Capítulo 3: Resurgir

Cierro los ojos y aspiro lentamente el aire impregnado del maravilloso olor a pan. Dejo que mis pulmones disfruten del cálido aroma que en mi mente despierta la esperanza. Los abro de nuevo y miro la cesta, intentando convencerme a mí misma de que es real. Cuando al fin decido que así es, me agacho y la recojo. Me fijo por primera vez en la apariencia de la cestita: parece hecha de una planta que algún día fue verde y dejaron secar para hacerla maleable. Entonces recuerdo como, durante la Gira de la Victoria, al pasar por el Distrito 4 nos enseñaron una planta llamada "junco" que crecía en suelos húmedos y que usaban para la cestería. Recuerdo los hábiles dedos de Mags en la arena de mis segundos Juegos, tejiendo con plantas extrañas cuencos para poder beber el agua que habíamos conseguido sacar con la espita que nos envió Haymitch. El diseño es exactamente el mismo. El pan aún está caliente, recién sacado del horno. Al darme cuenta, automáticamente dirijo mi mirada al frente para tratar de ver algo más de lo que ya intuyo. Y lo veo.

A pesar de que está amaneciendo, la escasa luz que desprende el gris cielo del doce no es suficiente para cocinar dentro de casa. Es por eso que veo la luz de su cocina encendida a través de la ventana. Diviso su silueta, al fin y al cabo son pocos los metros que separan mi casa de la suya. Es él. Está allí, en su casa frente a la mía, horneando como lo hacía antes de que comenzase toda ésta pesadilla. Antes de que, a sus ojos, fuera un muto. Aunque, sinceramente, muchas veces después de que acabase todo he llegado a la conclusión de que quizá no estuviese tan equivocado. Solo los mutos son capaces de crear el caos y la destrucción como yo lo he hecho.
Entonces lo comprendo. Ha vuelto. Peeta ha vuelto. ¿Cómo iba a dejarme la primera hornada del día en la puerta si aún me considerase un muto?

La ilusión y una inmensa alegría me recorren de arriba abajo. Antes de dejarme llevar por la emoción, trato de pensar con la cabeza. ¿Podría ser que se equivocase de puerta y en realidad quisiese dejárselo a Haymitch? Inmediatamente me doy cuenta de lo absurdo de la idea: puede que Peeta haya estado secuestrado por el Capitolio, pero yo misma ví como en el trece parecía molesto con nuestro mentor, pero ni de lejos le odiaba. No habría razón alguna para que no le entregase el pan en mano. Además, dudo mucho que confundiese el olor que desprende la casa de Haymitch. Ese pan es para mi.

Instintivamente, cierro la puerta y me dirijo a la cocina donde Sae me ha dejado el desayuno recién hecho. Corto un trozo de pan y, por primera vez en mucho tiempo, disfruto de la comida. Cuando he terminado, limpio a prisa y corriendo los platos y subo las escaleras de dos en dos hasta mi habitación. Saber que Peeta ha vuelto me empuja a quitarme la gruesa capa de mugre que me acompaña desde hace tiempo. Lleno la bañera hasta arriba de agua caliente y, tras arrancarme, literalmente, la ropa que se pegaba a mi cuerpo cual lapa, me sumerjo en ella. Me froto bien hasta dejar mi piel decente y lavo mi cabello y lo desenredo, tarea que me lleva una media hora.

Cuando termino y tanto mi pelo como mi piel vuelven a parecerse a mi, me dirijo al armario en el que guardo toda la ropa que Cinna me diseñó. Cuando lo abro, la magia que solo él podía crear con la tela se extiende por toda la habitación, trayéndome a la memoria recuerdos de las veces que me aconsejó no solo en cuestiones de estética. Siento una profunda añoranza, pero asombrosamente sonrío sabiendo que, aún después de haberse ido, es capaz de hacerme sonreír.

Nunca antes me había parado a pensar en que ponerme. Algo lógico teniendo en cuenta que vivía por y para sobrevivir. Sin embargo, por alguna extraña razón, el regreso de Peeta ha hecho que una feminidad que hasta ahora desconocía poseer aparezca. ¡No tengo ni idea de que narices ponerme! Definitivamente, éste chico me trastorna demasiado...

Al cabo de un buen rato, me decido por unos pantalones negros pegados, similares a los que usaba para cazar pero más elegantes, y una blusa azul de manga corta con un lazo en la nuca. Al ver la blusa de nuevo, pienso sin querer en lo bien que conjuntaría con los ojos de Peeta y, automáticamente, una sonrisa tonta se dibuja en mis labios. Katniss, ¿sigues ahí? Esto es de locos...

Dejo mi pelo suelto para que se seque al aire, me calzo y bajo las escaleras dando grandes zancadas. Al llegar abajo veo que Sae ya ha llegado para hacer la comida. Me mira, extrañada por mi repentino cambio de hábitos y exclama:

- ¡Vaya! Veo que el regreso del chico no te ha sido indiferente...

Al parecer he sido la última en enterarme. Dejo escapar una tímida sonrisa y, sin pensarlo mucho, salgo por la puerta. Es la primera vez en meses que piso un suelo que no sea la triste tarima de mi casa. Algo dubitativa, dirijo mis pasos al frente, hacia la casa en la que se que encontraré de nuevo al único capaz de sacarme de ésta especie de letargo en la que estoy sumida. Cuando me quiero dar cuenta ya estoy frente a su puerta. Estoy tratando de sopesar si realmente esto es buena idea, ya que si hubiese querido verme me hubiese dado el pan en mano y no me lo hubiese dejado en la puerta, cuando sin previo aviso la puerta se abre de golpe.

Frente a mis ojos tengo a un Peeta Mellark muy cambiado. Su espalda es el doble de lo que era, si es que eso es posible. Sus brazos están aún más musculados y su ceñida camiseta de trabajo no deja nada a la imaginación, enmarcando cada pectoral y abdominal de su definido torso. Sus ojos son los de siempre. Muestran sorpresa al verme parada frente a su puerta, pero la sorpresa rápidamente deja paso a algo que solo puedo definir como... ¿alegría? De la misma, despega sus labios y oigo su voz después de mucho tiempo. Tan segura y cálida como siempre:

- Hola Katniss - Inmediatamente, me arrojo a sus brazos.