Capítulo 5: Arrepentimientos

Peeta me mira sin poder creérselo. Es la primera vez que le digo que le quiero sin una cámara delante. Percibo como su respiración se agita cada vez más y yo siento como el corazón se me va a salir del pecho. Pasan los segundos y sigue sin decir nada, no reacciona. Sigue mirándome con esos inmensos ojos azules que tanto me cautivan. Al ver que no responde empiezo a pensar que ha sido una mala idea abrirme a él tan pronto, de tal forma que he dejado sin palabras al hombre que mejor las sabe usar de todo Panem.

Sin previo aviso, se tensa por completo. Sus pupilas se dilatan de tal manera que esos los ojos, que hasta hace unos instantes eran tan azules como el cielo, se tornan prácticamente negros, tan negros como el carbón que extraíamos de las minas del Distrito 12. Observo como las venas de sus enormes brazos se hinchan. Se está sujetando al sofá lo más fuerte que puede.

- Vete, Katniss - la voz de Peeta me saca de mis pensamientos. Lo miro: sigue ahí, aferrándose a la tela del sofá mientras parece librar una lucha interna.

Toda la alegría y la paz que sentía hasta el momento se desvanecen, devolviéndome a la cruda realidad, haciendo que me dé cuenta de lo efímera que puede llegar a ser la felicidad. De lo fácil que puede desmoronarse tu mundo, otra vez.

- Peeta, ¿qué te pasa? - no comprendo por qué ha cambiado su actitud de repente.

- ¡Qué te largues! ¿No ves que no voy a aguantar mucho más? ¡Fuera! - me grita mientras se levanta hecho una furia y empieza a romper todo lo que se cruza en su camino.

No me lo puedo creer. Jamás lo había visto así. Una vez más, el miedo me paraliza, pero ésta vez es un miedo completamente distinto. Es miedo a perderle. Miedo a volver a quedarme sola ahora que creía que todo podía volver a ser como antes. Sin duda, me equivocaba. Nunca nada volverá a ser como antes. Snow ya se encargó de eso. Al parecer le demostré demasiado bien lo mucho que Peeta significa para mí.

El chico que tengo frente a mí ya no es el dulce y comprensivo muchacho que me amaba sobre todas las cosas. Ahora es un hombre confundido y atormentado, al que han torturado hasta la extenuación y al que le han arrebatado todo lo que tenía, incluso sus recuerdos más preciados, sus recuerdos sobre mí.

Salgo corriendo de la casa, dejando atrás el sonido de la vajilla completa estallando contra la pared y los gritos de dolor y confusión del hombre al que amo. Entro en mi casa y después de cerrar la puerta me derrumbo. Lloro, grito y pataleo porque ahora comprendo lo que es querer a alguien y saber que nunca lo tendrás. Ahora entiendo lo que tuvo que sufrir Peeta todos estos años. No sé cómo lo soportaba.

Pierdo la noción del tiempo mientras yazco inerte en el suelo. Por mi cabeza solo pasa un pensamiento: cómo desaproveché todas y cada una de las ocasiones en las que Peeta me juró amor eterno. Cómo desaproveché los momentos en los que éramos él y yo y nadie más. Cómo desaproveché al viejo Peeta. Porque si algo tengo claro es que éste no es él. No es mi chico del pan y nunca más volverá a serlo. He dado por hecho durante tanto tiempo que Peeta me amaría hasta el fin de sus días que, ahora que me doy cuenta de que ya no será así, solo me quiero morir.

Por fin había sido capaz de reconocer que lo amaba. Si algo bueno habían tenido todos estos meses de reclusión solitaria era eso, que ahora sabía con certeza que amaba a Peeta Mellark. ¿Y de qué me servía ya si lo habían maltratado y retorcido de tal forma que ya nunca sería feliz a mi lado?

Cuando recobro el sentido ya es de noche. Siento los pómulos acartonados de las lágrimas que se secaron mientras me lamentaba. Estoy dispuesta a levantarme y dirigirme al sofá para sumirme de nuevo en mi particular oscuridad cuando alguien llama a mi puerta.