Como de costumbre, no puede faltar el descargo de responsabilidad :P Estos personajes no son míos, pertenecen a Stephanie Meyer, y la historia a la genial Hoodfabolous, yo solo traduzco.
Y gracias como siempre a mi leal compañera, Beta y amiga, Erica Castelo por seguir apoyándome y ayudándome a mejorar mi ortografía ;)
Put on my blue suede shoes
And I boarded the plane
Touched down in the land of the Delta Blues
In the middle of the pouring rain
W.C. Handy won't you look down over me
Yeah I got a first class ticket
But I'm as blue as a boy can be
[Coro]
Then I'm walking in Memphis
Walking with my feet ten feet off of Beale
Walking in Memphis
But do I really feel the way I feel
Marc Cohn-
Walking in Memphis
CAPÍTULO TRES: McMILLAN'S Y BEALE
Viernes, 5 de octubre
Han pasado tres semanas desde ese fatídico día en la tienda de comestibles. Ya estábamos a principios de octubre. Seguía haciendo muchísimo calor, aunque había un ligero frío en el aire cuando una nube ocasional bloqueaba el sol de Tennessee. Traté de evitar responder el interrogatorio de Angela sobre por qué corrí de la escena, pero Angie era muy perceptiva… y persuasiva… así que finalmente cedí y le conté un poco de mi vida pasada en Mississippi. Escuchó mi historia con atención, palmeó mi mano y me abrazó con fuerza, asegurándome que en cualquier momento que quisiera hablar estaría ahí para escuchar. Las advertencias de Angela sobre las actividades criminales de Edward Cullen y su exteriorizada preocupación por mi bienestar se habían repetido en mi mente día tras día. Me había acostumbrado a caminar como si yo fuera un criminal; con las manos metidas en mis bolsillos y mirando al suelo frente a mí. Cuando caminaba al trabajo dejaba mi cabello suelto para ocultar mi rostro y me sobresaltaba con cada pequeño ruido. Un coche tocaba el claxon; me sobresaltaba. Un bebé lloraba; me sobresaltaba. Ya se imaginarán.
No hace falta decir, que estaba muy paranoica. Memphis, Tennessee, no era un lugar pequeño. Había mucho más de seis millones de personas residiendo en Memphis. Es ruidoso, llamativo, sucio, peligroso, emocionante y rico en historia y música blues. Es el tipo de lugar en el que una persona puede desaparecer, que es exactamente por lo que dejé mi ciudad natal Mississippi para vivir aquí.
Cuando me mudé a Memphis, apenas si tenía dinero para pagar dos meses de renta. En retrospectiva, supongo que fue muy estúpido de mi parte gastar mis ahorros en un departamento y mudarme a una ciudad extraña donde no conocía a nadie y no tenía algún tipo de ingreso, pero eso fue lo que hice. Día tras día busqué un trabajo decente, pero era difícil con esta economía siquiera encontrar un trabajo. Tragándome mi orgullo, dejé de buscar por lo que solía creer era un trabajo decente y empecé a buscar cualquier trabajo. Memphis estaba lleno de bares… de modo que, por una corazonada, tomé el curso requerido de cuarenta horas (1) y me convertí en una barman autorizada.
Después de un par de semanas de buscar y suplicar a la gente que aceptara mi solicitud, me llamaron para una entrevista y subsecuentemente me contrataron en McMillan's, un pub irlandés en la calle Beale. ¡No podía creer mi suerte! La calle Beale es en sí una gran atracción turística por su rica historia, clubes, restaurantes y bares. Súper emocionada con grandiosas visiones de toneladas de propinas de los clientes, acepté el trabajo como barman en el club. Había tenido suerte cuando me mudé al centro de Memphis, porque ahora podía simplemente caminar al trabajo sin tener que llevar mi camioneta. Mi camioneta era una vieja y descolorida catástrofe que tragaba gasolina sin parar. Ahora estaba estacionada frente a mi departamento recolectando polvo.
Ahora, si mi abuela siguiera con vida probablemente se desmayaría si supiera que estaba trabajando en un bar. Me diría que las niñas buenas no trabajan en bares. Mamaw Swan aseguraba que era una buena mujer cristiana, aunque sucedía que su palabra favorita era 'mierda'. Cuando algo salía mal murmuraba 'mierda'. Cuando se reía de algo absurdo… 'mierda'. Ustedes me entienden. Además de eso, se mantuvo fiel a sus buenos valores cristianos sureños. Era una mujer amable y decente que nunca fumó, y nunca bebió. Le encantaba ayudar a aquellos a su alrededor al cocinar comida para los pobres que vivían en la ciudad o regalaba la ropa de segunda mano de papaw Swan cuando se desgastaba. Ella fue una de las partes estables de mi infancia. La amaba más que a mi propia madre… y cuando murió, una parte de mí murió también.
Al arrastrar los pies por la acerca a lo largo de la calle Front en mi camino a Beale, traté de mantener mi mente ocupada con pensamientos de mi abuela para alejar mi mente de él. Mamaw estaría secretamente encantada de enterarse que el bar del que estaba tan emocionada en trabajar hace unos meses ahora estaba quebrado y amenazaba con cerrar. Expresaría su falsa simpatía y luego demandaría sin demora que regresara a casa. Entonces me prepararía una buena comida casera y prácticamente me alimentaría a la fuerza… que era una de las razones por la que estaba tan regordeta de niña. Mis pensamientos de mamaw Swan empezaron a desvanecerse entre más me acercaba a Beale.
