Capítulo 13: Guerra almibarada

Estoy parapetada detrás del sofá. Mi enemigo se protege detrás del marco de la puerta de la sala. Me tiene acorralada.

- Vamos, Katniss. Sabes mejor que yo que estás perdida. Ríndete y prometo que será rápido e indoloro. – me insta mi rival.

- ¡Já! Ni lo sueñes, Mellark. ¡Moriré matando!

Parecemos dos chiquillos jugando a las batallitas. Lo cierto es que me lo estoy pasando realmente bien. Hacía tiempo que no disfrutaba de algo tan simple. Seguramente desde antes de la muerte de mi padre cuando, por aquel entonces, sí era una niña.

Sin pensármelo dos veces, salgo de mi escondite y me dirijo a la puerta tras la que se esconde. Como era de esperar, antes de que llegue ya tengo encima un sinfín de polvos de colores. Peeta me agarra de la cintura y me echa al suelo. Al parecer aún se guardaba un as en la manga, un último golpe maestro.

- No tan rápido, preciosa. Todavía no he terminado contigo. – me dice mientras se echa encima de mí y con una sola mano sujeta mis brazos por encima de mi cabeza – Te advertí que sería bueno si te rendías, pero como eres tan peleona no seguiste mi consejo y ahora pagarás las consecuencias.

Suelta una risa malévola mientras con la mano que tiene libre me vierte un bol completo de chocolate fundido. No me lo puedo creer, me ha cubierto la cara de chocolate. Trato de soltarme pero es inútil. Obviamente tiene mucha más fuerza que yo.

- Me las pagarás panadero. ¡Esto no se queda así! – le grito.

- ¿De verdad? ¿Y cómo se supone que piensas vengarte si no puedes ni soltarte de mi agarre? – me dice muy convencido.

Tiene razón. No conseguiré nada si intento soltarme por la fuerza, así que, si no puedes con el enemigo, únete a él. Rápidamente lo aprisiono con mis piernas acercándolo a mi cara y la restriego contra la suya pringándolo a él también de chocolate fundido. Sin duda no se lo esperaba. Pongo una sonrisa triunfal. Lo que no esperaba yo era darme cuenta de la tremenda posturita en la que estábamos: él me sujetaba ambas manos por encima de la cabeza mientras con la otra se apoyaba en el suelo, yo tenía mis piernas enroscadas en su cuerpo y nuestros labios estaban tan cerca que podíamos sentir el aliento agitado del otro en la cara. Él también parece darse cuenta, pero lejos de ruborizarse suelta algo que me deja descolocada por completo:

- Nunca antes el chocolate me había parecido tan apetecible.

Y me besa. Yo me quedo pasmada pero no tardo en responder a su beso. Sus labios saben a chocolate y pasión. Como él acaba de decir, jamás antes el chocolate me había parecido tan apetecible. El beso es muy distinto a todos los que habíamos compartido hasta ahora. Es intenso y agresivo. Parece que realmente queramos comernos. Sin previo aviso, lame el chocolate que aún quedaba en mis labios e introduce su lengua en mi boca. Es como si una descarga eléctrica recorriese todo mi cuerpo y me hiciese estremecer. Respondo a su gesto jugando con la mía. Jamás había hecho esto antes y, sin embargo, parecía que llevase años haciéndolo. El beso cada vez era más intenso y unos ligeros gemidos escapaban de mi garganta. ¿Gemidos? ¿En serio?

No sabía a dónde nos iba a llevar todo esto pero me negaba a soltarlo y él tampoco parecía muy por la labor. Al contrario, comenzó a posar su mano libre en mi cadera y a acariciar la piel que asomaba por el espacio que dejaba la blusa descolocada. Sus dedos me hacían estremecer con el mero hecho de rozar mi piel. Seguíamos en nuestra lucha, que ahora era de lenguas y no de inofensivos colores, cuando oímos un carraspeo.

- Ejem. Ejem. ¿Interrumpo algo? – pregunta con sorna un muy sonriente Haymitch Abernathy desde la puerta de la entrada. Sin duda la escenita hará sus delicias durante un largo periodo de tiempo.