Como de costumbre, no puede faltar el descargo de responsabilidad :P Estos personajes no son míos, pertenecen a Stephanie Meyer, y la historia a la genial Hoodfabolous, yo solo traduzco.
Y gracias como siempre a mi leal compañera, Beta y amiga, Erica Castelo por seguir apoyándome y ayudándome a mejorar mi ortografía ;)
CAPÍTULO OCHO: ¡OH, HERMANO!
Edward se sobresaltó con el repentino sonido de llanto que llenó la habitación, tirando de mis piernas al mismo tiempo que dejaba escapar un sorpresivo chillido. Él me sostuvo al último minuto, evitando que los dos casi cayéramos al suelo. Edward hizo una mueca mientras yo controlaba mis furiosas hormonas, siguiéndome al caminar hacia mi recámara, ajustándose en sus pantalones.
"Maldición, olvidé que estaba aquí," renegó, con una mueca de enojo en su rostro. "¡Crío aguafiestas!"
"¡Edward!" Lo regañé, dándole un codazo en las costillas al pasar junto a él y entrar a la recámara, sus palabras haciendo eco en mi mente. ¿Aguafiestas? ¿Lo habría dejado llegar tan lejos? Eric estaba acostado de espaldas, con el rostro rojo, gritando a todo pulmón. Susurrándole palabras suaves y reconfortantes, lo cargué, sosteniéndolo y frotando su espalda. Edward entró con cautela a la habitación, mirando a Eric con recelo.
"¿Qué le pa…? ¡Oh, Dios mío!" Gritó, casi al mismo tiempo que un olor fétido llegó a mi nariz. Los dos arrugamos la nariz en disgusto, Edward abanicando frenéticamente con una mano el aire en torno a la suya.
"¿Qué demonios es ese olor?" Jadeó, retrocediendo y chocando con mi librero en su débil intento de escapar del ofensivo hedor, volcando unos cuantos libros al suelo.
"Se le llama pañal sucio, idiota, y cuida tu lenguaje cerca del bebé," dije con brusquedad, volviendo a acostar a Eric llorando en la cuna y agarrando un pañal, las toallitas húmedas y talco de bebé de su pañalera. "Si no estoy equivocada, tú fuiste el que habló hace un rato de tener bebés y esas cosas. Si no puedes soportar el olor de la popó de bebé, tal vez tengas que reevaluar tus planes para una futura familia."
Nunca vi su rostro para ver si lo ofendí o lo hice enojar. Conociendo a Edward, probablemente era lo último. No era que estuviera enojada porque maldijera frente al bebé. Las cosas que permití que me hiciera en la encimera de mi cocina me avergonzaron, y me estaba desquitando con Edward. Dejé que este frustrante hombre me tocara en el más íntimo de los lugares, lugares en los que nunca antes había permitido que me tocaran, ¡y apenas lo conozco! Mi rostro estaba en llamas por la vergüenza, aunque Edward, probablemente supuso que era la ira la que originó el color carmesí.
Quitándole a Eric su ropa azul y su pañal apestoso, lo limpié meticulosamente con las toallitas húmedas antes de espolvorearle un poco de talco en el nuevo pañal y deslizarlo bajo su trasero. Las palabras de Edward en la cocina continuaban obsesionándome… y me pregunté si las cosas que me dijo solo las dijo en el calor del momento… por la pasión. Las chicas con las que fui al instituto hablaban en susurros de sus conquistas sexuales, o solo de conocer a un chico y permitirle hacer las cosas más íntimas con ellas. Eran chicas tontas, en mi opinión, al permitir que alguien que acababan de conocer las tocara, que tuviera sexo con ellas. Esas chicas de algún modo estaban convencidas que estaban enamoradas del chico, solo para después darse cuenta que esos chicos adolescentes te dejarían creer que también te amaban si significaba llevarte más rápido a la cama. Siempre ponía los ojos en blanco cuando se reían como tontas por las cosas dulces que los chicos les decían, cuando solo estaban ellos dos, por supuesto. Luego las chicas contaban que le dijeron al chico que lo amaban, solo para recibir una respuesta vaga. A esas chicas siempre las botaban en unos días, si acaso, con el corazón roto por un chico que apenas conocían.
¿Pero los hombres adultos hacían eso? ¿Susurraban palabras dulces para persuadir a una mujer a tener sexo con ellos? ¡Por supuesto que sí! ¡Trabajaba en un bar, por amor de Dios! Escuchaba a esos hombres conversar con otros, alardeando sobre las tontas mujeres que solo necesitaban de un poco de convencimiento para que les dieran lo que querían. Después de eso, pasaban a la siguiente chica. En realidad, era indignante, ¿y realmente era yo tan diferente de cualquier otra mujer? Sabía que podía ser tímida y vulnerable en ocasiones, cuando la Bella fuerte no estaba cerca. Edward no era el primer hombre que intentaba ligar conmigo… que trató de susurrarme palabras dulces al oído. Solo era el primero en tener un verdadero efecto en mí, en infiltrarse en mi mente, en mi cuerpo, en mi alma.
Perdida en mis pensamientos, cerré el pañal de Eric y remplacé su lindo atuendo. Cargándolo, lo sostuve contra mi pecho, y frotando mi rostro contra su cabeza, él me reconfortó de mis atribulados pensamientos sin darse cuenta. Cuando me di la vuelta, encontré a Edward agachado, recogiendo los libros esparcidos que se habían caído del estante. El sonido de golpes en la puerta del departamento me alertó de la hora, y me di cuenta que el último par de horas habían pasado muy rápidamente, cuando Angie ya estaba aquí para recoger a Eric.
Agarrando la pañalera de Eric, abandoné a Edward con su tarea de recoger los libros tirados para recibir a Angie en la puerta. Echando un vistazo por la mirilla y abriendo la puerta, encontré a Angie un poco mejor, viéndose considerablemente menos desaliñada, pero todavía un poco desmejorada. La somnolencia consumía su rostro, pero menos que a las cuatro de la mañana. La encontré en el pasillo, cerrando mi puerta detrás de mí.
