Capítulo 4: Sentimientos
Sin duda alguna lo he pillado por sorpresa. Me he lanzado con tanto ímpetu que no sabe si agarrarse a la puerta para recobrar el equilibrio, devolverme el abrazo o apartarse de golpe. Después de unas milésimas de segundo en las que realmente dudé si me iba a soltar, optó por devolverme el gesto. Le notaba tenso, algo normal teniendo en cuenta que era el primer contacto físico que compartíamos en medio año, pero sus fuertes brazos seguían ejerciendo sobre mí un efecto tan sumamente tranquilizador que podía resultar hasta cómico. Vuelvo a sentir como, con su calor, me insufla la vida que creía haber perdido. Como sin tan siquiera mediar palabra, su arma más poderosa, es capaz de hacerme sentir viva de nuevo. Sería estúpido pensar que nada ha cambiado desde la última vez, dado que con tan solo saber que estaba de vuelta, ha servido para ponerme de nuevo en marcha tras los peores meses de mi vida.
Sin aún despegar mi cuerpo del suyo y con la respiración tan agitada que creo que voy a estallar, logro articular mis primeras palabras desde mi regreso:
- Te he echado mucho de menos.
Siento su sonrisa en mi cuello, lo que me produce un escalofrío de proporciones épicas.
- Y yo a ti - dice él - Nunca pensé que me fueras a dar una bienvenida tan cálida... - comenta divertido.
Me separo un poco de él para poder observar su rostro. Su cara sigue siendo tan varonil como siempre, producto sin duda de su angulosa mandíbula. En ella se dibuja una amplia sonrisa, tan dulce como el algodón de azúcar que probé cierto día en el Capitolio. Al recordar aquella siniestra ciudad busco sus ojos, con miedo a encontrar aún en ellos algún rastro de las barbaridades que le hicieron. Sin embargo, solo encuentro el azul de sus ojos. Ese azul que hace que me pierda en una absurda felicidad cada vez que los miro. Entonces, cuando termino de escudriñar su cara y me doy cuenta de que me sigue mirando y sonriendo como se que lo haría por los siglos de los siglos, rompo a llorar. Y, por primera vez desde que mi padre muriera, lo hago de alegría.
Eso él, por supuesto, no lo sabe así que, preocupado, me rodea aún más con sus fuertes brazos y me guía hasta su salón, cerrando la puerta tras de sí.
- Katniss, ¿qué ocurre? - me dice. Noto verdadera preocupación en su voz, aunque trata de disimularla mientras nos acomodamos en el sofá. - ¿Por qué lloras? Sabes que no he vuelto para dejar que sigas sumida en el triste pozo en el que estabas.
Sé que está preocupado, así que entre sollozos y horribles sonidos guturales, trato de calmarme, siguiendo el compás de su respiración, como tantas veces hice tiempo atrás.
Cuando creo que lo he logrado, levanto la mirada hacia él, que espera pacientemente una respuesta, y le contesto:
- No te preocupes. No lloro de tristeza. Lo... lo hago de alegría - Me doy cuenta de que no me sigue por la mueca de incredulidad y confusión que hace, así que trato de abrir mi corazón y de ser un poco más concisa. Se merece eso y mucho más. - Peeta, he creído durante tanto tiempo que me odiabas que al verte de nuevo y darme cuenta de que, no solo no me rechazabas sino que seguías queriendo protegerme, no he podido evitar estallar de alegría.
Peeta me mira tratando de procesar toda la información que le he soltado de golpe. Entiendo que le cueste reaccionar. Yo misma me he sorprendido de lo fácil que han brotado las palabras de mi boca. No suelo dar a conocer tan abiertamente mis sentimientos, así que, tras unos segundos de meditación, Peeta me abraza fuertemente, como si temiera que de un momento a otro fuese a desaparecer de su lado.
- Jamás podría hacer otra cosa que no fuera amarte - me susurra al oído.
En ocasiones anteriores, cuando hacía este tipo de comentarios que me dejaban atisbar su amor eterno por mí, me hubiese sentido desubicada. No sabía cómo reaccionar, así que optaba por huir y evitar el tema. No me sentía preparada para contestar a algo así. Sin embargo ahora, su respuesta llena de amor despierta en mi una sensación tan placentera que temo derretirme aquí mismo.
Sin pensarlo dos veces, lo miro a los ojos a fin de perderme una última vez en ellos antes de decirle:
- Te quiero.