La calle Beale, una vez el hogar de empresas pertenecientes a mercaderes comerciales en los años 1800, ahora albergaba bares, restaurantes, clubes de blues y tiendas. El tráfico peatonal se volvió increíblemente denso al dar la vuelta a la esquina y de pronto todos mis sentidos fueron asaltados totalmente con mi parte favorita de Memphis. El aroma de la barbacoa adobada mundialmente famosa de Memphis salió de varios restaurantes mientras caminaba por la acera, haciendo que gruñera mi estómago y recordándome que no había cenado en mi prisa por llegar a tiempo al trabajo. Las descoloridas construcciones de ladrillo rojo estaban iluminadas con letreros de neón gritando los nombres de sus negociones. La calle ya estaba llena de borrachos, aunque todavía no era ni las siete. Un hombre se tambaleó hacia mí y luego rio a carcajadas antes de expresar una chapucera disculpa. Música triste salía del club de blues BB King's y un hombre alto vestido como Jesús estaba parado junto a un cubo en medio de la calle sosteniendo un letrero que decía 'Es el fin del mundo; ¿estás preparado?'. Gritaba versos de la biblia y le arrojaba panfletos a todo el que pasaba. Un hombre borracho le arrojó una cerveza, tirándolo al suelo. Yacía tumbado de espaldas mirando al cielo que oscurecía, con sus panfletos esparcidos a su alrededor como estrellas caídas.
Olvidando temporalmente que trataba de ocultarme, corrí hacia el hombre y lo ayudé a levantarse. Se puso de pie, sacudiendo la parte trasera de su larga bata blanca y miró furioso al borracho que ya se alejaba carcajeándose. Se volvió de nuevo hacia mí y su rostro se volvió tierno y amable. El hombre tenía cabello castaño hasta el hombro, estaba delgado y cubierto de canas por la edad. Y una barba bien cuidada adornaba su rostro arrugado y envejecido. Sus ojos grises como el acero vieron a mis castaños amplios al mismo tiempo que agarraba mis manos abruptamente y decía, "¿Eres cristiana, niña? Si lo eres entonces por favor, deja este lugar olvidado de Dios." Su aliento, por extraño que pareciera, olía a vodka barato.
"Uh, sí señor," murmuré, retrocediendo y me volví a fundir en la atestada acera. Todavía podía sentir los ojos del hombre siguiéndome cuando finalmente llegué a McMillan's. El frente del pub era de un desteñido verde oscuro y pintura multicolor garabateaba las ventanas anunciando los precios de cerveza barata y los especiales nocturnos. Un tono familiar resonaba en el interior, provocando que se escapara un gemido de mis labios. La música solo se escuchó más fuerte cuando abrí la puerta y en seguida supe qué noche era.
Era la noche de la lista de canciones de Tia.
Cuando la banda de la casa se dio cuenta que nuestro nuevo gerente, Patrick, ya no tenía los fondos para pagarles, rápidamente abandonaron el pub, dejándonos sin ningún entretenimiento musical. Patrick creyó que resolvería el problema tocando la música de su colección personal. Era una lástima que la música de su elección apestaba. Su lista de canciones consistía en extrañas bandas políticas de las que nadie parece haber escuchado, excepto Patrick. Después de una semana del personal y los clientes queriendo cortarse las venas, a Tia se le ocurrió la brillante idea de turnarnos escuchando las listas de canciones del personal. Todo el personal salvo Patrick. Todavía puedo ver cómo se le cayó el rostro cuando Tia le informó con una mano en su cadera y su dedo apuntando a su rostro que todos nos iríamos si no dejaba de tocar su música. Casi sentí lástima por él… casi.
Al entrar al bar, me relajé físicamente, sintiéndome más en casa en este bar de lo que lo he hecho en cualquier otro lugar en el mundo. Pasé junto a unas brillantes mesas redondas llenas con unos cuantos ocupantes. Las paredes interiores eran del mismo ladrillo descolorido que las de afuera. Recuerdos irlandeses decoraban las paredes entre murciélagos y vampiros de plástico que Carmen colocó alegremente por el bar en preparación para el Halloween. Se veía como si el pasillo de Halloween de Wal-Mart hubiese explotado en el bar. Me dirigí a la parte de atrás del bar, pasando junto a la oficina vacía de Patrick. Fichando mi tarjeta recogí mi cabello en una cola de caballo usando una banda elástica que tenía en mi muñeca derecha. Saludé con un pequeño gesto de mi mano al cocinero, Fred, y me dirigí a la barra para unirme a mis compañeras de trabajo y amigas, Tia y Carmen. El turno de bármanes de día ya había terminado su turno y alguien afortunadamente había rellenado la estación de servicio.
Tia estaba cantando y meneando sus caderas, limpiando la barra con un trapo húmedo. Uno de los locales, Waylon, estaba sentado en uno de los bancos redondos mirando rebotar las tetas de T mientras ella limpiaba, al parecer sin darse cuenta de su atención. Los ojos de él parpadeaban frecuentemente y su cabeza asentía de vez en cuando. Obviamente estaba ebrio y no necesitaba beber nada más.
"¡COREA GANGSTA STYLE!" Cantó Tia, su cabeza moviéndose hacia adelante y hacia atrás.
"Sabes que no está diciendo eso… ¿verdad? Está diciendo 'Gangham Style'," le informé, sonriéndole a un cliente mientras se sentaba y me daba su orden de bebida.
"Me importa un carajo lo que el hombre esté diciendo. En mi mente, ese hijo de puta está diciendo 'Corea Gangsta Style'," respondió, finalmente notando lo ebrio que estaba Waylon. Su cabeza empezaba a subir y bajar y ahora sus ojos estaban completamente cerrados. T le tronó los dedos en su rostro y finalmente empujó su hombro para llamar su atención.
"Waylon, no vas a llegar a casa pero no te puedes quedar aquí," le dijo, señalando la puerta. "El bastardo llega aquí borracho. Apenas si tiene lo suficiente para un trago," refunfuñó cuando Waylon intentó levantarse. Llevaba puesta su vieja chaqueta de su tiempo en la guerra y me pregunté qué cosas horribles ha de haber visto en sus días para querer estar borracho todo el tiempo.
"Volveré en seguida," le digo a Tia y a mi nuevo cliente.
