Capítulo 17: Adiós

Me he pasado la noche en vela preparándolo todo para el viaje. Como aún no sé a dónde iré no he cogido apenas ropa. Con el sueldo que me asignó el nuevo gobierno me puedo permitir el lujo de comprarme la ropa allá donde vaya, haga frío o calor, así que todo lo que me llevo del doce cabe en una mochila, que es exactamente mi único equipaje. La mochila la he preparado hace una escasa media hora, el resto de la noche la he pasado ordenando la casa y cubriendo los muebles con sábanas. Lo que tenía de comida en el frigorífico y la despensa lo he metido en una caja para llevárselo a Haymitch. Si no fuese porque Peeta y yo lo mantenemos bien surtido no sé qué sería de él.

Peeta… Llevo también la perla y el colgante que me regaló en el Vasallaje. Me temo que me esperan muchas noches aferrada a ese pequeño trocito de su corazón. Anoche, después de fundirnos en aquel maravilloso abrazo, me dijo hasta la saciedad que estaría aquí esperando por mí, tardase lo que tardase. También me suplicó que le mandase cartas o lo llamase de vez en cuando, pero le dije que no. ¿De qué me sirve marcharme si voy a estar todo el día colgada del teléfono o ansiando una carta a mi nombre? Al final le convencí de que cuanto menos contacto tuviésemos antes podría volver, pero ni yo estoy segura de eso. No sé cuánto tiempo estaré fuera y empiezo a pensar que le prometí demasiado rápido que volvería. Me conozco lo suficiente como para saber que soy capaz de no volver aunque me muera de ganas por verle, y eso Haymitch lo sabe. Es por eso que, cuando salimos de casa de Peeta para comunicarle a Haymitch mi decisión, me miró con una inmensa tristeza en los ojos. Él sabe que cabe la posibilidad de que no vuelva nunca, de que me encierre en mí misma y vuelva a comportarme como una egoísta sin tener en cuenta lo que Peeta sienta. Aún así, también entiende que si no hago esto jamás seré feliz al lado de Peeta porque siempre me sentiré culpable por tenerlo, y ambos sabemos que su felicidad se basa en la mía propia. Por lo que, si existe alguna posibilidad, por ínfima que sea, de que con este viaje me convierta en una persona capaz de olvidar el odio y el rencor, no pienso desaprovecharla. Quiero luchar hasta el final por darle lo mejor a mi chico del pan, por saldar esa deuda que contraje con él el día que me dio el pan que me salvó la vida, aunque sé que siempre estaré en deuda con él por todo lo que ha hecho. No aspiro a convertirme en alguien que esté a su altura, eso nunca nadie será capaz de conseguirlo. Simplemente necesito creer en mí misma, creer que soy capaz de perdonar y empezar de cero, creer en que puedo volver a nacer junto al amor de mi vida.

Alguien está tocando a la puerta. Miro el reloj, aún faltan dos horas para que salga el tren. Supongo que será Peeta, anoche casi tuve que clavarlo al suelo para que se quedase en casa y me dejase preparar todo a mi sola. No podía dejar que me ayudase, se pasaría la noche tratando de convencerme y lo peor es que sería capaz de hacerlo, así que más vale prevenir que curar. Abro la puerta y ahí está él, mirándome con cara de corderito degollado y los ojos más rojos que un tomate. Ha estado llorando.

- Buenos días, preciosa. – trata de decirme con humor.

- Buenos días, Peeta. ¡Qué madrugador! Aún faltan dos horas. – le contesto haciendo como que no me doy cuenta de su estado, pero estoy a punto de derrumbarme por verlo así. – Pasa.

Entra en casa y cierro la puerta. Ya empieza a hacer más calor. Se nota que el verano se acerca.

- Te he traído unos cuantos panecillos de queso para el viaje. – me dice desde la cocina. – Pensé en hacerte algún dulce también, pero como no me decidía por ninguno en concreto he hecho un surtido variado. – me parece que no he sido la única que se ha pasado la noche en vela. Entro a la cocina, lo abrazo por detrás y echo un ojo a la mesa por encima de su hombro.

- Tienen una pinta estupenda, pero no tendrías que haberte molestado.

- No es molestia. Además, son lo único que puedo ofrecerte para que no te olvides de mí. – me dice mientras se da media vuelta y me abraza por la cintura.

- No me voy a olvidar de ti, Peeta. Eso es imposible. No podría hacerlo ni aunque quisiera. – decir cosas como esta me siguen costando unos buenos sonrojos que él aprovecha.

