Como de costumbre, no puede faltar el descargo de responsabilidad :P Estos personajes no son míos, pertenecen a Stephanie Meyer, y la historia a la genial Hoodfabolous, yo solo traduzco.
Y gracias como siempre a mi leal compañera, Beta y amiga, Erica Castelo por seguir apoyándome y ayudándome a mejorar mi ortografía ;)
Capítulo Treinta y uno: Silenciosa comprensión
CPOV
Mis recuerdos comenzaban a la de edad de cuatro años. Vivía con la familia Ramsey en ese tiempo. No recuerdo con quién viví antes de eso. Mi vida antes de los Ramsey no parecía existir.
Bill y Shirley Ramsey eran los padres perfectos; los padres que nunca tuve. Supe desde que tenía cinco que era adoptada, aunque en realidad no entendí el concepto hasta que me hice mayor. Bill y Shirley me contaron que no podían tener hijos, así que adoptaron uno. Shirley me dijo que un día mi mamá vendría a buscarme. Mencionó que mi mamá no quería entregarme pero tuvo que hacerlo. No me dijo por qué mi mamá me entregó, pero por otro lado, en realidad yo no le pregunté. Era feliz con los Ramsey y no podía imaginar dejarlos por nadie más.
Bill era alto y fornido con cabello rubio y ojos azules. Bill era el propietario de su propia estación de servicio y sus manos quedaron callosas y ajadas por largos días trabajando en vehículos. Había manchas permanentes de grasa debajo de sus uñas de las que Shirley se preocupaba todo el tiempo. Intentó sacar esas manchas de todas las formas posibles, pero nunca pudo hacerlo. Finalmente, solo le daba su pequeña sonrisa hermosa y le sacudía la cabeza a su esposo. Él se reía entre dientes y le daba un beso en la mejilla, alborotando mi cabello cada vez que pasaba junto a mí. Los amaba a los dos con todo mi corazón.
Shirley era bajita con cabello largo de color rubio oscuro y ojos de color azul intenso. Cuando cerraba mis ojos todavía podía ver a la bonita mujer con la que había pasado los pocos años felices de mi vida. Pero no se quedó bonita por mucho tiempo. Shirley empezó a tener muchos dolores de cabeza y dejó de cocinar porque no podía estar más que unos minutos de pie. La ropa sucia comenzó a acumularse y traté de ayudar, pero solo tenía cinco años y no sabía qué hacer además de colorearle un dibujo o cantarle canciones de cuna. Eran las mismas canciones de cuna que me cantaba todas las noches cuando me metía a la cama y besaba mi frente antes de apagar las luces. Cuando se enfermó dejó de cantar, así que yo se las canté a ella. Me sonreía y me decía lo mucho que me amaba y lo encantadora que era mi voz cantando, pero no importó. Las canciones de cuna no funcionaron. No hicieron que mejorara.
Cuando su cabello comenzó a caerse Bill entró en pánico. Shirley no le había dado importancia a sus síntomas por mucho tiempo, negándose a ver al doctor por un tonto dolor de cabeza. Pero no era solo un dolor de cabeza. Shirley empezó a ir cada semana al doctor. Venía a casa cansada con vendajes en sus brazos y un turbante en la cabeza. Con el tiempo todo su hermoso cabello se cayó. Su lindo rostro redondo se hundió, su piel se volvió amarillenta y sombras negras rodeaban sus ojos. Traté de actuar como si no estuviera asustada de la persona en la que se había convertido Shirley, pero fue difícil. La mujer que una vez amé se convirtió en un frágil fantasma. Y entonces un día ella murió.
Bill lloró su muerte por mucho tiempo. Traté de hacerlo feliz como lo hice con Shirley y pareció funcionar. Bill aprendió cómo cocinar al leer con cuidado los viejos libros de recetas de su madre. Me sentaba en una silla en la pequeña mesa en la que él, Shirley y yo comíamos y lo observaba esforzarse con una nueva receta cada noche. Después de unos cuantos percances que involucraron fideos demasiado viscosos y puré de patatas lleno de grumos, empezó a familiarizarse realmente con la cocina.
Empecé el jardín de niños cuando tenía seis años y me encantó. Bill me dejaba viajar en el gran autobús escolar amarillo todos los días. Me sentaba junto a Jeremiah, que también tenía seis en ese entonces. Era un niño lindo con cabello y ojos marrones. Él me gustaba y algunas veces le daba a escondidas las golosinas de Rice Krispy que Bill me hacía. Mi maestra de jardín de niños era muy dulce y pasaba mucho tiempo con cada uno de sus estudiantes. Ella me enseñó a leer, algo que Bill y Shirley de algún modo no pudieron hacer. La emoción por aprender una nueva palabra me daba poder y usaba la palabra en frases durante todo el día, una sensación de orgullo por el conocimiento creciendo en mi pecho.
Bill sonrió y se echó a reír al ver mi exuberancia por las palabras y me compró unos cuantos libros. Tarde por la noche pretendía estar dormida. Cuando Bill apagaba las luces y cerraba la puerta sacaba mi pequeña linterna de Barbie debajo de mi almohada y leía hasta que mis párpados empezaban a cerrarse y el agotamiento se apoderaba de mí. Cuando despertaba por la mañana la linterna estaba de nuevo bajo mi almohada y el libro en el estante, pero nunca recordaba haberlos puesto ahí.
En general, tenía una vida feliz. Hasta que cumplí los ocho años. Fue entonces cuando las cosas dieron un cambio drástico para lo peor. Fue la primera vez que conocí a una trabajadora social.
Estaba sentada en clase resolviendo un problema de matemáticas cuando una mujer bajita y regordeta con cabello oscuro y gafas apoyadas en su rechoncha nariz entró a nuestro salón de clases. La había visto en la escuela unas cuantas veces, pero en realidad nunca supe su nombre o cuál era su posición en la escuela. La mujer entró y miró alrededor del salón, sus ojos posándose en mí. Volviendo mi cabeza una vez más hacia mi trabajo me sonrojé, avergonzada de que la mujer me atrapara mirándola. Desde el frente del salón escuché a la mujer y a mi maestra hablando en tonos bajos y suaves antes de que la señora Gilbert, mi maestra, caminara a mi escritorio y se pusiera de cuclillas junto a mí.
