Capítulo 27: Cazador cazado
Después de la charla/monólogo de Haymitch, decido salir a cazar. Necesito imperiosamente respirar aire puro y aclarar mis ideas, así que me pongo como excusa que quiero probar las técnicas de caza que aprendí con los pies negros. Di que sí, Katniss. Tú sigue mintiéndote, que ya le estas cogiendo el gusto. Arco en mano y carcaj al hombro, me adentro en la Pradera. La última vez que la vi era una fosa común, pero ahora vuelve a ser la bella pradera que conocí llena de flores y vida. Cualquiera diría que es un cementerio.
Decido poner un par de trampas que me enseñaron mis amigos norteños en lo que avanzo hacia el lago. No tardo más de hora y media en llegar al lugar que siempre me ha parecido el único remanso de paz en el mundo. Hasta que conocí los brazos de Peeta, claro. Peeta… Las palabras de Haymitch han calado hondo en mí. Es cierto que no estoy siendo justa con él después de todo lo que ha sufrido, pero se olvidan de que fui yo la que estuvo alejada de toda civilización durante casi año y medio. Yo también sufría. No quería estar alejada de él ahora que había decidido que lo amaba. Al principio maldije a Gale por haberme hecho huir, aunque no fuese su intención. Quizá si le hubiese dado el beneficio de la duda no hubiésemos pasado por todo esto. No hubiese perdido dos años estando lejos de los que me importaban. Así que, una vez más, con mis actos lo único que he conseguido es herir a la gente que me ama. Soy un completo desastre.
Admiro el paisaje y me impregno del olor del que siempre será mi bosque, el único lugar de este apestoso mundo en el que no tengo malos recuerdos, tan solo buenos. Pequeñas pinceladas de felicidad que adornan una vida llena de lágrimas, muertes, horror y sufrimiento. Muchas veces, estando con los pies negros, deseé haber tenido una vida tan sencilla como la suya. Sus preocupaciones pasaban por cazar para comer, dormir para descansar y vivir para ser felices. Nada de Cosechas, Juegos del Hambre ni guerras civiles que tú misma has iniciado. Solo vivir el día a día, al lado de tu gente, celebrando el poder pasar con ellos cada minuto de tu mísera existencia hasta que la muerte decida, sin que nadie la empuje a ello, que debe llevarte de su lado. Son gente que no odia, gente que da las gracias a la naturaleza por brindarles lo que cazan, gente que no sabe lo que es el rencor porque nunca se permitirían tenerlo. Son tan diferentes a nosotros… Recuerdo que un día, cuando ya manejaba bastante bien su idioma, me preguntaron por el lugar del que yo provenía. Me contaron que sabían que existíamos, que ya nos habían visto antes y que tenían leyendas que pasaban de boca en boca y que hablaban sobre un pasado no tan lejano donde ellos formaban parte de una civilización mucho mayor, con hombres de distintos colores. Supuse que aquellas "leyendas" eran parte de la poca historia que yo conocía sobre nuestros antepasados, antes de que Panem se erigiese como país. Nunca supimos mucho de aquello, lo justo y necesario que se nos contaba en clases de historia. Yo les conté cosas sobre cómo era mi hogar y la gente que vivía en él. Les conté por encima lo de la guerra y los Juegos, pero sobre todo les hice prometer que nunca en la vida tratarían de vivir con nosotros. Ellos están mejor así, sin nadie que los corrompa. No son conscientes de la suerte que tienen.
El sol me indica que el mediodía está cerca, así que me despido del lago y en el camino de vuelta mato un par de pavos. Compruebo mis nuevas trampas y veo que dan buen resultado, tres liebres. Despellejo y desplumo los bichos y me apresuro a llevárselos a Sae. No creo que sepa que estoy de vuelta, así que espero que le haga ilusión verme. Cuando entro al Nuevo Quemador, compruebo que está aún más cambiado que antes. Todo reluce y rebosa vida por cada esquina. La gente es feliz. Sonrío para mis adentros.
Cuando llego al restaurante de mi amiga, su cara de sorpresa es tremenda. Me pregunta atropelladamente sobre que fue de mí durante todo este tiempo. Acabo prometiéndole que pasaré a comer un día de estos y que le contaré todo con más detalle. Cuando salgo del local, el rumor de mi regreso ya se ha empezado a extender y la gente se arremolina a mi alrededor (no mucha, gracias al cielo) y me da la bienvenida. Por primera vez después de mi visita a aquel hospital de campaña en el ocho, me siento útil para los demás. Están felices de verme. Salgo del Quemador entre caras conocidas, y otras no tanto, y me dirijo a casa.
