Capítulo 31: Rutina

Han pasado casi tres semanas desde mi regreso. He ido adaptándome poco a poco a la rutina de mi distrito y mis días de desaparecida ya me parecen tan lejanos como si hubiesen ocurrido en otra vida. Procuro salir a cazar todas las mañanas para llevarle a Sae mercancía para su negocio y proveerme de carne a mí misma. Sigo prefiriendo el fuerte sabor de la carne de caza antes que los sinsorgos pollos capitolianos. Como salgo a cazar antes del amanecer, antes de que apriete el sol ya estoy de regreso. En verano es muy importante evitar en la medida de lo posible las horas centrales del día para cazar, partiendo de la base de que la mayoría de los animales son nocturnos y que con tanto calor puedes deshidratarte fácilmente y sufrir una insolación, algo que aprendí de la peor manera.

Después de dejarle a Sae parte de la caza (es mi manera de agradecerle todo lo que hizo por mí después de la guerra), desayuno con ella y su nieta mientras les cuento anécdotas de mi "viaje y estancia" con los pies negros. Antes de mediodía siempre paso por la panadería de Peeta. Desde aquella peculiar y más que ardiente cena que compartimos no puedo dejar de pensar en él de una forma muy distinta. Ya no me es tan fácil estar a su lado sin acabar pensando cosas que no debo. Aquellos besos que me dio, aquellas caricias sobre mis caderas y mis piernas, su lengua jugando con la mía… No, no, no y ¡no! Me prometí a mi misma que no volvería a perder el control de esa manera, al menos no tan rápido, pero cada vez me resulta más difícil mantenerme firme. Además, está la promesa que nos hicimos el uno al otro de ir más despacio.

Respecto a ese tema, las cosas van sobre ruedas. Después de desayunar con Sae, lo ayudo un poco con la clientela de la panadería y solemos ir a comer juntos. Por las tardes, Peeta deja a sus ayudantes a cargo del negocio (la hornada del día se hace pronto por la mañana, por lo que por las tardes tan solo hay que despachar clientes) y la dedicamos a disfrutar del buen tiempo tomando un helado en la plaza o dando un largo paseo por el distrito mientras hablamos. Además, hemos decidido continuar con el libro de plantas de mi familia. Se lo comentamos al doctor Aurelius y una gran caja de papel de pergamino llegó en el siguiente tren del Capitolio. En él procuramos describir lo más fielmente posible a cada persona que entregó su vida a una causa que nos dio la oportunidad de ser libres a los que sobrevivimos. Si no tenemos una foto del individuo en cuestión, Peeta hace un boceto o un dibujo y yo, con la mejor caligrafía de la que soy capaz, anoto todos los detalles que sería un crimen no recordar: la imaginativa mente de Cinna, la inocencia de Rue, el color de los ojos de Finnick, el gran corazón de mi hermana, Prim… etcétera. Es un trabajo arduo y reconfortante al mismo tiempo. Al principio me costó mucho enfrentarme a su recuerdo de nuevo, pero con la ayuda de Peeta he ido comprendiendo lo importante que es que dejemos constancia de sus actos para que no caigan en el olvido. Sellamos las hojas con agua salada y prometemos vivir bien para hacer que sus muertes no hayan sido en vano.

Cada vez tenemos menos cosas que añadir al libro, así que la tarde de hoy la vamos a dedicar a tumbarnos a la sombra del naranjo de mi jardín.

- ¿En qué piensas? – me pregunta Peeta. Su cabeza reposa en mi regazo, así que bajo mi mirada antes de contestarle.

- En lo lejanos que me parecen ahora esos años de sufrimiento. Me siento culpable por ser feliz después de todo.

Peeta se incorpora para sentarse a mi lado.

- Katniss, se lo debemos a todos ellos. Tenemos que lograr que su sacrificio haya valido la pena.

- Sí, lo sé. Jamás lo olvidaré. Pero a veces me resulta difícil no culparme a mí misma. – Peeta me agarra de las manos con suavidad y hace que me pierda en su mirada una vez más.

- Sabes que siempre estaré a tu lado, ¿verdad? Pase lo que pase, nunca dudes de eso.

No lo dudo, hace tiempo que dejé de hacerlo. Al margen de lo que prometimos en la cena, Peeta no ha dejado de consolarme con sus fuertes brazos y de brindarme todo el apoyo que he necesitado. A pesar de todo, en momentos como éste necesito demostrarle que yo también estaré ahí siempre, pase lo que pase. Sería inútil recurrir a mi escasa facilidad de palabra, por lo que decido que sus labios son el mejor de los consuelos. Le tomo la cara entre mis manos, le dedico mi mejor sonrisa y le doy un tierno beso como muestra de que el "siempre" sale ahora de los míos.


¡Buenas! Aquí estoy otra vez.

A lo largo de éste capítulo podréis identificar ciertas partes del final del libro de Sinsajo. No he querido alterarlas por ser un poco fiel (dentro de todo lo que ya he alterado la historia) a la idea original de Suzanne Collins.

Sin nada más, espero que os satisfaga :) Gracias a todos por vuestros comentarios y lecturas, además de a los fav/follow.

¡Nos leemos!