"Claire," dijo, su voz suave y gentil. Levantando la vista, encontré sus ojos compasivos. "Cariño, guarda tus pertenencias y ve con la señora Lambert. Ella es la consejera de la escuela y necesita hablar contigo."
Después de reunir mis pertenencias seguí a la mujer regordeta por el edificio y dentro de otro. Abrió la puerta de su oficina y entré, sorprendida de ver a un oficial de policía y otra mujer enfrascados en una conversación en voz baja en la oficina de la señora Lambert. Se volvieron hacia mí, sus ojos llenos de la misma compasión que tenían los de mi maestra. Ese fue el día que me enteré que Bill Ramsey había muerto. Un coche en el que estaba trabajando de algún modo se cayó del gato y cayó sobre él. Bill murió al instante y el oficial de policía trató de asegurarme, a una niña de ocho años, que no sintió dolor.
Pero yo sentí dolor. Lo sentí en lo más profundo de mi pecho, pulsando por mis venas. Ya no tenía a nadie. Las únicas dos personas que me amaron en mi vida habían muerto y estaba completamente sola en el mundo.
Me situaron en una casa hogar para niñas por un par de meses. Esos dos meses fueron horribles. Las niñas con las que viví no tenían una vida feliz como la que tuve. Eran niñas malas y vengativas que disfrutaban de burlarse y atormentar a las niñas más pequeñas. Las semanas que viví ahí me parecieron años. Tarde por la noche yacía en mi cama, demasiado aterrada para cerrar mis ojos. La última vez que cerré mis ojos una niña de nombre Simone derramó agua fría sobre mí. Simone era una cosita malvada con cabello color rojo fuego y ojos verde claro. Sería bonita de no ser por la mueca intimidante que tenía. Cuando traté de gritar por ayuda presionó su mano sobre mi boca, amenazando con hacerme las cosas más perversas si siquiera decía una palabra. Así que no lo hice. Dejé de hablarle a todos en la casa de niñas. No hablé de nuevo hasta que una mujer llamada Heidi llegó a mi vida.
Heidi era alta y curvilínea con abundante cabello castaño en ondas y ojos color miel. Usaba ropa elegante y olía a perfume costoso. Mi trabajadora social me dijo que ella era mi nueva madre de acogida. La sonrisa de la mujer bonita y la oportunidad de dejar la casa de niñas me emocionó. Con las pocas pertenecías que tenía dejé ese miserable lugar y nunca miré atrás. Pero la casa de niñas fue un día de campo comparado con el año que viví con Heidi.
Heidi era una perfeccionista. Todo tenía su lugar en su casa y si las cosas estaban fuera de orden se ponía furiosa. Nunca me golpeó, ni una sola vez. Pero encontró otras formas de lastimarme.
A Heidi le encantaba vestirme con vestidos con volantes y bonitos moños para el cabello. La tela me provocaba comezón en la piel y ella me gritaba por retorcerme y rascarme. Me encantaba jugar en la tierra, sin usar vestidos bonitos. Una vez me escabullí afuera mientras ella tomaba una siesta y jugué en silencio con unos cochecitos en la tierra. Los cochecitos pertenecían a un niño que conocí en mi nueva escuela. Jugamos con los cochecitos en el patio de juegos y él me dijo que podía quedarme con un par. Los metí en mi mochila y los traje a casa, ansiosa porque Heidi tomara su siesta diaria para poder jugar con ellos. Tratando de mantener limpio mi vestido, corrí los cochecitos por la tierra durante varios minutos, las diminutas llantas de plástico dejaron rastros en la arena. Volviendo a entrar a escondidas antes de que despertara, me sentí orgullosa por no ensuciar mi vestido. Desafortunadamente, no pude decir lo mismo de mis zapatos.
Heidi despertó y encontró huellas de tierra cerca de la puerta trasera. Ella me agarró violentamente de mi pequeño brazo y me llevó al baño. Llorando por el dolor en mi brazo, vi cómo llenaba la bañera con agua. Me gritó que me callara, pero no podía detener los sollozos que escapaban de mi boca. Tapando mi boca con su mano, me levantó del suelo y me arrojó sin cuidado a la bañera. El agua helada envió olas de choque por mi cuerpo, pero contuve mis gritos, con mis dientes castañeando.
"¡Jamás metas tierra a la casa! ¿Me entendiste?" Me preguntó con voz baja y amenazante, su bonito rostro distorsionado por la ira. Asentí aterrada y una extraña sonrisa cruzó su rostro.
"Quédate aquí hasta que te diga que salgas," me ordenó, cerrando la puerta del baño con fuerza detrás de ella y dejándome en el agua helada, completamente vestida y temblando.
No sé cuánto tiempo me quedé ahí antes de que mis dedos se entumecieran y dejara de temblar. Finalmente, ella regresó a la habitación, tarareando y sonriendo como si nada hubiera pasado, ayudándome a salir de la bañera y quitándome la ropa mojada. Me secó y me puso otro vestido; esta vez rosa. Nunca volví a jugar en la tierra. Y nunca le hice preguntas o dije lo que pensaba, porque de verdad ardía cuando alguien ponía pimienta de cayena en mi boca y la mantenía cerrada.
Algunas veces por las noches lloraba por mi mamá. No sé por qué hacía eso. Ella no me quiso para empezar, pero aún me sorprendía orando porque me encontrara y me alejara de este desastre en el que me encontraba. Bill y Shirley me dijeron que Dios respondía a las oraciones, pero por mucho que orara por mi mamá, nunca vino.
Aprendí muy rápidamente que era mejor permanecer en silencio. Cantar nunca le ayudó a Shirley. Los gritos nunca me ayudaron en la casa de niñas. Orar por mi mamá no funcionó. Y Heidi simplemente no podía soportar el sonido de mi voz. Así que dejé de hablar. Era mejor así.
Mi trabajadora social sabía que algo estaba mal. Pasaba a hacer sus visitas programadas y preguntar por mi felicidad, pero me negaba a hablar porque nunca me ayudó en ninguna otra ocasión. Heidi aparentaba ser compasiva, lamentándose y preocupándose por mí mientras yo me quedaba quieta como una estatua en el sofá frente a la trabajadora social, mi mente a millones de kilómetros de distancia. Heidi se secaba los ojos con un pañuelo, pretendiendo que estaba triste porque su pobre pequeña Claire no le hablaba.
