Capítulo 11: Hormonas efervescentes

Estoy corriendo por el bosque. Me resulta vagamente familiar, pero sé con certeza que no se trata del de mi Distrito. Hay árboles muy altos que crean filas eternas allá por donde mires. Siento el frío viento en la cara mientras corro sin cesar. Realmente no sé de qué huyo, solo presiento que no debo parar. A los pocos minutos diviso un claro bastante grande donde también creo ver un lago. Más o menos en el centro del claro hay una estructura que no concuerda para nada con el bello paisaje que lo rodea. No logro saber que es hasta que un rayo de sol rebota en la superficie dando un destello dorado. Ahora lo entiendo todo. Es la Cornucopia y estoy en mi primera arena. Al comprenderlo, miro atrás y veo a las bestias que nos siguieron a Peeta y a mí hasta este mismo lugar. Opto por hacer lo mismo que aquella vez: corro como si no hubiera mañana y subo a la Cornucopia. Cuando estoy arriba miro con cierto aire de superioridad a las mutaciones, dándoles a entender que yo he ganado de nuevo. Sin embargo, una extraña mueca asoma de todas y cada una de sus bocas. ¿Están sonriendo? No encuentro motivo alguno por el que puedan sonreír, hasta que veo que se abren para dejar paso a uno de ellos. No recuerdo haberlo visto en mis primeros juegos. Es de mediana estatura, tiene una espalda anchísima y unos brazos enormes. Su pelaje es rubio, como el del muto que supongo debería ser Glimmer. Sin embargo, son sus ojos los que me llaman la atención. Recuerdo que los ojos eran los que les daban a los mutos su aire humano. Mientras se acerca a mi trato de fijarme mejor. Son azules, tan azules como el cielo de verano y tan profundos que hacen que me pierda en ellos… ¡Es Peeta! No lo entiendo, debería estar a mi lado. Giro la cabeza de un lado a otro buscándolo, pero no lo encuentro. Entonces recuerdo que corrí sin parar hasta que logré subir a la Cornucopia. No lo ayudé. De nuevo pensé solo en mi y en salvar el pellejo y lo dejé solo, tal y como estuve a punto de hacer aquella vez. Me retuerzo de dolor en la superficie irisada del cuerno que me sostiene y lo llamo con todas mis fuerzas. Las lágrimas corren por mi cara nublándome la vista, pero con la suficiente claridad como para ser testigo de mi propia muerte a manos del dueño de esos hermosos ojos azules.

Despierto con el corazón a punto de salírseme del pecho y tan sudada que si me escurro estoy segura de poder llenar media bañera. Estoy incorporada en mi cama, tirando de las sábanas para tratar de mantenerme en éste mundo y no en el de las pesadillas. Trato de calmarme e instintivamente toco el lado derecho de mi cama buscándolo. Caigo en la cuenta de que lo mandé a su casa y que, por lo tanto, no me va a poder consolar.

Miro por la ventana y veo como el alba comienza a despuntar. Como sé de buena tinta que no podré volver a dormirme, decido ir a cazar. Hace mucho que no voy y, sinceramente, ya no necesito las presas para alimentarme. El gobierno de Paylor decidió pasarnos un sueldo mensual por algo así como "méritos de guerra". No lo discuto, pero tampoco es algo por lo que haya perdido el sueño. Sinceramente, tenía cosas más importantes por las que perderlo.

Me visto con unos pantalones elásticos y una camiseta de manga larga. Se adhiere demasiado a mis curvas para mi gusto, pero recuerdo que Cinna me dijo una vez que era térmica y me ayudaría en las mañanas de caza. No se lo discuto y me la pongo, al fin y al cabo el sabía de estas cosas mucho más que yo. Me calzo las botas, me hago mi trenza y bajo las escaleras. No sé cuánto tiempo estaré fuera, así que decido llevar la mochila que dejó anoche Peeta con los bollos que sobraron. Sé que me tendrá bien surtida a partir de ahora.