Dándole vuelta a la barra, ayudé a Waylon a enderezarse y lo llevé a la puerta. Él se apoyó pesadamente en mí y me dio una sonrisa de disculpa. Su cabeza oscuro rizado se había adelgazado increíblemente en el tiempo desde que lo conocí. Olía a colonia barata, cigarrillos y alcohol. Cuando llegamos a la puerta me ofrecí a llamarle un taxi pero él se rehusó, diciendo que tendría que caminar más de un kilómetro tan solo para llegar al taxi. Eso era cierto. La calle Beale se cerraba al tráfico con barricadas por la policía durante la noche. Los coches no estaban permitidos en la extensión de casi tres kilómetros. Se tambaleó al pasar por la puerta hacia la acera entre la multitud de peatones. Me quedé en la ventana viéndolo preocupada por un minuto hasta que ya no pude verlo, entonces regresé a la barra.
"Eres tan blanca y considerada," Tia sonrió con suficiencia cuando regresé, sus ojos color moca resplandeciendo con picardía. Poniendo los ojos en blanco, le di un manotazo en su brazo por ese comentario, haciéndola reír y pasarse con otro cliente.
"¿Quién es blanca y considerada?" Una voz conocida preguntó junto a mí. Me volví y saludé a Carmen, que obviamente había llegado un poco tarde al trabajo. Su ropa estaba algo arrugada y tenía marcas en su rostro como si acabara de despertar de una siesta.
"¡Mira quién decidió venir a trabajar! ¡Es la Yanqui (2)!" Bromeé, ganándome un manotazo en el brazo. Llamaba a Carmen Yanqui porque era originalmente de Cleveland, Ohio, y para mí, cualquiera al norte de la línea Mason-Dixon (3) era una Yanqui.
"¿Dónde has estado, Drácula? ¿Durmiendo en tu ataúd? ¿Olvidaste beber algo de sangre hoy? Te ves aún más pálida de lo acostumbrado," bromeó T, provocando que Carmen bufara molesta.
"Ustedes, perras, hoy están despiadadas. Me quedé dormida, obviamente," murmuró, sonriéndole a nuestros divertidos clientes.
"¿Te quedaste toda la noche tomando pastillas, viciosa?" Preguntó Tia, lanzándome una sonrisa. Carmen siempre se estaba quejando de dolor de muelas y Tia la acusaba de quejarse solo para recibir medicina para el dolor.
"¡Tengo caries, perra!" Carmen siseó, frotándose la mandíbula inconscientemente.
"Zorra, has tenido ese dolor de muelas por años. No te creo una mierda," Tia le respondió rodando los ojos. No pude evitar reírme. Eso, hasta que vi a Patrick cruzando el bar, con sus ojos fijos en mí.
"Alerta de idiota, alerta de idiota," susurró Tia bajo su aliento, pretendiendo estar ocupada con una botella de tequila. Carmen gimió y empezó a charlar sin parar con un cliente como si fuera la maldita barman más amistosa del mundo. Me preparé al ver a Patrick llegar a la barra.
Patrick McMillan tenía veintitrés años. Era de altura promedio, no gordo, pero no muy delgado. Su rostro era simple con nada distintivo, pero lo que más sobresalía era su cabello. Patrick McMillan tenía un afro de chico blanco. A menudo tiraba de él en frustración, molestia o confusión, lo que era casi el 99% del tiempo. Eso causaba que su cabello rizado se revolviera en toda su cabeza. Cuando me hablaba nunca podía mirarlo a los ojos por mucho tiempo porque mi mirada constantemente se desviaba al norte, hacia el afro.
Patrick no solo era el gerente general, también era el único hijo del señor y la señora McMillan, los dueños del bar. El señor McMillan cayó enfermo gravemente de cáncer de páncreas hace unos meses y habían agotado sus fondos por completo tratando de salvarlo con quimioterapia y radiación. Patrick, que no tenía experiencia con nada además de un Xbox, venía al bar en su lugar. Desde entonces el bar había empezado a decaer lentamente y el servicio comenzaba a ser cada vez más escaso. Solo unos cuantos del barrio comprometidos seguían apoyando el bar con su presencia. La mitad de las veces ni siquiera teníamos los ingredientes correctos para preparar las bebidas del menú, haciendo que básicamente sirviéramos solo tragos. Constantemente le decimos a Patrick, pero ya sea que no le importe o no tiene los medios para remplazar las cosas que faltan.
"Uh, Bella," dijo en voz baja, su rostro una máscara de seriedad y ansiedad. Mis ojos se desviaron hacia el norte cuando empezó a tirar de su cabello. "Uh, ¿crees que puedas venir a ver el congelador?"
Por alguna razón desconocida, Patrick acudía a mí cuando surgía cualquier problema en el bar. "¿Qué le pasa al congelador, Patrick?" Le pregunté pacientemente, hablando con la misma voz con la que le hablaría a un niño. No le hablaba de esa forma por ser irrespetuosa. Es solo que me tomó un tiempo darme cuenta que por lo general es la única forma en que entienda cualquier cosa que le digas.
"Ummm… está haciendo un sonido extraño… Fred dijo que no tenía tiempo para lidiar con eso," dijo, tirando de su cabello sin parar.
"¿Y por qué crees que yo puedo arreglar el congelador, Patrick?" Le pregunté cuidadosamente.
"Uhhh… bueno, arreglaste el inodoro esa vez…" Respondió, pasando su peso de un pie al otro.
"Eso fue fácil de arreglar… el agua seguía cayendo y yo solo le moví un poco a la manija," le respondí, inclinando mi cabeza hacia un lado y entrecerrando mis ojos. Suspirando pesadamente, lo empujé suavemente para pasar y me dirigí a la cocina donde Fred le estaba dando vuelta a una hamburguesa. Me vio entrar y rodó sus ojos, sonreí con suficiencia mientras miraba el congelador. Estaba zumbando como siempre. Sin ningún ruido extraño en lo absoluto. Dándome la vuelta grité cuando me golpeé con Patrick.
"¡Lo siento!" Gritó, retrocediendo con sus manos en el aire. Patrick no sabía nada del espacio personal.
"Patrick, ¿todavía está haciendo ese ruido 'extraño'?" Pregunté, señalando el congelador.
"Sí, ¿no lo escuchas? Es como un zumbido o algo así," respondió, mirando el congelador como si fuera su enemigo mortal.
"Patrick… se supone que zumbe," le aseguré, palmeándolo incómodamente en el brazo.
