Capítulo 12: Colores por impulso

Ya ha pasado semana y media desde que decidí aceptar la oferta de Peeta. Todas las mañanas recorro los pocos pasos que me separan de su casa para aprender a hornear. Ni que decir hace falta que mis progresos han sido escasos, por no decir nulos. Definitivamente la repostería no es lo mío. Requiere de mucha paciencia y eso es algo que desde que nací sé con seguridad que no poseo. Sin embargo, Peeta es tan diferente…

Me paso la mañana escudriñando con mi mirada cada facción de su cara. Es gracioso verlo tan concentrado porque altera su expresión afable y lo hace parecer mucho más atractivo. ¿Atractivo? Por favor, esta no soy yo.

Nuestra relación ha avanzado bastante. Por supuesto no hemos vuelto a invadir el espacio vital del otro. Me refiero a que hemos vuelto a tener la relación tan natural que tuvimos la suerte de disfrutar cuando la tragedia no nos sobrecogía. Poco a poco, vamos recuperando el color en nuestras vidas, al igual que el resto del Distrito. Aunque aún es poca la gente que ha vuelto, el centro va recobrando la vida que un día tuvo. La gente ya no muere de hambre o frío como lo hacía antes. Si bien es cierto que nadie está como para tirar cohetes, todos tienen algo que llevarse a la boca antes de irse a dormir y eso es más que suficiente para gente que ha sufrido tanto.

La plaza ha sido reconstruida por completo y en ella ya se han abierto comercios que le proporcionan la actividad que había perdido. La panadería de Peeta está avanzando a pasos agigantados y cree poder abrirla en menos tiempo del estimado. Además, el Quemador ha vuelto a ser el que era, pero mucho más moderno y, por supuesto, legal. Ahora se asemeja a un gran establecimiento del centro del Capitolio solo que sin ese aire recargado y muchísimo más frugal. Dentro se han abierto diferentes tiendas y lugares para el ocio. Sae está contemplando la posibilidad de abrir ahí un restaurante. Al fin y al cabo, lleva toda la vida cocinando en ese lugar solo que ahora podría disponer de carne decente y buen servicio. De todas formas, lo que personalmente más disfruto del nuevo Quemador es que ya no es el sitio lúgubre al que muchos no iban por temor. Ahora padres con sus hijos se acercan hasta allí a dar una vuelta y disfrutar de los momentos libres que antes no podían. Ver a todos esos críos felices y correteando por entre la gente me hace pensar que tal vez todo lo que hicimos no esté tan mal. Tal vez, y solo tal vez, Plutarch tuviese razón cuando en aquel aerodeslizador que me traía de vuelta al doce dijo que a lo mejor esta vez era la definitiva. La vez en la que fuésemos capaces de mantener la paz.

Esta mañana no es diferente a las demás. Me despierto con los primeros rayos de sol azotándome la cara. Las pesadillas no se han ido por mucho que haya mejorado mi situación. Todas y cada una de las noches sueño con Prim y todos a los que hemos perdido por el camino. Lo que sí ha cambiado es que hay noches en las que no son sueños terroríficos. Son sueños, a secas. En esos sueños suelo correr detrás de un sinsajo que canta la melodía de Rue, suelo encontrarme en mi bosque persiguiendo a Prim entre los árboles, e incluso he llegado a soñar con que estoy en la playa del Distrito 4 junto a Finnick, compartiendo una charla sin ningún contenido profundo, simplemente hablamos. Son sueños de los que despierto cansada y entumecida, como si realmente hubiese pasado la noche corriendo, pero no despierto aterrorizada como con las pesadillas. Aún así, las peores noches ahora son protagonizadas por pesadillas en las que Peeta me persigue convertido en un muto, en las que Peeta no me reconoce, en las que Peeta no me quiere, en las que Peeta muere… Peeta, Peeta, Peeta, Peeta. Está por todos los lados. Esas noches despierto bañada en sudor como las demás, pero algo las hace diferentes y es que no puedo volver a conciliar el sueño. Cuando despierto de una de esas pesadillas y no lo veo a mi lado lo único que soy capaz de pensar es que no era una pesadilla, que era real, y necesito imperativamente saber que está bien. Suelo tardar un buen rato en calmarme y, como sé de sobra que ya no volveré a dormirme, aprovecho esos días para salir a cazar. Días que últimamente están siendo demasiado habituales.

