Capítulo Diecisiete
Estoy corriendo por el bosque desesperada buscando el lugar de donde proviene la voz de Peeta. No lo encuentro, él grita. Está sufriendo y yo no lo encuentro. Siento la desesperación y la falta de aire en mis pulmones ralentizar el ritmo de mi cuerpo. Ya no tengo fuerzas para correr. Las lágrimas me nublan la vista, los pies me pesan, ya no puedo, no puedo seguir. Los gritos se detienen súbitamente.
- ¡Peeta! ¡¿Dónde estás?! ¡Peeta! – grito desesperada.
Los gritos reinician desgarradores, fuertes. A los gritos de Peeta los acompaña un llanto de bebé estridente que lastima mis oídos.
- ¡Katniss! ¡Katniss sálvalo! – grita Peeta, seguramente refiriéndose al bebé. ¿Qué bebé? ¿De quién es ese bebé? Algo en mí me indica que es mío. Es mi bebé, de Peeta y mío.
Tropiezo con mis propios pies al comprender y caigo fuertemente al suelo, me clavo pequeñas ramas y piedras en ambas palmas. Mis rodillas se raspan, desgarrando mis vaqueros. El dolor es insoportable, el pesar de mi corazón no me deja respirar. Me quedo ovillada, aferrándome las rodillas contra el pecho, volviéndome loca con los clamores que inundan el bosque. Grito, grito hasta lastimarme las cuerdas vocales, hasta que arden tanto que me es imposible inhalar aire.
- Katniss, amor despierta. Es solo una pesadilla, una pesadilla amor. Estoy aquí, despierta.. – la voz de Peeta se cuela entre los clamores y el llanto del bebé. Su voz serena y calmada me hace abrir los ojos.
Veo su pecho firme y bronceado primero, luego siento su brazo aferrando mi espalda y su mano acariciando el largo de mi cabello. Sus labios presionados contra mi frente susurrando y depositando pequeños besos en mi enderezo en la cama y lo miro concienzudamente, comprobando que esté bien. Él me sonríe y mi corazón da un vuelco al recordar los gritos y clamores de él en mi pesadilla. El nudo en mi garganta provoca unos sollozos y luego irremediablemente dan paso a las lágrimas. Con desesperación me aferro a Peeta por la espalda, hundiendo mi rostro húmedo en su pecho.
- Tranquila mi vida, fue solo una pesadilla. Tranquila.
- Fue… la peor… de todas… las que he tenido. – digo entrecortadamente, sollozando, tratando de controlar mis pulsaciones.
- ¿Quieres contarme? Quizás te haga sentir mejor. – dice mi esposo dulcemente, abrazándome con tanta fuerza, insuflándome confianza y seguridad.
- Soñé que estaba en el bosque perdida, tú me llamabas, gritabas desesperadamente por mí y yo corría para todos lados. Y no podía hallarte, no podía, me faltaba el aire en los pulmones y dolía tanto. Luego, luego el llanto de un bebé. Y tú me pedías que lo salvara, y ambos gritaban y yo no podía hacer nada, nada. Estaba desesperada amor, quería morir. Nunca he experimentado una desesperación e impotencia de tal grado. – le cuento a Peeta y miro sus ojos en la penumbra de la habitación, tienen un brillo que adivino, son lágrimas.
No dice nada por largos segundos que se me hacen eternos. Lo abrazo y le doy besos en su hombro, luego en sus pectorales. Permanezco apoyada en su pecho escuchando los latidos rápidos de su corazón. Sigue sin decir nada. Algo de mi relato lo perturbó.
- ¿Por qué soñaste con un bebé Katniss? – pregunta con su voz seria y severa. Parece intuir algo, está claramente molesto. Me separo de su pecho para observarlo incrédula. Él alarga el brazo y enciende la luz del velador. – ¿Es por el comentario que hice anoche? ¿Te perturbó? ¿O por otra razón? – su voz es dura, cómo de reproche. Sabe que le mentí.
- Tengo un atraso de quince días. – confieso mirándolo a los ojos azules que en este momento se han teñido de negro. Él permanece con el rostro imperturbable.
- ¿Por qué me mentiste? ¿Qué ganabas con eso? – pregunta con dolor en su voz. Alargo mi mano para tocarlo y él la aparta. – No, no. Explícate. Quiero entender por qué estás de nuevo ocultándome cosas.
- Peeta, no te dije nada porque debía hacer cálculos y teníamos invitados. Por favor, perdóname, por favor amor. – suplico aferrándole las manos. Esta vez se deja. – Ese fue el único motivo, lo juro, créeme.