"Oh," murmuró, volviendo a tirar de su cabello.
"¡No juegues con tu cabello en mi cocina!" Ladró Fred, provocando que tanto Patrick como yo saltáramos sorprendidos.
Masajeando mis sienes en frustración, murmuré, "Patrick, tengo que volver a trabajar. ¿Hay algo más que necesites?"
"Oh, uh, sí, tenemos a un visitante que va a venir esta noche… algo así como un invitado especial… como a las nueve y uh, los necesito concentrados. ¿Podrías por favor, decirl Carmen que le bajen un poco a las maldiciones?" Preguntó nervioso, acercándose incómodo arrastrando los pies. A Patrick le aterraba Tia y estaba un poco asustado de Carmen y sus costumbres yanquis, por lo que realmente no me sorprendió que fuera conmigo con quien eligiera hablar. Me pregunté quién era el invitado, pero no le pregunté porque no tenía la paciencia para esperar una respuesta.
Después de asegurarle que hablaría con mis mejores amigas, regresé a la barra. Mi cliente todavía estaba ahí y me pidió otra bebida que felizmente le serví. La canción pop coreana había terminado y la banda favorita de T, Slipknot, gritaba furiosamente desde los altavoces. El cielo afuera había caído en oscuridad y a través de las ventanas, podía ver que la calle se puso aún más abarrotada. Unos cuantos clientes entraron cuando estaba revisando el congelador. Victoria, una bonita pelirroja alta y Laurent, un francés de piel oscura corrían de un lado al otro atendiendo las mesas y trayéndonos órdenes de bebidas que servimos con habilidad. Tia y Carmen todavía estaban hablando sobre esa estúpida canción coreana.
"Creo que voy a mudarme a Corea," anunció Tia, apoyándose sobre la barra con un codo.
"¿Norte o Sur?" Carmen preguntó, con seriedad. Me reí bajito entre dientes, porque sabía lo que venía.
"¡Carmen, idiota! ¡No puedo mudarme al jodido Corea del Norte! Lo juro, no sé por qué el sur tiene tan mala reputación. Y la gente nos llama ignorantes… ¡al menos yo sé que no puedo simplemente entrar como si nada a Corea del Norte sonriendo y carcajeándome como la idiota del pueblo!" Tia dijo furiosa con indignación, arrojando un trapo de cocina al fregadero. "¿No fuiste a una escuela privada? ¡Cristo, te habría ido mejor con el sistema de educación pública!"
Intenté desviar un poco la conversación y darme un respiro a una Carmen enfurruñada al preguntarle a Tia por qué quería mudarse a Corea. Su respuesta fue que Corea solo podría ser increíble por esa estúpida canción. Puse mis ojos en blanco y me reí entre dientes por un segundo antes de recordar lo que Patrick me pidió que hiciera.
"Oh, se supone que vamos a tener un invitado especial esta noche… y Patrick quiere que nos portemos bien. Así que no más maldiciones y esas cosas, chicas. Y ni siquiera me pregunten quién es, porque no tengo idea. El invitado estará aquí a las nueve," les dije, echándole un vistazo a mi reloj que marcaba las ocho y media.
"¡Patrick puede chuparme la polla!" Tia murmuró, afortunadamente demasiado bajo para que alguien más que yo lo escuchara. Sirvió furiosa unas cuantas órdenes de bebida para Victoria mientras Carmen y yo servíamos unas para Laurent.
"Apuesto a que Patrick tiene una enorme polla… los frikis siempre las tienen," susurró Carmen, con una ligera sonrisa en su rostro mientras se quedaba mirando pensativamente a la nada, como si estuviera recordando algo con cariño. Soltando un resoplido, me volví para ver a Laurent caminar tranquilamente hacia la barra para agarrar una orden de bebida.
"Hola damas," canturreó, dándole a T besos en el aire en sus dos mejillas. A T le encantaba eso, amaba a los hombres gay.
"¡Hola, chiiiica! ¿Qué pasa?" Canturreó con una sonrisa en su rostro normalmente cínico.
"Solo me preguntaba quién era nuestro invitado especial… con suerte es un sexy modelo masculino de ropa interior," Laurent ronroneó, haciendo que T asientiera de acuerdo al mismo tiempo que le servía una cerveza.
Laurent tomó la cerveza con una elegante reverencia, y como si fuera en una pasarela regresó con sus clientes, provocando que todas estalláramos en risitas. Trabajamos en silencio entre nosotras por los siguientes minutos. Por alguna razón, entre más se acercaba las nueve en punto, más nerviosa yo me ponía. Cada vez que la puerta se abría levantaba la vista, preguntándome si cada cliente era el invitado especial. Finalmente, me di por vencida y me concentré en hacer felices a los clientes, conversando con ellos y sirviéndoles comida y bebidas. Unos minutos después Patrick se materializó a mi lado.
"¡Mierda, mierda, MIERDA! ¡BELLA! ¡La jodí! ¡Necesito tu ayuda!" Siseó, sus ojos enloquecidos y viéndose más afligido de lo normal. Seguía mirando nervioso por encima de las cabezas de los clientes al bar y hacia la puerta.
"¿Qué pasa, Patrick?" Le pregunté con voz suave, tratando de calmar sus nervios antes de que ahuyentara a todos nuestros clientes. Gotas de sudor cubrían su frente y le di una servilleta, haciéndole un gesto para que limpiara su rostro. Lo hizo y trató de devolvérmela, pero se dio cuenta por la expresión asqueada en mi rostro que no iba a tocar esa servilleta, así que la desechó en el bote de la basura detrás de la barra.
"¡Yo… uhhh… accidentalmente cité a dos invitados al mismo tiempo! ¡No pueden estar aquí juntos!" Gimió, sus ojos viéndose sospechosamente llorosos.
"Está bien, Patrick… ¿no puedes explicarle el error a los dos y reprogramar la cita con uno de ellos para otra ocasión?" Pregunté, tranquilamente.
"¡No! ¡No puedes reprogramar a estos tipos! ¡Además, no tengo tiempo para reprogramar! Mi padre está enfermo… necesitamos el dinero…" Respondió con voz horrorizada.
