Capítulo 28: Brindis
He pasado la tarde metida en la cocina poniendo en práctica lo que he aprendido a cocinar durante estos años. No es gran cosa, nunca fui la mejor cocinera, pero lo he hecho lo mejor que he sabido. Le doy un último toque de pimentón a la sopa de pan (sí, la sopa sigue siendo mi especialidad) y dejo el pescado preparado en el horno antes de subir a ducharme. Mi dieta siempre se había basado en la carne y el poco pescado que comía eran los pequeños pececillos que a veces pescaba en el lago. Sin embargo, desde que descubrí el pescado del Distrito 4 me he convertido en una fiel comensal del exclusivo manjar. Aproveché mi estancia en aquel distrito para aprender una sencilla receta de pescado al horno con la que trataré de sorprender a Peeta hoy. Supongo que no se esperará que cocine nada más allá de sopa, así que espero dejarlo boquiabierto. Es un gusto que ahora podamos disponer de alimentos de todos los distritos, estemos donde estemos. Una razón más para pensar en positivo.
Termino de ducharme y mientras me seco el pelo decido echar un vistazo al armario. De nuevo el dilema: ¿qué me pongo? Me siento estúpida. Peeta me ha visto lo más destrozada que puede estar una persona (tanto física como psicológicamente) en incontables ocasiones, pero no puedo reprimir la necesidad de arreglarme para él. Me frustro ante mi incapacidad de resolución de problemas femeninos, cualquier chica de mi edad sabría medianamente que ponerse y como combinarlo todo. Revuelvo el armario de arriba abajo dejando el suelo de la habitación hecho un desastre, pero obtengo mi recompensa. Me topo con un vestido veraniego, excelente para combatir estos calores, blanco como la cal y con un pequeño cinturón trenzado en la cintura. Me lo pruebo y compruebo su largura: medio palmo por encima de la rodilla. Frunzo un poco el ceño al comprobar que no me podré agachar si no quiero añadir grados de temperatura a la estancia. Nota mental: no agacharse ni cruzar las piernas. A pesar de todo decido ponérmelo, es demasiado bonito. Lo combino con unas sandalias planas marrones a juego con el cinturón y me dejo el pelo suelto. El maquillaje es escaso, pero me atrevo con un pintalabios rojo. Me gusta.
Compruebo la hora y me doy cuenta de que faltan veinte minutos para las nueve, hora en la que Peeta quedó en venir. Bajo ligera a la cocina y pongo el horno en marcha ya que el pescado tardará media hora en prepararse. Me siento en una silla a esperar que dé la hora mientras me pierdo en mis pensamientos. Después de mi encuentro con Peeta llamé a mi madre para que supiese que había vuelto. Lloró un poco y pude notar alegría en sus palabras. También hablé con Annie y le pregunté por el pequeño Finnick. Después de su histeria inicial por oírme sana y salva, me contó que el crío está muy grande y que se parece a su padre una barbaridad. Admiro tanto a Annie… después de perder a la única persona en el mundo que la hacía mantenerse cuerda ha conseguido salir adelante, incluso siendo en cierto modo feliz.
Al parecer ellas siguen creyendo que fui derecha al norte, nada de mi desafortunado paso por el dos y mi consiguiente visita a Gale. Por ahora dejaré que siga siendo así, primero tengo que hablar con Peeta. No sé como narices se lo voy a decir, pero sé que tengo que hacerlo. No puedo pretender empezar de cero a su lado si de buenas a primeras ya le estoy mintiendo. Lo justo es que sepa la verdad y tome su decisión en base a ello. Tenemos tanto de que hablar y tanto que enmendar que me siento intimidada. Si bien todo el tiempo que he pasado lejos de él me ha servido para saber que lo amo, sigo sin saber cómo afrontarlo. Soy una completa inútil para entender sentimientos tan complejos. Además, temo que me diga que ya no está dispuesto a abrirme su corazón después de todo lo que ha sufrido, y lo peor sería que no podría reprocharle nada. Maldito e irresistible panadero.
Unos leves golpes en la puerta me despiertan del trance en el que estaba. Instantáneamente, noto como la adrenalina me pone de pie de un salto. Compruebo que todo está en orden y voy a abrir la puerta.
- ¡Un segundo! – grito mientras reviso mi apariencia en el espejo de la entrada. Dos días llevo en casa y ya he usado este espejo más que en toda mi vida. No me reconozco.
Respiro hondo una vez más y abro la puerta. Casi se me sale el corazón por la boca cuando lo veo frente a mí: los últimos rayos de sol se reflejan en su dorada melena, sus ojos azules irradian seguridad y serenidad, lleva una camisa lisa metida por dentro de unos pantalones bastante vaqueros y un cinturón a juego de los zapatos. Lleva los dos primeros botones de la camisa desabrochados y aún puedo ver un par de gotas de agua que se pierden por su pecho alejándose de mi vista. "Quién fuese gota" pienso. ¡Katniss! Por favor, esto me va a costar más de lo que creía.
- Kat… Katniss. Estás preciosa. – me dice con cara de asombro y la boca más abierta que el buzón de correo.
- Gracias. – le contesto tan roja como mi pintalabios. Lo cierto es que me da vergüenza admitir que me he arreglado para alguien, aunque se trate de él. – Pasa, por favor.
Cuando pasa por mi lado aspiro su esencia. "Canela". Sonrío al darme cuenta de que ciertas cosas se mantienen intemporales. Me dirijo tras él a la cocina y no puedo evitar echarle un ojo. Pensaba que si me agachaba iba a caldear el ambiente, pero él con esos pantalones ajustados tampoco es que ayude a no hacerlo, aunque admito que no es la primera vez que admiro su trasero. Siempre me ha fascinado como podía tenerlo tan bien puesto. Como siga así, no llego viva ni al pescado… ¡Contrólate Katniss!
- He traído el postre y una botella de vino. Espero que te guste. – me dice. Casi me pilla admirando cierta parte de su anatomía, así que pego un bote y me concentro en la caja y la botella que lleva en las manos. No me había fijado hasta ahora.
- ¡Oh, estupendo! – digo con demasiado entusiasmo. – Trae, guardaré el postre en la nevera. Con estos calores se va a estropear.
- Todo tuyo. – me dice mientras cojo la caja. - ¿Te sirvo una copa? Está frío, así que mejor beberlo ahora.
- Sí, ¿por qué no? – le contesto sonriente. Recuerdo probar el vino en mis múltiples viajes de tren y en el Capitolio y no me pareció muy malo. Desde luego supera con creces al licor blanco que toma Haymitch. Al menos con el vino no me emborraché como con el licor…
Peeta sirve un par de copas y me acerca la mía muy sonriente. Empiezo a ser consciente de que Haymitch, una vez más, tenía razón. Peeta quiere que sea yo la que lleve la iniciativa, no hará nada que yo no proponga.
- ¿Brindamos? – me pregunta.
- Está bien.
- Por tu regreso. – dice alzando su copa.
- Por nuestro regreso.
Peeta me mira sorprendido, pero no me cuestiona. Choca su copa contra la mía y ambos bebemos sin apartar los ojos el uno del otro. Él brinda porque yo he vuelto al doce junto a él, yo brindo porque él ha vuelto a mi corazón, un lugar del que nunca debió salir. El regreso es nuestro, no solo mío.