Su ceño fruncido con dureza se relaja y me toma en sus brazos. Me besa con intensidad. Su lengua acaricia la mía con desesperación, sus labios envuelven los míos por completo, jadeo, él exhala un ronco gemido. Nos separamos para recuperar el aliento. Su beso me despierta los cinco sentidos, el latido entre mis piernas se torna doloroso.
- Perdóname amor mío. No debí enojarme y juzgarte. Yo sé que tú no quieres tener hijos todavía. Sólo me puso mal que me ocultaras lo de tu atraso y tu pesadilla, digamos que no ayuda en nada. – dice Peeta atrayéndome a su pecho, colocándome entre sus piernas. Noto su erección por el intenso beso de hace momentos, en mi baja espalda.
- Hacía tanto que no tenía pesadillas. – digo reflexionando. Gracias a la felicidad de estar con Peeta. Pero la preocupación de estar embarazada, las trajo de vuelta.
- Lo sé. Quizás deberías haberme contado antes de dormir con esta preocupación rondando tu cabeza. Creo que habría ayudado.
- Sí tendría que haberte dicho que quizás espero un hijo tuyo. Pero no sé por qué no lo hice. Tal vez porque no quiero que te ilusiones. Sé lo mucho que deseas ser padre… - digo absorbiendo el aroma de su cuello, acariciándolo con mi nariz.
- Y yo sé lo asustada que debías estar anoche. Lo asustada que estás ahora.
- No amor, ahora no estoy asustada. Te tengo a ti. – digo con sincera dulzura en su oído. Él gira la cabeza y me besa en los labios.
- Mañana iré a ver al médico Peeta. Y si estoy embarazada, aunque no me sienta preparada en este momento, superaré mi temor e iremos paso a paso.
- Si cariño, paso a paso. – dice mi Peeta controlando su alegría. Sé que trata de disimularla para que yo no me sienta mal. Él piensa que no hay fundamentos para mi miedo de concebir pero me respeta tanto hasta el punto de no discutir mi decisión de esperar. Y eso es lo que me hace sentir culpable, el no poder emocionarme junto con él. No es que desee no tener hijos, lo que deseo es superar mi miedo. Ya no hay juegos, los niños tienen esperanzas de crecer y ser felices. Peeta y yo tenemos dinero, casa, pero mi temor no va por ese lado. Es el pasado lo que se aferra tanto a mí, que no me permite liberarme de una vez por todas. Pero de a poco lo voy a lograr, con Peeta a mi lado, puedo hacerlo todo.
Me doy vuelta y le tomo el rostro con mis manos y presiono mis labios en los suyos con ansiedad. Me acomodo a horcajadas entre sus piernas sin apartarme de su boca. Él me aferra y me acerca más a él por mis caderas. Luego sus manos acarician y masajean mis nalgas con excitación. Tiro de su cabello y profundizo el beso jadeando en su boca y respirando su aliento dulce y caliente. Él me levanta y rápidamente corre mis bragas a un costado para introducirse dentro de mí. Le ayudo a bajar sus calzones y con una velocidad desesperada me penetra. Gruñe y se aparta de mis labios para bajar el tirante de mi camisón y besar mis pechos. Juguetea con uno de mis pezones mientras yo me muevo sobre su miembro lentamente tratando de perpetuar el placer.
Mis intenciones son buenas, pero siento que el orgasmo me alcanzará antes de lo planeado. Empiezo a moverme más rápido, enloqueciendo a Peeta que me aferra por la espalda con fuerza mientras embiste al mismo ritmo que yo. Nos movemos buscando nuestros labios para alcanzar el éxtasis unidos de todas las formas posibles. Gemimos en los labios del otro, lo más silencioso posible, ya que en unas habitaciones más abajo en el pasillo se encuentran Gale y Johanna.
Sudorosos y cansados nos volvemos a acostar abrazados.
- ¿Crees que nos escucharon, amor? – pregunto besando la mejilla de Peeta. Tiene una barba de pocos días creciendo. Nunca lo he visto con barba, pienso tocándole las mejillas. En el capitolio le daban algo a los hombres para que el vello no les creciera durante la estadía en la arena.
- No lo creo. Y si lo hicieron, ¿Qué importa? Estamos casados y es nuestra casa, preciosa. – dice besándome la mano que acaricia su mejilla. Río, Peeta siempre se lleva mis pesadillas, siempre me calma. La vida con él a mi lado es maravillosa. Estoy segura de que si estoy esperando un hijo suyo será aún mejor, porque él será el padre y me cuidará aún más. Me amará aún más y yo a él, si es que eso es posible. Será el niño o niña más afortunado del mundo.
Me duermo esperanzada y feliz en sus brazos.
