenzando a apreciar a ese viaje como uno obligado de negocios pero que también podría servirle como pequeñas vacaciones donde podría llevarse consigo a su madre y a la hermana de ésta con el propósito de hacerlas convivir a ambas en un terreno que fuera, por decirlo de algún modo, neutral para las dos.
Así que, finalizando todos los pendientes junto a Ethel, Draco se despidió muy cordial y agradecido con ella, le prometió un bonito souvenir de Texas, y se marchó rumbo a la mansión Malfoy.
Llegó a tiempo para tomar el té de las cinco con Narcisa. Estuvo un gran rato en silencio sólo escuchándola hablar mientras la observaba, pensando en cómo abordar el tema del viaje a Texas. En un momento dado, Narcisa le preguntó por Enescu, y Draco, quien prácticamente ya ni lo hacía en el mundo, se sorprendió ante el cuestionamiento.
—Mm, pues… —respondió mientras engullía sin parar emparedados de pepino—. No sé qué decirte, madre. Creo que las noticias no te van a gustar. —Narcisa lo miró con enojo y Draco completó—: La verdad es que no estoy interesado en él. Emil es agradable, no lo niego, pero… Creo que no es lo que busco. Al menos, no en este momento.
Negó con la cabeza y no elaboró su respuesta. Su madre lo miró con el ceño fruncido mientras Draco daba cuenta de todos los bocadillos que los elfos les habían servido junto con el té.
—¿No has comido nada en todo el día, cierto?
Draco la vio con los ojos muy abiertos. Ella tenía razón.
—Sólo desayuné ligero. No tuve más remedio que saltarme el almuerzo. Recuerda que te dije que estuve muy ocupado en el trabajo. —Hizo un ademán con la mano, restándole importancia—. Me esperaré a la cena, no te preocupes. —Hizo una pequeña pausa, suspiró y decidió abordar el tema que lo tenía preocupado—. Mamá, tengo que salir a un viaje urgente a Texas, a arreglar dos negocios en aquellas tierras. Mi secretaria me consiguió un rancho, cuyos dueños son magos, a las orillas de una gran ciudad. Me preguntaba si en esta ocasión no querrías venir conmigo, ya que, según he calculado, quizá tenga que quedarme allá hasta pasado el Año Nuevo... El problema, por llamarlo de alguna forma, es que deberás darte prisa en decidirte y arreglar tus cosas, pues un carruaje volador pasará por nosotros justo a medianoche, aquí, a las puertas de la mansión.
Narcisa se quedó congelada con la taza a centímetros de su boca. Aquello era bastante inusual: Draco nunca la había invitado antes a acompañarlo a un viaje de negocios. Por supuesto, solían salir de vacaciones muy de vez en cuando, pero por lo regular lo hacían a otras ciudades de Europa donde ellos mismos contaban con propiedades.
Draco temió, durante algunos segundos, que su madre rechazara su invitación. No obstante, Narcisa le sonrió mucho.
—Bueno... Reconozco que me coges desprevenida, pero no puedo negar que me agrada la idea. ¿Texas, dices? —Arrugó los labios pero luego sonrió—. Confieso que Texas no habría sido lo que yo hubiera elegido para pasear por América, pero he escuchado que es un buen sitio para hacer compras —dijo y le dio un pequeño sorbo a su taza de té, mirando a Draco con ojos brillantes—. Si de veras quieres que te acompañe, tendrás que prepararte para gastar mucho en mí.
Draco sonrió.
—Por supuesto, mamá. Todo lo que quieras.
Perfecto. Ahora sólo faltaba convencer a su tía. Draco suspiró y se apuró con su té.
Para no parecer descortés y entrometido, Draco se apareció afuera del cottage de su tía. Afortunadamente, ya no estaba nevando y, como todavía no oscurecía, pudo apreciar por primera vez lo bonita que era aquella vieja casa de campo. De muros blancos, techo de pizarra oscura, grandes ventanas cuadradas y puerta de madera pintada de color azul celeste, la casa parecía sacada de un libro de cuentos.
Caminó hacia el pórtico y tocó. Su tía le abrió después de unos momentos y lo miró, sorprendida.
—¡Draco! Pero, ¿por qué te has aparecido afuera?
Draco se inclinó galantemente y le besó la mano a Andrómeda.
—No quería abusar de tu confianza entrando así nada más por tu chimenea, tía.
—No digas tonterías. Eres mi único sobrino y, por lo visto, uno de los tíos favoritos de Teddy en este momento, así que... siéntete en libertad de llegar por la chimenea siempre que gustes hacerlo. ¿Has venido a cenar con nosotros?
Andrómeda le preguntó aquello al tiempo que invitaba a Draco a pasar hacia el interior de la casa y Teddy llegaba corriendo a saludarlo.
—¡Tío Draco! ¡Qué bueno que viniste, estaba tan aburrido! —Teddy se le echó encima justo cuando Draco usaba su varita para quitarse los restos de nieve de las botas y la ropa, y casi lo tumba al suelo. Se rió mucho y tomó al niño entre sus brazos, dándole un cariñoso apretón.
Le conmovía hondamente el modo en que Teddy lo había aceptado y parecía quererlo tanto tan pronto. Después de unos momentos, dio por finalizado el abrazo, bajó al niño y caminó detrás de él y de su tía por el angosto corredor. Llegaron a la luminosidad de la cocina y, mientras Draco se quitaba abrigo, guantes y bufanda, les explicó:
—No puedo quedarme a cenar, lo lamento mucho. —Teddy gimió con desencanto y Draco sonrió más—. Ya he abusado de la hospitalidad de ustedes durante dos noches seguidas. Cenar por tercera ocasión aquí sin haber correspondido de ninguna manera hacia sus atenciones, sería una grosería de mi parte. ¿Qué les parece si mejor ustedes empacan sus baúles y me honran con su compañía en un viaje muy breve que necesito hacer rumbo a América?