Así que, cada día despertaba, me ponía un horrible vestido y me iba a la escuela, practicando la precaución extrema para evitar ensuciar mi ropa en el patio de juegos. Volvía a casa y me encerraba en mi habitación leyendo los libros desgastados que Bill me compró. Mi nombre estaba garabateado con letras torcidas dentro de la portada de cada libro. Me encantaban mis libros.
Varios meses después que cumpliera nueve años, las cosas de pronto cambiaron. Al bajar el último escalón del autobús escolar en seguida supe que algo estaba mal. La trabajadora social me visitó la semana pasada para ver cómo estaba, pero su Lincoln color azul marino estaba en la entrada de la pequeña y modesta casa de Heidi. Entrando sin hacer ruido, para no hacer enojar a Heidi, alcancé a escuchar el final de su conversación. Escabulléndome por la cocina, me oculté a la vuelta de la esquina del estudio para escuchar sin que me vieran.
"¡No puedes quitármela! ¡Ella es prácticamente mi carne y sangre! ¡Amo a Claire!" Heidi gritó dramáticamente.
Mi corazón empezó a latir de forma irregular en mi pecho. ¿Por qué me iba a llevar la trabajadora social? ¿A dónde iría? ¿Sería un lugar lindo… o algún lugar peor de donde ya estaba?
"La madre de Claire ha contratado al mejor de los abogados en el sur," la señora Kirksey, mi trabajadora social, dijo con voz firme. "Hablé extensamente con la señorita Hale y su abogado. Nunca fue la intención de la señorita Hale ceder los derechos a su hija. Ella tenía dieciséis años cuando dio a luz a Claire y sus padres la obligaron a dar a su hija en adopción. Tiene todo el derecho de pelear por su hija. No es como si tuvieras la intención de adoptar a Claire, de todos modos. ¿No es cierto, Heidi? Es una vergüenza como mucha gente acogen a niños simplemente por el cheque mensual que reciben."
"¡Cómo se atreve a insinuar que estoy usado a Claire por un cheque mensual! ¡Ni siquiera es mucho dinero, de todos modos! ¡Definitivamente no el suficiente considerando toda la mierda que tengo que soportar de esa maldita niña!"
"Tal vez Claire debería irse a quedar conmigo por un tiempo hasta que el proceso de adopción esté completo," la señora Kirksey sugirió gentilmente.
Heidi perdió los estribos. Escuché vidrio rompiéndose y gritos en la habitación contigua. Soltando mi mochila en el suelo, me deslicé por la pared cerca del estudio, envolviendo mis rodillas con mis brazos, meciéndome hacia adelante y hacia atrás, forzando a mi mente a recordar tiempos felices. Pensé en Shirley y en hornear pasteles. Ella siempre me dejaba lamer el tazón cuando terminaba. Recordé la vez en que Bill me construyó una pequeña e inestable casa del árbol que aterraba a Shirley cada vez que subía los escalones de madera clavadas al árbol.
"Claire," dijo una voz, sacándome abruptamente de mis pensamientos. Levantando la vista vi a la señora Kirksey cerniéndose sobre mí. "Levántate y ven conmigo. Nos vamos de este horrible lugar." Asintiendo, la seguí, echando un último vistazo sobre mi hombro al corto pasillo vacío cerca del estudio que conducía a mi recámara. Más que nada, quería mis libros. Pero los dejé ahí. También dejé a Heidi ahí, gritando y maldiciendo mientras destruía su inmaculada casa por la furia.
Me quedé con la señora Kirksey por unas semanas. Era una señora amable. Su esposo había muerto y no tenía hijos. Me explicó que mi madre nunca quiso darme en adopción. Mi madre siempre me quiso, justo como Shirley siempre me dijo. Asentí como si entendiera, pero no era así. En realidad, no. ¿Cómo podría una madre dar a su hija?
Fue un domingo cuando mi madre llegó. Recuerdo que fue un domingo porque la señora Kirksey me llevaba a la iglesia con ella cada domingo. Nos encontramos con mi madre y su novio, Emmett, en un lindo restaurante no muy lejos de la iglesia. Sentada en la silla frente a una brillante mesa de madera, me obligué a permanecer tan quieta como fuera posible solo por si acaso mi madre se pareciera a Heidi y no le gustara que me retorciera como un gusano.
Cuando mi mamá entró al restaurante, estaba demasiado asustada para levantar la vista. ¿Y si no le gustaba cómo me veía? Heidi siempre me decía que era muy poco atractiva. Decía que deseaba que fuera tan bonita como ella, pero no lo era. Fueron los sollozos lo que finalmente atrajo mi atención hacia mi madre. Estaba parada junto a un hombre alto y musculoso que me sonreía. Con profundos hoyuelos en su rostro y con lo enorme que era, no era para nada intimidante. Emmett me recordaba a un oso de peluche que Bill me dio una vez. Desearía aún tener ese oso, pero lo dejé en casa de Heidi.
Mis ojos se desviaron de nuevo hacia mi madre y me tensé, porque en seguida me recordó a Heidi, salvo que ella no tenía la mueca en su rostro. Mi mamá era hermosa como los ángeles en los vitrales de la iglesia de la señora Kirksey. Su cabello era rubio dorado y ondulado, cayendo más allá de sus hombros. Nunca había visto a alguien con ojos del color de mi madre. Me recordaron las violetas que crecían en el arriate de Shirley cuando era pequeña. Su belleza, su ropa elegante y su perfume costoso flotando en el aire a su alrededor me recordaron a Heidi y todo lo que sentí en ese momento fue decepción y tristeza.
El nombre de mi mamá era Rose, como la flor. Le quedaba. Era bonita y olía bien. Pero lloraba demasiado. Durante el siguiente par de semanas se reunió conmigo y la señora Kirksey todos los días. Algunas veces me llevaban a la sala de juegos. Mi mamá me daba un vaso lleno de fichas y yo lo tomaba tímidamente, caminando lentamente por el lugar con cuidado de no ensuciarme. Algunas veces echaba un vistazo hacia donde ella, la señora Kirksey y Emmett estaban sentados y encontraba a la señora Kirksey y a Emmett enfrascados en una conversación. Pero mi mamá no hablaba mucho con ellos. Sus ojos estaban sobre mí. Siempre estaban sobre mí.