"¿Cómo se portó?" Preguntó, cargando a un sonriente y parlanchín Eric en sus brazos y plantando un enorme beso en su rostro. Él pateó y saltó entusiasmado, provocando que Angie y yo soltáramos unas risitas por su exuberancia.
"Se portó bien," le aseguré. "Está recién cambiado después de horrorizar a Edward con su pañal apestoso," dije con una risita, provocando que ella soltara una carcajada.
"¿Y… cómo se portó él?" Preguntó, refiriéndose a Edward, al mismo tiempo que meneaba las cejas hacia arriba y hacia abajo sugestivamente. Le di un manotazo en el brazo, sonrojándome por la mortificación.
"¡Gah, Angie!" Le respondí, con mis mejillas ardiendo. "De verdad necesitamos hablar cuando llegues a casa del trabajo… realmente necesito tu opinión sobre algunas cosas." Ella asintió, confirmando que después del trabajo estaría ahí para hablar. Después de darle a Eric un beso de despedida, volví a entrar en silencio a mi departamento.
Edward no estaba en la cocina o en la sala, supuse que seguía en mi recámara. Entrando a la habitación, no estaba preparada para lo que vi, Edward estaba sentado en el sillón de orejas de mamaw Swan, sosteniendo un libro muy familiar, la cubierta de un color azul claro, ilustrada con pétalos de una flor deshojada. Mi corazón latió con fuerza en mi pecho, con el recuerdo de despertar esa noche fútil nublando mi visión. El recuerdo de Edward sentado en ese mismo sillón, sosteniendo ese mismo libro, sin ropa tan casual pero sin duda viéndose igual de sexy, con sus ojos verde pino recorriendo la desgastada página con curiosidad. Abrí mi boca para hablar, aunque sin saber qué planeaba decir, pero fui interrumpida rápidamente por la sedosa voz de Edward.
"Es todo lo que hoy tengo para dar.
Esto y mi corazón.
Esto y mi corazón, y todos los campos
Y todas las vastas praderas.
Lleva la cuenta: si se me olvidara
Alguien podría hacer la suma.
Esto y mi corazón y todas las abejas
Que habitan en el trébol." (1)
"¿Es una romántica, señorita Swan?" Preguntó, dejando el libro a un lado y mirándome con atención. "Tu librero está lleno de novelas clásicas de romance y poemas de amor. ¿Te enamoras fácilmente?" Tragué el nudo en mi garganta y con cuidado me senté en la orilla de la cama frente a él.
"Siempre he estado enamorada de la idea del amor," admití, mi corazón finalmente empezando a calmarse, de ir a medio galope a trotar. "Pero en cuanto a estar enamorada… eso es algo que nunca antes he sentido."
Él continuó mirándome por varios segundos, provocando que me removiera nerviosa en la orilla de la cama antes de abrir nuevamente su boca. "¿Trabajas esta noche?"
Su rápido cambio de tema hizo que frunciera las cejas por la sorpresa. "Um, no, es mi día libre."
Cerró el libro de Dickinson, arrojándolo sobre la cama junto a mí. Su mano encontró su frente, la que frotó lentamente. "¿Por qué no te aseas?... Ha sido una larga noche… ¿y tal vez puedes tomar una siesta? Puedo ver que estás exhausta."
La idea de una ducha y una siesta era tentadora, pero en el fondo la idea de que se fuera me aterrorizaba. Era una agradable distracción de los eventos de la noche anterior, y sabía que cuando se fuera del departamento me echaría a llorar por la culpa y los horrendos eventos que ocurrieron. Tragando el nudo en mi garganta, me puse de pie vacilante, agarrando una camiseta y unos cómodos pantalones de chándal de mi armario. Mirando por encima de mi hombro y encontrando su mirada ardiente, agarré unas bragas y un sujetador de la cómoda, metiéndolos entre mi camiseta y los pantalones de espaldas a él.
Con vacilación, me volví hacia él, dejando caer mi cabeza con timidez. "Entonces… supongo que puedo acompañarte a la puerta… estoy segura que tú también estás cansado."
Cuando no respondió por varios segundos, lo miré por entre mis pestañas para encontrarlo fulminándome con la mirada. "¿Crees que voy a dejarte aquí sola después de lo que pasaste esta noche?" Dijo furioso, poniéndose de pie y acechándome. Retrocedí de su andar furioso como el de una pantera, golpeando la pared detrás de mí y dejando caer eficazmente mi ropa.
"¿Crees que voy a dejarte aquí sola para que puedas echarte a llorar, como sé que vas a hacer? Tan pronto como salga por esa puerta vas a empezar a sentir lástima por esos cabrones que trataron de hacerte Dios sabe qué." Se detuvo frente a mí, estirando su mano y levantando mi barbilla, forzándome a mirarlo a los ojos.
"No puedes quedarte conmigo para siempre, Edward. Sabes que en algún momento tendrás que dejar este departamento," le susurré, con mi labio temblando.
Se rio de forma sombría, luego se agachó y agarró mi ropa, la que metió entre mis brazos y me sacó de la habitación. "Toma una ducha, todavía estaré aquí cuando termines," respondió, decidiendo no responder a mi comentario.
Siendo la niñita obediente que era, entré en el baño, cerrando la puerta con seguro detrás de mí y me desvestí. Abriendo la llave de la ducha tan caliente como era cómodamente posible, me metí en el líquido caliente, restregando mi piel hasta que estuvo sonrosada y sensible, tratando de hacer desaparecer los recuerdos de la horrenda noche. Cuando terminé, me sequé, me puse mi ropa, recogí mi largo y húmedo cabello en un moño descuidado y despacio volví a entrar a la recámara.