Paso por la plaza y veo como la gente disfruta de la sombra de los árboles en un día caluroso como el de hoy. Mucha gente aprovecha el día mientras comerciantes y compradores hacen negocios frente a sus locales. Ahora muchas cabelleras negras propias de la Veta hacen negocios con comerciantes rubios como el sol, pero es una cabellera rubia en particular la que capta mi atención. Lo veo entrar en la panadería, ataviado con su delantal blanco y su camiseta ajustada manchada de harina, al igual que sus vaqueros. Lleva un saco de harina en cada hombro y sonríe a la gente que lo saluda. Todos están contentos de tenerlo aquí, y yo no soy una excepción.
Me apresuro a cruzar la plaza entre miradas furtivas que me dedican mis conciudadanos. Cuando llego a la puerta lo observo desde fuera. Está dándole un dulce a una niña de unos cinco años que se aferra tímidamente a la mano de su madre. No sé qué le voy a decir después de lo de anoche, pero trataré de ser natural. Aprovecho que la madre y su hija salen del establecimiento para entrar sin hacer sonar la campanita. Está de espaldas a mí, colocando algunos dulces recién horneados en los expositores. Los glaseados son realmente bonitos.
- ¿Ha quedado algo de pan o me tendré que conformar con tus estupendas galletas glaseadas? – vale, no es una gran frase para romper el hielo, pero nunca dije que las palabras fuesen mi fuerte.
Noto como se sobresalta, pero no se gira. Esboza una pequeña sonrisa y agrega:
- Tú siempre tan sigilosa… ¿a qué debo el honor de tu visita? – sigue arreglando las estanterías.
- No creo que mi visita suponga ningún honor. – digo mientras me acomodo en una pequeña silla cercana al mostrador. - ¿Te queda pan?
Peeta se gira y me mira con cara de burla.
- Siempre serás igual… ¿Has venido por eso? Sabes de sobra que te lo llevaré a casa si me lo pides, no hace falta que vengas hasta aquí. – suena resignado.
- Lo cierto es que vengo de cazar y pensé en hacerte una visita. Supuse que no te importaría. Además, sí que necesito pan. No me dejaste esta mañana… - trato de dejárselo caer de forma despreocupada.
- No me lo pediste. – me contesta mientras me mira fijamente a los ojos y se apoya en la encimera, justo frente a mí. Empiezo a sentirme abrumada por su cercanía.
- N… no supuse que fuera necesario. – atino a contestar a duras penas. Me pone muy nerviosa.
- Claro, como siempre. La costumbre de que siempre lo haga todo yo, ¿verdad? – se acerca un poco más, pero lo siento distante, al acecho, como un lobo a la espera de su presa. "El cazador cazado" pienso. Que irónico…
- ¿A qué te refieres? – estoy algo confundida. No entiendo que quiere decir con que lo hace todo él. ¿Tendrá algo que ver con lo que me dijo Haymitch sobre que espera que yo de él paso? Trato de negármelo a mí misma, pero no puedo ignorar que mi mentor ha sido siempre el más listo de los tres.
- Nada, olvídalo. – suspira y se aleja de mí volviendo a su labor. – No te preocupes por el pan, te lo llevaré cuando cierre.
Estoy a punto de marcharme, una vez más, sin decir nada y con el rabo entre las piernas. Ya tengo la manilla de la puerta en mi mano, pero llevada por un impulso que procuro no cuestionar, le pregunto:
- ¿Quieres que cenemos juntos? – capto su atención. – Quiero decir, aún me quedan cosas que contarte y… bueno…, como ayer tuvimos la maravillosa presencia de Haymitch yo pensaba que, a lo mejor tú y yo… - mierda. ¿Qué coño estoy diciendo? Cuanto más hablo más la cago.
- Está bien. – me corta. – Estaré ahí a las nueve. ¿Te parece?
- Sí, por supuesto. – le digo mientras una sonrisa surca mi cara. Peeta me sonríe de vuelta. – Nos vemos luego entonces.
- Nos vemos luego.
Salgo de la panadería a paso ligero. No sé por qué estoy tan emocionada por cenar con él. No es ni de lejos la primera vez que lo hacemos. Sin embargo, el notarlo tan distante y a la expectativa me ha descolocado. Siempre ha sido tan atento y servicial conmigo que su cambio me hace sentir insegura, como si nada fuese real, como si aún no estuviese seguro de amarme, a pesar de que yo sé que nunca dejará de hacerlo. Me lo ha demostrado demasiadas veces. Supongo que la única duda que queda es si yo lo amo a él, así que ha creado una particular partida de ajedrez en la que yo y solo yo tengo el poder de decidir si darle jaque mate. Una partida en la que solo hay dos piezas, el rey y la posible reina.