Se veía triste porque no le hablaba. Quería hablarle, pero tenía mucho miedo. ¿Y si no le gustaba mi voz? ¿Qué pasa si decía algo incorrecto? ¿Me enviaría de vuelta a la casa de niñas y luego al sistema de acogida? Tal vez estaba fingiendo como Heidi lo hacía. Tal vez solo quería que la trabajadora social pensara que estaba triste porque me negaba a hablar.
Dejamos Oklahoma dos semanas después. Nunca recuperé mis libros o mi oso de peluche, pero Emmett lo compensó de algún modo. Subiendo a la cabina de su camioneta me congelé cuando mis ojos se posaron en unas bolsas que se desbordaban con juguetes y animales de peluche. Entré en la cabina y lentamente alcancé un conejito amarillo con orejas caídas. Era un juguete infantil para mí, pero no me importó. Abracé ese conejito a mi pecho y le di a Emmett una pequeña sonrisa. Me dolió la cara sonreír porque ya no estaba acostumbrada a hacerlo. Se formaron lágrimas en sus ojos. Aclarando su garganta se dio la vuelta y fruncí el ceño, preguntándome si lo había ofendido. Tal vez no quería mirarme. Tal vez yo era muy poco atractiva, justo como dijo Heidi.
Fue un largo viaje de Oklahoma a Tennessee. Una noche nos quedamos en un motel. Mi mamá quería ayudarme a tomar un baño y entré en pánico. ¿Y si estaba enojada por algo que había hecho? ¿Qué pasa si me arrojaba en el agua fría como siempre hacía Heidi? Empecé a llorar y trató de consolarme al darme un abrazo, pero me zafé. Corriendo hacia una de las camas rápidamente me metí bajo las mantas y me oculté. Escuché a Emmett hablando con mi mamá en voz baja antes de que dejara la habitación para irse a la habitación adjunta que rentó a lado. Mi mamá se fue a su cama en algún momento esa noche pero no estoy segura cuándo.
Tennessee se veía muy diferente a Oklahoma. El terreno no era tan plano y los campos no eran del color del oro. Aunque Tennessee era igual de hermoso, y esperaba que las cosas sí funcionaran para mí y mi mamá porque no quería volver a la casa de niñas o con Heidi.
Mi mamá tenía una linda casa. Era de dos plantas y blanca con un gran porche y gruesas columnas al frente. El interior se veía como un museo y la idea de moverme me aterraba porque no quería romper nada. Me mostró mi recámara y traté de no decepcionarme demasiado por el cubrecama blanco con volantes o las paredes pintadas de rosa pálido. La seguí al patio trasero y me mostró una casa de muñecas alta y de madera que dijo que Emmett y su primo Jasper construyeron para mí. Jasper era un nombre extraño
La casa de muñecas era perfecta. Era blanca con pequeñas cajas de flores en las ventanas y un pequeño porche. Había verdaderas luces que funcionaban dentro y una delgada alfombra gris en el piso. Una pequeña mesa y dos sillas estaban cerca e incluso había un desván con una escalera. Al subir la escalera sonreí cuando vi que el desván era en realidad una cama. Dejándome caer en las mantas cerré mis ojos con una sonrisa en mi rostro, sintiéndome contenta por primera vez en años. Mi mamá me dejó ahí sola. Tal vez ya no me vería tanto. La idea me preocupó un poco. No quería perder su interés pero me gustó pasar tiempo sola. Después de un rato me sentí cansada y me encontré profundamente dormida sin soñar.
Un día mi mamá dijo que quería que conociera a la familia de Emmett. Conocer a personas nuevas siempre me ponía nerviosa. ¿Y si yo no les agradaba? Mi mamá me puso un bonito vestido y me hizo usar un moño en mi cabello. No me gustó, pero por supuesto, no le dije eso. No le dije nada. Hacerla enojar era lo último que quería.
Emmett nos recogió en su gran camioneta y viajamos hacia una gigantesca casa con una reja y todo eso. Mis ojos se ampliaron cuando él marcó un código y la reja se abrió lentamente. Los seguí al porche delantero y me quedé nerviosa a un lado mientras Emmett presionaba unos números en una pequeña caja cerca de la puerta. Escuché un clic y Emmett abrió la puerta, entrando a la casa con una enorme sonrisa tonta en su rostro. Seguí a mi mamá dentro, mis ojos fijos nerviosamente en el suelo.
"¡Cariño, estamos en casa!" Emmett gritó. Su voz ya no me asustaba. Emmett era una persona ruidosa pero no lo hacía por molestar.
Dos mujeres estaban cerca de la barra. Ambas eran pequeñas, pero una era extremadamente pequeña. Me recordó a una de esas mujeres de los viejos tiempos que llevaban vestidos brillosos y plumas en el cabello. Esta mujer no tenía una pluma en el cabello, pero si traía puesto un brilloso vestido corto. Con rizos negros pegados a su cabeza y tenía unos ojos verdes bonitos. Una enorme sonrisa adornaba su rostro y dio un paso hacia mí, pero la mujer junto a ella agarró su mano, impidiendo que diera otro paso más.
Me quedé mirando a la otra mujer porque había algo extraño en ella que no podía explicar. Tal vez era porque no estaba vestida de forma tan elegante como las otras personas en la habitación o tal vez porque tenía esa gran panza redonda de una mujer que estaba muy embarazada. Su cabello era del color de la caoba y caía por su espalda en largas ondas. Un hombre guapo que estaba a su lado la miraba con lo que solo podría describir como amor en sus ojos, pero ella ni siquiera se daba cuenta de su mirada ya que sus ojos estaban fijos en los míos. El hombre era alto y delgado con un extraño tono de cabello y ojos verdes que eran iguales a los de la chica de cabello negro.