Cojo el arco y el carcaj de flechas y me los echo al hombro. Antes de salir recuerdo dejarle una nota a Sae, por si decide venir a hacerme el desayuno y no me encuentra. Finalmente, cuando tengo todo, cojo la vieja cazadora de mi padre y salgo de casa.

Al principio tenía mis serias dudas de si la camiseta iba a protegerme del frío con tan solo la cazadora de mi padre encima, puesto que a pesar de estar ya a finales de primavera las mañanas aún son algo frescas. Sin embargo, al salir compruebo que Cinna tenía razón. Apenas he empezado a moverme por el bosque y ya estoy sudando.

Amanece rápido y, a pesar de que mi condición física no es la que era y he perdido hábito, no tardo en hacerme con tres ardillas y un par de pavos silvestres. Desayuno los bollos sentada en mi antiguo punto de encuentro con Gale mientras despellejo y desplumo las presas. No sé qué habrá sido de él. Las últimas noticias que me llegaron fue que estaba en el dos estudiando para ser un alto mando militar. Sinceramente, me la trae al pairo.

El sol se erige entre las montañas por encima del valle iluminando todo el Distrito poco a poco. Cuando calculo que serán las ocho, me echo las presas al hombro y emprendo el camino de vuelta a la Pradera. Paso por el quemador a repartir mis presas. Ya no las vendo como antes, ahora no lo necesito. Aún así me quedo con uno de los pavos. Tantos años comiendo carne de caza han hecho que no me acostumbre al sutil sabor de las otras carnes.

Decido volver antes que de costumbre a casa. Me engaño a mi misma diciéndome que lo hago para darme una ducha antes de desayunar, pero sé de sobra que lo hago porque no aguanto más sin ver a Peeta. Llego a la Aldea de los Vencedores y le veo frente a su casa cargando un montón de cajas y bártulos que no recordaba que tuviese. Me acerco poco a poco con la excusa de que mi casa está frente a la de él para poder verlo. De repente me doy cuenta de que está sin camiseta. Su pecho está al aire dejando a la vista sus torneados pectorales y abdominales. Noto tanto calor subirme por el cuerpo que tengo que quitarme la cazadora. Me atuso un poco el pelo antes de que pueda verme. Nunca antes me habían pasado estas cosas. Jamás me había sentido atraída por un chico. No quiero decir que fuese algún tipo de ser asexual que era insensible a todo hombre, simplemente no tenía tiempo para pensar en ello. Ni mucho menos había sentido antes la necesidad de verme al menos decente ante nadie. Estoy abrumada por la cantidad de sensaciones nuevas que estoy experimentando.

Trato de no perder el control y de no ponerme más acelerada de lo que ya estoy. Sigo caminando hasta mi casa pero antes de poder entrar alguien tira de mí. Es Haymitch, y por la pícara sonrisa que lleva dibujada sé que ha visto todo mi numerito desde que he entrado en la Aldea y he visto a Peeta.

- Vaya, vaya. Voy a tener que comprarte un babero, preciosa. Casi me inundas el barrio al ver al chico sin camiseta.

Le odio. Le odio. ¡Le odio!

- No digas tonterías Haymitch. ¿Y qué si está sin camiseta? Tendrá calor igual que yo… - mentirosa compulsiva. No sé cuándo dejaré de negar lo que pienso.

- Que tú tienes calor no lo dudo, guapa. ¡El chico te ha puesto más acalorada que el sol de pleno agosto! - grita con la clara intención de que Peeta le oiga. Mi mano salta a su cara como un resorte y el golpe que le doy resuena en toda la Aldea.

Peeta se da cuenta de los gritos y del golpe, por lo que se voltea. Al ver que los protagonistas de la trifulca somos nosotros deja lo que está haciendo y se acerca:

- ¿Se puede saber que os pasa? - pregunta sin entender nada. Hasta este instante no se había percatado de la presencia de ninguno de nosotros dos.