Edward estaba acostado en mi cama y su camiseta se había subido un poco exhibiendo el borde de su delicioso tatuaje debajo de su cintura. Un exquisito vello ligeramente rojo bajaba desde su ombligo, desapareciendo bajo la cintura de sus jeans. Sus pies estaban cruzados casualmente y su cabeza descansaba sobre sus brazos que había metido por debajo. La expresión que tenía era una de reflexión, y me uní a él con cuidado en la cama, tragando el nudo en mi garganta al acostarme sobre mi costado derecho, mirándolo. Edward era una criatura verdaderamente hermosa, y trataba de memorizar la fuerte línea de su mandíbula, la ligera hendidura en su barbilla, sus pómulos altos, ya que el ambiente estaba tenso y una pequeña parte de mí sabía que la conversación que estábamos por tener sería una de gran importancia… una que definiría cualquier futuro que hubiera para nosotros.
Fui yo la que rompió el silencio primero, pidiendo con voz débil y suplicante, "Háblame de ti. Cuéntame todo sobre ti." Sé quedó con cara de piedra por varios minutos, mirando al techo, antes que una liberación física dejara su expresión. Dejó escapar un suspiro de frustración y sin mirar en mi dirección, empezó a contarme de la vida de Edward Cullen.
Edward comenzó, no con su propia vida, sino con la historia de su familia, hablando de sus ancestros irlandeses, emigrantes a este país que se establecieron en Memphis, en el distrito Pinch. Esta era un área de Memphis durante ese tiempo donde los irlandeses y los alemanes se establecieron, y se le llamó originalmente "Pinch-Gut". Porque la gente de ese distrito estaba tan hambrienta, que sus propios cinturones pellizcaban sus estómagos. Los ancestros de Edward eran estupendos empresarios, empezaron a trabajar en Estados Unidos construyendo edificios, iglesias y negocios, ganando el dinero suficiente con su trabajo para iniciar sus propios negocios. Explicó que los Cullen de los 1800 hicieron un voto, que sin importar las circunstancias, sin importar las consecuencias, la familia nunca sería pobre, o permitiría que sus hijos pasaran hambre otra vez.
Y fue entonces que los límites se volvieron difusos, cuando la familia empezó sus ilustres actividades ilegales, de las que Edward se negó a hablar en detalle.
Habló de crecer en una vida llena de privilegios. Su padre siempre exigió mucho de él… se esperaba que fuera el mejor en todo desde el mundo académico hasta los deportes. Las cosas fueron fáciles para él, explicó. Cuando el dinero estaba involucrado, es casi imposible no tener el mundo al alcance de tu mano. Nació con la gracia, elegancia y habilidades sociales naturales que solo aquellos que nacieron en la riqueza tienen sin buscarlas. Edward me contó del estrecho vínculo que compartía con su hermana, Alice. Él y su hermana nunca tuvieron muchos amigos íntimos, ya que la gente los usaba para sus propios propósitos egoístas, haciendo que solo confiaran en el otro como amigo. Edward dijo que fácilmente podía darse cuenta cuando realmente le agradaba a una persona por sí mismo o para su propia notoriedad.
Me contó cómo sus padres se conocieron en la universidad donde su padre, Carlisle Cullen, estudió negocios y finanzas. Conoció a la madre de Edward, Esme, en una cafetería del campus. Carlisle ya era bien conocido, incluso en ese entonces, saliendo adelante gracias al favor de su propio padre, y Esme era una chica callada y tímida, abriéndose paso en la universidad para convertirse en trabajadora social. El rostro de Edward se enterneció cuando habló de su madre, de lo dulce y humilde que era, cómo solo trabajaba en la cafetería para escapar de las duras exigencias de su propio padre autoritario. Fue pura suerte que Carlisle conociera a su alma gemela ese día, y que ella fuera todo lo que su propio padre buscaba en su futura nuera; ella estudiaba para convertirse en un servidor público, era dulce, bonita, callada, sumisa, irlandesa, católica y venía de una familia acaudalada.
Edward me dijo, que después de graduarse de la universidad trabajó con su padre por un tiempo hasta finalmente salió por su cuenta, comprando propiedades que necesitaban modernización y las convertía en negocios exitosos. Su hermana tenía talento para la decoración y remodelación, ya que se graduó como diseñadora de interiores. Edward compraba los negocios y a su vez, Alice los transformaba por completo en algo exitoso.
Edward finalmente se giró hacia su costado, mirándome, confesándome en suaves susurros cómo era su responsabilidad, como un Cullen, el seguir los pasos de su familia, de sus ancestros. Su rostro, carente de emoción, al confesar las dificultades de encontrar esa chica especial… una chica que quisiera pasar el resto de su vida con él… una buena chica católica, irlandesa y de familia acaudalada, una que le daría hijos. Su rostro se endureció cuando habló de Tanya la perfecta irlandesa y católica, hija de un banquero adinerado. Me contó cómo ella le ofreció una vida de conveniencia, al casarse con ella para apaciguar a sus padres, pero permitiendo que tuvieran sus propias vidas separadas lejos de la familia y del ojo público. Carlisle presionaba constantemente a Edward para que se casara con ella, ya que se acercaba pronto a los treinta y Esme estaba lista para que Edward le diera nietos. Abrió su boca para seguir hablando, pero era suficiente. Era demasiado.
"¿Qué estamos haciendo, Edward? Esto… entre nosotros… simplemente no veo cómo va a funcionar," le susurré, con lágrimas deslizándose por mi rostro. Se enojó, siseándome y regañándome al mismo tiempo que limpiaba mis lágrimas. "¡No digas eso! ¡Joder, jamás digas eso!"
"¡Oh, vamos, Edward!" Dije con brusquedad, apartando sus manos para limpiar yo mis propias lágrimas. "¡Sabes que es cierto! ¡Puedo verlo en tus ojos! No soy católica. La única vez que fui a la iglesia al crecer fue cuando mis abuelos me llevaban a iglesia cristiana sin denominación de la que eran miembros. ¡Y nunca seré católica! No es una fe que comparta contigo. ¡No soy hija de padres acaudalados! Nunca he ido a la universidad… ¡no hay una gota de sangre irlandesa en mi cuerpo! Dime, ¿cómo crees que esto funcionará? ¿Vas a dejar el negocio de la familia? ¿Destruir tu relación con tus padres por una chica cualquiera? No lo creo. ¡Puedo verlo en tus ojos… sabes que esto entre nosotros no puede resultar!