- ¿Ah no? ¿Tan bien beso como para que no me puedas olvidar? – me insinúa con una mueca al más puro estilo Finnick Odair.

- No seas tonto, Mellark. Sabes que no es por eso… - trato de sonar indiferente, pero el mero hecho de hablar de besarlo hace que un escalofrío me atraviese. – Pero bueno, tampoco besas mal… - digo para el cuello de mi camisa. Para mi desgracia, Peeta tiene un oído digno de un cazador y me escucha.

- ¿Cómo has dicho? Es que no te he oído bien… - me dice con un tonito demasiado inocente. Sé que puede ser tan insistente como se lo proponga y que no me dejará hasta que lo diga lo suficientemente alto como para que medio Panem se entere.

- Digo, que no besas mal. – y otro escalofrío.

Peeta me acerca aún más a él y muy cerca de mis labios susurra:

- En ese caso te voy a dar uno que no olvidarás en tu vida. – acto seguido me besa con más pasión que nunca. Siento como el calor me inunda y empiezo a plantearme seriamente si voy a aguantar mucho sin esto. Nuestras lenguas se enzarzan en una lucha en la que no hay ni vencedores ni vencidos. Me coge de las nalgas y me sienta en la mesa, lo que me pilla desprevenida y hace que suelte un gritito casi inaudible. Está desbocado y yo no estoy mucho mejor. Tiene razón cuando dice que jamás olvidaré este beso, porque sé que cuando esté lejos de él vendrá a mi mente el hambre que siento en estos instantes y lo único que desearé con toda mi alma será estar a su lado. El panadero es un estupendo estratega.

Cuando el oxígeno se hace necesario no nos queda otra que separarnos. Tenemos la respiración acelerada y el corazón a mil por hora. Peeta me mira con suficiencia. Está contento porque sabe lo que provoca en mí. Aún no he terminado de recomponerme cuando vuelven a llamar a la puerta. Ese será Haymitch.

- Ya abro yo. – dice Peeta y se separa de mí para ir a abrirle la puerta a nuestro mentor dándome unos segundos de tregua.

Me bajo de la mesa antes de que Haymitch entre a la cocina. No quiero cachondeitos de última hora. Preparo algo de lo que ha traído Peeta para el desayuno en lo que les oigo saludarse y avanzar por el pasillo.

- Buenos días, chica en llamas. ¿Se sabe ya que otro distrito vas a incendiar o es secreto de estado? Mira que no quiero revoluciones de última hora… - este hombre no cambiará nunca. Sarcástico hasta la médula.

- Buenos días, Haymitch. No, aún no se sabe que distrito será y las revoluciones ni me las mentes.

Desayunamos en un ambiente distendido. No parece que me vaya a ir en una hora. Sé que los dos lo hacen para no ponérmelo más difícil de lo que ya lo es. Terminamos de desayunar y recogemos todo. Llevamos la caja de comida a casa de Haymitch, pero yo me vuelvo a la mía a por mi equipaje en lo que ellos dos colocan todo en la alacena. Me despido de la que ha sido mi casa los últimos dos años y me prometo a mí misma que seré capaz de volver siendo alguien mejor. Cuando estoy cerrando la puerta, Haymitch y Peeta aparecen para acompañarme hasta la estación. Llegamos a falta de diez minutos de que salga el tren.

- Bueno, preciosa. – Haymitch toma la delantera de las despedidas, aunque lo que me tenía que decir ya me lo dijo anoche y será algo que no olvidaré jamás. – Lo dicho, no me incendies más distritos y cuídate mucho. – me abraza pero tarda más de la cuenta para decirme algo al oído. – No seas tonta. No lo pierdas. Vuelve a por él.

Se separa de mí y le dedico una sonrisa de agradecimiento. Ahora es el turno de Peeta. Esto va a ser duro.

- Peeta, yo… esto… - nunca se me han dado bien las despedidas. Me devano los sesos buscando las palabras adecuadas para expresarme mientras Peeta me mira con una sonrisita en los labios sabiendo que no soy capaz. – Joder… - maldigo por lo bajo.

Como siempre, Peeta tiene la solución a todo y, sin complejo alguno, me toma de la cara y me da un beso suave y tierno que me deja expresar todo lo que con palabras no soy capaz de decir. Empiezo a derramar lágrimas sin control pero no ceso el beso. Segundos después, descubro que no todas son mías ya que Peeta también ha empezado a llorar. Sus labios me saben a sal y en mi memoria lo guardaré para siempre como el sabor de una despedida.