—¿A AMÉRICA? —repitió Teddy, llevándose las manos a las mejillas y abriendo mucho los ojos y la boca—. ¡¿A Washington, donde está mi padrino?!
Draco frunció un poco el ceño e hizo una mueca de disculpa. Negó con la cabeza.
—Mm, no, Teddy, lo siento... Yo no voy a ir a esa ciudad, mi plan es pasar unos días en un rancho de Texas. —Elevó la mirada hacia su tía para hacerle saber que la explicación era especialmente para ella—. Tengo un par de negocios por aquellos rumbos. Mi plan es hacerlos lo más pronto posible y luego pasar unos días cabalgando, nadando... porque sí, el rancho tiene sus propios caballos y una gran piscina cubierta que se puede usar aun en invierno... y también, comiendo mucho, y quizá paseando por algunas de las ciudades más interesantes del estado. ¿Qué opinas, tía? ¿Les gustaría acompañarme? Podríamos quedarnos hasta el Año Nuevo, si les apetece. O regresar justo antes, si es que tienen planes aquí.
Teddy parecía ilusionado, pero, de pronto, se cruzó de brazos y puso gesto de enojo.
—Yo no voy a ir al menos que me prometas que podré ver a mi padrino aunque sea un día... ¡Quiero que lo invites al rancho con nosotros!
—¡Ted! —lo amonestó su abuela—. ¡Las cosas no se exigen así! ¿Qué modales son ésos?
Draco soltó un suspiro mientras observaba a Teddy y comprendía, mejor que nadie, las ganas que tenía el niño de volver a ver a su padrino. En el fondo, a Draco también lo ilusionaba la perspectiva de volver a ver a Harry aunque fuera sólo por unos momentos, sin importar que su última interacción hubiese sido un total desastre.
Disimuló la ansiedad que le causaba el simple hecho de pensar en Harry, y le dijo a Andrómeda:
—No te preocupes, tía, yo entiendo... Mira, Teddy —dijo, y se agachó hasta quedar en cuclillas delante del niño—, si tú invitas a tu padrino y él acepta pasar por el rancho unas horas, o días completos, según como pueda, para estar contigo y verte… por mí no hay ningún problema. Tú sabes que yo... Que yo... —titubeó y miró a su tía de reojo. Ésta lo estaba observando con una ceja arqueada—. Lo que quiero decir es que, a mí, tu padrino me… Me cae bien. No tengo ningún problema si él puede pasar de visita. De veras.
El rostro de Teddy se iluminó enseguida.
—¡No se diga más! ¿Un rancho en América con caballos, piscina, mi padrino y mi tío favorito? ¡Abue, esto será genial! ¡A empacar se ha dicho! —Y con eso, salió corriendo de la cocina rumbo a su recámara.
—¡Un momento! ¡Teddy! —quiso intervenir Andrómeda, pero fue tarde. Teddy no la escuchó (o fingió que no lo hizo) y no volvió. Andrómeda se quedó boquiabierta mirando la puerta por donde el niño había salido. Se giró hacia Draco, pero, para beneplácito de éste, no parecía enojada—. Bueno… Supongo que no cuento con ninguna excusa para no aceptar tu generosa invitación, sobrino. Después de todo, son vacaciones navideñas, Teddy y yo tenemos todo el tiempo del mundo, acá en Inglaterra el clima está espantoso, y... Bueno, como bien dijiste hace un momento, tú me debes dos cenas. —Ella sonrió y agregó—: Tengo siglos que no voy a América. Cuando mis hermanas y yo éramos muy jóvenes, una vez nos paseamos por Nueva York... Oh, pero ahora, me parece como si eso hubiera sucedido en otra vida —finalizó en tono triste y bajó la mirada.
Draco carraspeó.
—Sí, tía, y ahora que lo mencionas... Hablando de hermanas… Tengo que confesarte algo.
Afortunadamente, para alegría de Draco, Andrómeda no pareció horrorizarse cuando él le contó que al viaje también iría su madre. Sí pareció acobardarse un poco, pero se mantuvo fiel a su palabra y, además, le explicó, no iba a romper el corazón de Teddy por algo como eso. Así que acordaron que ella y el niño llegarían a la mansión vía chimenea justo un poco antes de las doce para abordar el carruaje.
Desde la casa de su tía, Draco se dirigió a su loft para hacer su propio baúl, tomar una ducha y arreglarse para el viaje. Se sentía entusiasmado como no lo había estado en días, y la perspectiva cada vez más real de ver a Harry durante el tiempo que estaría en Texas, lo hacía sentirse aterrorizado pero también estúpidamente emocionado.
Aunque, para empezar, ni siquiera podía estar seguro que Harry pasaría por Texas a ver a su ahijado. Quizá, a causa de lo que había sucedido entre Draco y él, buscaría alguna excusa para negarse. Y aun si Harry conseguía tiempo y ganas para visitar a Teddy, Draco no tenía idea si Harry simplemente lo ignoraría, o si le buscaría pelea o lo trataría con fría cortesía.
Pero para Draco, tonto enamorado sin remedio como estaba, el simple hecho de volver a ver a Harry a la cara, aunque no sucediera nada entre ellos, le ocasionaba una curiosa y terrorífica ilusión que no quería ponerse a analizar.
Era consciente de que, después de lo que se habían dicho durante la llamada por la red flu, se había borrado de un zarpazo cualquier oportunidad de tener algún tipo de relación en el futuro, pero Draco estaba cada vez más convencido de que había hecho bien al hacerle entender a Harry Potter que él no iba a ser sólo un acostón más en su larga lista de conquistas. Era mejor cortar por lo sano de una vez aunque doliera como los putos demonios. Quizá, lo que pasaba, era que en el fondo, Draco deseaba que sucediera algo entre él y Harry que finalmente terminara de convencerlo de que las cosas jamás iban a funcionar entre ellos; quizá, una pelea, una discusión bastante fuerte, o algo por el estilo. Algo que le pusiera un punto final a todo y lo impulsara a seguir adelante con su vida, solo.