"¡Pero nunca antes me sentí de esta forma! No voy a dejarte ir, sin importar lo que digas," escupió, apartando mis manos y agarrando mi rostro. "Tenemos que estar juntos… tiene que haber una forma."
"¿Qué, te gusta la idea de Tanya? ¿Casarte con otra mujer y tenerme de amante? ¿Esa es tu idea de una vida?" Grité, sintiéndome más furiosa al pasar los segundos. Frunció sus labios, como si en realidad considerara la idea.
"No es tan absurdo," reflexionó, mirando pensativo a mis devastados ojos. "Podría hacer lo que mi familia requiere, casarme con alguien que crean adecuado, y tú y yo aún podríamos estar juntos… puedo darte hijos, nuestros hijos. Cuidaré de ti por el resto de nuestras vidas y podemos estar juntos, Bella. ¿Es complicado? Demonios, sí, es complicado. Pero haré lo que sea para que esto funcione, porque nunca he sentido esto por nadie más, en toda mi vida."
"Sal de mi casa," susurré, con el corazón roto y sintiendo como si me hubiese abofeteado físicamente con sus palabras. "¡Tal vez eso sea suficiente para ti, pero es jodidamente seguro que no lo es para mí! Toda mi vida he soñado con encontrar a alguien que me ame incondicionalmente, y tú tienes requisitos abrumadores, Edward. Nunca seré 'la otra mujer'. El hombre con el que pase el resto de mi vida, si está allá afuera, nunca me mantendrá como su pequeño y sucio secreto."
"No te atrevas jamás a hablar de otro hombre, ¿entiendes?" Gruñó, agarrando con más fuerza mi rostro y atrayéndolo al suyo. "Nunca habrá otro hombre en tu vida… juro por todo lo sagrado, que si te encuentro con otro hombre, lo mataré. ¿Me comprendes? Maldición, ¿me entendiste?" Presionó sus labios contra los míos, besándome con reverencia, la que al principio devolví, hasta que la fría realización de nuestra situación volvió a mi mente. Empujándolo, me senté jadeando, llorando y sollozando al mismo tiempo que demandaba que se fuera.
Se levantó de la cama, maldiciendo y apretando sus manos en puños. Agarrando su sudadera, huyó de la habitación, mientras yo lloraba en al borde de la cama, con lágrimas cayendo rápidamente por mi rostro. Momentos después, lo escuché sacando su arma del cajón donde yo la había depositado antes de azotar la puerta del departamento detrás de él, el sonido tan fuerte que me hizo saltar por el miedo. Volviendo a subir a la cama, me hice un ovillo, envolviendo mis rodillas con mis brazos y lloré hasta quedarme dormida. Mis sueños estuvieron llenos de pesadillas del callejón, pero en vez del hombre muriendo era Edward quién yacía muerto por un disparo, indefenso en el suelo sucio, con los ojos fijos a las estrellas.
Los días que siguieron a la partida de Edward fueron extraños, por decir lo menos. Había dormido, dando vueltas y vueltas por horas por las pesadillas después que él se fue esa noche, despertando la mañana siguiente para encontrar una nota que deslizaron bajo mi puerta. Mi corazón latió erráticamente en mi pecho, mi mente consumida por la idea de que la nota fuera de él. Mientras mis manos temblorosas abrían la nota, gloriosas visiones de Edward profesando su amor eterno se infiltraron en mi cuerpo, rogando que él renegara de su familia, de su estilo de vida, todo con la esperanza de estar conmigo. Pero el alma se me cayó a los pies cuando leí la nota de Angie, explicando que había pasado para tener nuestra desafortunada charla y yo no había respondido, al parecer porque no estaba en casa o estaba dormida. Me quedé en la mesa de la cocina, donde Edward había estado sentado la noche anterior, llorando en un tazón de cereal.
Pensativa vi las noticias, esperando que aparecieran en la televisión reportes de cadáveres encontrados, pero nunca ocurrió y me quedó claro que Edward había tomado todos los medios necesarios para cubrir lo que sucedió esa fatídica noche en el callejón. No había tenido noticias, no solo de Edward, sino también de Jasper y me preguntaba si su nuevo trabajo ocupaba cada segundo solitario de su tiempo. Eludí a Angie a toda costa, preocupada que mencionara el nombre de él… pero la echaba de menos. Me sentía sola, aún más de lo acostumbrado, y fue necesario que Edward me dejara para darme cuenta.
Mi caminata al trabajo era menos que deseable, el calor de Tennessee básicamente había desaparecido y mi mente estaba llena de visiones de ojos verde pino, rosados labios carnosos y la consciencia culpable de alguien que había asesinado a un hombre. La temperatura descendió dramáticamente, permitiéndome cambiar la estúpida falda de mezclilla azul que Patrick requería que usáramos en el trabajo, por jeans color azul y sudaderas, lo único positivo en mi vida ahora ya que era mi vestuario favorito. En el trabajo era básicamente lo mismo de siempre, salvo por el hecho de que Edward no regresó y el bar estaba sorprendentemente bien abastecido. Patrick seguía aquí, trabajando como gerente general. Se le escapó decir que el señor Cullen le permitió quedarse, por el momento, hasta que contratara a nuevo gerente general.
Se acercaba el Halloween cuando las cosas dieron un interesante giro, cuando una noche entré al trabajo para encontrar a Tia y a Carmen mirando de forma extraña a una pequeña mujer alocada que se movía frenéticamente por la habitación, agarrando fotos de las paredes, arrojándolas en una caja grande de cartón. Cuando se giró un poco, alcancé a ver ligeramente su perfil y supe de inmediato quién era. Alice Cullen.
