Capítulo 25: Pies negros
Termino de contar grosso modo lo que viví en mis primeros días con aquella gente. Le hablé a Peeta, ya que Haymitch se había quedado frito, de cómo convivir con esas personas carentes de maldad y avaricia me había ayudado a descubrir una parte de mí que desconocía. Con aquellas personas conseguí ser amable, respetuosa y comprensiva a pesar de que no los conocía en absoluto. Apenas podía comunicarme con ellos y, sin embargo, me acogieron en su seno como a una más y me dieron de comer y beber todo el tiempo que lo necesité. Cuando estuve recuperada de mi accidente, les enseñé mis habilidades con el arco y las trampas, por lo que quedaron bastante sorprendidos y decidieron llevarme con ellos de caza. Llevé una vida sencilla durante el año y medio que estuve con los "pies negros". Así me enteré de que se hacía llamar aquella extraña tribu nómada cuando comencé a hablar su lengua. Me llevó un tiempo aprender, pero puse todo mi empeño ya que sabía que, si quería regresar, ellos eran los únicos que podrían llevarme de vuelta, y para eso hacía falta comunicación.
Poco a poco, fui adaptándome a su estilo de vida. No me costó demasiado porque no difería mucho de la vida que llevaba yo antes de mis primeros Juegos, excluyendo el hecho de que ellos no morían de hambre ni sufrían las cosechas anuales, claro está. Salía a cazar todas las mañanas con los hombres y las tardes las pasábamos en los tipis (así llamaban a las tiendas de campaña en las que se hacía vida) o bien recolectábamos plantas. Uno de los meses de verano, mientras desplazábamos el campamento, topamos con un lago bastante grande. Como el agua es un bien preciado cuando vives de la naturaleza, todos corrimos a llenar nuestros recipientes (piel de búfalo cosida en forma de bota) para poder purificarla después. Mientras cogíamos agua, me fijé en mi reflejo y en el de la mujer que tenía a mi lado. Me hizo gracia darme cuenta de que nos parecíamos físicamente. Si bien nuestros rasgos eran distintos, todos eran de pelo oscuro y ojos grises como yo. Su piel era olivácea (algo más oscura que la mía) y además, sentían cierta predilección por las trenzas, por lo que no me sentía tan fuera de lugar como pensaba.
La expresión de Peeta parece relajarse algo mientras le cuento esto y sus ojos se llenan de curiosidad. Lo que nosotros sabíamos del exterior de Panem era poco, por no decir nulo, por lo que saber algo más o, en mi caso, verlo con tus propios ojos es algo inusual. Parece emocionado con la historia y en más de una ocasión me pregunta sobre cosas que lo inquietan sobre la vida de esa gente. Satisfago su anhelo de saber más porque yo misma me emociono al recordarlos. Sé que jamás volveré a verlos, así que siento algo de nostalgia. Entre detalles, pasan las horas y ya es de madrugada cuando decido parar:
- Peeta… tengo tanto que contar que podría tirarme días. ¿Por qué no lo dejamos por hoy? Te prometo que iré contándote cada detalle que recuerde.
- Oh, vamos Katniss. Tampoco es tan tarde… - me río por el tono infantil que usa. Se le ve realmente emocionado.
- Pareces un crío. Venga, a la cama. ¡No pienso repetirlo dos veces!
- Sí, mamá… Y con este elemento ¿qué hacemos? – me pregunta Peeta haciendo referencia a un muy dormido Haymitch.
- Déjalo ahí. No pienso cargar con él hasta su casa. – contesto mientras le echo una manta por encima. Vale que hace calor, pero no me fío de dormir sin cobijo alguno.
- ¿Lo vas a dejar dormir en tu casa? Quién te ha visto y quién te ve… ¡Benditos pies negros!
Ruedo los ojos ante su comentario, pero no puedo evitar una sonrisa.
- No recuerdo que antes te pareciese tan mala mi forma de ser… - le digo mientras lo acompaño a la puerta.
- Yo no he dicho que me pareciese mala… solo me extraña que seas dulce con alguien más que no sea yo.
El comentario de Peeta hace que me sonroje porque ambos sabemos lo poco dada que soy yo a mostrar afecto y lo mucho que se lo muestro a él en comparación. Hago de tripas corazón y le contesto:
- ¿No será que estás celoso porque ya no soy dulce solo contigo? – no sé de dónde ha salido eso, pero me siento mejor después de decirlo. Necesito que me confirme que sigue sintiendo algo por mí, más aún después de lo lejano que lo he sentido durante toda la cena.
- ¿Celoso? Para nada. Eres libre de ser dulce con quien quieras. – jarro de agua fría. El sonrojo que sufría se esfuma repentinamente dejando mi rostro más blanco que la cal. No debería, pero el comentario me molesta. Siempre tuve tan claro que Peeta me quería que jamás pensé en recibir un comentario como este. Vale que no haya dicho nada fuera de contexto, pero el Peeta que yo conozco hubiese aprovechado la ocasión para dejarme entrever su infinito amor por mí.
Busco en su expresión algo que me diga que estaba de broma y espero a que lo remedie con alguna maravillosa frase de su repertorio, pero no sucede. Lo único que hace es mirarme sin emoción alguna, exigiéndome a mí la respuesta que yo esperaba de él. Ante mi silencio, Peeta se da media vuelta con un escueto "hasta mañana" y se va a su casa. Me pongo muy nerviosa. Recuerdo la única vez que me miró con los ojos vacios y el miedo a perderlo me empieza a comer por dentro. Volvíamos a casa tras ser coronados vencedores. Antes de salir al andén del doce, Peeta me ofreció su mano y con tono hueco me dijo: "¿Una última vez? ¿Para la audiencia?". En ese instante empecé a temer por el momento en que no me quedara más remedio que dejarlo marchar y tengo miedo de que ese momento haya llegado.