No había visto mucho amor en mi vida, pero unas cuantas veces realmente sobresalió. Bill y Shirley se veían el uno al otro de la forma en que estos dos lo hacían, y mi mamá y Emmett también compartían esa misma mirada.
"Así que, ella es Claire," dijo el hombre alto, sus ojos dejando finalmente la figura de la mujer cerca de él. Dejé caer mi vista al suelo cuando sentí que todos me miraban.
Mi mamá anunció que iba a llevarme a un salón de juegos. La seguí escaleras abajo y miré alrededor asombrada al ver todos los videojuegos y la mesa de billar. Mi mamá dijo que Edward, el hombre con el cabello alocado, le dijo que podía venir y jugar con sus juegos cuando quisiera. Eso me hizo feliz, pero todavía no me sentía cómoda en la gran casa elegante con los pisos relucientes. Me preguntaba cómo encajaba aquí la chica del cabello castaño, porque tampoco parecía del tipo de persona que le gustaría vivir aquí.
Me enteré durante la cena que la chica de los ojos grandes e inocentes era Bella, la hermana de Emmett. Ella me sirvió un plato de estofado y me le quedé mirando con desagrado. Nunca antes había comido estofado. A Heidi no le gustaba cocinar así que básicamente viví de sándwiches de mantequilla de cacahuate y mermelada o macarrones con queso durante el último año. Bella me observó con cuidado e hizo algo que nadie más había hecho. Leyó mi mente.
Bella dejó la habitación y regresó con un enorme pedazo de tarta. Era blanca con pequeños pedazos de galleta de chocolate desmoronada. Quitó mi plato de estofado y lo remplazó con la tarta. Lo miré y luego a ella, sin saber si realmente quería que comiera el postre.
"¿En serio, Bella?" Mi mamá susurró, sacudiendo ligeramente su cabeza al ver el gigantesco pedazo de tarta Oreo frente a mí, Bella no dijo nada en respuesta, pretendiendo estar fascinada con el gran pedazo de estofado que pinchó con su tenedor.
"Siempre quise comer primero el postre cuando era niña," dijo finalmente con voz nostálgica, sonriéndole a Edward que tenía una pequeña sonrisa jugando en sus labios. "Pero nadie me dejó hacerlo nunca." Encogiéndose de hombros, volvió su atención nuevamente a su plato, metiendo un enorme pedazo de patata en su boca.
Nunca nadie me ofreció el postre primero antes de la comida. Me comí la tarta poco a poco, tomándome mi tiempo mientras saboreaba la dulzura contra mi lengua. Era lo mejor que había comido en mi vida. Cuando terminé volví a mirar a Bella que me dio una sonrisa cómplice. Traté de sonreír aunque todavía dolió un poco.
Su rostro se iluminó y salió rápidamente de la habitación regresando con un pedazo de tarta igual de grande. Reunió los platos sucios y dejó la habitación, regresando con una rebanada de tarta para ella. Nunca escuché a nadie gemir mientras comía, pero Bella lo hizo cuando se comió su tarta. Edward se movió en su asiento junto a ella y me pregunté si sus gemidos le molestaban.
Nunca había conocido a alguien como Bella. Hablaba con su boca llena, con pedazos de galleta metidos entre sus dientes. Cuando alguien decía algo con lo que no estaba de acuerdo ella rodaba los ojos como alguien de mi edad. Creo que por eso me sentía atraída a ella. Bella era una niña atrapada dentro del cuerpo de un adulto joven, algo con lo que no estaba familiarizada. Todos en la mesa me hicieron preguntas discretamente esperando que respondiera, pero Bella no. Ella les bufó a todos, rodando los ojos nuevamente y les dijo que dejaran de molestarme. Bella me hacía sonreír.
Después de la cena todos se retiraron al estudio pero yo seguí a Bella a la cocina. Ella ahuyentó a todos cuando depositaron sus platos en el fregadero. Su rostro se tornó rojo cuando Edward trató de ayudarla a poner los platos en el lavavajillas y él pareció entender que no lo quería allí. Me senté en la barra y ella se dio la vuelta y se sobresaltó un poco cuando me vio, riendo y pegando su mano a su pecho.
"¡No hagas que dé a luz antes de tiempo, Claire!" Me regañó con una sonrisa, meneándome su dedo.
La observé mientras empezaba tararear y enjuagar los platos, balanceando sus caderas al ritmo de cualquier canción que se reproducía en su cabeza. Llenó el lavavajillas y lo encendió antes de volverse de nuevo hacia la isla que estaba en medio de la cocina. Presionando un dedo en sus labios y dándome una sonrisa ladina desapareció debajo de la isla y me incliné sobre la barra para ver lo que estaba haciendo. Escuché que rebuscaba en un cajón antes que finalmente volviera a aparecer, echando un vistazo por encima de mi hombro. Había una bolsa de M&M's tamaño familiar en sus manos.
"Dame algún tipo de señal si ves a Edward dirigiéndose hacia acá," susurró, sus ojos marrones amplios con seriedad. Asintiendo, me giré en mi asiento para ver si alguien estaba mirando. No había nadie. Volviéndome otra vez le levanté mis pulgares y ella sonrió, metiendo un puñado de dulces de chocolate en su boca.
"Mmmm… muy bbbuuuenos," gimió al degustar el sabor del chocolate derritiéndose en su boca. No pude contener una risita al escuchar el sonido, mis ojos se abrieron por el shock al mismo tiempo que tapaba mi boca con mi mano. Fue un accidente. No fue mi intención hacerlo.
"Está bien," dijo Bella con un tono de voz despreocupado, metiendo más dulces a su boca. "Si fuera tú también me habría reído. Pero simplemente no puedo evitarlo. Siempre que estoy cerca del chocolate me pongo toda chiflada."
Mi mano cayó de mi boca al escuchar sus palabras. ¿Qué quiso decir con 'chiflada'? ¿Quiso decir 'loca'? No estaba segura. Alguien carraspeó detrás de mí y me volví para ver al hombre guapo de cabello rubio llamado Jasper recargado en la pared con los brazos cruzados. Le sonrió a Bella y levantó una ceja mientras la observaba retorcer nerviosa la bolsa de chocolates, haciendo lo que podía por ponerla en su escondite.