Intentó dejar de pensar en eso y en Harry mientras terminaba de arreglarse, sintiéndose nostálgico porque todavía tenía una leve huella del chupetón que Harry le había hecho en el cuello.Pero bueno, se amonestó mientras se veía en el espejo y negaba con la cabeza, que dejes de pensar en ese cretino de una buena vez, se ordenó.
No obstante, eso era casi como imposible y él lo sabía. Y más con las palabras de su tía resonando en su cabeza: palabras que le había dicho después de que Draco le hubiese proporcionado la dirección del rancho en Texas para que ella, a su vez, se la transmitiera a Harry Potter por si éste quería ir a ver a Teddy Lupin:
—Estas sí que van a ser unas vacaciones interesantemente incómodas, ¿cierto? —había comentado Andrómeda en tono enigmático. Draco la había mirado sin comprender y su tía completó, mirándolo con picardía—: Imagina el escenario, sobrino… Dos hermanas intentando reconciliarse después de estar décadas separadas, y dos hombres famosos por ser inatrapables que se atraen mutuamente y que se lo pasan fingiendo que no se mueren por estar el uno con el otro.
Draco había simulado que no había escuchado lo último, pero la verdad es que no podía dejar de pensar en eso porque su tía había hablado en plural.
¿Acaso sería verdad que Harry también se moría por estar con Draco tanto cómo éste lo hacía por estar con él?
Draco, a punto de dejar su loft, descartó la idea, imaginándose que debía haberse tratado de una simple burla de Andrómeda. Y, de cualquier forma, que Harry estuviese "muriéndose por estar con él", no significaba en absoluto que algún día fuera a enamorarse, así que olvídalo ya, concluyó Draco apesadumbrada y definitivamente.
Llegó a la mansión justo a tiempo para cenar con su madre. Se encaminó a toda prisa al salón comedor y se asombró al descubrir que Narcisa se encontraba acompañada.
—¡Cariño! —lo saludó su madre sin ponerse de pie. No obstante, la persona que estaba a su lado sí se levantó de inmediato en cuanto miró a Draco—. ¡Mira a quien he invitado a cenar con nosotros! Y no sólo eso, el señor Enescu ha sido extremadamente amable en aceptar la invitación que le hiciste para ir con nosotros a Texas. ¡Ya hasta trajo su equipaje y todo!
Draco estuvo a punto de mirar a su madre con ojos azorados, pero se contuvo y luchó por fingir serenidad. Observó a Enescu, quien, a su vez, lo miraba a él con gran expectación. Por supuesto, Draco no tuvo ni el corazón ni los malos modales como para desmentir a Narcisa y aclarar que él nunca le había extendido ninguna invitación para absolutamente nada.
En vez de eso, respiró profundo y caminó hasta la mesa. Los saludó con una inclinación de cabeza y se sentó. Narcisa, muy pagada de ella misma, aplaudió una vez y el primer plato de la cena apareció ante ellos.
Era una suerte que Draco estuviese muriendo de hambre: de ese modo se mantuvo ocupado durante los primeros minutos mientras pensaba en cómo librarse de Enescu o, en su defecto, cómo sacar ventaja de la situación. Pudo atrapar a Enescu mirándolo con ojos soñadores al menos una o dos veces mientras analizaba la sucia jugada que acababa de hacerle su madre para orillarlo a aceptar la compañía de Enescu durante el viaje sin que le quedara modo de negarse, so pena de parecer extremadamente maleducado.
Miró a Narcisa con significado y ella le correspondió la mirada sonriéndole triunfante. Oh pero sí que su madre era toda una Slytherin: totalmente dispuesta a conseguir sus fines a costa de cualquier medio. Y ahí estaba ella, convencida de que Enescu era el mejor partido disponible para Draco y obligándolo a éste a pasar tiempo con el hombre, quisiera o no.
Bueno, pensó Draco mientras suspiraba y terminaba con su sopa, juguemos a tu modo, entonces.
Miró a Narcisa y le obsequió una encantadora sonrisa.
—Quiero aprovechar para informarte que he invitado a un par de personas más a acompañarnos al viaje, madre —le dijo con fingida alegría—. Tu hermana Andrómeda y su nieto, el pequeño Teddy Lupin, nos harán el honor de acompañarnos y llegarán aquí algunos minutos antes de la salida del carruaje… Estoy seguro de que es una noticia estupenda para ti y que te mueres del gusto, ¿verdad que sí?
Draco vio a su madre ponerse pálida y descomponer su semblante conforme le daba la noticia. Narcisa abrió mucho la boca, como deseando reclamar algo, pero Draco se le quedó viendo con gesto divertido, arqueando una ceja, retándola a perder los estribos y los modales enfrente del invitado que ella aspiraba a convertir en su yerno.
Narcisa se dio cuenta de lo mismo, pues entonces cerró la boca, miró a Enescu de reojo y no dijo nada. Enescu, en cambio, al escuchar la noticia, pareció alegrarse genuinamente, ignorante del legendario pleito existente entre las dos hermanas Black.
—¡Oh, la señora Andrómeda Tonks! ¡Qué gusto contar con su compañía! Ya tengo el honor de conocer a su sofisticada hermana, madam Malfoy —le dijo a Narcisa con una gran sonrisa, y la madre de Draco sólo lo miró enmudecida—. La familia Weasley me la presentó desde hace muchos días, pues siempre coincidíamos en las fiestas de despedida que le hicieron al señor Potter durante toda la semana pasada. ¡Era una fiesta tras otra! Nunca vi a nadie tan estimado por gente que ni siquiera es su propia familia… En fin, le decía, madam, su hermana y yo ya nos conocemos y creo que es tan encantadora como usted. Además, anoche estuvimos cenando en su casa, ¿cierto, Draco?
Draco, pillado pensando en lo que Enescu había dicho acerca de Harry y en lo mucho que la gente lo quería, levantó la mirada, sorprendido.
—Ah, sí. Anoche cenamos… Ahí.