Era más pequeña de lo que recordaba; apenas un poco más de uno cincuenta de alto, con tacones. Llevaba puesta una blusa negra de cuello redondo y tatuajes de vivos colores se asomaban por los bordes de su pecho. Unos oscuros jeans deslavados y entallados cubrían sus pequeñas piernas y su cabello un tanto más largo, ahora estaba peinado con marcados rizos elegantes. Si no fuera por su maquillaje perfectamente aplicado, probablemente podría simular ser una niña, por lo delgada y bajita que era. El temor invadió mi cuerpo, por estar cerca de ella después de la noche en la tienda y por los recientes eventos en torno a Edward, y me pregunté si él le había contado algo sobre mí…
"Esa perra está drogada," susurró Tia en tono cómplice, asintiendo con su cabeza hacia Alice que seguía pavoneándose por la habitación, arrojando decoraciones en la caja.
"¿Por qué dices eso?" Pregunté con curiosidad, agarrando un vaso y llenándolo de borbón al pasárselo a un cliente.
"No ha dejado de moverse desde que llegó a aquí… esa es la hermana del señor Cullen, Alice," respondió, sin saber que ya estaba algo familiarizada con Alice.
Tia y Carmen se habían abstenido de mencionarme a Edward, salvo por un par de días después que regresé a trabajar. Ellas estaban ahí la noche que hui llorando del bar, de su oficina y solo preguntaron una vez que ocurrió en esa habitación. Decidí no responder y felizmente me sorprendió que no se burlaran de mí por ello, posiblemente al ver temor en mi rostro por el tema.
"No está fumando crack o algo así. ¡Sus dientes son muy blancos!" Dijo Carmen rebotando detrás de la barra, como si se hubiera contagiado de la energía de Alice. "Pero definitivamente está dopada. ¡Mírala moverse! ¡Es como un pequeño cúmulo de energía! Probablemente toma pastillas," susurró, a sabiendas.
"Tú deberías saberlo," Tia se burló en respuesta, secando un vaso y rodando los ojos.
"¡Son para mi dolor de muelas!" Carmen espetó, frotando su mejilla y frunciendo el ceño.
"Mmmmmmm… supuestamente," sonrió Tia, usando su palabra favorita.
No respondí, mientras continuaba trabajando detrás de la barra atendiendo a mis clientes. En algún momento durante la noche, Alice me vio, mi mirada se encontró con la suya y las dos nos congelamos, mirándonos. Una pequeña sonrisa cruzó por su rostro, la que rápidamente ocultó dándose la vuelta y agarró la enorme caja cruzando con ella la habitación con dificultad. Desapareció en la escalera que conducía al segundo piso que utilizábamos para guardar cosas. No la vi regresar, hasta que me tomé un momento para ir al baño. Después de lavar y secar mis manos, empujé la puerta del baño para encontrar a la señorita Alice Cullen recargada casualmente contra la pared del pasillo, con sus brazos cruzados y una brillante sonrisa en su rostro.
"¡Sé que probablemente no quieras tener nada que ver conmigo, pero simplemente no pude contenerme!" Chilló, arrojando sus pequeños brazos alrededor de mi cuello, ignorando mi expresión de shock. Olía ligeramente a jazmín, y mi corazón se detuvo porque me recordó a él. Sobre todo cuando mis tristes ojos castaños encontraron sus verdes brillantes, el mismo color que compartía con él.
Desde ese día en adelante, la pequeña Alice Cullen se infiltró en todas nuestras vidas. Se enteró del amor de Carmen por Halloween, y las dos hablaron emocionadas de sus planes para redecorar el bar a tiempo para la noche de Halloween, mientras Tia las miraba de cerca con el ceño fruncido al escuchar su entusiasmo. En esos pocos días, aprendí mucho de Alice Cullen, incluyendo su obvio desdén por cualquier cosa socialmente aceptable de ella como hija de Carlisle Cullen. Los tatuajes que se asomaban en su pecho también cubrían sus brazos, lo noté cuando la vi subirse las mangas mientras trabajaba. Pájaros de brillantes colores, flores, peces y citas fluían por su piel y supuse que también adornaban su espalda.
El bar tuvo que cerrar una semana completa para empezar la construcción y renovaciones. Alice anunció que cuando volviéramos a trabajar, el bar ya no sería un pub irlandés, y escuché a Tia repetir entre su aliento, "Por favor, que no sea un club de blues, por favor, que no sea un club de blues" provocando que Alice estallara en risitas.
"Cuando volvamos a abrir, no reabriremos como un club de blues, ni un pub irlandés," anunció Alice, con una tonta sonrisa en su rostro al ver a aliviada Tia. "Me gustaría anunciar formalmente que, cuando McMillan's vuelva a abrir sus puertas, ¡abriremos oficialmente como un club nocturno!"
Nos quedamos anonadados por un momento antes de que Tia gritara, "¡Oh Dios mío! ¿Vamos a tener que escuchar música techno o disco toda la noche?" Se escuchó totalmente indignada al mismo tiempo que se estremecía.
"No, nada de eso," Alice le aseguró con una sonrisa. "Probablemente tocaremos música actual, posiblemente con algunas noches de los noventa o algo así. Estoy pensando en algo un poco exclusivo con un código de vestimenta, pero nada presuntuoso. Juro que no habrá disco, techno o varas luminosas involucradas… solo baile, bebidas y en general diversión." Tia consideró eso por un rato antes de asentir de acuerdo.
"En los próximos días voy a cerrar el bar. Un hombre va a venir a entrenar a los bármanes cómo hacer flair. Para aquellos que no lo saben, flair son los trucos de bar, cuando arrojas las botellas en el aire y las atrapas detrás de tu espalda. Es para entretener a los clientes, y creo que ayudará a potenciar más los negocios en el club. Aún recibirán su paga regular, ya que trabajarán en el bar como lo hacen normalmente, así que por favor, no se preocupen por eso. Todos tienen que estar aquí en la mañana, a las once. Los bármanes del turno de la mañana también estarán aquí, por lo que todos trabajaremos juntos. Después de eso el bar estará cerrado hasta la noche de Halloween, y lo reabriremos como un club nocturno. ¿Alguna pregunta?" Cuestionó, con sus manos en sus caderas al mirarnos con atención. Todos se le quedaron mirando en silencio. "De acuerdo, entonces. Vuelvan a trabajar," dijo alegremente.