"Claire, veo que atrapaste a Bella haciendo exactamente lo que todos sabemos que ha estado haciendo durante su embarazo," se echó a reír, apartándose de la pared, con sus ojos azules resplandeciendo. "Ocultando comida de Edward."
Bella le sacó la lengua a su primo y dijo, "¡Si él no actuara como mi dietista en vez de mi prometido, tal vez no tendría que ocultar todo el tiempo mi comida!"
Jasper se echó a reír y dejó la habitación, dándome una última sonrisa antes de desaparecer. Bella volvió a echar un vistazo por encima de mi hombro y sacó la bolsa de M&M's, metiendo otro puñado en su boca. Me tendió la bolsa ofreciéndome pero sacudí mi cabeza, mi pancita estaba llena por toda la tarta que comí. Encogiéndose de hombros, la ocultó una última vez y masticó el dulce despacio con sus ojos rodando dentro de su cabeza. Ver eso me hizo soltar una risita y esta vez no cubrí mi boca.
No quería dejar la casa de Bella y Edward, pero mi mamá dijo que teníamos que irnos a casa. Emmett nos pasó a dejar y subí a mi recámara y me senté en mi pequeño escritorio blanco. Había unos cuadernos y lápices de colores en el cajón superior. Saqué uno marrón porque me recordó el chocolate que a Bella le encantaba y también porque era igual al color de sus ojos. Presionando la punta del lápiz contra el papel escribí su nombre en cada línea en cursiva. Su nombre era bonito. Bella. Incluso se veía bonito en papel.
Cuando desperté el día siguiente encontré a mi mamá sentada en mi escritorio viendo el cuaderno, su frente fruncida en confusión. Sentándome en la cama me le quedé mirando, preocupada por la expresión en su rostro. Al escuchar el susurro de las sábanas, se giró en la pequeña silla y la expresión desapareció, remplazada por una sonrisa gentil.
"Buenos días, cariño," dijo con voz suave y supe que no la había ofendido. Dando un suspiro de alivio vi cómo sostenía el cuaderno en cuestión. "¿Te agrada la señorita Bella?" Asentí despacio y miró al papel con aire pensativo.
"Algunas veces creo que la señorita Bella se siente sola en esa gran casa," musitó, sus ojos todavía en el cuaderno. "Apostaría a que le gustaría algo de compañía de vez en cuando. ¿Te gustaría quedarte con la señorita Bella algún día?"
Una sonrisa emocionada cruzó mi rostro y asentí entusiasmada. Mi mamá pareció asombrada al principio por mi expresión pero entonces rápidamente me sonrió en respuesta.
"La llamaré y veré qué dice ella. Va seguido al médico, así que lo programaremos tomando en cuenta esos días. ¿De acuerdo?" Dijo. Asentí fervorosamente y me dio una sonrisa gentil, colocó el cuaderno de nuevo sobre el escritorio y dejó la habitación. Para cuando me preparé para el día, mi mamá había vuelto.
"¿Quiere saber si puedes ir ahora?" Me dijo, su teléfono móvil pegado a su oído y su voz sonando un poco extraña. Asentí otra vez, sin poder evitar saltar en mi lugar. Mi mamá sonrió, sacudió su cabeza al ver mi entusiasmo y le dijo a Bella que íbamos en camino.
Llegamos a la casa de Bella y Edward y ella abrió la puerta con una enorme sonrisa en su rostro. Llevaba puesta solo una sencilla camiseta blanca, unos pantalones de yoga gris y unos calcetines rojos afelpados. Bella prácticamente sacó a mamá por la puerta y me hizo pasar, charlando como si nos conociéramos de toda la vida.
"Me alegra tantooo que estés aquí," suspiró dramáticamente. "¡Me aburro muchísimo todos los días! Déjame limpiar la casa un poco y haremos algunas cosas divertidas, ¿está bien?" Sus ojos brillaban y asentí alegremente, siguiéndola a la lavandería.
Bella dobló ropa y la colocó en un cesto charlando conmigo al seguirla por la casa mientras ella guardaba la ropa. Me contó sobre mudarse a Memphis desde Mississippi y el pequeño departamento en el que vivió. La escuché mientras describía a su vecina, Angela, y a su pequeño, Eric. Bella me contó sobre sus mejores amigas Carmen y Tia. Pinté un cuadro en mi cabeza cuando describió el bar donde trabajó. Me dijo un poco sobre conocer a Edward, pero pude darme cuenta que estaba evitando entrar en muchos detalles sobre eso.
Bella terminó con la ropa y vi cómo cosió una rasgadura en una chaqueta negra de un traje, explicándome que Edward gastaba demasiado dinero en un traje que ella fácilmente podría encontrar en otra parte más barato. Después que terminó de coser caminó hacia la cocina, afirmando que tenía antojo de galletas con chispas de chocolate. No me pidió que la ayudara. Me dijo qué debía hacer. Bella me dio una cuchara larga de madera y encendió el horno. Mezclé los ingredientes que ella arrojó en un tazón, haciendo una mueca cuando algo de la harina cayó en la encimera. Había hecho un desastre. Las lágrimas se formaron en mis ojos pero ella no pareció notarlo. Bella agarró un paño húmedo y limpió la encimera, sin detenerse nunca mientras seguía conversando. Suspirando pesadamente, seguí mezclando los ingredientes y escuchando a mi nueva amiga con atención.
Bella me dio una cuchara y me mostró cómo sacar la mezcla del tazón y colocarla en la bandeja para galletas. Llené yo sola dos bandejas y le sonreí orgullosa. Ella me sonrió en respuesta y metió las bandejas dentro del horno. Bella lavó el tazón y los utensilios que utilizamos, a mano, arrojándome una toalla de cocina e indicándome que secara los platos después que ella los enjuagara. Encendió su iPod y empezó a cantar con una voz horrible y desentonada. A Bella le encantaba cantar, pero no podía seguir una melodía en lo absoluto. Por alguna razón Bella disfrutaba de escuchar la triste música country. Comenzó a cantar la canción más depresiva que había escuchado.
