Capítulo 22: Él

Lo veo en sus ojos: no se lo puede creer. Parpadea un par de veces seguidas como si fuese un espejismo creado en su mente y me fuera a volatilizar de un momento a otro. Intento ponerme en su piel, tratando de verme a mí misma en su lugar este último año y medio. Trato de asimilar lo que sería perderlo durante un tiempo indefinido, sin saber si sigue vivo, con el miedo de no volver a verlo nunca más. Inmediatamente entiendo lo que ha sufrido. Lo que no sé es como no se ha vuelto loco, yo lo hubiese hecho. Y, después de todo, salgo de la nada, como si la tierra me hubiese escupido de allá donde me escondiese y me presento delante de él, como si nada hubiese pasado, sin rastro de heridas que hagan parecer que he sufrido, porque no lo he hecho. Sí es cierto que sufrí por no poder tenerlo conmigo, pero yo jugaba con la ventaja de que sabía que él estaba a salvo y en casa, eso era lo único que importaba.

Lo observo de arriba abajo: el sol del atardecer reluce sobre su cabello mojado, algo más corto de lo que lo recordaba; su mandíbula cuadrada que tan masculina me pareció siempre ahora me parece irresistiblemente sensual; su espalda no tiene parangón y su pecho y su abdomen están tan musculados que hacen que el calor llegue a mis mejillas con solo verlo; sus brazos, que tanto me protegieron en el pasado, son tan fuertes que estoy segura de no poder rodearlos ni usando ambas manos; sus finos labios, al igual que sus mejillas, están teñidos de un tono rojo rosado, seguramente por el esfuerzo. Además, habrá ganado en altura unos diez centímetros. Solo atino a pensar una cosa: menudo hombre… Jamás creí que llegaría a desear a alguien de este modo, pero ya no soy la niña que era y con el final de los Juegos y la guerra la vida se me presenta de una forma que nunca imaginé para mí.

Tenerlo frente a mí con su torso al aire y mojado por el sudor y el agua hace que el corazón me lata prácticamente en la garganta. A eso además hay que sumarle el hecho de que hace dos años que no lo veo. Lo he echado tanto de menos…

Como han pasado varios segundos y veo que no reacciona, opto por tomar la iniciativa, pero descubro que estoy como un flan. No sé qué decir. ¿Cómo demonios se empieza una conversación con la persona que más te ha amado en su vida después de tanto tiempo sin verla? Si hay respuesta a eso, definitivamente yo no la tengo…

Siento que si no asumo el control de la situación y él sigue sin decir nada voy a echar a correr, así que acabo diciendo lo primero que se me pasa por la mente:

- ¿Son prímulas? – estupendo, Katniss, estupendo. Lleva más de un año creyéndote desaparecida, en el mejor de los casos, y tú solo sabes preguntarle si lo que riega son prímulas. Un aplauso bien fuerte para la reina de la agilidad mental.

- ¿Kat… Katniss? Estas aquí… - dice Peeta ignorando mi pregunta (gracias al cielo) y acto seguido me abraza con tanto ímpetu que estoy a punto de caer de espaldas. Sin embargo, me sostiene con sus fuertes brazos y yo me aferro a él de la misma forma, disfrutando después de tanto tiempo del hombre que me da la vida.

Esconde su cara en mi cuello y noto lo agitado que respira y su corazón no parece estar en mejores condiciones. Apoyo mi cabeza en su pecho y no solo oigo sino que siento su corazón palpitar en mi rostro. Tampoco es que yo pueda hablar mucho, porque a pesar de saber que lo iba a ver mis intentos por controlar la situación son nulos y ya estoy taquicárdica perdida. Noto el aliento de Peeta en mi cuello y algo húmedo que resbala por él. Por la frecuencia en la que respira advierto que está llorando, aunque lo haga en silencio.

- Shhh… sí, Peeta… estoy aquí… estoy aquí y no pienso volver a irme. – le digo mientras le acaricio la nuca. Verlo así me confirma lo mal que suponía que lo había pasado.

Poco a poco se calma, pero yo estoy al borde del llanto. Tengo un nudo en la garganta porque empiezo a ser consciente de todo el daño que le ha causado mi desaparición, porque físicamente estará muy bien, pero la desesperación que denota su voz es imposible de borrar. Me aparta un poco, lo justo para tomarme la cara con ambas manos. Me mira con los ojos rojos de llorar y repasa cada rasgo que me define intentando convencerse a sí mismo de que soy yo. Le dejo que lo haga. En cualquier otra ocasión me hubiese sentido intimidada e incómoda, nunca me ha gustado que la gente me mire y menos tan de cerca, pero Peeta no es cualquiera y después de todo lo que ha hecho en su vida por mí jamás tendré derecho a reprocharle nada. Ni quiero.

Me repasa una vez más y se echa a reír. Me descoloca bastante, pero es contagioso y no puedo evitar sonreír un poco.

- Estas aquí… eres real… ¡eres real! – se ríe y grita a los cuatro vientos mientras me coge de la cintura y me da vueltas en el aire. Me rio con él y tengo que rodearle el cuello fuertemente para no caerme. Esta emocionadísimo. – Hoy es el mejor día de mi vida. Te he echado tanto de menos… - me baja de nuevo y me regala la sonrisa más sincera que alguien te pueda dar.

- Y yo a ti. Lo… lo siento mucho. Todo tiene una explicación, no quiero que pienses que me fui tanto tiempo porque sí. – le digo algo temerosa de que, una vez pasado el momento de euforia, empiece a alejarse de mí por todo lo que lo he hecho sufrir. Ahora soy yo la que lo abraza con fuerza. No quiero perderlo.

- Lo sé… no pasa nada. Lo único que importa ahora es que has vuelto y que estás bien. Lo demás puede esperar. Aunque esa historia la quiero oír yo… no creas que te librarás tan fácilmente. – se ríe. Está tan feliz que me siento la mujer más afortunada del planeta por que sea mi presencia lo que provoque eso en este hombre. Definitivamente, estoy enamorada hasta la médula de Peeta Mellark.