Todos llegamos el siguiente día como Alice ordenó, y conocimos a Riley, un hombre ligeramente musculoso con profundos ojos castaños y brillante cabello rubio. Sostenía pesadas botellas de plástico, que arrojaba en el aire, girándolas en diferentes direcciones, atrapándolas con facilidad mientras todos los mirábamos asombrados. Pasó ese día y luego el siguiente entrenándonos en cómo realizar trucos fáciles con las botellas, de manera que estuviéramos bien preparados para el verdadero evento una vez que reabrieran el club. Riley no solo entrenó a los bármanes, sino también a los camareros.
Para mí, los trucos no fueron fáciles. Dejé caer las botellas repetidas veces, haciendo una mueca cada vez que caían al suelo, aunque no se rompían. Riley finalmente se frustró con mi torpeza, llamando a Alice a la barra, para mi vergüenza. ¡No podía creer que Jessica y Lauren pudieran realizar los trucos cuando solo tenía medio cerebro!
"Bella, ¿tienes alguna experiencia como camarera?" Alice preguntó prudentemente, después de verme dejar caer las botellas muchas veces. Podía escucha Carmen riendo, y les lancé una mirada furiosa.
"Sí, pero no soy muy buena en ello," admití, mordiendo mi labio inferior. Alice suspiró, palmeándome en el hombro. "Tienes que ser mejor en eso que como barman. Me temo que voy a tener que trasladarte a servir mesas, Bella. Lo siento, pero si voy a usar mis planes del flair, no puedo tener a una barman que no puede hacer los trucos."
No podía enojarme con Alice, aunque despreciaba ser camarera, porque ella solo estaba haciendo lo que era mejor para el futuro de McMillan's. Además, me invitó emocionada a ir con ella de compras para las decoraciones de Halloween para la gran reapertura de McMillan's. No había ido en un viaje de compras desde que conocí a Tia y a Carmen.
Se presentó en mi departamento la mañana siguiente, como planeamos, sonriendo cuando abrí la puerta. De pie junto a ella estaba Carmen, la bruja curvilínea amiga de Alice de la noche en la tienda, a quién vagamente recuerdo llamó Rose, y una mujer mayor bajita con rizos color caramelo e increíbles ojos verdes. Mi boca se secó cuando me di cuenta que esta mujer era la madre de Edward, Esme Cullen.
"Mamá, ella es Bella," le dijo Alice, enfatizando mi nombre mientras me daba una brillante sonrisa. "Bella, ella es mi madre, Esme Cullen." La mujer dio un paso al frente y agarró mi fría mano con la suya cálida, sacudiéndola suavemente.
"Es un gusto conocerte, Bella," me dijo cordialmente, mirándome a los ojos con sinceridad. Miró detrás de mí con curiosidad a mi departamento antes de exclamar, "¡Oh, tengo una vieja máquina de coser justo como esa! ¡A Alice y a mí nos encanta coser!"
"Eso es lo que he escuchado," respondí en voz baja, eludiendo su astuta mirada al sacarlas al pasillo y cerrar la puerta suavemente detrás de mí.
Rose me dio una mirada altiva, arrojando su cabello rubio por encima de su hombro y levantó su cabeza indignada al bajar las escaleras con Carmen y Alice siguiéndola de cerca. No comprendía esa mirada o la hostilidad que me ha demostrado las únicas dos veces que la he visto, pero no le di importancia considerándola una esnob.
Esme me detuvo antes de que bajara las escaleras, agarrando mi brazo y susurrándome con sinceridad, "Gracias, por lo que hiciste esa noche en la tienda. De ninguna manera podría agradecerte lo suficiente por el sacrificio que hiciste."
"Estoy segura que si no lo hubiera hecho yo, entonces alguien más lo habría hecho," respondí con humildad, avergonzada por la atenta mirada de la pequeña mujer. "Es solo que no quise que nadie saliera lastimado."
Ella continuó mirándome por un momento, pero no era una mirada incómoda. Me vio casi de forma cariñosa, frotando suavemente mi brazo antes de murmurar, "Entonces, esta es la mujer que robó el corazón de mi hijo."
Me quedé atónita por su comentario mientras me daba una sonrisa triste, pasaba junto a mí y lentamente bajaba los escalones, conmigo detrás. Esta mujer, de algún modo, sabía sobre Edward y yo… simplemente no estaba segura cómo lo sabía. Obviamente, Edward le contó o Alice, o tal vez los dos le contaron. Mordí mi labio pensativa, eludiendo los penetrantes ojos de Esme al entrar en un costoso sedan negro, con Rose detrás del volante.
Pasamos el resto del día comprando las decoraciones para el Halloween. Rose estaba distante, dándome miradas asesinas ocasionalmente pensativa cuando yo hablaba, pero en su mayor parte las dos estuvimos calladas, permitiendo que Carmen, Esme y Alice charlaran mientras acumulaban una cantidad interminable de dinero en la tarjeta de crédito de Alice. Al acercarse el crepúsculo, Rose pasó a dejar a Carmen frente a su departamento, donde la dejamos sonriendo y agitando su mano en despedida. Luego dejó a Esme frente a un edificio gris alto; la Corporación Cullen. Todas salimos del coche, ayudando a Esme con sus bolsas y miré al gigantesco edificio preguntándome, con tristeza, si Edward podría estar dentro en alguna parte, paseándose de un lado al otro y tirando de su cabello, maldiciendo al personal.
Esme me sorprendió antes de irse con un beso en la mejilla, mirando a mis aturdidos ojos y diciéndome con voz suave, pero firme, "Bella, vas a tener que acompañarnos algún día a cenar en nuestra casa. Que tengas una buena semana, cariño. Estoy segura que te veré de nuevo pronto."