Entonces comprendí. "Patrick, tus padres están vendiendo el bar, ¿cierto?" Susurré, sintiendo mi pecho contraerse por el miedo. Asintió y gemí, egoístamente preocupada por mi trabajo. Haciendo a un lado estos pensamientos al pensar en la salud del señor McMillan, me sobrepuse y le sugerí que se reuniera con los dos juntos. Agarrando un vaso y limpiándolo con un trapo, añadí, "No sabes… puede que esto resulte a tu favor, sobre todo si los dos son competidores."
Patrick asintió, viéndose un poco aliviado e incluso sonrió un poco. "Tienes razón. Y son competidores. Todo el tiempo pelean por bienes inmuebles." Patrick me agradeció y se alejó. Lo vi mientras cruzaba el bar y se acercaba a un hombre alto y ligeramente musculoso. La piel de hombre era de un encantador color rojizo y su cabello era una melena sedosa del color de la tinta. Él se volvió, sonriéndole educadamente a Patrick, estrechando su mano con una expresión amigable en su rostro. Era un rostro que me era conocido. Era el rostro de Jacob Black.
Jacob Black era dueño y administrador de varios negocios por la ciudad, pero su orgullo era el Wolf Pack Lounge, a unas puertas más allá de McMillan's. WP's como lo llamaban los locales, había estado en la familia de Jacob por varias generaciones. Jacob era descendiente de los indios Chickasaw, y la gente rumoreaba que esa era una de las razones por las que su familia obtenía mucha ganancia en los negocios, sugiriendo que el gobierno les ayudaba debido a su herencia nativo americana. No era de las que creían rumores, por lo que me gustaba pensar que la familia Black se ganó su fortuna de la manera tradicional; con trabajo duro.
Fue mi perpetua torpeza lo que me hizo caer en los brazos de Jacob Black… literalmente. Una noche ya tarde después de dejar el trabajo, troté rápidamente por la acera de camino a casa. De alguna forma perdí el equilibrio al pasar por WP's, tropezando y casi cayéndome en la calle. Al cerrar mis ojos y preparar mi cuerpo para la caída, de pronto me abrazaron un par de fuertes y cálidos brazos. Abrí mis ojos para encontrar a Jacob Black viéndome, con una mirada intensa en sus ojos.
"¿Estás bien?" Preguntó, sus ojos recorriendo mi rostro. Estaba tan prendada de su atractivo que no pude hablar y él finalmente se rio entre dientes por mi mutismo. Me ayudó a enderezarme y, poco a poco, me di cuenta que este hombre todavía tenía sus brazos a mi alrededor.
"¡Lo siento mucho! No sé qué pasó… es solo que soy muy torpe y es tarde y estoy cansada," balbuceé estúpidamente, escabulléndome de sus brazos. Él se echó hacia atrás, metiendo las manos en sus bolsillos. Llevaba puesta una delgada camiseta blanca que estaba un poco ajustada y mostraba sus músculos definidos. Traté de no comerme su pecho con los ojos, pero era muy difícil.
"Entonces, ¿trabajas en McMillan's?" Preguntó, ignorando mis murmullos incoherentes al señalar el logo en la camiseta verde que llevaba puesta.
"Sí, pero no por mucho tiempo. Quiero decir, que no he estado trabajando ahí por mucho tiempo, no que no trabajaré ahí por mucho tiempo. ¡Dios, soy una tonta!" Murmuré, masajeando mi frente.
Obviamente a este tipo le gustaban las idiotas… se echó a reír por mi nerviosismo y me invitó a entrar a su club para un trago. Acepté titubeante, sin estar acostumbrada a estar en compañía de gente fuera de mis amigos más cercanos. Nos sentamos uno al lado del otro en la barra por una hora, riendo y conversando sobre nada. Era fácil conversar con Jacob. El tipo emitía rayos de sol y calidez y me sorprendí arrepentida de dejar el bar para ir a casa, pero ya era muy tarde.
"Déjame llevarte a casa," me suplicó, siguiéndome afuera. La calle Beale ahora estaba abandonada salvo por la gente contratada para limpiarla. Abrí mi boca para alegar tercamente con él, pero colocó su dedo índice en mis labios, aturdiéndome hasta dejarme en silencio por la acción.
"Te llamaré un taxi y te acompañaré a tomarlo. No aceptaré un no por respuesta," dijo con firmeza. Su dedo ahora había dejado mis labios, pero sus ojos continuaron mirando al lugar donde había estado. Subconscientemente, humedecí mis labios con mi lengua, provocando que Jacob se aclarara la garganta con nerviosismo y alejara sus ojos de mi boca. Jacob llamó al taxi y caminamos lado a lado por la acera ahora casi desierta bajando por Beale. Jacob dejó escapar una risita, y lo miré de forma extraña. Él miraba al suelo mientras caminábamos, con una pequeña sonrisa en su rostro.
"Me agradas, Bella Swan," susurró.
Mi cabeza se levantó de golpe y me le quedé mirando en shock. Sin ver por dónde iba, me tropecé, pero Jacob estiró rápidamente sus manos para atraparme. Dejamos de caminar y noté que habíamos llegado a la esquina donde el taxi me encontraría. Jacob aún tenía una mano sujetando con delicadeza mi brazo. La dejó ahí por un momento, su pulgar haciendo pequeños y suaves círculos. Luego me soltó despacio, volviendo a meter sus manos en sus bolsillos y desviando la mirada nervioso, tomando mi silencio por rechazo.
"También me agradas, Jacob," suspiré, viendo a un taxi dirigiéndose hacia nosotros. "Pero tengo mucho equipaje. Eres un chico agradable y mereces alguien mejor que yo. Ni siquiera sé cómo tener una relación normal con un hombre."
Él se me quedó mirando intensamente a los ojos y no encontró falsedad en mi declaración. No solo lo estaba rechazando de forma suave. Le había dado una respuesta honesta. Jacob era joven, de veintiséis años, de hecho, y guapo. Era un hombre exitoso de negocios que nunca había estado casado y no tenía hijos. Jacob Black era un buen partido, y se merecía lo mejor. Y esa no era yo.