"He said I'll love you till I die. She told him you'll forget in time. As the years went slowly by she still preyed upon his mind. He kept her picture on his wall. Went half crazy down in here. He still loved her through it all hoping she'd come back again," Bella canturreó, agarrando su pecho y balanceándose dramáticamente, con sus ojos cerrados con fuerza. Solté una risita al ver sus payasadas mientras secaba una cuchara con la pequeña toalla.
"Kept some letters by his head dated 1962. He had underlined in red, every single 'I love you'. I went to see him just today. Oh, but I didn't see no tears. All dressed up to go away. First time I'd seen him smile in years," continuó, su voz quebrándose en la última nota.
"He stopped loving her today. They placed a wreath upon his door. And soon they'll carry him away. He stopped loving her today," cantó. Mis ojos se abrieron por el horror cuando entendí las palabras poco a poco.
"You know, she came to see him one last time. And we all wondered if she would. And it kept running through my mind, this time he's over her for good," dejó de cantar cuando el coro empezó otra vez, con lágrimas cayendo por su rostro. Bella las limpió apresuradamente con el dorso de su mano, con una respiración profunda y entrecortada mientras la miraba preocupada. Se volvió hacia mí con sus ojos marrones llenos de lágrimas.
"Él murió," dijo con voz monótona, mirándome con tal seriedad que dejé caer la cuchara que sostenía. "Dejó de amarla porque murió. La amó toda su vida hasta que murió. ¿No es eso triste? ¿Y romántico?" Las lágrimas se derramaron una vez más y le ofrecí una toalla de cocina limpia que estaba cuidadosamente doblada a un lado. Me agradeció y limpió su nariz con la toalla mientras yo arrugaba mi nariz con asco.
Fue entonces que finalmente me di cuenta lo que significaba realmente 'chiflada'.
"Estás hormonas por el embarazo me tienen fuera de control," susurró Bella en disculpa. Estiré mi mano y la palmeé en la espalda para consolarla y me dio una suave sonrisa, sorprendiéndome al ponerme en un abrazo. Su panza se sintió sorprendentemente firme contra mi cuerpo y al soltarme me le quedé mirando con curiosidad.
"¡Oh, están pateando! ¿Quieres sentirlo?" Preguntó emocionada, sin esperar una respuesta antes de que agarrara mi mano y la presionara con firmeza contra su vientre hinchado. Mi mano se quedó bajo la de ella por un momento y entonces ocurrió la cosa más extraña. Sentí movimiento contra mi palma. La miré a ella con ojos amplios por el asombro cuando sentí una firme patada. Bella me sonrió y se rio al ver mi expresión.
"¡Hay dos ahí dentro!" Dijo emocionada, soltando mi mano. ¿Dos? ¿Tenía dos bebés dentro de ella? Dejé mi mano donde estaba, pidiendo en silencio otra patada. Mi deseo se concedió cuando sentí algo golpear contra mí.
"Uh, están saltando en mi vejiga. Déjame hacer pipí y encontraremos algo más que hacer, ¿de acuerdo?" Preguntó. Asentí y entré a la sala, viendo un libro gastado que estaba en la mesita de café. La portada del libro era marrón, casi de color rojo con un árbol inclinado al frente. Las páginas eran de un color amarillo descolorido y los bordes de la portada estaban raídos, dejando al descubierto el papel blanco debajo.
Sentándome en el sofá estiré mi mano y cogí el libro, lo abrí lentamente y me quedé inmóvil al ver la letra descuidada en el interior. Pasé mis dedos por las palabras, que decían 'Bella Swan, 10 años'. Bella escribió esas palabras cuando era solo un poco mayor que yo. De pronto, con curiosidad, le di vuelta a la primera página y me perdí en otro tiempo, en la vida de alguien más. Eso fue hasta que Bella me encontró con la nariz pegada al libro. Jadeó sorprendida, asustándome un poco y dejé caer el libro.
"No tenía intención de asustarte, osita Claire," se disculpó, dejándose caer junto a mí mientras yo cerraba el libro, con un plato de galletas en su regazo. Dejó las galletas en la mesita de café y suspiró. "Es solo que no sé si deberías leer eso. Es un poco maduro para tu edad."
Levantando una ceja abrí el libro y señalé el interior de la portada, diciéndole sin hablar que ella solo era una año mayor que yo cuando leyó el libro. Su rostro se enterneció y me dio una sonrisa cariñosa.
"Es uno de mis favoritos," admitió, mordisqueando la esquina de su boca. "Pero no lo entendí completamente hasta que me hice un poco mayor. Entonces me volví a enamorar de él."
Señalando el libro me encogí de hombros, levantando mis cejas en interrogación y ella suspiró, entendiendo de inmediato lo que pregunté.
"¿Quieres que te cuente de él?" Preguntó. Asentí obstinadamente y ella siguió mordiendo su labio por un segundo antes de encogerse de hombros.
Bella empezó a contarme del libro. Lo llamó un 'gótico del sur'. El personaje principal era una niñita de nombre Scout. La escuché con atención mientras me explicaba la vida de Scout, su familia, Boo Radley, la Gran Depresión y la injusticia racial. Nunca había escuchado a alguien hablar sobre un libro de la forma en que ella lo hizo, con entusiasmo y me encontré absorta en sus palabras mientras su rostro se iluminaba y sus manos hacían gestos incontrolablemente. Cuando terminó respiró hondo y se recargó en el sofá.
"La autora de ese libro," empezó a decir Bella, rompiendo el silencio y señalando el libro en mis manos. "Es algo parecida a ti. Tampoco le gusta hablar, al menos no en público. Esa novela hizo que ganara el Premio Pulitzer y la Medalla Presidencial de la Libertad, pero ella siempre se negó a dar discursos," dijo Bella con aire pensativo. "Es realmente inteligente. Escribió una de mis citas favoritas. 'Hasta que temí perderlo, jamás me embelesó leer. A uno no le embelesa el respirar.' Creo que lo que está tratando de decir es que las cosas que nos encantan las hacemos sin esfuerzo y no sabemos lo valiosas que son hasta que ya no las tenemos, ¿sabes? Algunas veces no sabes lo importante que es algo hasta que ya no está."
