Capítulo 7: Ruidos nocturnos
- Sí, preciosa. Un ataque. – me contesta Haymitch recuperando su característico y ofensivo tono. – Escúchame. El chico todavía no está recuperado del todo. El Dr. Aurelius le dejó venir al doce a cambio de que siguiese en tratamiento telefónico. – el miedo a perderle empieza a agobiarme de nuevo. – No obstante, es capaz de controlar bastante bien sus ataques y, normalmente, si se agarra a algo fuertemente consigue calmarse poco a poco.
Ahora entiendo por qué se tensó tanto y se agarró a la tela del sofá como si no hubiera mañana. ¡Estúpida de mí! En ese preciso instante debí darme cuenta de que algo no iba bien.
- Pero lo de hoy… - Haymitch me saca de mis pensamientos mientras continúa hablando. – Lo de hoy preciosa lo ha sobrepasado. Al parecer despiertas demasiada pasión en él, chica en llamas… - suelta una risa exagerada. No me enfado con su insinuación indecente, sé que en el fondo pretende quitarle hierro al asunto.
- ¿Qué voy a hacer ahora Haymitch? Necesito tenerle conmigo, pero sé que si lo hago le voy a hacer sufrir – le digo mientras me llevo las manos a la cara tratando de ocultar mi desazón. No me puedo creer que esté pasando todo esto, no después de todo lo que hemos sufrido.
Seguimos siendo los trágicos amantes del Distrito 12.
- No te preocupes tanto, preciosa. Solo necesito que vayas despacio con él, no que quieras meterlo en tu cama el primer día. – su comentario me sienta como una patada en el culo.
- Vete a la mierda, Haymitch. – no me puedo creer que esté insinuando que eso es lo que quiero en estos instantes.
- Está bien, está bien. Solo era una broma. Pero sí es cierto que deberás ser más paciente con él de aquí en adelante. Deja que sea él el que te busque cuando se sienta preparado. Ha sufrido mucho, Katniss y aún así te sigue queriendo. ¿Te he dicho alguna vez que ni viviendo cien vidas llegarías a merecerte a ese chico? – suelta una risa socarrona y le pega un trago a una botella de licor blanco que traía consigo.
- Le quiero. – digo sin venir a cuento. Haymitch arquea las cejas y, tras esbozar una sonrisa, me contesta:
- Lo sé. Trata de no perderlo, preciosa. A éste no podrás cazarlo con arco y flechas… - se levanta del sofá y se gira bruscamente. – Por cierto, ni se te ocurra ir a su casa ahora, está tratando de recuperarse y tu visita no le haría ningún favor. – dicho esto, da media vuelta y se va murmurando cosas como "quién me mandaría a mi mediar en el amor adolescente". Hago oídos sordos y subo a mi habitación.
Cuando llego arriba no puedo evitar mirar por la ventana en dirección a la casa de Peeta. No hay ninguna luz encendida, por lo que deduzco que estará durmiendo. Sé que si sigo mirando en esa dirección acabaré por ir hasta su puerta, así que sacudo la cabeza y decido darme un baño para tratar de relajarme.
Me sumerjo en el agua con el pelo recogido. No pienso lavármelo, ya lo hice esta mañana. Lo único que necesito ahora es no pensar en nada, aunque sea tarea difícil. El agua está tibia. Le he echado unas sales que guardaba mi madre que le dan un maravilloso olor afrutado. Me estoy empezando a quedar dormida cuando oigo unos ligeros golpecitos en la puerta de casa. Al principio no le doy mucha importancia. Muchas noches los tejones salen a cazar ratones y les suelo oír desde la cama. Sin embargo, a los pocos segundos oigo la puerta abrirse muy despacio. Que yo sepa, los tejones aún no han adquirido la habilidad de abrir puertas. Entonces recuerdo que cuando Haymitch salió me vine derecha a mi habitación, olvidando por completo echar la llave.
Tratando de hacer el menor ruido posible, salgo de la bañera y me cubro con una toalla. Mientras bajo las escaleras con el paso sigiloso de cazadora que adquirí con los años, oigo que el que sea que haya entrado está en la cocina. No me lo pienso dos veces. Cojo el arco que siempre dejo cargado en la entrada y giro a la derecha en busca del que ha entrado sin mi permiso en casa.
Está todo muy oscuro, pero mis ojos no tardan en habituarse a la falta de luz. Enseguida distingo una sombra frente a la mesa de la cocina. Sostiene en su mano derecha lo que parece ser un cuchillo mientras, con la otra, está sacando algo más de una mochila. Con una rapidez fruto de años de experiencia cazando, tenso el arco a la vez que doy la luz.
Se gira alarmado, obviamente no esperaba que lo descubriese. Según me ve tira el cuchillo y levanta las manos. En ese preciso instante me quedo helada. El chico lleva las manos vendadas. Lo miro a la cara y veo que estoy apuntando con una flecha al corazón de Peeta Mellark.
