Capítulo 9: Amor incondicional
No es un beso muy largo. Incluso me atrevería a decir que es uno de los más breves que hemos compartido. Para nada es un beso apasionado, sino todo lo contrario. Es dulce, tierno y expresa todo lo que yo con mis torpes palabras no soy capaz de decir. Es un beso que sabe a amor, a amor verdadero.
Cuando separamos nuestros labios solamente acierto a pensar en lo dichosa que me siento al sentirlo así de nuevo. Es una felicidad tan genuina que creía que solo se podía alcanzar siendo un inocente niño, cuando la muerte y la pérdida no te rodean como nos rodean a nosotros. La vida nos ha hecho madurar a ambos más rápido de lo que deberíamos. Nos tuvimos que enfrentar a la muerte ajena desde que nacimos, y a la propia cuando apenas comenzábamos a vivir. Sin embargo, madurar tan rápido en tan poco tiempo nos privó de nuestra adolescencia y, con ella, del tiempo en el que deberíamos haber aprendido a manejar los sentimientos que ahora tenemos a flor de piel. Somos grandes inexpertos en esta materia, sobre todo yo.
Mientras nos miramos, sigo sintiendo el calor de sus labios sobre los míos. Su evocador aroma a canela y eneldo me transporta a esos días en los que mi hermana me arrastraba hasta la panadería Mellark, para contemplar los maravillosos glaseados que no podíamos permitirnos y que ahora sé que eran obra de Peeta.
- Congelaría este instante y viviría en él para siempre – el comentario de Peeta me devuelve a la realidad – Eso ya te lo dije en el tejado del Centro de entrenamiento el día antes del Vasallaje. ¿Real o no?
- Real. Y yo te dije que estaba de acuerdo. – no sé por qué, pero necesito hacerle saber que a mí también me hubiese gustado, por si el Capitolio hubiese alterado ese maravilloso recuerdo y ahora dudase de mí. Aún recuerdo aquella puesta de sol. En ese instante pensaba que podía contar las que me restaban con los dedos de una mano.
Peeta se queda pensativo, supongo que tratando de recordar aquel instante. Cuando me pregunta lo siguiente veo que ha seguido el hilo de mis pensamientos:
- Mi color favorito… ¿es el naranja? – me hierve la sangre al darme cuenta de hasta dónde llegaron las torturas de Snow. Hasta tal punto que no recuerda ni su color favorito.
- Sí. – respondo tratando de tranquilizarme para no alterarlo a él. Rápidamente añado: - Pero no un naranja chillón, más bien un naranja como el de una puesta de sol.
Lo medita durante un instante y me regala una gran sonrisa.
- Gracias por recordármelo.
- No las merezco. Al fin y al cabo fue mi culpa que tú perdieses todo lo que amabas, incluso tus recuerdos…
Me tapo la boca nada más soltarlo. ¡Idiota! Busco sus ojos con miedo de haber despertado en ellos la misma confusión que con mi declaración esa misma mañana. No debí haber dicho eso. Fue más un pensamiento en voz alta que algo que realmente quisiera que él escuchase. Me sorprende la intensidad con la que me habla:
- Ni se te ocurra pensar eso, ¿de acuerdo? - Lo miro creyendo que he desencadenado un ataque. Sin embargo, sus ojos siguen siendo tan azules como siempre. – De lo único que tú tienes la culpa es de haberme hecho sentir el hombre más feliz del mundo con tus miradas y tus besos.
Lo dice tan convencido que casi logra convencerme a mí. Estoy a punto de llorar. Después de todo lo que ha pasado y de cómo lo he tratado, sigue amándome como el primer día, incluso podría decir que me ama aún más.
Una vez más, las malditas palabras me abandonan en el momento más inoportuno. Lo único que quiero y necesito ahora es abrazarlo. Como sé que las palabras no vendrán milagrosamente a mi rescate, me fundo en su pecho. Sin dudarlo, él hunde su cara en mi pelo y me rodea la espalda con sus brazos. Me permito disfrutar de su olor y su calor durante largos minutos y él no hace nada porque paremos. Está tan cómodo como yo.
Pasan los minutos y sigo sin soltarlo. Sé que si lo hago tendrá que irse a su casa en algún momento y no quiero. Quiero tenerlo a mi lado para siempre.
- Katniss… ¿Katniss? – oigo que Peeta me llama mientras se separa un poco y me aparta el pelo que me cubre la cara.
- ¿Eh? ¿Qué? – no he oído nada de lo que me ha dicho. Él se ríe:
- Digo que estoy muy a gusto, pero que necesito ir al baño.
- ¡Oh! Lo… lo siento. No te… ¡oh! – balbuceo. Por favor, ¡tierra trágame! ¿Por qué estropeo todo siempre?
- ¡Eh! Katniss, no pasa nada. Tengo buen aguante. – bromea – Además, sé que mi pecho resulta demasiado irresistible para ti. Te entiendo. – dice poniendo una pose como las que solía usar Finnick y con un tono engreído nada propio de él.
- Tonto… - le digo roja como un tomate mientras me separo de él, muy a mi pesar.
- Ahora vuelvo – me da un beso en la frente y se va. Lo miro desaparecer por la puerta de la cocina en dirección al baño. ¿Qué voy a hacer con éste hombre?