Y de ese modo, Enescu comenzó a deshacerse en alabanzas hacia las dos hermanas Black, creyendo ingenuamente que se llevaban bien entre ellas. Narcisa le respondía con monosílabos, todavía impactada por la noticia de que iba a tener que reconciliarse con su hermana sí o sí, si es que no quería pasar una vergüenza enfrente de alguien ajeno a la familia con quien ella deseaba tan desesperadamente quedar bien y emparentar.
Draco, a pesar de aquel revés que significaba tener que llevar a Enescu con ellos, al menos pudo congratularse de haberlo usado en su beneficio. Ahora su madre no podía quejarse de que también Andrómeda fuera a ir, y mucho menos podría negarse a continuar con el viaje.
Lo único que le pesaba a Draco era que él tendría que pasar tiempo con alguien en quien no estaba interesado en absoluto mientras en su mente y corazón sólo parecía haber espacio para el maldito mago de ojos verdes y cabello negro azabache.
Y hablando de pasar el tiempo… Después de cenar, Draco se vio obligado a invitar a Enescu a pasar a tomar una copa al salón bar mientras Narcisa terminaba de arreglar los últimos detalles para dejar la mansión al cuidado de los elfos. Iban caminando uno junto al otro por el ancho corredor de las galerías, cuando, de pronto, una lechuza pequeña que Draco no conocía llegó volando hasta ellos desde la planta alta.
A Draco le extrañó sobremanera cuando el ave comenzó a dar vueltas a su alrededor. Miró hacia Enescu.
—¿Tú estás esperando carta?
Enescu negó con la cabeza, desconcertado. La lechuza pareció enfocar su atención en Draco: comenzó a volar justo enfrente de él, en espera de que le quitara la carta que traía en la pata.
—Vaya, esto sí que es raro —le explicó Draco a Enescu mientras retiraba a toda prisa la misiva del ave y ésta volaba de nuevo hacia los pisos superiores, seguramente en búsqueda de la misma ventana por donde había entrado—. Por lo regular, las lechuzas suelen llegar primero con los elfos y luego ellos son quienes nos transmiten la carta —fue diciendo distraídamente mientras leía el remitente.
Frunció el entrecejo. La carta era de Bill Weasley y, en efecto, estaba dirigida a él. Se preguntó qué podría ser lo que aquel mago deseaba decirle en una carta enviada a esas horas de la noche. Miró hacia Enescu, quien lo observaba con curiosidad.
—No… No creo que sea nada importante —dijo Draco. Seguramente, Bill lo estaba invitando a cenar a su casa o algo así. A Draco no se le ocurría ninguna otra cosa que ese mago pudiera necesitar comunicarle. Ya leería su carta después cuando tuviera más tiempo y tranquilidad, pensó mientras se guardaba la misiva dentro de un bolsillo de su túnica.
—¿Es… es una carta de Potter? —le preguntó Enescu con un tono y mirada extraños, casi suspicaces. Draco lo miró sin entender.
—¿De Potter? —repitió y puso cara de fingido disgusto—. Claro que no. Ése y yo no tenemos nada de qué hablar, mucho menos temas para estar mandándonos cartas. Es de Bill Weasley, aunque no tengo idea de qué quiere… Tampoco es como si él y yo tengamos mucho en co...
Draco no pudo terminar la frase porque, de pronto, Enescu había dado dos pasos hacia él, lo había tomado de los brazos y alzado su cara hasta la suya. Viéndose totalmente sorprendido, Draco no pudo oponer resistencia cuando Enescu lo empujó suavemente para hacerlo caminar hacia atrás, dirigiéndolo hasta el muro más cercano, donde lo apoyó de espaldas y aprovechó para terminar de acercar sus rostros.
Comenzó a besarlo con una mezcla de gentileza y posesividad que descolocó a Draco, quien sólo atinó a quedarse quieto y aceptar a medias aquel acercamiento. No abrió su boca, no correspondió el beso, pero, por alguna razón, no tuvo corazón para rechazar a Enescu ni para arrojarlo lejos. Se quedó esperando para ver si conseguía sentir algo, todo mientras Enescu sólo tocaba sus labios con los suyos, moviéndolos con delicadeza, sus manos recorriendo los brazos de Draco de arriba abajo por encima de la tela de la túnica.
Enescu, quizá al ver que los segundos pasaban y Draco no se negaba a continuar siendo besado, comenzó a encenderse y actuar con más intrepidez. Acercó su cuerpo un paso más al de Draco, sus manos dejaron de acariciar los brazos de éste y comenzaron a hurgar entre los pliegues de su túnica, buscando el modo de introducirse y llegar a tocar su piel. Intentó besar a Draco más apasionadamente: sacó un poco su lengua y toqueteó entre la hendidura apenas entreabierta de los labios del otro.
A Draco, todo aquello junto, le resultó insoportable. No sentía absolutamente ninguna emoción y, al contrario, parecía que con cada caricia y beso más atrevido de Enescu, su rechazo hacia éste crecía más y más. No era exactamente repugnancia, pero… simplemente, no era ningún tipo de deseo.
Alejó su cara, moviéndose hacia atrás y usando sus manos para empujar levemente el cuerpo del otro. Enescu no tuvo más remedio que soltarlo y dejarlo ir. Draco lo vio meter las manos en los bolsillos de su túnica y mirarlo con una mezcla de decepción y de otra emoción que Draco no alcanzaba a comprender. ¿Acaso era enojo?
Enescu no le dijo nada. Sólo se le quedó viendo a Draco con la respiración agitada. La de Draco, en cambio, ni siquiera se había alterado.
Suspiró y se obligó a verlo a los ojos mientras le decía:
—Mira, Emil… Lo siento mucho. No es que no me agrades… En verdad me caes bien. Es sólo que… Ahora, justo ahora, no estoy buscando nada con nadie. ¿Me comprendes?
Enescu empujó su labio inferior hacia afuera, haciendo un mohín adorable. A Draco le pesó de veras no poder sentir nada por aquel mago, porque, en serio, tal como lo decía su madre: mejor candidato para casarse no iba a poder encontrar en ningún otro lugar.