Tras haberme desperezado, me levanto de la cama y me visto sin más demora. Peeta debe de estar esperándome desde hace un buen rato. Aunque estoy acostumbrada a madrugar, él siempre está levantado para cuando yo quiero llegar, lo que me hace sospechar que no duerme mucho. Todos sabemos que los panaderos siempre madrugan para hacer el pan, pero ha habido ocasiones en las que no podía dormir y he salido de mi casa en dirección al bosque y lo he visto en la cocina frente al horno. ¿Acaso sufrirá las mismas pesadillas que yo? Estoy segura de que sí, pero ambos sabemos que la única manera de calmarnos es en los brazos del otro.

Cuando llego a su puerta apenas hace falta que toque. Un muy sonriente Peeta Mellark abre y me invita a pasar. Empezamos a trabajar, mejor dicho, él empieza a trabajar y yo le paso los ingredientes que me pide. Hablamos de nimiedades que nada tienen que ver con todo lo que hemos pasado. A los dos nos gusta puesto que nos hace olvidarnos de todo y nos devuelve por un tiempo a los dieciocho años que realmente tenemos, aunque ambos nos sentimos mucho más desgastados que eso.

Está concentrado amasando la masa del pan de nueces que estamos, corrijo, está elaborando hoy. Lo miro en silencio. Sigo hipnotizada por sus majestuosas pestañas doradas cuando me pide harina. Al parecer la masa ha empezado a pegársele en los dedos y necesita más. No sé por qué lo hago, pero me siento como una cría cuando cojo un puñado del blanco ingrediente y se lo estampo en la cara. Su reacción es para verla: empieza a toser para echar lo que se había colado en su boca y en su nariz. Cuando se le pasa, abre los ojos que aún tenía cerrados y ese maravilloso azul con sus respectivas pestañas parpadean un par de veces aún incrédulos. Para ese entonces yo ya estoy muerta de risa porque se ha quedado de piedra y aún no es capaz de procesar lo ocurrido, pero tarda realmente poco.

- ¡Tú! No sabes dónde de acabas de meter, preciosa. – me dice mientras me enseña sus manos untadas del pringue que es la masa del pan. Sé a lo que se refiere.

- No, no, no. ¡No, Peeta! ¡Por favor! – una traviesa sonrisa aparece en su rostro y salgo corriendo como alma que lleva el diablo.

- ¡Oh, sí! ¡Ven aquí ahora mismo, Katniss! Sabes que acabaré por cogerte. Es inútil que huyas.

Corro a lo largo y ancho de la casa intentando zafarme de él mientras me ahogo por la risa. Al cabo de un minuto consigue darme caza en el pasillo y me planta sus manos y el mejunje en la cara.

- ¿Qué? ¿Está rico? Pensabas que no te pillaría, ¿eh?

Casi sin abrir los ojos, salgo corriendo a la cocina y me armo con un tremendo arsenal de colorantes y harinas. Cuando Peeta aparece por la puerta le lanzo un puñado de uno que es de color verde bosque. Mi favorito.

- Toma, para que siempre te acuerdes de mi color favorito. – le digo mientras el colorante se estampa en su barbilla y parte de su cuello. Suelto una tremenda carcajada y corro de nuevo antes de que reaccione.

- Con que quieres guerra. Pues las vas a tener, guapa. – Peeta se arma igual que yo y comenzamos una batalla de lo más colorida por toda la planta baja de su casa.


¡Hola a todos!

Estoy tratando de explicar la situación con calma y sin prisa, pero pronto llegarán situaciones más profundas y con más trama. Mientras tanto, espero que disfrutéis también de estos capítulos.

Muchas gracias por seguir ahí. ¡Espero vuestros comentarios!

Un abrazo :)