La voz de Bella se apagó y se quedó mirando al techo perdida en sus pensamientos. Me pregunté qué estaba pasando por su mente y deseé que pudiera preguntarle. Incluso abrí mi boca unas cuantas veces pero no salió nada. Frunciendo el ceño en frustración, tiré de la manga de su camiseta un par de veces, haciéndola volver a la realidad. Señalé su rostro y me dio una sonrisa triste. Después de una larga pausa, buscó algo en mis ojos y su rostro tenía una expresión de determinación.
"Tengo un secreto," susurró en admisión, estudiando mis rasgos con cuidado. "Algo ocurrió hace algún tiempo y debía haberle dicho a Edward. Ha pasado mucho tiempo y todavía no le he contado. Ahora me preocupa que él crea que se lo oculté porque lo deseaba. Pero no lo deseaba, Claire. Juro por la tumba de mi madre que no lo deseaba." Los ojos de Bella se llenaron de lágrimas y desvió la mirada de la mía, mirando por la ventana. Lantanas crecían altas frente a la ventana y colibrís de brillantes colores volaban sobre ellas, bebiendo de su dulce néctar.
Odiando ver a Bella llorar y queriendo ayudar, hice gestos con mis manos para escribir algo. Bella se limpió el rostro y dejó la habitación, regresando con una libreta y una pluma. Rápidamente escribí en la página y le di la libreta.
"Es mejor decirle ahora que esperar y dejar que él se entere por su cuenta," dijo, leyendo mis palabras en voz alta. Dejó caer la libreta en su regazo y asintió despacio. "Tienes razón. No debí haber guardado el secreto en primer lugar. Voy a contarle esta noche." Asintió con determinación y le sonreí, levantándole mis pulgares. Luego sostuve el libro como preguntando y se echó a reír.
"Sí, puedes tomarlo prestado, pero solo si tu madre dice que está bien. Osita Claire, no voy a pedirte que hables. Pero un día creo que te darás cuenta que hay mucha gente que te ama y está ansiosa por escuchar tu voz. Oye, no puede ser peor que como canto, ¿no crees?" Preguntó, riendo cuando sacudí mi cabeza violentamente. Se echó a reír con tantas ganas que casi se cayó del sofá y yo me reí con ella. Cuando las dos nos callamos, señalé el nombre de la autora en el libro y luego a su panza.
"¿Qué? ¿Crees que debería nombrar a una de ellas 'Harper'?" Me preguntó, y asentí entusiasmada. Una expresión pensativa cruzó su rostro y asintió despacio. "Creo que tienes razón. Me encanta el nombre de 'Harper'. Siempre ha sido así. De acuerdo, entonces le preguntaré a Edward y veré qué piensa. Elegimos 'Carlie' para uno de los nombres, así que solo me faltan dos más por elegir. Tal vez puedas ayudarme sugiriendo más ideas cuando vuelvas a venir. ¿Te parece bien?"
Asentí una vez más entusiasmada y me sonrió, palmeando mi rodilla. El timbre sonó y se fue para abrir la puerta. Escuché la voz de mamá en el vestíbulo y me levanté de un salto del sofá, sintiéndome un poco culpable porque todavía no quería dejar a Bella. Ella me hablaba como si fuéramos iguales. No andaba de puntillas a mi alrededor y no filtraba sus palabras. Ella no actuaba. Bella era solo Bella, te agradara o no. No se disculpaba por quién era, con todo y sus defectos. Y me agradó al instante.
(1) Él dijo te amaré hasta que muera. Ella le dijo lo olvidarás con el tiempo. A medida que los años pasaban lentamente, ella aún rezaba por su mente. Él tenía su foto en la pared. Se volvió medio loco. Siguió amándola a pesar de todo con la esperanza de que volvería.
Guardaba algunas cartas junto a su cama con fecha de 1962. Había subrayado en rojo cada 'te amo'. Fui a verlo hoy. Oh, pero no había lágrimas, todo arreglado para irse. La primera vez que lo ví sonreír en años.
Él dejó de amarla hoy. Colocaron una corona en su puerta y pronto se lo llevarían. Él dejó de amarla hoy.
¿Sabes? Ella vino a verlo una última vez, y todos nos preguntábamos si lo haría. Y yo seguía pensado, está vez él la olvidará para siempre.
Bueno, ahora ya conocemos la historia de Claire, el maltrato, aunque no sea físico puede afectar mucho a un niño. Esperemos que la amistad de Bella le ayude a Claire a abrirse más y volver a hablar. Al menos, los primeros años de su vida pudo experimentar el amor de unos padres como Bill y Shirley. Ahora con Rose y Emmett, y el amor de todos los demás incluyendo a Bella, ella podrá volver a ser la Claire de antes y crecer feliz. Espero que les haya gustado este pequeño vistazo a la mente de Claire, ahora se acerca el momento cumbre, el nacimiento de las gemelas, veremos cómo se desarrolla todo, ¿y será que Bella le cuente a Edward lo del beso de Garrett? ¿Ustedes qué dicen? Recuerden que recibir sus reviews con sus respuestas, o incluso con un simple saludo o una carita feliz es muy importante, porque nos alienta a seguir compartiendo estas historias con ustedes. Y no les cuesta nada, solo unos minutos de su tiempo, sean agradecidos :)
Muchas gracias a quienes dejaron su review en el capítulo anterior: dushakis, JessMel, BereB, andreasotoseneca, liduvina, Tereyasha Mooz, Vrigny, Says, Juliana masen, Esal, TashaRosario, merodeadores1996, paupau1, Shikara65, DenniChavez, aliceforever85, rjnavajas, Laliscg, Adriu, Tecupi, Sully YM, Ali-Lu Kuran Hale, alejandra1987, Gabriela Cullen, patymdn, kaja0507, Bertlin, lauritacullenswan, PRISOL, Lizdayanna, Tata XOXO, Manligrez, tokita1796, maries24, CeCiegarcia, saraipineda44, jupy, lagie, Fallen Dark Angel 07, Liz Vidal, Rosy Canul, Yoliki, tulgarita, Pili, Rosii, cavendano13, Brenda Cullenn, Kriss21, glow0718, seelie lune, EriCastelo, bbluelilas, Hanna D.L, Katie D.B, injoa, Lady Grigori, Pam Malfoy Black, y algunos anónimos. Saludos y nos leemos en el próximo, espero que muy pronto.