Pero había cosas que sencillamente no se podían forzar, y gustar de alguien era una de ellas.
—Intento comprenderte, Draco —dijo Enescu, todavía luchando por recuperar un ritmo normal de la respiración—, pero… Yo creí que… —Negó con la cabeza—. Perdona. Creo que interpreté mal tu comportamiento hacia mí, y el interés de tu madre, y… Realmente estaba imaginándome otra cosa. —Lo miró con reproche unos momentos antes de completar—: ¿Por qué me invitaste entonces a ir con ustedes de vacaciones si no estás interesado en nada más?
Draco agachó la mirada y maldijo entre dientes. ¿Y ahora? ¿Qué iba a decirle? ¿Tendría que desenmascarar las intenciones de su madre o…? No, por supuesto que no. Negó con la cabeza.
—Pensé que… Pensé que te encantaría la idea de conocer América antes de regresar a Rumanía —mintió, elevando el rostro y encarándolo con seguridad—. Pensé que… podíamos convivir un poco más y con el tiempo, pues… Ya me entiendes. Pero no quisiera apresurar las cosas entre nosotros cuando todavía nos conocemos tan poco.
Enescu pareció resplandecer y sus ojos brillaron con ilusión.
—¡Oh, ya veo! Me parece excelente, entonces. Darnos tiempo, claro que sí. —Con eso, sonrió ampliamente y Draco le correspondió el gesto con una sonrisa torcida y obligada que no le supo nada bien—. Mientras tanto, aceptaré ese trago que me habías invitado hace rato, ¿te parece bien?
Draco asintió y, sin decir nada, caminó delante de él hacia el salón bar, mirando su reloj de pulsera y deseando que el tiempo pasara más aprisa.
Afortunadamente, no había plazo que no se cumpliera, así que, al fin, un poco antes de la medianoche, arribaron a la mansión Andrómeda y Teddy, y Draco tuvo la excusa perfecta para dejar de prestarle total atención a Enescu. Se habían acercado a la chimenea del vestíbulo principal para esperarlos, y Enescu se ofreció a retirar dos baúles que la chimenea escupió justo antes de la llegada de la tía y el sobrino de Draco.
Narcisa llegó al vestíbulo casi al mismo tiempo en que Andrómeda salía por la chimenea. Las dos hermanas se miraron con aprensión, se observaron de arriba abajo, como evaluándose, ninguna de las dos dispuesta a romper el silencio o saludar primero. Gracias a Merlín, fue Teddy quien, como siempre, rompió el hielo.
—¡Buenas noches! —exclamó alegremente mientras sus ojos recorrían con avidez y emoción el enorme y elegante vestíbulo de la mansión—. ¡Recórcholis, tío Draco! ¿Aquí vives? ¡Qué casa tan grande tienes! ¿Ella es tu mamá? ¡Buenas noches, señora mamá de mi tío Draco!
Narcisa parecía azorada pero no de modo desagradable. Abrió mucho los ojos cuando Teddy, de pronto, cambió su color de cabello ante todos ellos: pasó de tenerlo azul eléctrico a adoptar exactamente el mismo tono rubio de Narcisa. Draco miró a Teddy con orgullo y sonrió ampliamente. Pequeño diablillo, eres todo un Black, pensó.
Carraspeó y dio un paso adelante.
—Mamá, te presento a Teddy Lupin. Ted, esta señora tan elegante y hermosa es mi madre, de la que tanto te he hablado, madam Narcisa Malfoy.
Teddy caminó hasta Narcisa y le dio una mano, sonriendo mucho. Narcisa se la aceptó y le correspondió el gesto.
—¡Qué caballerito tan atento! —exclamó la madre de Draco, elevando los ojos para buscar los de su hermana, quien, hasta el momento, no había dicho nada—. Tiene nuestros rasgos, ni duda cabe. Es tan guapo como éramos nosotras de jóvenes, ¿cierto, Drómeda?
Ante la pregunta directa, Andrómeda sonrió levemente, elevó el mentón con orgullo, y susurró:
—Pero se parece mucho más a mí. Que no se te olvide que yo siempre fui la más hermosa de las tres —afirmó y Narcisa soltó una carcajada sincera.
Draco arqueó las cejas, sintiéndose aliviado. Había estado temiendo que aquel primer encuentro entre las hermanas Black resultara mal, pero, por suerte, parecía no haber sido así. Quizá… Quizá, al final, todo iba a encauzarse y a resultar bien, tal como Draco había visto que sucedía en su "vistazo"…
Narcisa caminó hasta Andrómeda y le tendió una mano. Su hermana, sin quitarle los ojos de encima, se la aceptó y ambas se dedicaron una sonrisa pequeña y cómplice. Draco abrió la boca para preguntar si alguien deseaba algo de beber, cuando el ruido del carruaje aterrizando en el jardín frontal de la mansión los interrumpió.
Narcisa llamó a una media docena de elfos que les ayudaron a sacar sus baúles de la casa y, así, todos salieron hacia el jardín nevado donde el mago que conducía el carruaje los estaba esperando.
—Vaya… —comentó Teddy con los ojos muy abiertos, su aliento cálido formando vaho en la noche oscura y helada—. ¡Un carruaje que vuela solo! ¿Cómo le hace? ¿Es mágico como las escobas?
—En realidad, está tirado por thestrals —fue Enescu quien le explicó al niño—. Son caballos alados, por decirlo de algún modo.
—Pero… ¡Yo no veo nada! —aseguró Teddy, mirando con miedo hacia donde estaban los thestrals esperando con calma.
Draco sí que podía verlos. Había visto mucha gente morir durante la guerra, comenzando con Albus Dumbledore y terminando con su propio padre, quien había exhalado su último aliento entre sus brazos y los de su madre. Narcisa, incómoda porque ella también podía verlos, intentaba con todas sus fuerzas mirar hacia otro lado mientras el cochero las ayudaba a ella y a Andrómeda a subir al carruaje.