Haymitch está en el suelo tirado con un ataque de risa monumental. El golpe que se ha llevado no le importa en absoluto porque ha conseguido lo que quería: la atención de Peeta, que se acerque a nosotros con el torso desnudo y a mí con los colores tan subidos que parezco una luz de Navidad. Si antes ya tenía calor…

- Nada muchacho. Tu "vecina", que ha venido algo acalorada… - suelta Haymitch entre risotada y risotada.

- ¿Cómo? ¿Qué te pasa Katniss? ¿Tienes fiebre? - me pregunta Peeta realmente preocupado mientras se acerca aún más a mí para tomarme la temperatura, lo cual no hace más que ponerme aún peor. A veces Peeta parece más inocente que yo.

- No, no. Tranquilo. Es que… he ido a cazar y… llevo una camiseta térmica que me diseñó Cinna y… bueno, pues eso, que guarda demasiado bien el calor. - intento sonar convincente mientras señalo la camiseta.

Peeta se pone colorado al instante. Vuelvo a echarle un vistazo a la camiseta y me fijo por vez primera que tiene una notable transparencia en el pecho. No sería nada fuera de lo común si no fuese porque anoche Peeta me vio con una simple toalla y recién salida de la ducha. Y automáticamente sé que él está pensando en lo mismo que yo. Así que aquí estamos los dos, más rojos que un tomate y sin saber que hacer o decir, mostrando nuestra ignorancia al público como niños de doce años que empiezan a coquetear. Definitivamente, la guerra nos ha pasado factura de otras maneras que ni tan siquiera llegábamos a imaginar.

Haymitch toma la delantera y dice mientras se marcha dejándonos solos:

- Bueno, esperemos que el agua salga bien fría del grifo hoy. Me temo que algunos necesitarán una buena ducha…

Lo mataría y juro que no me costaría nada. Decido apartar el comentario de mi mente y tratar de pensar en cómo cortar éste incómodo silencio. Está claro que ya no somos los niños que fuimos y que ninguno de los dos se conforma con oír palabras bonitas. A ambos el cuerpo nos pide más.

- Esto… yo… Peeta, ¿no tienes frío? - le digo mientras trato de no mirarle mucho. No me importaría seguir mirándolo así, pero no respondería de mis actos y no creo que ninguno esté preparado aún para hacer nada que se salga de los cánones de buenos vecinos.

- Oh…, eh…, bueno, sí, será mejor que me cubra. - me contesta él cogiendo la camiseta que colgaba de su pantalón. - Por cierto, ¿por qué pegaste a Haymitch?

- Bueno, ya sabes, es un impertinente y yo no traía ánimos de aguantarle tonterías. - miento de nuevo.

- No se lo tomes en cuenta, ya sabes como es.

- ¿Y tú qué hacías antes? ¿Qué son todos esos bártulos? - le contesto cambiando de tema.

- ¡Ah sí! No te lo dije ayer. Son unas cosas que compré en el Capitolio. Pienso reconstruir la panadería de mi familia y necesitaba material para empezar a hornear. En el centro ya se han puesto con el local, pero como aún tardarán un par de semanas en terminar tengo que guardarlo todo en casa, además de otras cosas que compré ajenas a la panadería. - dice sin darle demasiada importancia.

- ¡Oh Peeta! ¡Eso es genial! - digo con toda mi sinceridad. Me alegra mucho saber que tiene un proyecto por delante.

- Me alegro de que te haga tanta ilusión. ¿Sabes? Necesitaré un ayudante para hornear estos días hasta que esté todo listo. ¿Me concederías el honor?

- Oh, bueno… Peeta, sabes de sobra que no soy nada buena en la cocina. - digo con algo de dejadez. Lo cierto es que no me gusta.

- Venga, no seas boba. Tampoco es para tanto. Además, me ofrezco a enseñarte todas las mañanas durante las próximas tres semanas. - dice con una sonrisa.

Todas las mañanas durante las próximas tres semanas. Tendría la escusa perfecta para verlo todas las mañanas y pasar horas y horas con él sin que nadie pudiese alegar nada. En este momento estoy que no quepo de gozo.