Capítulo 21: Esperanza

Me miro en el pequeño espejo del cuarto de baño. Dos años son mucho tiempo cuando tu cuerpo está en pleno proceso de cambio, cuando dejas atrás la adolescencia y llegas arrasando a la adultez. Aunque mentalmente nunca tuve adolescencia, físicamente sí la tuve, pero ya ni de eso queda rastro. La tragedia se ha encargado de destruir todo lo que una vez fui, dejando tiradas las cenizas de la que un día fue la Chica en Llamas.

Mi cuerpo es ahora el de una mujer llena de cicatrices, más mentales que físicas. Mi rostro refleja la pérdida, el dolor y el sufrimiento que solo se pueden ver en alguien que lo ha perdido todo. Soy una mujer que nunca terminará de sanar porque sus pesadillas se lo impedirán. Despertaré entre gritos y sudor, como tantas veces he hecho ya, y rogaré al cielo que me deje descansar, que me lleve a un lugar en el que no tenga que sufrir más y en el que no arrastre a nadie a mi propia miseria.

A pesar de toda la ira, el odio y el fuego que me consumen, algo más asoma en mis ojos, un brillo especial que solo dos personas han conseguido despertar en mí. Un brillo que augura un futuro mejor y una promesa de paz. Porque si algo he aprendido en mi viaje es que de nada sirve lamentarse por cosas que ya jamás podrás cambiar, que la vida sigue y no se para a esperar a nadie. Y yo no quiero hacerla esperar más. No quiero volver a ser esa cobarde que lloraba días completos esperando que alguien se apiadase de su alma, esperando a su diente de león en primavera.

Recorro con mis dedos la piel desnuda de mi cuerpo, haciendo hincapié en esas zonas en las que el fuego dejó su huella. Dos años dan para mucho y las marcas prácticamente se han ido, aunque las que más me preocupan no sean las que se extienden sobre mi cuerpo. Temo volver a ser esa chiquilla asustada que era antes, volver a desear mi muerte sin tener en cuenta que no estoy sola en este mundo, sin tener en cuenta que, a pesar de todo, queda gente que sigue apostando por mí.

Me meto en la bañera para tratar de relajarme antes de llegar a mi destino. Hace poco más de medio día que subí al tren con destino al doce. Llevo año y medio separada de la civilización, conviviendo con un pequeño pueblo de gente ajena a la maldad, la envidia, la codicia o el lujo. Vivir a su lado me ha ayudado a arrancar de mi corazón todos los malos sentimientos que me aferraban al pasado. Me ha hecho aprender a ser mejor persona, a compartir mis sentimientos sin sentirme culpable por ello y a recibir el trato desinteresado de alguien sin sentirme en deuda con esa persona. Me he convertido en una especie de lienzo en blanco que, aunque tenga un ligero color amarillento por el pasado que nunca terminará de irse, está dispuesto a que manos amigas dibujen sobre si una nueva historia. Un lienzo en blanco sobre el que dibujar promesas de futuro y relatar vivencias que nos hicieron fuertes, sentimientos que nos unieron a las personas que alguna vez amamos y a las personas que amaremos para siempre.

Soy madura por fuera, pero ahora también por dentro. Ahora estoy segura de poder dejar que un panadero con alma de pintor dibuje sobre mí nuestro futuro, sin miedo a sentir cosas que jamás había sentido, porque, aunque el miedo siempre estará ahí, nos tendremos el uno al otro para consolarnos y seguir escribiendo las páginas de nuestra vida juntos.

Estoy ansiosa por volver a ver a Peeta. Desaparecí de la faz de la Tierra durante año y medio. No fue mi intención, fue un accidente, pero no puedo evitar sentirme culpable por haberlo abandonado. Tengo miedo de lo que pueda encontrar a mi regreso. Tengo miedo de que se haya cansado de esperar y haya rehecho su vida, dejando atrás todo lo que vivimos. En el fondo, sigo siendo aquella chica egoísta que solo miraba por sí misma, solo que ahora estoy segura de que sería capaz de dejar marchar a mi Chico del Pan si hubiese encontrado la felicidad en otra parte. A mí me basta con saber que él es feliz, sea o no a mi lado.

Cuando termino mi baño reparador, me visto y seco mi pelo. La trenza que me caracteriza y que nunca me abandonó es algo más larga de lo que lo era antes. Mis facciones han terminado de afinarse, devolviéndome una imagen más segura de mí misma. Me pregunto cómo habrá cambiado Peeta… tengo entendido que los hombres sufren sus cambios más notorios más tarde que nosotras. Yo ya tenía prácticamente cuerpo de mujer cuando fui a los Juegos por primera vez. Recuerdo que Peeta cambió mucho en los dos años siguientes y desarrolló una espalda prodigiosa, además de los brazos que tan segura me han hecho sentir siempre. No puedo esperar a ver cómo será el hombre en el que estoy segura que se ha convertido durante todo este tiempo.

Una voz anuncia por megafonía que en diez minutos llegaremos al andén del Distrito 12. No puedo evitar ponerme nerviosa. Por supuesto, nadie sabe de mi regreso. Es más, dudo que alguien sepa que sigo viva. Durante un instante, el miedo de que todos me hayan abandonado me consume por dentro. Trato de auto convencerme de que no es así. Sé que él seguirá estando siempre para mí, de una forma u otra, aunque haya encontrado consuelo en los brazos de otra mujer.