Ella desapareció en el costoso edificio alto, saludando a un guapo hombre rubio en la puerta. El hombre traía puesto un caro traje a la moda, con su cabello perfectamente peinado y tenía una expresión dura y fría en su rostro. Miró en nuestra dirección mientras estábamos junto al coche, sus ojos azules acerados entrecerrándose al mirarme, antes de saludar a Alice casualmente con su mano y rodear a Esme con un brazo. Mi sangre se heló al mirar a los ojos por primera vez a Carlisle Cullen… y él no pareció impresionado.
El viaje de regreso a mi departamento fue callado, ya que todas estábamos perdidas en nuestros pensamientos. Los míos constantemente inundados con Edward, como normalmente lo estaban. Ahora pasaba cada minuto de mi vida obsesionada con él… obsesionada con olvidarlo, solo para que volviera a agobiar mi mente. Él era un enigma; una mezcla del hombre de apariencia fría e iracunda de pie en la entrada de la Corporación Cullen, y la dulce y amable Esme, la parte de él que sobresalía solo cuando bajaba sus muros de ladrillo. Lo enfermizo de eso era que me sentía igualmente atraída por ambos lados de su personalidad.
Llegamos al departamento y Alice insistió en ayudarme con mis bolsas, aunque eran pocas en comparación con las suyas. Rose puso los ojos en blanco al escuchar la solicitud de Alice por ayudar, pero sorprendentemente nos siguió subiendo las escaleras. Puse mis bolsas en el suelo, saqué mi llave, pero mi mano se congeló a medio camino hacia la cerradura cuando Rose agarró mi brazo con fuerza. Me le quedé mirando en shock mientras ella miraba hacia la puerta.
"¿Qué es ese sonido?" Susurró, sus bonitos ojos azules amplios al mirarme primero a mí, luego a Alice y asintiendo hacia la puerta. Intercambiamos miradas confusas antes de acercarnos, pegando nuestras orejas a la puerta del departamento. Podía escuchar un gruñido amortiguado por la puerta, sonando casi como un oso enojado. Todas saltamos hacia atrás por el miedo, con Alice rebuscando en su bolso.
"¡Oh, demonios no!" Siseó, rebuscando en su bolso que era el doble de su tamaño. "Bella, hay un animal salvaje o algún lunático en tu departamento. ¡Tengo la intención de hacerlo pagar!" Rose asintió como si supiera lo que Alice estaba planeando. Agarró la llave de mi mano temblorosa y la deslizó en la cerradura, girando el pomo y apenas abriendo la puerta. El gruñido continuó, más fuerte ahora que la puerta estaba abierta.
Tragué con horror, buscando a tientas mi teléfono en mi bolsillo trasero. "Tal… tal vez deberíamos llamar a la policía," jadeé, mi cuerpo tornándose frío por el miedo.
Alice sacó una pequeña pistola negra, tan pequeña que parecía un juguete, y gritó, "¡A la mierda con la po-po!" Agitando el arma al mismo tiempo que pateaba la puerta con su diminuto pie abriéndola por completo. Después de eso, todo ocurrió en un torbellino de eventos.
La puerta se abrió, Alice y Rose entraron corriendo y yo detrás de ellas, como la tonta que era. Acostado en el sofá no estaba un enorme oso grizzli, sino un hombre igual de grande. Estaba despatarrado en el sofá boca abajo, con sus brazos y piernas colgando y mi afelpada bata de baño rosa puesta, la que se había subido sobre su desnudo trasero ligeramente peludo. Un almohadón cubría su rostro y ni todo el alboroto que hicimos al entrar a la habitación lo inmutó ya que seguía roncando ruidosamente.
"¡Oh, Dios mío, Bella! ¡Es un jodido pervertido!" Alice chilló, apuntando el arma hacia el trasero del hombre, saltando frente a mí mientras yo miraba por encima de su hombro. "¡Está desnudo! ¿Le disparo en el trasero o lo despierto?"
No pude responder, porque entre más miraba su trasero, más familiar me parecía. Alice, pensando que estaba en estado de shock, se acercó despacio al hombre antes de picarle una nalga con la culata del arma.
"¡Despierta, bastardo peludo!" Gritó, saltando hacia atrás cuando el hombre comenzó a despertarse.
Gimió, se estiró y se dio la vuelta, la almohada cayendo de su rostro al mismo tiempo que la bata se abría, dejando expuesto su gigantesco y esculpido pecho. Su cabello negro despeinado por el sueño y los hoyuelos que por lo general adornaban su rostro estaban ocultos por un marcado ceño fruncido mientras frotaba sus adormilados ojos.
Dejé escapar un gemido cuando se dio toda la vuelta, dejando a la vista su flácido y grande pene, y gruñí, "¡Oh, Dios mío, qué estás haciendo aquí!" Las cosas pasaron muy rápido después de eso.
Los ojos del hombre se ajustaron a la ahora brillante habitación, cuando Rose encendió la luz. Sus ojos se posaron en Alice, sujetando su arma y luego en mí, de pie cautelosamente detrás de ella. Se centró en Alice, otra vez, mirándola de arriba abajo con una expresión de horror familiar cruzando su rostro. Al hombre se le escapó un grito muy femenino, levantándose del sofá ondeando su flácido pene como un fideo.
"¡Oh, Dios mío, Bella!" Gritó histérico, señalando a una confundida Alice que, con cautela, después de escucharlo gritar mi nombre, bajo un poco el arma. "¡Es una enana, Bella! ¡Es una jodida ENANA! ¡Con un arma! ¡La enana tiene un arma! ¡Aghhhhhhh!" El hombre se tambaleó hacia el sofá, tropezando con un almohadón, cayendo de cabeza sobre el sofá y aterrizando en el suelo con un ruidoso golpe.
"Emmett," lo llamé suavemente, con paciencia. "Ella es Alice… y Rose… Alice no es una… persona pequeña. ¿Recuerdas, Emmett? El doctor Gerandy te explicó que ya no se les llama enanos."
