Capítulo 23: El tercero en discordia

Estoy abrumada por su olor. ¡Cuánto lo echaba de menos! Todo lo que forma parte de él me reconforta de tal manera que consigue que olvide todo lo demás. Somos solo él y yo, como tantas veces atrás. Muchas veces me pregunto si seré parte de sus pensamientos como a mí me pasa constantemente con él. Es todo tan nuevo y tan intenso que me siento realmente confundida. Jamás imaginé que se pudiera sentir algo así por alguien que no es de tu misma sangre, por eso me da miedo. Tengo pánico a que me lo arrebaten, a que lo arranquen de mi lado a la fuerza como ya intentaron. Aún así, me da más miedo que sea él el que por decisión propia me ignore, que ya no sienta lo mismo que antes por mí, que decida alejarse y arrojarse a los brazos de otra. Solo de pensarlo me entra una angustia enorme. Peeta es mío, yo soy suya, y cualquier otra cosa resulta impensable.

Estoy en casa terminando de preparar la cena. Sigo siendo una pésima cocinera, pero me las apaño bastante mejor que antes. Peeta y yo hemos quedado en cenar juntos esta noche. Tengo que reconocer que estoy muy nerviosa porque tendré que explicarle donde estuve todo este tiempo y sé que no será fácil, ni para él ni para mí. Despertarán muchos sentimientos que estaban dormidos y temo que él pueda sufrir un ataque o que yo acabe saliendo por patas. Éste tiempo alejados el uno del otro nos ha dañado a ambos más de lo que esperaba.

Peeta está en su casa dándose una ducha y preparando el postre para la cena. Quedó en venir sobre las diez… ¡y ya son las nueve y media! Echo a correr escaleras arriba como alma que lleva el diablo. Llevo casi dos horas metida en la cocina con el calor asfixiante de hoy, así que estoy sudada por todos los lados. Me ducho rápido y empiezo a buscar en el armario algo que ponerme como una loca. Por todos los cielos, ¡estoy eufórica! Katniss, inspira, expira, inspira, expira… Encuentro un bonito vestido naranja y decido usarlo. Lo acompaño de unas sandalias marrones que se agarran a mi tobillo. Decido dejarme el pelo suelto, aunque por el momento me lo ataré en una coleta para terminar de arreglar la mesa en la que cenaremos. Antes de bajar me maquillo un poco. Nunca he sido experta en estas cosas, así que procuro ceñirme a los consejos de mi equipo de preparación y no experimentar. Me miro al espejo: el resultado es bastante natural, así que estoy satisfecha. Bajo las escaleras a trompicones y me planto el delantal para no arruinar el vestido a última hora.

Estoy tan absorta en que todo quede a las mil maravillas que tardo más de la cuenta en oír que llaman a la puerta. Mierda. Y yo con estos pelos. Grito un "ya voy" desde la cocina mientras me arranco, literalmente, el delantal y me dirijo al pasillo. Aprovecho el espejo de la entrada para soltar mi coleta y atusarme un poco el pelo antes de abrir. Levanto la barbilla y pongo mi mejor sonrisa antes de abrir. Madre del amor hermoso, esta no soy yo, parezco Effie.

Dejo mi vergüenza aparcada en un rincón y abro la puerta, pero no es Peeta. Un hombre de ojos grises y muy desmejorado a como lo recuerdo arquea una ceja al ver mi cambio de apariencia y suelta una carcajada. Haymitch, ¿quién si no?

- Vaya, preciosa. Si que te sienta bien a ti el paso del tiempo… - ¿un piropo? Esto sí que no me lo esperaba. Es decir, es Haymitch Abernathy y está hablando conmigo. – ¿Acaso no pensabas pasar a saludarme?

Lo observo unos segundos: está muy delgado (mucho más que antes), sus ojos carecen de brillo, sigue oliendo a alcohol, las ojeras son las protagonistas de su mirada y la sombra de una barba de tres días hace acto de presencia. Inmediatamente lo abrazo. A pesar de todo siempre será parte de mi familia y lo quiero tal y como es.

- Chica, definitivamente no eres tú. – se ríe de mi reacción. – Veo que seguiste mi consejo, aunque te haya costado año y medio…

Recuerdo que antes de montar al tren me dijo que volviese a por Peeta. Él me comprende mejor que nadie, ¿llegaría a pensar en algún momento que había desaparecido por gusto y gana? Haymitch sabía que yo era capaz, por eso me recordó lo que debía hacer.

- Tengo que reconocer que dando consejos no tienes par. Aunque a veces seas demasiado explícito… - le digo recordando sus comentarios irónicos y demasiado sugerentes a cerca de Peeta y de mí. A partir de ahora tendré que volver a lidiar con eso.

Haymitch me sonríe pícaramente y acaba con el abrazo. Ruedo los ojos y niego con la cabeza, siempre será así.

- ¿Quieres quedarte a cenar? Peeta no tardará en llegar. – le pregunto dándole paso. Parece dudar.

- ¿Segura que no interrumpo nada? Mira que no quiero estropearos la velada, que dos años a pan y agua es mucho tiempo…

Ahí está. Debí haber cronometrado el tiempo que ha tardado en soltarla, estoy segura de que ha batido su record personal. A pesar de que sabe de sobra que entre Peeta y yo nunca pasó nada no puede abstenerse de hacerlo. Le suelto una mirada severa, pero él entra como si nada camino de la cocina riéndose. En cuanto no me puede ver, una sonrisa asoma en mi rostro. Estoy tan feliz con que todo esté volviendo a como era antes que hasta me hace gracia, aunque a él no se lo demuestre. Haymitch será siempre mi mentor, mi amigo y mi aliado. De eso no me cabe la menor duda.