Capítulo 8: Rubor y dulce locura
La escena es la siguiente: Peeta, con el rostro desencajado y las manos en alto, detrás de la mesa de la cocina en la que ha dejado una mochila repleta de panecillos de queso y un cuchillo… ¿de sierra? Al otro lado de la cocina, junto a la puerta, estoy yo, apuntando con mi flecha al corazón por el que suspiro mientras estoy empapada y cubierta tan solo por una toalla de ducha.
Todavía con el susto en el cuerpo y sin bajar el arco del todo le espeto:
- ¿Qué coño haces? ¡Me has dado un susto de muerte! – tengo el corazón en la garganta, más por el hecho de haber estado a punto de atravesarlo con una flecha que por la posibilidad de que fuese un ladrón o algo por el estilo.
- Lo… lo siento. No pretendía asustarte. Mierda… - dice más para sí mismo – Solo venía a dejarte unos panecillos de queso porque me daba vergüenza presentarme aquí por la mañana después del numerito de hoy. Al llegar pensé en dejártelos en el alfeizar de la ventana, pero me apoyé en la puerta para acomodar la mochila y se abrió sola, así que decidí que sería más correcto dejártelos en la cocina. No creí que te molestara, me iría de la misma… Yo, lo siento. Ha sido una mala idea, no debí haber venido…
Mientras dice esto último empieza a caminar en dirección a la puerta sin mirarme. Yo, por inercia, en lugar de apartarme y dejarlo marchar, suelto el arco y cuando pasa por mi lado lo agarro del brazo:
- ¡No! Quiero decir, no ha sido tan mala idea el venir. – las palabras se atropellan al salir de mi boca. Antes no me ponía tan nerviosa. - ¿Tienes… hambre? - ¿Qué pregunta es esa? Katniss, vas cuesta abajo y sin frenos…
- ¿Cómo? – pregunta un incrédulo Peeta tan rojo como un tomate. Un momento, ¿por qué demonios está tan rojo?
Tardo varios segundos en darme cuenta de adónde se dirige su mirada. ¡Sigo en toalla! Mi sonrojo es automático. He invitado a Peeta a que se quede en mi casa a las tantas de la noche cuando tan solo llevo encima una minúscula toalla y estoy completamente calada. Eso, teniendo en cuenta nuestro historial amoroso no suena nada decente. Le suelto el brazo para poder cruzar los míos sobre el pecho y añadir:
- Bueno, creo que primero iré arriba a ponerme algo de ropa. – suelto una risita tonta que no sé de dónde diablos la he sacado y salgo corriendo por las escaleras muerta de vergüenza.
Cuando termino de vestirme con una ropa cómoda que suelo usar para estar por casa, bajo impaciente por las escaleras deseando que Peeta haya decidido quedarse a pesar de la escenita. Al llegar a la cocina lo veo de espaldas a mí. Ha preparado varios de los manjares con la mermelada de moras silvestres que guardaba en la alacena. Para cuando se da cuenta de mi presencia yo ya llevo varios minutos observándolo como una tonta.
- ¡Eh! ¿Qué haces ahí parada? Ven aquí, ¿no decías que tenías hambre? – me dice con una sonrisa infinita. La miraría eternamente.
Haciendo caso a su consejo, avanzo y me siento frente a la mesa. La verdad es que sí que tengo hambre, la boca se me hace agua. Peeta acerca una silla y se sienta junto a mí.
- No sé por dónde empezar. – le digo – Todo tiene tan buena pinta…
- Pues empecemos cuanto antes. Tenemos toda la noche por delante.
Y así, entre bollos, dulces y pan pasamos las siguientes dos horas, charlando animadamente, manteniendo la conversación natural y distendida que se nos negó esta mañana. Le pregunto por sus manos. Las lleva vendadas en algunas zonas, pero le resta importancia diciendo que solo es algún que otro rasguño superficial. "Sobreviviré" me dice irónico.
Reímos mucho. No recuerdo haber reído tanto en los últimos dos años. Cuando nos queremos dar cuenta ya es más de medianoche y la escandalera que estamos montando es tremenda.
- Creo que deberíamos bajar la voz si no queremos que Haymitch se presente aquí con su cuchillo dispuesto a degollarnos con sus propias manos. – ambos reímos a carcajada limpia con la ocurrencia de Peeta, sobre todo porque sabemos que no ha fallado en su predicción. Después de calmarnos me quedo mirándolo a los ojos. Él se da cuenta y me mira también. Nos quedamos así un rato mientras nos perdemos en la mirada del otro. ¿Le resultará mi mirada tan absorbente como para mí lo es la suya?
Estoy divagando sobre ello cuando noto las yemas de sus dedos sobre mi cara apartándome un mechón que caía por mi frente. Su cercanía y su tacto me ponen nerviosa, pero no me aparto. Por algún motivo, una fuerza interna como la que sentí en la cueva y en la playa del Vasallaje me impulsa a reducir a cero la distancia que separan sus labios de los míos. Estoy a punto de hacerlo cuando recuerdo las palabras de Haymitch y el ataque de Peeta de ésta mañana. Si haberle dicho que le quería provocó aquella reacción en él, ¿qué pasaría si posase mis labios sobre los suyos como los dos estamos deseando hacerlo? Prefiero no averiguarlo, al menos no por ahora. No estoy preparada para verle sufrir otro ataque de esas dimensiones, así que me separo un poco de él y aparto mi mirada.
- ¿Era cierto? – me pregunta Peeta.
- ¿El qué? – contesto sin entender absolutamente nada.
- Que me quieres. Pregunto si lo decías en serio. – su mirada demuestra decepción, lo que me parte el alma.
Esto sí que no. A partir de ahora no pienso dejar que dude lo mucho que lo quiero, ya lo hice durante demasiado tiempo. Le tomo la cara entre mis manos y con todo el amor que soy capaz de profesar le doy un tierno beso en los labios. Sin duda es el beso más dulce que jamás haya sentido. Y me encanta.
- Jamás dudes lo mucho que te quiero. – le digo y, lejos de darle un ataque, una enorme sonrisa aparece en su rostro.