Curiosamente, a Draco no le ocasionaban repulsión. Le parecían misteriosos y hermosos a su manera. Se les quedó viendo fijamente a las cuencas vacías de sus ojos mientras Enescu le explicaba a Teddy que eran caballos invisibles para todos, menos para aquellas personas que habían visto morir a alguien durante sus vidas.
La explicación dejó a Teddy bastante pensativo y no preguntó más. Todos terminaron de abordar el carruaje, el cochero cerró las puertas y, azuzando a las bestias aladas, emprendieron el largo viaje de varias horas hasta los campos de la árida Texas.
Los pasajeros del carruaje se echaron largas siestas mientras duró el viaje; todos, menos Draco. Éste no podía dejar de sentir que se había olvidado de algo, y la sensación le molestaba como una piedra dentro del zapato. Además, la atención solícita y un tanto empalagosa que Enescu le dedicaba durante cada momento, ya estaba comenzando a cansarlo: era una suerte que Draco podía usar a Teddy como escudo contra eso, pues bastaba que el niño le sacara conversación para que Draco se entregara completamente a ello e ignorara a Enescu.
Por su parte, Andrómeda y Narcisa habían dedicado un par de horas a ponerse al día en sus respectivas vidas sin entrar, al menos durante ese rato, en temas peliagudos que pudieran causar que la una o la otra se pusiese triste o molesta. Draco las admiraba mucho a ambas brujas: eran tan similares, inteligentes y astutas… Éste no tenía dudas de que, tarde o temprano terminarían discutiendo sus diferencias, quizá hasta peleándose a punta de varitas pero, de alguna forma, Draco sabía que eso les haría bien y que terminarían estando más unidas que nunca antes.
Para cuando finalmente la carroza terminó de cruzar el océano, llegó a tierra y aterrizó en un campo aparentemente en medio de la nada, ya estaba amaneciendo en aquella parte del mundo.
Draco, el único despierto en ese momento, bajó de inmediato y observó a su alrededor. El rancho que Ethel le había alquilado era una moderna y enorme casa rodeada de un campo que, en aquella temporada invernal, estaba completamente seco, sólo con algunas plantas desérticas y matorrales meneándose ante el viento inclemente. A unos metros de la casa principal, estaban unas caballerizas y, según sabía Draco, la piscina quedaba en la parte trasera.
Ahí no estaba nevando, pero sí hacía bastante frío y soplaba un aire fuerte y helado. Draco se abotonó la capa que traía encima de la túnica y les ayudó a los demás a apearse del carruaje antes de conducirlos al interior de aquella residencia, la cual, a Merlín gracias, incluía un par de elfos jóvenes que los atendieron con fría cortesía.
Teddy, a pesar de haber estado profundamente dormido unos minutos antes, ya se encontraba completamente despabilado al momento en que dejó la carroza atrás. Entraron a la casa y Teddy comenzó a correr por todos lados, alegre por la novedad, animado porque…
—¡Mi padrino! ¡Voy a ver a mi padrino muy pronto!
A Draco se le hizo un nudo en el estómago al escuchar a Teddy decir eso. Narcisa, quien también lo escuchó, miró a Draco con los ojos muy abiertos, como cuestionándolo.
—¿Padrino, dices, Teddy? —preguntó Narcisa, todavía con los ojos clavados en Draco—. ¿A qué te refieres?
Fue Andrómeda quien se explicó:
—Oh sí, olvidé mencionarlo, perdonen. Ayer, cuando Draco tuvo la amabilidad de invitarnos a Teddy y a mí, nos dio permiso de invitar a Harry Potter a pasar a vernos, ya que, desde hace un par de días, él se encuentra aquí en Estados Unidos. Te tomamos la palabra, querido sobrino —agregó, ahora dirigiéndose a Draco—, y anoche, cuando Harry nos llamó a la hora acostumbrada, le hicimos saber que podía venir aquí si le era posible y conveniente. Le pasé la dirección del rancho, como me autorizaste a hacerlo. Espero que su presencia no les moleste —finalizó, dirigiéndose especialmente hacia su hermana.
Draco intentó no ver ni a su madre ni a Enescu a la cara, ya que ambos parecían querer perforarle el cerebro con el puro poder de sus miradas.
—Está muy bien, tía, no te preocupes —le dijo a Andrómeda y comenzó a caminar hacia atrás, hacia las escaleras que llevaban al piso superior—. Ahora, si me disculpan, debo darme una ducha y arreglarme porque tengo una cita de trabajo en un par de horas. La casa tiene habitaciones de sobra, elijan la que deseen y los elfos llevarán sus baúles ahí, y… Bueno. Pueden dormir un poco o bajar a comer algo. El desayuno está listo, basta con que se lo pidan a algún elfo. Yo… Yo los veré a todos a la hora del almuerzo, ¿les parece bien? Con permiso.
Dirigiéndoles apenas un leve vistazo a su madre y a Enescu, Draco se escabulló a toda prisa hacia la habitación principal que había elegido como suya durante aquella estadía.
Esperaba que, al bajar, ni Enescu ni su madre anduvieran ya por ahí. No tenía ganas de interrogatorios, no cuando había pasado toda la noche sin dormir, cuando ya tenía más de tres noches durmiendo terriblemente mal, y cuando se sentía tan nervioso porque no tenía idea en qué momento Harry Potter iba a aparecerse por ahí. Sentía que todo se le salía de control y no le gustaba. ¿No se suponía que aquel era solamente un viaje de negocios que iba a servirle de escenario y excusa para reconciliar a su madre y a su tía?
¿Por qué las cosas tenían que haberse complicado? ¿Por qué tenían que haberse unido a esas vacaciones tanto Harry como Enescu?
Draco estaba convencido de que, si existía un infierno, seguramente era algo como eso.
Se desvistió y, fiel a una nueva costumbre que había adquirido en "el vistazo", se revisó los bolsillos de las prendas que se estaba quitando. No encontró nada y eso provocó que recordara algo.