Recojo mi mochila, la misma con la que salí de este distrito hace ya dos años, y pongo un pié en el andén. El otro le sigue milésimas de segundo después. Es media tarde, aún faltarán un par de horas para el anochecer, pero el calor es sofocante. Se nota que el sol está apretando duro este verano. Comienzo a caminar por las calles mientras me asombro de lo mucho que ha cambiado todo. Mucha más gente puebla ahora mi distrito y los edificios se alzan majestuosos ante mi mirada. Sigue manteniendo la apariencia de un pueblo tranquilo, con la ligera diferencia de que ahora lo es de verdad. La gente sonríe por la calle y los niños se arremolinan alrededor de las piernas de sus progenitores pidiendo diversión a raudales. Entiendo por vez primera lo que Prim comprendió hace ya tanto tiempo. He dado a la gente la oportunidad de tener esperanza, no la de sobrevivir, eso era lo que hacíamos antes. Ahora la gente vive y tiene la esperanza de poder ser feliz algún día.

Cuando me doy cuenta ya estoy entrando a la Aldea. Sigue igual que siempre, intemporal. En este sitio es como si el tiempo se hubiese detenido y parece que la esperanza tardase más en llegar aquí. No me extraña teniendo en cuenta que los únicos que hemos vivido aquí hemos sufrido tanto. Pero sé que llegará, tarde o temprano lo hará, me encargaré de ello personalmente aunque tenga que arrastrar al mismísimo Haymitch Abernathy al mundo de los esperanzados. Porque lo soy, por fin lo soy. Siento que es la esperanza la que me mueve, ni el odio ni el rencor. Ya solo me queda unir un último eslabón a la cadena. Solo me falta reclutar al escritor de nuestra nueva historia, al pintor de nuestros nuevos recuerdos, al chico que siempre mantuvo la esperanza aún cuando todo parecía perdido y fue la fuerza en nuestra flaqueza, al amor de mi vida.

Observo durante unos instantes la casa de Peeta. Sigue igual, al menos por fuera. No veo movimiento y, por la hora que es, supongo que estará en la panadería. Al menos eso espero. A lo mejor ya no vive aquí. Quizás ya no quiera estar aquí. Puede que olvidase la panadería y cambiase su vida de arriba abajo, dejando atrás todo el dolor y rehaciéndose de dentro afuera, tal y como hice yo. Aparto la mirada y la dirijo hacia la casa de Haymitch. Estática. Sin vida. Sin embargo, estoy segura de que él sigue aquí. Jamás se iría de este lugar porque siente que es a donde pertenece, al igual que yo. Seguimos siendo parecidos a pesar del tiempo, y me alegro por ello.

Decido entrar a casa y arreglar mi habitación y la cocina. Los visitaré más tarde, necesito asentarme antes de ver su reacción ante mi regreso. Tardo alrededor de hora y media en limpiar lo básico para pasar la noche, estoy demasiado cansada como para hacer limpieza general ahora. Mañana será otro día.

Los últimos rayos de sol entran por la ventana de mi cuarto cuando termino de darme una ducha rápida. El agua fresca ha conseguido hacer desaparecer el sudor y parte del cansancio. Estoy secándome el cuerpo mientras observo por la ventana el bonito paisaje. Me quedo embobada viendo el maravilloso atardecer que tanto le gustaba a Peeta hasta que unos ruidos me sobresaltan. Me acerco un poco más al cristal para ver más allá, estoy segura de que ha sido en el jardín. Veo unas flores plantadas en el lateral de mi casa, aunque desde aquí no reconozco que son. Mi sorpresa es aún mayor cuando una cabellera rubia se asoma en mi campo de visión. De la impresión, algo tonto ya que estoy casi siete metros por encima de esa persona, retrocedo bruscamente y tiro un pequeño jarrón que había encima del escritorio por detrás de mí. El corazón empieza a latirme a mil por hora tratando de asimilar la autoría de esos rizos rubios. Sin duda es él. Maldigo por lo bajo la orientación de la ventana que no me deja ver más allá sin tener que exponerme a su vista.

Trato de calmarme y me dirijo al armario. Las prendas que Cinna diseño para mí siguen ahí. Entre los nervios y que nunca se me ha dado bien combinar la ropa, solo atino a pensar en que al menos me siga valiendo. No me decido por nada, a pesar de que llevo cinco minutos devanándome los sesos. Jamás había sentido de tal manera la necesidad de verme bien para alguien. Acabo escogiendo un pantalón corto de color blanco y una camiseta de manga corta a rayas horizontales rojas y blancas. Me calzo con unas zapatillas rojas muy cómodas y rehago mi trenza. Me observo satisfecha en el espejo. Sin duda, Cinna cogía las medidas a las mil maravillas.

Compruebo por la ventana que la cabellera rubia sigue ahí, pero esta vez veo un poco más. Se ha movido así que lo veo de espaldas a mí y… ¡no lleva camiseta! Ahora sí confirmo que se trata de Peeta. Esa espalda no podría ser de nadie más… Sacudo la cabeza para evitar pensamientos impuros y bajo las escaleras de tres en tres. Cuando llego a la puerta de casa, tomo aire y abro despacio. No me molesto en cerrar tras de mí y doblo la esquina para llegar al jardín. Y lo veo.

Un hombre joven está refrescándose la cabeza con el agua que sale de una regadera. Mantiene sus ojos cerrados, pero nota mi presencia y toma la camiseta para secarse la cara y abrirlos después. Cuando lo hace me mira y sus inmensos ojos azules se abren de par en par y me observan, incrédulos, tratando de asimilar que he vuelto y que lo he hecho para quedarme.