Capítulo 2: Olores y recuerdos

Despierto tumbada en el sofá, como cada día desde hace más de cinco meses. Estoy en mi casa de la Aldea de los Vencedores, de la que no he salido desde que volví al doce. Sae viene tres veces al día, una por cada comida, la cual ni que decir hace falta que apenas toco.

Soy un saco de huesos. No recuerdo haber estado tan delgada ni en los meses que siguieron a la muerte de mi padre. Claro, en esa ocasión tuve a alguien que salvó mi vida y la de mi familia. Tuve a mi lado por primera vez a mi diente de león. Lo echo tanto de menos que duele.

Espero a que Morfeo quiera llevarme de nuevo a mi infierno particular de pesadillas, pero parece ser que ésta mañana tiene otros planes. El sueño no llega y, aunque parezca estúpido dadas las circunstancias, siento una tranquilidad que no lograba atisbar desde que Peeta me besó en la playa del Vasallaje.

Al principio no fuí capaz de determinar el por qué de éste súbito cambio en mi patética rutina, la cual básicamente consistía en lamentos y sollozos, seguidos de miradas perdidas y algún que otro bocado a la comida que Sae me obligaba a tragar.

Me levanté del sofá, tratando de averiguar el por qué de éste cambio. Como no vi nada fuera de lugar supuse que mi estado actual había pasado de "mentalmente desorientada" a "loca de remate". No me resultó una idea descabellada, así que opté por obviar lo que ya suponía.

Cuando trataba de ordenar mi pensamientos e intentaba mover, sin mucho éxito, mis agarrotadas piernas, la sensación de tranquilidad que sentí al despertar me inundó de nuevo, pero ésta vez con una intensidad aún mayor que la anterior. Hasta que me doy cuenta de por qué.

Corro hacia el pasillo, haciendo chocar mis aún dormidas piernas con todos los obstáculos que se interponen en mi camino. Entre trompicones, lo recorro hasta llegar a la puerta de la entrada. Viene de allí, estoy segura. Siento como una ola de calor recorre mi cuerpo. Armándome de valor, tomo el pomo de la puerta y la abro, impulsada más por la incredulidad que por la valentía. Y, en efecto, allí está.

Resulta que no estoy tan loca como creía. Allí, a mis pies, encuentro una cesta que desprende el inconfundible olor que me ha guiado a golpes a través de mi casa. El olor que para mi hace muchos años se convirtió en algo más que eso. El olor que, aún a día de hoy, sigue haciéndome sentir segura. El olor a pan.