Capítulo 32: Fantasías
Después de volver a besar a Peeta ayer me siento mucho más fuerte. El sentimiento de paz y tranquilidad que me embriaga cuando lo beso es extraordinario. Siento que, con él a mi lado, soy capaz de todo.
Hoy me levanto mucho más feliz que de costumbre a pesar de que las pesadillas me siguen amargando la existencia. No duermo con Peeta desde mi última noche en el Vasallaje, así que me he ido acostumbrando a tenerlas. A pesar de no poder dejar de sufrirlas, ahora soy capaz de controlar mi reacción cuando las tengo. Sin embargo, las pesadillas en las que lo pierdo a él son cada vez más recurrentes y soy incapaz de calmarme o de volver a dormir cuando son éstas las que me atormentan. A pesar de todo, no he tenido el valor suficiente para pedirle a Peeta que se quede conmigo por las noches. No porque piense que vaya a rechazar mi oferta (estoy segura de que lo desea tanto como yo), sino porque tengo miedo de lo que pueda llegar a pasar… mejor dicho, tengo miedo de lo que yo pueda llegar a hacer, Peeta me dejó claro que no intentaría nada. Aunque no llevase unas cuantas copas de vino encima, dormir pegada a él no sería tarea fácil. Lo que me hace sentir su cercanía ya no es ni tan inocente ni tan puro como lo era antes… Solo de pensarlo me sonrojo.
Dejando a un lado mis fantasías matutinas (desde luego he cambiado mucho, quizás demasiado), me levanto de la cama y bajo a la cocina a desayunar. Ni tan siquiera me molesto en ponerme la ropa porque hoy no pienso salir a cazar, me apetece tomarme un día de descanso ahora que puedo hacerlo. Este verano está resultando uno de los más calurosos que se recuerdan en el Distrito 12, así que por las noches, aún si no sufres de pesadillas, resulta difícil conciliar el sueño. A pesar de que uso una simple camiseta para dormir, he llegado incluso a tener que llenar la bañera de agua fría a medianoche y meterme en ella con la esperanza de dormir un par de horas.
Voy tan ensimismada con mis pensamientos que no oigo los ruidos que provienen de mi cocina hasta que ya es demasiado tarde. Estoy de pies bajo el marco de la puerta mientras una cabellera rubia se mueve de acá para allá colocando cosas en una bandeja que hay sobre la encimera. ¡Es Peeta! ¿Qué demonios hace aquí? ¿No debería estar en la panadería?
Como no se ha percatado de mi presencia, me doy la vuelta lo más sigilosamente que puedo para subir a mi habitación y ponerme unos pantalones por lo menos. Aunque, como de costumbre, la suerte no está de mi parte… Casi había logrado salir triunfal de su campo de visión cuando el dedo pequeño de mi pie izquierdo chocó con la esquina del marco. El dolor, que más que un golpe parecía una puñalada, recorrió mi espina dorsal hasta que llego a mi boca y no pude reprimir un leve gritito. Peeta se giró al oírme y no pudo evitar la carcajada: yo estaba saltando a la pata coja, con mi pie entre las manos y soltando tal clase de improperios que hasta Haymitch se hubiese sorprendido. Dejo de dar saltitos y le dedico una mirada digna de tu peor enemigo. De la misma, Peeta deja lo que estaba haciendo y, aún reprimiendo una sonrisa, se acerca a preocuparse por mi estado:
- ¿Estás bien, preciosa?
- ¿Tú qué crees? ¡Joder, que daño!
- Déjame ver. - me acerca una de las sillas altas de la cocina y me toquetea el dedo.
- ¡Ah! ¡Para, para! Me haces daño.
- No está roto. Tranquila, sobrevivirás… - me dice con tono burlón.
- ¿Cuánto obtuvo su título en medicina, doctor Mellark?
- En medicina no sé, pero en gastronomía me deberían de dar uno. El desayuno me ha quedado de muerte. Iba a subírtelo a la habitación, pero siempre tienes que estropearme las sorpresas. - he aquí de nuevo el Peeta atento y educado del que todo el Capitolio y parte de Panem se enamoró.
- ¿No vas a la panadería hoy? - no es por terminar de fastidiar la sorpresa, pero realmente me extraña que haya dejado sus obligaciones a un lado.
- Es domingo, Katniss. Hoy no abrimos. Y un "gracias por hacerme el desayuno, Peeta. Eres el hombre más maravilloso del mundo mundial" no estaría mal.
No puedo hacer otra cosa que reír ante su ocurrencia. El tonito meloso que ha usado para imitar mi voz no le pega nada.
- Eres idiota, Mellark. Sabes de sobra que palabras tan cursis no saldrían jamás de mi boca.
- Tienes razón. Olvidaba que derrochas simpatía por los cuatro costados.
- El problema es que a tu lado cualquiera parece un muto sin alma. Eres tan… tan… tan tú.
- ¿Tan yo? Bonito adjetivo… ¿Y cómo se supone que soy?
Peeta deja la bandeja sobre la mesa y se acerca a mí, que sigo sentada en la silla del principio. Su expresión afable ha pasado a una seductora, y me mira con una media sonrisa que me hace temblar cosa mala.
- Pues… eres… ¿cómo lo diría? - tartamudeo tratando de no ponerme nerviosa por su cercanía. - Dulce, amable, bueno… en fin, un pastelito. - termino la frase con un gesto de lo más Capitoliano.
- Ummm… con que un pastelito, ¿eh? ¿Estoy tan bueno como un pastelito, Katniss?
Espera un momento. ¿Cuándo hemos llegado a este punto de la conversación? Porque yo no recuerdo haber tirado por ahí… Katniss, respira. No pasa nada. Peeta está bromeando, aunque su tono de voz haya bajado una octava y tenga sus manos apoyadas en tus piernas, que por cierto, siguen desnudas. Estupendo, a esto lo llamo yo ejercicio de relajación.
- ¿Cóm… cómo dices?
- Digo que si te parezco tan apetecible como un pastelito. - contesta Peeta mientras acerca su cara aún más a la mía. ¿Cómo diablos quiere que piense así?
- Me… me refería a tú interior. A ti como… persona.
- ¿Entonces no te parezco un pastelito también por fuera? Es una pena, porque tú a mi me pareces más apetecible que cien mil panecillos de queso juntos.
No sé en qué momento de nuestra conversación dejé de producir saliva, pero tengo la boca más seca que la mojama. Si no fuera porque estoy sentada ya me habrían fallado las piernas y mi cara tiene que ser un verdadero poema porque Peeta empieza a reírse como un loco.
- Sigues siendo tan inocente, Katniss… Quita esa cara de asombro, sabes que estaba bromeando.
Empiezo a recobrar la compostura, pero una sensación de decepción empieza a apoderarse de mí.
- Entonces… - musito. Peeta, que ya se había girado para terminar de colocar el desayuno sobre la mesa, se gira para prestarme atención. - ¿era mentira que te parezco más apetecible que cien mil panecillos de queso juntos?
Peeta me mira extrañado porque le haya preguntado algo así. No suelo preguntar nada de ese estilo aunque la duda me carcoma por dentro. Peeta me acaricia la mejilla y me dice:
- Sí, era mentira. Porque compararte con diez mil tristes panecillos de queso debería estar prohibido. Ni mil millones de esos harían justicia a lo apetecible que me pareces.
Y una vez más, muero de amor por mi chico del pan.