Alice y Rose se me quedaron mirando con una mezcla de sorpresa y horror, antes de que mi hermanastro se levantara de golpe por detrás del sofá, gritando y señalando a Alice, "¡Retrocede, enana! ¡Toma tu arma y vete!" La bata rosa ya casi se le caía, exhibiendo por completo sus genitales, que vergonzosamente yo ya había visto antes. A Emmett siempre le encantó caminar desnudo por la casa.
"¿Estás loco?" Rose le dijo a Emmett con desdén, arrojando sus manos hacia arriba con frustración y dando un paso en su dirección. "Alice no es una enana… ¡Solo es bajita!" Alice le lanzó a Rose una mirada furiosa en respuesta.
"¡Retrocede, Pie Grande! ¡Reconozco a un enano cuando lo veo!" Mi hermanastro gritó, dándose la vuelta para correr como loco a mi recámara. Desafortunadamente, en su frenético intento por huir de Alice, Emmett se tropezó, golpeándose la cabeza en el marco de la puerta, un tremendo crujido se escuchó en la habitación al mismo tiempo que se tambaleaba hacia atrás y caía de espaldas al suelo, provocando que gritáramos con horror.
Nos acercamos a Emmett con cautela, que yacía tumbado de espaldas con sus ojos cerrados y un pequeño corte en su frente. Lo cubrí rápidamente tanto como pude, su enorme cuerpo dejando muy poco espacio en mi pequeño baño. Rose corrió a la cocina, encontró un trapo en un cajón, lo mojó en la llave y regresó a donde estábamos Alice y yo, arrodillándose junto a Emmett. Colocó el trapo en su frente, haciendo presión para detener el ligero sangrado.
"¿Quién es él, Bella? ¿Está loco o algo así?" Alice me susurró, tratando de no molestar a la bestia de hombre.
"No," dije con brusquedad, luego suspiré. "No está loco… tiene acondroplasiafobia… fobia a la gente pequeña. Vio una película de terror cuando era un niño… sobre payasos enanos… les teme desde entonces."
"¡No soy una enana!" Alice espetó, metiendo el arma de vuelta a su bolso.
"Lo sé," suspiré. "Pero Emmett cree que eres… una persona pequeña… ¡está medio dormido por amor de Dios!"
En ese momento, los párpados de Emmett comenzaron a moverse, hasta que se abrieron y se le quedó mirando a Rose, con una expresión aturdida en su guapo rostro. "Debo haber muerto y me fui al cielo," dijo arrastrando las palabras, sus hoyuelos haciéndose más marcados. "Porque veo a un ángel." Rose soltó una risita, provocando que la sonrisa de Emmett se hiciera más grande, honrándola con sus enormes dientes blancos… luego sus ojos se movieron hacia donde Alice estaba arrodillada.
"¡Arghhhhhh!" Chilló otra vez, ocasionando que todas nos alejáramos de un salto por la sorpresa.
Emmett salió disparado por el departamento, atravesando mi puerta abierta, pasando junto a una sorprendida Angie que ahora estaba parada en el pasillo. Pasamos corriendo junto a ella, con Eric riendo en su cadera. Las tres bajamos velozmente las escaleras y salimos del complejo de departamentos, para encontrar a Emmett corriendo por la calle, aterrorizando a los transeúntes mientras pasaba, con una bata de baño rosa puesta y su pene aleteando en el frío viento de octubre.
(1) Es un poema de la poeta estadounidense Emily Dickinson. La versión en inglés original es esta:
"It's all I have to bring to-day,
This, and my heart beside,
This, and my heart, and all the fields,
And all the meadows wide.
Be sure you count, should I forget, –
Someone the sum could tell, –
This, and my heart, and all the bees
Which in the clover dwell."
Jajajaja solo Emmett podría hacer una entrada como esa, ¿no creen? Aquí es el hermanastro de Bella con fobia a la gente pequeña, ya veremos cómo le va al pobre al salir desnudo a la calle jajaja. Pues bien, este capi tuvo de todo, incluyendo un estúpido Edward haciendo una propuesta que estoy segura dejó a más de una queriendo darle una patada en las bolas y dejando a la pobre de Bella con el corazón roto. Y hasta ahora parece estar manteniendo su distancia si no se ha presentado al bar, ¿pero qué hay de ese comentario de Esme? ¿Qué creen que signifique? Como siempre, estaré esperando ansiosa sus reviews para saber qué les pareció el capítulo, qué fue lo que más les gustó y qué creen que ocurrirá ahora. Y si no saben qué decir, con un gracias, un saludo o una carita feliz es suficiente. Solo queremos saber que están disfrutando de la historia y con ellos ustedes marcan el ritmo de actualización ;)
Muchas gracias a quienes dejaron su review en el capítulo anterior: FerrHerrera, julieth, Tereyasha Mooz, Shikara65, PRISOL, Alexandra Nash, Say's, Pam Malfoy Black, Vrigny, alejandra1987, Flor Santana, SharOn, Danny CullenMa, cristiheca, Gabriela Cullen, Aurora, Rosy Canul, Melina, lizzilink, Nelva Robsten, Dess Cullen, Tecupi, JessMel, Fallen Dark Angel 07, rjnavajas, aliceforever85, Klara Anastacia Cullen, crysty katy, yesd, Manligrez, miop, EriCastelo, Cary, tulgarita, saraipineda44, andyG, Melany, andreasotoseneca, Lady Grigori, Vanina Iliana, Ali-Lu Kuran Hale, Adriana Molina, torrespera172, Tata XOXO, BereB, Yoliki, Lizdayanna, angryc, maries24, Pili, carolaap, patymdn, Maryluna, lagie, Liz Vidal, glow0718, Jimena G, injoa, Yendry Villachica, Brenda Cullenn, Mafer, Sully YM, DenniChavez, y algunos anónimos. Saludos y nos leemos en el siguiente.