El taxi se detuvo junto a mí y Jacob me abrió la puerta, como el caballero que era. Me deslicé en los asientos rotos, con los bordes dentados arañando mis piernas desnudas donde terminaba mi falda. Jacob se quedó en la puerta por un momento antes de meter la mano a su bolsillo y sacar su cartera. Le dio al conductor un rollo de plata y le dijo que me llevara a donde sea que quisiera y que se quedara con el cambio. Los ojos del conductor se abrieron como platos al ver la cantidad de dinero que le había dado. Luego saludó a Jacob y le dio un entusiasmado, "¡Sí, señor!"
Antes de que pudiera discutir con Jacob por pagar mi pasaje del taxi, él se acercó, sorprendiéndome al darme un atrevido pero gentil beso en la mejilla. El taxi de pronto se saturó con su aroma especiado. "Si alguna vez cambias de opinión, sabes dónde encontrarme," murmuró, mirando fijamente a mis aturdidos ojos castaños. Y luego… se fue. Cerró la puerta del taxi, me dio una última sonrisa triste, se dio la vuelta y se marchó. El taxi tiró hacia adelante y vi cómo él desaparecía en la noche. Esa fue la última vez que vi a Jacob Black.
'Hasta ahora', me dije a mí misma, volviendo abruptamente a la realidad. Patrick había sentado a Jacob en una mesa redonda en un rincón del lugar que les proporcionaba un poco más de privacidad. Victoria se puso a un lado de Patrick y le dio un menú a Jacob, sonriendo y tomando su orden de bebida. Ella se acercó al bar y me sonrió.
"Es ardiente, ¿verdad?" Soltó una risita, asintiendo hacia Jacob, y guiñándome un ojo. Sus ojos eran de un lindo pero extraño color castaño con un matiz rojo, tan rojo como el lodo de Mississippi. Asentí aturdida. Jacob había ordenado un whisky irlandés que olía a caramelo, vainilla y frutas. Era uno de mis favoritos. Serví con cuidado el whisky en un vaso limpio y se lo di a Victoria. Dándome las gracias, lanzó sus largos rizos rojos sobre uno de sus hombros y volvió con Jacob.
"Hola, Bella. ¿Puedes darme una cerveza?" Una voz preguntó, desviando mi atención abruptamente de Jacob.
Era Diego, uno de mis clientes favoritos. Diego era un hombre bajito y regordete con una barriga redonda, cabello negro y un pequeño bigote. Le encantaba sacar de quicio a Carmen y le estaba guiñando el ojo y lanzándole besos. Ella pretendía ignorarlo, aunque su rostro normalmente pálido rápidamente se tornó rojo como la remolacha.
"Un día de estos va a matarte, lo sabes, ¿verdad?" Le dije en broma, dándole lo acostumbrado. Soltó un resoplido, luego se tomó de un trago toda la cerveza, limpiando la espuma de su bigote con el dorso de su mano, y deslizando el vaso de vuelta hacia mí, indicando que quería otra. "Me ama en secreto… puedo sentirlo. Solo se está haciendo la difícil… ¿no es cierto, my love (4)?" Ella murmuró algo que se escuchó muy parecido a 'eres asqueroso' pero se fue por una orden de nachos para uno de sus clientes. Diego simplemente se encogió de hombros y se tomó la segunda bebida que le había dado.
Carmen regresó unos momentos después, con un plato lleno de frituras, queso y jalapeño en su mano y repentinamente pude sentir un ligera oleada de emoción en el bar. La gente se giraba en sus asientos, mirando hacia la puerta. Tenía curiosidad por lo que estaba pasando, pero estaba demasiado ocupada limpiando la condensación de las bebidas de la barra para mirar.
"¡Ohhhh… mira quién acaba de entrar con su guardaespaldas, Bella! ¡Una celebridad local! ¡Todas las mujeres están desfalleciendo! ¡Si solo tuviera su dinero y su apariencia!" Diego ronroneó, ligeramente ebrio, su marcado acento español más pronunciado.
Levantando la vista me quedé inmóvil, mi corazón se detuvo momentáneamente antes de reiniciarse con un chisporroteo, golpeteando sin parar contra mi pecho. Mi garganta se cerró, y mi piel se puso fría… la familiar sensación de pánico invadiendo mi cuerpo. De pie en la entrada, mirando el entorno con curiosidad estaba el hombre más hermoso que he visto en mi vida. Llevaba unos jeans oscuros deslavados, ajustados en sus muslos mostrando sus delgados músculos. Las mangas de su camisa de vestir negra enrolladas perezosamente hasta sus codos y un par de botones del frente estaban desabrochados, dándome una increíble vista de la parte superior de su esculpido pecho. Su cabello estaba en perfecto desorden, las hebras apuntando en diferentes direcciones como si a menudo pasara sus manos por él… cabello de sexo, como Tia lo llamaría. Miró a las paredes del bar, evaluando con frialdad su contenido. Las decoraciones de Halloween que antes había pensado eran lindas, parecían simples y de mal gusto en presencia del hombre guapo y distinguido.
"¿Ese es… Edward Cullen?" Tia siseó por detrás de mí. Ni siquiera pude asentir en confirmación. Mi cuerpo estaba entumecido… inmóvil… una sensación de déjà vu inundó mi cuerpo. ¿Por qué la simple presencia de este hombre me convertía en una estatua? Cuando su mirada calculadora se dirigió hacia donde estaba parada, de pronto me encontré agachada en el suelo detrás de la barra, respirando pesadamente, mis oídos repiqueteando ruidosamente.
"¿Qué estás haciendo, Swan?" T preguntó confundida, mirándome como si me hubiera vuelto loca. ¿No lo había hecho?
"¡Él no puede verme, T!" Murmuré, frenéticamente, atrayendo mis rodillas hacia mi pecho y envolviendo mis piernas con mis brazos. Ella sacudió su cabeza, murmurando algo sobre loca gente blanca y regresó a su estación.