¡La carta de Bill Weasley!
Se revisó de nuevo, y de nuevo, y nada. La carta simplemente había desaparecido. Draco se extrañó y trató de pensar en dónde podría haberla perdido… Quizá… Quizá se le había caído dentro del carruaje durante el largo viaje.
Se encogió de hombros y no le dio más importancia. Estaba seguro de que no era nada urgente y, si acaso era así, estaba convencido de que Weasley intentaría comunicarse con él a través de cualquier otro medio mágico.
Olvidándose del asunto, fue a ducharse y, durante los minutos que demoró en hacer eso y en ponerse uno de sus mejores trajes muggles, tuvo tiempo de descansar un poco la mente y tratar de relajar su alma turbada. Le era difícil porque, inevitablemente, sus pensamientos terminaban orbitando hacia Harry Potter y la posibilidad de volver a verlo.
Trató de calmarse a él mismo pensando que aquel día era jueves. Era un día laborable, así que, si Potter ya estaba trabajando, lo más probable era que no podría ir a visitar a Teddy quizá hasta el sábado, y si es que lo hacía de todas formas.
Ese pensamiento sí consiguió tranquilizarlo un poco. Respiró profundo varias veces mientras se decía a él mismo que podría con lo que fuera que se le pusiera enfrente. Iba a llevar a cabo sus dos negocios con éxito, iba a poner todo de su parte para que las dos señoras de la familia pasaran un excelente fin de semana donde pudieran ambas arreglar sus problemas, mantendría a Enescu alejado de él a una prudente distancia, intentaría divertirse al lado de Teddy y, sobre todas las cosas, si es que Potter llegaba a presentarse ahí en el rancho, lo ignoraría prestamente con la mayor dignidad que le fuera posible y… asunto arreglado.
Con todas aquellas resoluciones tomadas, Draco se sintió mucho mejor. Se dio una última revisada ante el espejo, bajó al piso inferior y buscó la cocina. El sitio era descomunal y estaba lleno de todo tipo de aparatos muggles y mágicos de la más alta modernidad. Se tomó un café, comió un poco de fruta y observó la salida del sol al otro lado de los grandes ventanales que daban a un campo enorme y despejado casi sin árboles. A lo lejos, se veían montañas con sus picos nevados.
Draco tomó un abrigo muggle, se lo puso encima de su chaqueta y caminó hasta el salón principal de la casa donde usó la chimenea para llegar a la dirección que Ethel le había proporcionado.
Regresó varias horas después, justo antes del mediodía. Había viajado hasta un poblado llamado Sweetwater que era donde estaban los cuarteles del equipo de quidditch en el que estaba interesado. El pueblo, mayormente mágico, era pequeño, pintoresco y muy viejo; parecía sacado de una típica película del Viejo Oeste. Ahí, Draco se había entrevistado con los directivos, vio jugar al equipo durante una hora y, finalmente, satisfecho con el precio y con la calidad de los jugadores, salió del pueblo convertido en el nuevo dueño de los Estelares de Sweetwater, el mejor equipo de quidditch de Estados Unidos, o al menos hasta donde él sabía.
Terminado ese negocio, volvió al rancho con la esperanza de almorzar con su madre y los demás invitados y, después, acudir a su cita con los indígenas que estaban en querella con la compañía petrolera.
Se sentía cansado y adormilado: tantas noches de desvelo le estaban pasando muy cara la factura, y más ahí donde la temperatura exterior era muchísimo más cálida que en Inglaterra. A esas horas del mediodía, el clima afuera estaba tan caliente como solía estarlo en Londres durante la primavera.
Llegó por la chimenea al rancho y se inquietó un poco cuando no vio a nadie alrededor. Se quedó quieto, aguzando el oído. Uno de los elfos se apareció y, sin hacerle ninguna reverencia, le preguntó si podía hacer algo por él.
Draco lo miró con el ceño fruncido: definitivamente, los elfos de América estaban muy mal educados.
—¿En dónde están las personas que llegaron conmigo esta mañana?
—Las damas se encuentran tomando un refrigerio en la terraza de la piscina, señor Malfoy. El señor Enescu, el joven Lupin y el recién llegado se encuentran los tres haciendo uso de las instalaciones de la misma, señor.
Draco abrió mucho los ojos, pero el elfo desapareció y no pudo preguntarle más. ¿Recién llegado, había dicho? Draco se llevó una mano a la cara y se la frotó con cansancio. No podía tratarse de Harry Potter, ¿o sí? ¿De veras había podido llegar ya mismo, en pleno jueves laboral?
Draco suspiró hondamente y, embutiendo las manos en los bolsillos del bonito pantalón del traje muggle que traía puesto, caminó con paso lento y funesto hacia la parte trasera de la casa.
Salió hacia una gigantesca terraza techada, donde encontró a su madre y a su tía sentadas ante una mesa de jardín, una frente a la otra y charlando queda y seriamente. Unos metros más adelante, estaba una piscina enorme. Allá, a lo lejos, Draco pudo distinguir tres figuras nadando y comenzó a sudar de los nervios. Se distrajo acercándose hasta su madre y tía.
Ambas mujeres se silenciaron cuando Draco llegó hasta ellas y las saludó.
Se notaban tensas pero tranquilas y Draco esperó que esa fuera una buena señal: una indicación de que estaban hablando acerca de todos esos años en los que habían estado separadas y de que, tal vez, al regresar a Inglaterra, lo harían más unidas que nunca. Un elfo se apareció junto a la mesa para preguntarle a Draco si deseaba algo de tomar. Éste, distraídamente -porque no podía dejar de echar vistazos hacia la gente nadando en la piscina-, le pidió jugo de naranja con hielo.
—Qué maldito calor hace en este sitio —les comentó a las señoras—. ¿Realmente los texanos se atreven a llamarle invierno a esto? ¡Estamos como a veinte grados centígrados allá afuera!
—Hijo, cuida tu lenguaje… —comenzó a amonestarlo Narcisa, pero se vieron interrumpidos porque de la piscina salió un hombre que comenzó a caminar hacia ellos.
