Capítulo 20: Muerto en vida
La observo caminar sigilosa entre los árboles. Deduzco que no hace frío porque no lleva chaqueta que la cubra. Sus perfectas curvas se mueven al unísono para no espantar a las posibles presas. Arco en mano, se encamina colina abajo detrás de un ciervo que no parece haberla oído, visto u olido. Cuando alcanza una posición ventajosa en altura se para y prepara una flecha. Su mirada es intensa y letal. El ciervo tiene los minutos contados. Tensa el arco muy despacio y apunta sin demora, toma una última bocanada de aire y, justo cuando va a disparar al bello animal, una lanza la atraviesa por detrás. Grito su nombre y ella parece percatarse de mi presencia por primera vez. Estoy escondido tras un árbol a pocos metros de ella. Cuando su mirada se cruza con la mía no encuentro miedo por una muerte inminente ni añoranza por todo lo que no podrá cumplir, solo encuentro alivio por partir del mundo cruel que tanto daño la hizo. Trato de recorrer los pocos metros que me separan de ella lo más rápido que puedo. Cuando llego a su cabeza ya estoy llorando. Veo como se va de mi lado sin que pueda hacer nada. Le sostengo la cabeza y la apoyo en mi regazo. Ella me mira por última vez, me dedica una pequeña sonrisa y, sin mediar palabra, me deja solo en un mundo que sin su presencia no tiene sentido.
Despierto sudoroso y taquicárdico. La busco con la mirada, todavía conmocionado por la pesadilla, pero no la encuentro. Poco a poco recobro la poca cordura que me queda y recuerdo que estaba soñando. Últimamente las pesadillas no me dan tregua. El mismo sueño, cada noche desde hace ya año y medio. Cada noche desde el día en que supe que no podía hacer nada para encontrarla, tan solo esperar.
Hace ya dos años desde que Katniss se fue y año y medio desde que empecé a buscarla. Después de llegar al dos tuvimos que esperar un mes más para que las nevadas remitiesen algo y pudiésemos emprender la búsqueda. Los días pasaban y en todos los asentamientos nos decían lo mismo: no sabían nada de ella. A medida que restábamos puntos rojos del mapa mi ánimo decaía. Gale ya no sabía que más hacer ni por dónde buscar, la madre de Katniss aumentó su jornada laboral para no desaparecer definitivamente y Haymitch… muchos días ni contestaba al teléfono. Me sentía solo, abatido y sin vida. Estaba muerto en vida.
Las patrullas se retiraron a los seis meses de comenzar la búsqueda, pero Gale y yo seguimos por nuestra cuenta medio año más. Cuando se cumplía un año desde que empezamos a buscarla, Gale me recomendó volver al doce. Ya no sacábamos nada en claro de estar yendo de un asentamiento a otro buscando por los alrededores. Dejó dicho en los poblados del norte que se le avisase a la mínima novedad y se volvió al dos. Me prometió que mantendríamos el contacto por si llegaban noticias, pero medio año después aún no he recibido ninguna llamada.
Cuando volví a casa pasé por donde Haymitch, llevaba un año sin verle. Me desahogué en su hombro, pero sabía que jamás conseguiría calmarme. Desde entonces solo un pequeño atisbo de esperanza que reside en lo más profundo de mi ser me mantiene activo. Es esa pequeña esperanza de que esté viva en alguna parte de este asqueroso mundo lo que me levanta cada mañana pidiendo a gritos que vuelva a mi lado. Pero todas y cada una de esas mañanas resultan ser una nueva decepción.
La de hoy no es una mañana diferente. Estoy despierto desde hace rato gracias a la misma pesadilla que me despierta cada amanecer. Decido que ya es hora de levantarse, así que me visto con la ropa de trabajo y salgo hacia la panadería. Ya estamos a comienzos de verano y el ambiente es cálido a pesar de que aún no ha salido el sol. Paso la mañana horneando y vendiendo. La panadería se ha convertido en mi refugio y eso ha hecho que sea el establecimiento más concurrido del doce. Como dedico a mi trabajo más horas de las que serían lógicas para cualquier ser humano, he conseguido depurar mucho mi técnica de glaseado, además de que he probado novedosísimas recetas que vienen directas del Capitolio.
Poco a poco, el doce se ha ido llenando tanto de antiguos residentes como de gente proveniente de otros distritos, y mi panadería es un punto de encuentro para todos: todo el mundo quiere probar las creaciones del archiconocido Chico del pan. A pesar de mantener todo lo de la desaparición en secreto, el doce es un distrito pequeño y las noticias corren como la pólvora. Eso sumado a que Katniss y yo somos rostros más que conocidos ha hecho que todos me dediquen miradas de compasión cada vez que me ven. Al parecer siempre seremos los Trágicos Amantes del Distrito 12.
Son más de las ocho de la tarde cuando decido cerrar, pero al ser verano el sol aún luce en el cielo. Cierro la puerta de mi establecimiento y dedico unos segundos a observar la maravillosa puesta de sol que se yergue sobre mi cabeza. Naranja atardecer. Gracias a Katniss recuerdo mi color favorito. Cabizbajo, emprendo el camino de vuelta a casa.
Llego a la Aldea de los Vencedores sumido en mis pensamientos. Entro a casa con intención de darme una ducha y quitarme el sudor del día de encima, pero recuerdo que tengo que regar las plantas del jardín. Poco después de volver del dos planté unas prímulas en el lateral de la casa de Katniss y paso todos los días a regarlas. Es como un nexo de unión entre Prim y yo. Las planté pensando que a Katniss le gustaría verlas ahí cuando regresase, pero al final me están sirviendo a mí de terapia. A pesar de que los ataques han remitido bastante, la tristeza me sobrecoge cada día e ir a regar las plantas es una simple excusa para poder pasar un rato con lo poco que queda de Prim en este mundo. Su esencia reside en esas maravillosas flores que le dieron nombre, prometiendo un futuro mejor. Es por eso que trato de ir cada día, para poder pedirle a alguien que me devuelva a Katniss. Para poder pedirle a Prim que si está con ella me lleve a mi también.
Dejo en casa el pan que traía para cenar, cojo los utensilios de jardinería y salgo por la puerta. Hay que ver como aprieta el calor estos días. Las plantas deben estar pidiendo agua a gritos. Cruzo los pocos metros que separan mi casa de la de Katniss y enseguida empiezo con mi labor, quiero aprovechar los últimos rayos de sol del día.
Estoy en plena faena cuando me parece oír ruidos dentro de su casa. No le doy mayor importancia ya que nadie excepto ella y yo tiene llave para entrar, así que sigo a lo mío. Decido quitar también unas cuantas malas hierbas que están empezando a salir a los pies de las hermosas flores. A pesar de que estoy en buena forma, el calor me parece asfixiante así que decido quitarme la camiseta que, por cierto, está hecha un asco. Paro dos segundos a refrescarme con el agua de la regadera. Estoy echándome agua en la cabeza cuando oigo unos pasos cercanos. Tengo los ojos cerrados por el agua, así que echo mano de mi camiseta para secarme un poco y ver de quién se trata. Cuando los abro no doy crédito a lo que veo. Debo estar alucinando.
