Capítulo 6: Visita

Me quedo quieta. Han llamado un par de veces más para cuando quiero reaccionar y dirigirme a la entrada, que está a escasos metros de mí. En lo que me acerco, trato de dilucidar de quién se puede tratar. Sae no ha venido a hacerme la cena. Supongo que pensó que pasaría la tarde con Peeta y procuró no molestar. De ser así, se equivocaba. De todas formas, a estas horas no creo que vaya a venir, estará ocupada cuidando de su nieta, lo que me deja con Haymitch o Peeta.

Al pensar en él de nuevo se me hace un nudo en el estómago. No tengo claro si sería capaz de afrontar tan rápido lo que pasó hace unas pocas horas. Ya estoy en la puerta. Como no tiene sentido alargar esto más, abro la puerta sin tan siquiera mirar por la mirilla.

- Hola, preciosa. ¿Puedo pasar?

Es Haymitch. Seguramente la persona a la que menos ganas tengo de ver de todo Panem. No es que lo odie ni mucho menos, pero teniendo en cuenta el día que llevo no estoy de humor para aguantar sus comentarios jocosos y de mal gusto.

- ¿Qué quieres? – mi tono de voz no es que invite a una distendida charla que digamos…

- Yo también me alegro de verte. Ahora, ¿me vas a dejar pasar o tengo que hacerlo por la fuerza? – sé que no merece la pena discutir con él, así que me aparto con cara de pocos amigos, dándole a entender que tiene vía libre.

- Gracias – me dice guiñándome un ojo. Idiota…

Va derechito al salón y se sienta en la mecedora más cercana a la chimenea. Aún no la he encendido, no hace el frío suficiente. Me siento frente a él, exigiéndole con la mirada que empiece a decir todo lo que haya venido a decirme. Estoy segura de que me interesará. Otra cosa no, pero mi mentor no es de esos que malgastan su tiempo si no es por algo realmente interesante. Menos aún pudiendo dedicárselo al alcohol, y viene sobrio así que decido escucharle:

- ¿Y bien? – le escupo prácticamente. Aunque me interese lo que me tiene que decir no pienso ser amable con él.

- Perdona, ¿decías? – me contesta en tono burlón. Sabe bien cómo sacarme de mis casillas.

- Mira Haymitch, si has venido a tomarme el pelo te recomiendo que te largues, no estoy de humor. – Intento sonar decidida, pero mi voz se quiebra al final al recordar todo lo sucedido hoy.

Haymitch parece darse cuenta, así que cambia completamente su semblante:

- Está bien, preciosa. Vengo de hablar con el chico.

No sé por qué, pero el hecho de que haya hablado con Peeta me pone furiosa. Es como si me hubiese traicionado otra vez, como si yo fuese la niña pequeña y mimada a la que hay que calmar cada vez que algo no sale como ella quiere. Por momentos me voy cabreando más y acabo contestándole de mala manera:

- ¿Ah sí? – le digo con demasiada inocencia – ¿Y ya os habéis puesto de acuerdo en cómo manejarme o todavía tengo que esperar?

Cuando termino de decirlo me doy cuenta de que estoy de pies y gritando. Todo lo que siento tiene que salir por algún lado y ya no me quedan lágrimas por derramar.

Haymitch me mira sin decir nada. Me siento frustrada por no poder contarle a nadie como me siento. Seguramente se lo hubiese confesado a él de no ser porque venía de hablar con Peeta. Me siento sola, otra vez.

- Katniss, haz el favor de calmarte y escúchame. – me dice mi mentor con gesto serio. Me doy cuenta de que está realmente preocupado, así que opto por hacerle caso y me siento. – Muy bien, eso nos ahorrará tiempo. Como te estaba diciendo antes de tu ataque de histeria… - le suelto una mirada asesina que parece no importarle – he estado hablando con Peeta. Me ha contado lo que pasó esta mañana. Fui a su casa porque oí como se rompían miles de platos, vasos y vasijas; además de los gritos que pegaba el muchacho. Al entrar me lo encontré tirado en el suelo, sangrando de las manos y repitiendo "te quiero" una y otra vez. – noto como algo se rompe en mi interior. Es mi culpa. –Cuando conseguí calmarlo me contó que habías estado allí. No te voy a negar que lo primero que pensé fue que le soltaste algún improperio de los tuyos y que por eso estaba así, pero él enseguida me corrigió y me explicó que no había sido tu culpa, que había sido él el que había tenido un ataque después de tu… confesión de amor – concluye remarcando con retintín la palabra amor.

Sus palabras quedan flotando en el aire y me golpean una a una.

- ¿Un… ataque? – pregunto temiendo que se trate de los mismos que sufrió durante la guerra. Esos en los que me veía como un apestoso muto…