Era Enescu. Draco lo miró: iba vestido sólo con un bañador, por supuesto, y Draco arqueó una ceja porque no pudo evitar notar que el hombre tenía un cuerpo espectacular. Enescu, con una gran sonrisa, llegó hasta ellos, tomó una bata de tela ligera que había dejado sobre una silla y se la puso después de secarse la piel y el bañador con un movimiento de su varita.
—Hola, Draco —lo saludó con una gran sonrisa—. ¿Todo te ha salido bien en tu negocio?
Draco asintió e intentó mirarlo a la cara, pero no podía. Estaba tremendamente distraído porque, a lo lejos, alcanzaba a ver las otras dos personas nadando y jugando en la enorme piscina de tamaño olímpico.
Estaba seguro de quienes eran y eso lo estaba matando de los nervios.
—Mmm, sí… Todo muy bien, Emil… Gracias.
Enescu se sentó junto a ellos y entabló charla con Andrómeda y Narcisa. Intentaba incluir a Draco en la conversación, pero éste no le hacía nada de caso. La verdad era que Draco no podía quitarle los ojos de encima a las figuras de Teddy y de Harry jugando en el agua azul celeste de la piscina.
Casi se ahoga con un hielo de su jugo cuando notó que los dos salían del agua y caminaban hacia ellos.
Teddy llegó primero.
—Cariño, no corras con los pies desnudos y mojados —lo regañó su abuela mientras tomaba su varita y le aplicaba un encantamiento para secarlo.
—¡Pero, abue! ¿Para qué me secas? Si ahora mismo voy a regresar al agua otra vez… —se quejó el niño, comenzando a comer de un plato con patatas fritas que estaba sobre la mesa.
—¡No comas mucho de eso! El almuerzo no va a demorar en estar listo.
Draco quiso decir algo para saludar al niño, pero no podía. Estaba como hipnotizado viendo a Harry venir hacia ellos.
El moreno, escurriendo agua por todos lados, iba acercándose con paso lento, desgarbado y muy felino. Venía, al igual que Enescu y Teddy, vestido con un bañador todavía mucho más sencillo y discreto. Era un simple pantalón corto de color verde que, Draco intuía, tenía que quedarle muy holgado cuando la tela estaba seca pero… No en ese momento. En ese momento, el bañador estaba empapado y, por lo tanto, se le pegaba a las caderas, al trasero y a la parte delantera de su entrepierna como una segunda piel, casi no dejando nada a la imaginación, haciendo que la sangre de Draco comenzara a bullir dentro de sus venas tan solo de verlo.
Además, el pantalón le quedaba un tanto flojo y dejaba ver una apetitosa línea de músculo en las caderas de Harry que Draco, sin duda alguna, mataría por lamer y morder.
Le dio un trago enorme a su jugo y se atragantó. Comenzó a toser justo al mismo tiempo que Harry llegaba hasta ellos, lo que le sirvió de excusa para desviar la mirada. Enescu, preocupado, comenzó a darle golpecitos en la espalda.
—¿Estás bien, Draco? —le preguntó con un susurro muy cerca del oído.
Draco asintió.Por el rabillo del ojo,notó que Harry apretaba los labios y la mandíbula mientras fulminaba a Enescu con la mirada.
Draco se obligó a ver a Harry a la cara al tiempo que se zafaba del agarre de Enescu.
—Buenas tardes, Malfoy —lo saludó Harry en voz alta e inexpresiva. Se veía endiabladamente serio, casi enojado.
—Potter —respondió Draco con la voz estrangulada, obligándose a verlo a los ojos y no a cualquier otra parte de su anatomía, lo cual era sumamente difícil porque, diablos, ahí estaba parado justo enfrente y tan cerca, todo mojado y tentador. ¿Por qué demonios no se secaba o se ponía algo encima?
Todos en la mesa, incluido Teddy, se habían quedado muy callados y atentos, observando la conversación entre los dos magos con diferentes grados de indiscreción.
—¿Serías tan amable de concederme un momento a solas para hablar? —le pidió Harry entonces, enrojeciendo levemente de las mejillas, algo que Draco encontró estúpidamente adorable—. Hay… hay un par de cosas que necesito decirte.
No obstante, a pesar de sentirse obviamente turbado, Harry no dejó de ver a Draco a los ojos ni un sólo segundo y éste, para no dejarse ganar, les sostuvo la mirada. Siempre muy valiente, ¿o no, jodido Gryffindor?, pensó Draco comenzando a enojarse.
—Por supuesto, no veo por qué no —le respondió fríamente al tiempo que se ponía de pie—. Pero no pienso dejar que entres a la casa así de asqueroso como vas, ¿qué acaso no sabes secarte? —le espetó.
Tomó su varita, apuntó hacia Harry y le aplicó el encantamiento de aire caliente para secarlo de la cabeza a los pies. Y no sólo lo secó: la ráfaga de aire dejó a Harry con el cabello terriblemente alborotado. Teddy y Andrómeda se rieron con ganas de su aspecto, y Harry, con una enorme sonrisa, se pasó la mano por sus mechones negros para aplacárselos. El muy estúpido parecía haberlo encontrado gracioso y eso sólo hizo que Draco se enojara más. Enescu, sentado junto a él, miraba a Harry como si no le cayera nada bien y Narcisa sólo observaba todo lo que pasaba con el ceño ligeramente fruncido.
Deseoso de acabar con eso lo más pronto posible, Draco miró a los demás y les dijo:
—Por favor, les ruego que nos disculpen. El señor Potter y yo vamos al interior de la casa a charlar un momento. ¿Les parece bien si nos vemos en una media hora en el comedor para almorzar?
No esperó a que nadie le respondiera. Sintiéndose terriblemente nervioso y excitado, y tratando de disfrazar esos sentimientos con un enojo que no era muy sincero en realidad, Draco comenzó a caminar hacia interior de la casa con Harry siguiéndolo justo detrás.