Al estar sentada en el suelo escondida por varios segundos, por alguna razón llegué a darme cuenta que no podía ocultarme de este hombre para siempre… ¿y por qué querría hacerlo? No era como si realmente estuviera huyendo de Edward Cullen cuando me escapé de la tienda de comestibles esa fatídica noche de hace varias semanas… era de los medios de los que huía esa noche. Al estar parada frente a la tienda con Alice Cullen apuntando su pequeño dedo hacia mí, la idea de mi rostro en las noticias hizo que se me revolviera el estómago… la idea de que… él de alguna forma pudiera ver las noticias y encontrarme. La verdad era, que Edward Cullen no era el hombre del que tenía que ocultarme. Desarraigué mi vida y hui de mi hogar en Mississippi por otro hombre… y ese hombre era James Hunter.
Me levanté despacio del suelo y me asomé por el borde de la barra, provocando que un par de clientes me lanzaran miradas de curiosidad. El señor Cullen ya no estaba en la entrada, pero su guardaespaldas sí. Era un hombre alto y muy musculoso con cabello rubio cenizo e intensos ojos azules. El hombre se apoyaba contra la pared, con los brazos cruzados sobre su pecho inspeccionando el lugar.
Volviendo a mirar hacia el rincón, vi que el señor Cullen estaba ahora sentado con Jacob, los dos fulminándose con la mirada el uno al otro con igual cantidad de desdén. Patrick también estaba sentado a la mesa, y en algún momento, durante mi crisis nerviosa, la señora McMillan, una de los dueños, se les había unido. Su cabello canoso se había vuelto más blanco desde la última vez que la vi y tenía círculos oscuros alrededor de sus ojos. Se veía apaleada por los meses de cuidar de su esposo enfermo.
"¿Qué están haciendo esos dos aquí?" Carmen preguntó en voz alta, registrando una orden en el quiosco que estaba cerca.
"Los McMillan están tratando de vender el bar," le dije bajito, haciendo que sus cejas se dispararan hacia arriba y su frente se arrugara por la sorpresa.
"No sé por qué me sorprende tanto… supongo que todos sabíamos que se venía," refunfuñó, dándole el cambio a su cliente. "Entonces… ¿qué significa eso para nosotros? ¿Ahora vamos a perder nuestros trabajos?"
"No sé," respondí, sacudiendo mi cabeza despacio. Victoria caminó al bar dando pisotones, la molestia clara en su rostro. Me dio la orden de una bebida, haciéndome pausar.
"No tenemos eso," le dije, en tono de disculpa. "Se nos acabó hace unas semanas y Patrick no quiso o no pudo remplazarlo."
"Ugh, es para ese cretino, Edward Cullen," siseó, poniendo los ojos en blanco. "No es para nada simpático… una lástima en realidad. Tan bien parecido y con una horrible personalidad. Supongo que le informaré… ¡deséame suerte!" Victoria caminó de vuelta a la mesa, su cabeza en alto con falsa seguridad.
Vi como hablaba con el señor Cullen, inclinando su cabeza hacia un lado sujetando su cuaderno de pedidos en sus manos. Los ojos de él se entrecerraron y la miró con el ceño fruncido antes de agarrar bruscamente el menú de la mesa. Después de echarle un vistazo al menú y arrojarlo de nuevo a la mesa, miró furioso a Victoria, con sus labios moviéndose rápidamente. Ella asintió y volvió a donde yo estaba.
"Bueno, se lo tomó muy bien," refunfuñó, lanzando una mirada de odio hacia atrás a la mesa del señor Cullen. "Quiere un Jack con coca."
Llené un vaso grande con hielo, agarré una botella de whisky de Tennessee del estante y serví un poco en el vaso. Luego llené el resto con coca, metiendo una delgada pajilla roja y apenas la revolví. Al fin, satisfecha con la bebida, la empujé a través de la barra hacia Victoria. Ella regresó a la mesa del señor Cullen, pero no pude ver su reacción a la bebida porque un par de clientes, charlando alegremente entre ellos se sentaron en los bancos frente a mí. Hicieron sus pedidos de bebida y comida y cuando regresé de la cocina, ahí estaba Victoria, con las mejillas rojas y una expresión homicida en su rostro.
"Odió la bebida. El pendejo le dio un sorbo e hizo una mueca. Dijo que estaba demasiado fuerte y aseguró que le serviste demasiado. Quiere un Walk Me Dow. De hecho, dijo 'tráeme un Walk Me Down, rojo. ¿Crees que tu barman puede con eso?' Le dijo a Patrick y a la señora McMillan que tal vez el bar estaba quebrando porque los bármanes no saben cómo preparar apropiadamente las bebidas."
¡Oh, demonios no, no lo hizo! Frunciendo el ceño y entrecerrando mis ojos, miré al otro lado de la habitación a la mesa donde estaba sentado el señor Cullen. No estaba consciente de mi mirada malvada mientras escuchaba con atención a lo que sea que la señora McMillan le estaba diciendo, sus cejas fruncidas. Determinada a probar que el señor Cullen estaba equivocado, batí con destreza vodka, triple seco, ron, ginebra, tequila, una mezcla dulce y amarga, y un licor de un brillante color azul en una coctelera llena hasta la mitad de hielo. Después de eso agregué refresco lima-limón y coloqué la bebida en una copa huracán llena de hielo. No había manera de que esta bebida no fuera perfecta. Era mi bebida personal favorita y podía prepararla con los ojos cerrados. Deslicé la bebida hacia Victoria.
La bebida pareció satisfacer al señor Cullen porque Victoria no regresó en seguida. Las negociaciones pronto empezaron a llegar a su fin mientras el tiempo volaba y se hacía muy tarde. Vi a la señora McMillan irse como a las diez en punto, pero Patrick, Jacob y el señor Cullen continuaron sentados a la mesa en el rincón, al parecer enfrascados en la conversación. Como a la una cuarenta y cinco Victoria gritó que era la última llamada y los pocos clientes que quedaban pagaron sus cuentas y salieron del bar; todos salvo el guardaespaldas del señor Cullen que al parecer no se había movido en todo el tiempo que estuvo ahí. Patrick, Jacob y el señor Cullen se levantaron de su mesa y desaparecieron en la parte trasera, posiblemente para revisar la cocina y la oficina. Hice una mueca cuando pasaron junto a mí pero ninguno de ellos miró en mi dirección. Tomando una respiración profunda y tranquilizadora, me uní a Tía y a Carmen mientras limpiábamos el bar como mejor podíamos con los limitados suministros de limpieza que teníamos.
