Capítulo 29: La cena
Pasamos la cena entre risas y anécdotas de cuando éramos críos, conociendo un poco más de esa época en la que no formábamos directamente parte de la vida del otro. Procuramos evitar temas escabrosos, aunque me doy cuenta de que hemos progresado mucho los dos. Peeta me dice que ya no sufre ataques tan intensos como los de antes. Al parecer los sigue teniendo, igual que yo mis pesadillas, pero es capaz de controlarse y en cuestión de segundos volver a la normalidad.
- ¿Sabes? Creo que aprendí a controlarlos cuando tú no estuviste cerca. – me dice de repente. Abro un poco los ojos, no sé muy bien cómo tomarme eso. – No me malinterpretes, no lo pasé bien contigo desaparecida, pero el hecho de no tenerte cerca y no poderte hacer daño me ayudó a seguir la terapia. Podía enfrentarme a los ataques con mayor libertad, sin temer dejar víctimas por el camino.
No me lo dice en tono de reproche, ni mucho menos. Aún así, yo no puedo evitar sentirme culpable por todo lo que él ha tenido, tiene y tendrá que sufrir. Me siento culpable de sus largas noches sin dormir y de sus cicatrices más profundas. Me recuerdo lo que aprendí durante mi viaje y me digo a mí misma que tengo que perdonar. Lo más curioso de todo es que no le guardo ya rencor a nadie, salvo a mí misma. Creo que eso aún me llevará un tiempo.
- En ese caso, podemos afirmar que mi desaparición no fue mala del todo. – le contesto tratando de sonar igual de natural que él, pero me cuesta. Estamos entrando en temas un tanto espinosos.
- Fue mala en todos los sentidos, pero si tuviese que destacar algo positivo seguramente sería eso. – me dice divertido tratando de quitarle hierro al asunto.
Seguimos comiendo y bebiendo sin prisa alguna aprovechando que no sufrimos la compañía de Haymitch. Cuando sirvo el pescado al horno que había preparado, Peeta parece estar encantado. No deja de repetir que está buenísimo y que tendré que enseñarle la receta.
- En serio, Katniss. Tiene un sabor increíble. Pensaba que lo tuyo no era la cocina…
- Y sigue sin serlo. – río un poco. – Solo pedía que no se hubiese quemado, pero al parecer ha quedado mejor de lo que esperaba. Gracias al cielo mi mote de chica en llamas está pasando a la historia.
Peeta se echa a reír como un loco y yo lo imito. Es absurdo, porque el comentario no ha sido para nada ingenioso ni extremadamente gracioso. Es cierto que Peeta hizo referencia a mi apodo varias veces cuando horneábamos juntos en su casa porque siempre quemaba el pan, pero empiezo a sospechar que es el alcohol el que nos hace ser tan locuaces. No estamos acostumbrados a beber y ya casi nos hemos acabado tres cuartos de botella.
- ¿Ya no le prendes fuego a todo lo que tocas, chica en llamas? – me pregunta Peeta cuando consigue dejar de reír. Yo no sé cómo ni por qué me atrevo a decir lo siguiente, pero lo digo:
- Tan solo a lo que quiero que arda conmigo.
Lo peor de todo es que lo digo con la voz mucho más ronca que de costumbre y con un tono… ¿sensual? Peeta abre los ojos de par en par y trata de dilucidar si he insinuado lo que realmente he insinuado. No parece dudarlo mucho, porque no he tenido tiempo de asimilar mis propias palabras cuando ya lo tengo encima besándome con más pasión que nunca.
¡Muy buenas!
Este, originalmente, era un capítulo bastante más largo, pero al final acabé dividiéndolo en dos partes. Ya entenderéis por qué con el siguiente... ;)
¡Mil gracias como siempre! ¡Nos leemos! :D