Terminamos de limpiar y Tia y Carmen fueron a fichar su salida. Yo iba cerca detrás de ellas, usándolas como algún tipo de escudo si me encontraba cerca del señor Cullen. Tia me lanzó una mirada extraña, pero no me dijo nada. Después de moverme de un pie al otro, esperando impacientemente a que ficharan para que yo pudiera hacer mi escape, finalmente era mi turno. Fiché mi tarjeta y me di la vuelta para salir del lugar, pero en mi prisa me golpeé en algo caliente y duro.
Manos firmes sujetaron mis hombros. Esas manos parecían disparar descargas de electricidad por todo mi cuerpo. El aroma que venía de esta persona era inquietante… era una mezcla de jazmín, menta, incienso y… hombre. Tan pronto como el aroma llegó a mi nariz, me sentí estremecer desde sus manos hasta la boca de mi estómago. Mi cuerpo ardía con una sensación desconocida de deseo. Mordiendo mi labio, levanté mi cabeza lentamente y me encontré con un par de penetrantes ojos verdes. Estaban furiosos, resentidos y eran hermosos… y le pertenecían a nada más y nada menos que a Edward Cullen.
"¿No puedes ver a dónde vas?" Dijo con brusquedad, soltándome de su fuerte agarre.
Me tambaleé hacia atrás, milagrosamente deteniéndome antes de caer. Frotando mis brazos donde me agarró, lo miré con los ojos amplios, sorprendida por sus bruscas palabras y su expresión furiosa.
No había ni una pizca de reconocimiento en sus ojos, y me encontré retrocediendo en un débil intento de huir de la inquietante mirada de este hombre. Murmuré una disculpa en voz baja, trastabillando por el pasillo para alcanzar a Tia y a Carmen que probablemente me estaban esperando frente al bar.
El pasillo parecía cerrarse sobre mí entre más me distanciaba del señor Cullen. Casi logré llegar al área principal del bar cuando alguien me agarró por el brazo, girándome tan rápido que me estrellé con su cuerpo. Cuando levanté la vista esta vez, el reconocimiento estaba ahí.
"¡Tú!" Siseó, esos ojos verdes perforando en los míos. Y al verdadero estilo Bella, me desmayé.
(1) Certificación de entrenamiento de trabajo de cuarenta horas.
(2) En varios países de América Latina y en España, la palabra yanqui designa a lo relacionado con Estados Unidos. Originalmente se refería a los que habitaron la colonia de Nueva Inglaterra, al noreste de ese país.
(3) La línea Mason–Dixon es un límite de demarcación entre cuatro estados de Estados Unidos. Forma parte de las fronteras de Pensilvania, Virginia Occidental, Delaware y Maryland. El levantamiento de la línea de frontera se llevó a cabo cuando estos territorios eran todavía colonias británicas. Después de que Pensilvania empezara a abolir la esclavitud dentro de las colonias, en 1781, la parte oeste de esta línea y el río Ohio se convirtieron la frontera entre los estados esclavistas y los abolicionistas. En lenguaje popular, y especialmente desde el llamado Compromiso de Misuri de 1820, se usa la línea Mason-Dixon simbólicamente como una frontera cultural que divide el norte de Estados Unidos y el sur.
(4) La frase original estaba en español, para distinguirla cambié el inglés por el español.
¡Ahora sí la encontró! Logró ocultarse por tres semanas y la encuentra solo por casualidad, ¿qué hará ahora que la ha encontrado? Algunas piensan que quiere agradecerle por salvar a su hermana, pero esa reacción que tuvo no parece ser de alguien agradecido, ¿no creen? Ya veremos qué pasará con la pobre Bella. Para aquellas que se preguntaban por qué huía Bella, al menos ahora sabemos de quién. Todavía nos queda algunas cosas por saber de ella y qué es lo que Edward quiere con ella. Espero que les haya gustado el capítulo y esperaré ansiosa sus reviews para saber qué les pareció, recuerden que son sus reviews los que marcan el ritmo de actualización de las historias. Como ayer les expliqué en mi grupo en Facebook en mi otra actualización, dice el dicho que uno propone y Dios dispone, por más que quise publicar este antes no pude, pero aquí lo tienen y empezaré con el otro para que esté listo para su publicación, cuando cumplan con su parte, por supuesto ;)
Muchas gracias a quienes dejaron su review en el capítulo anterior: alejandra1987, Tata XOXO, glow0718, jupy, Vrigny, paupau1, Tecupi, crysty katy, Conni Stew, lunaweasleycullen14, jacke94, Nanny Swan, Maryluna, Cary, Brillo de Estrellas, love, DenniChavez, Lady Grigori, freedom2604, Ninacara, rjnavajas, Danny CullenMa, tulgarita, Chonis22, carolaap, miop, Dess Cullen, Alexandra Nash, Adriana Molina, jaureguihoran, dushakis, Pam Malfoy Black, saraipineda44, Nina Duciel, Ali-Lu Kuran Hale, Vanina Iliana, ELIZABETH, Say's, isabelmoon, patymdn, Lizdayanna, Brenda Cullenn, Diana2GT, lagie, JessMel, Klara Anastacia Cullen, Rosy Canul, ariyasy, cristiheca, Kriss22, Karlita Carrillo, torrespera172, Melany, Liz Vidal, Jimena G, Sheei Luquee, SharOn, Albaa, PRISOL, bealnum, Janneth, Gabriela Cullen, Manligrez, erizo ikki, kaja 0507, kiiio, Pili, maries24, bbluelilas, Mafer, injoa, Sully YM, EriCastelo, Lyd Macan, angryc, libbnnygramajo, saludos y nos leemos en el próximo, ¿cuándo? DEPENDE de ustedes.
