Capítulo 33: Por él
El desayuno transcurre tranquilo. Peeta siguió con su tarea como si no hubiese dicho nada y pocos minutos después ya estábamos hablando y riendo como antes. Sin embargo, yo no podía quitarme de la cabeza sus palabras. Siempre he sabido que me quería con toda su alma, pero nunca había pensado en que a la par de querer va el desear. Seamos serios, tonta no soy y tan inocente como parezco tampoco. Cuando quieres a alguien llega un punto en el que los besos no son suficiente para calmar el hambre, y eso es algo que sé de primera mano aunque no sea una experta en la materia. Tanto en la cueva de los primeros Juegos, como en la playa de los segundos, además del otro día en el sofá, di buena cuenta de lo que era desear a alguien. Mi problema reside en que nunca pensé que nadie fuera a desearme a mí de esta forma, así que no sé cómo afrontarlo. Siempre me imaginé un futuro sola, sin familia y viviendo en el bosque y, sin embargo, ahora mi porvenir pinta muy distinto. Amo a Peeta, a pesar de que no lo haya reconocido públicamente, y quiero pasar mi vida a su lado, pero no sé si voy a ser capaz de darle todo lo que se merece.
- ¿Te parece bien? - me pregunta Peeta mientras se lleva la tostada a la boca.
- ¿El qué? - no he oído nada de lo que me ha dicho. Estaba tan sumida en mis, probablemente absurdos, dilemas que no le he prestado atención a lo que me decía. Creo que debería dejar de darle tantas vueltas a todo…
- ¿No me estabas escuchando? Eres de lo que no hay… - me contesta riéndose.
- Eh, yo… no, lo siento. - le digo avergonzada. ¿Cómo voy a darle lo que necesita si ni tan siquiera me digno a prestarle atención? Esto me supera…
- Tranquila, no pasa nada. Entiendo que tengas cosas más importantes en las que pensar que en una fiesta.
Lo dice convencido, como si lo que él propusiese no fuera digno de mi atención. Lo peor de todo es que parece resignado a ello, a ser el eterno segundón en todo lo que a mí respecta. Estoy harta de ser tan torpe como para hacerlo sentir inferior, como si no me importase lo más mínimo lo que a él sí.
- No, en serio. Siento no haberte escuchado, soy idiota. Cuéntame lo que decías, por favor. - le digo decidida a cambiar. Lo cierto es que lo de "una fiesta" me tiene bastante intrigada.
- Decía que, como ya estamos a punto de entrar en agosto, el fin de semana que viene se va a celebrar la fiesta de la Libertad. Es una celebración conmemorativa a todas las personas que perecieron durante la guerra. En honor a ellos y a nuestra nueva condición de ciudadanos libres, el último fin de semana de julio nos reunimos en la plaza para comer y beber todos juntos, nada de celebraciones fastuosas como en el Capitolio. Supuse que no sabrías nada dado que se empezó a celebrar el mismo año que tú desapareciste.
- ¡Es maravilloso! Seguro que la gente estará encantada de poder celebrar con sus vecinos lo único bueno que trajo la guerra. Pero, ¿por qué me preguntabas que si me parecía bien?
Veo como Peeta traga saliva y se pone nervioso. ¿Qué diablos le pasa? De repente se ha puesto rojo como un tomate.
- Pues… que como no asistí a las dos primeras ediciones porque estábamos con lo de tu desaparición… me preguntaba si, ahora que has vuelto, tú… si tú… - parece un verdadero flan. Le cojo de las manos y le levanto la cabeza porque estaba mirando hacia la mesa, me estoy empezando a preocupar.
- ¿Si yo qué, Peeta? ¿Qué pasa? - le digo mientras le miro a sus profundos ojos azules.
- Si tú… aceptarías venir conmigo. - lo dice tan rápido que casi no le entiendo. ¿De verdad estaba tan nervioso por eso? ¿Acaso creería que le iba a decir que no? Bueno, si tengo en cuenta el hecho de que mientras me lo preguntaba por primera vez no le presté atención alguna… ¡Estúpida! Siempre acabas cagándola.
Aunque no sea una fan incondicional de las fiestas, pienso compensarle por todo lo que ha hecho siempre por mí, y si para empezar tengo que acompañarlo a una celebración, lo haré.
- Pues claro. - le digo sonriente. - ¿Por qué no iba a querer ir con el mejor panadero de Panem?
- ¿En serio? Es que pensé que a lo mejor no querías venir porque lo tuyo no son las reuniones sociales… - dice algo más relajado.
- Eso es verdad, pero si voy contigo estoy segura de que lo disfrutaré. - digo bajito. Sigo siendo algo torpe a la hora de hacer cumplidos.
Peeta se levanta de su silla, rodea la mesa y me coge por la cintura para levantarme en el aire.
- ¡Sí! ¡Gracias! ¡Gracias! Te adoro, preciosa. - me dice mientras me da un abrazo al más puro estilo oso Grizzlie.
- ¡Peeta! No seas crío. - le digo, pero no puedo dejar de reír. A veces parece un niño de cinco años.
- Lo siento, pero es que me hace tan feliz que quieras venir conmigo.
Aún sigo entre sus brazos, pero ya no me aplasta como a un salmón.
- Claro que iré. Además, ¿qué iban a decir nuestros vecinos si nos viesen aparecer por separado después de que llevamos tres semanas haciéndolo todo juntos?
Lo cierto es que no nos habíamos separado más que para dormir desde que volví. Parecíamos siameses. La gente en el distrito ya se había acostumbrado a vernos pasear juntos cada día por la plaza y, de vez en cuando, se acercaban a nosotros a darnos las gracias por lo que habíamos hecho por Panem. Además, muchas veces notaba que la gente nos sonreía al pasar a su lado, sobre todo si Peeta llevaba su brazo sobre mis hombros o compartíamos un helado. Creo que la gente se alegra por nosotros, aunque ninguno sepa que por la noche, al llegar a la Aldea, cada uno toma el camino a su casa y se enfrenta solo a sus fantasmas.
Mensaje para tranquilizar a aquellos lectores que pasen de pastelones cursis: sí, vendrán nubarrones y no tardarán en hacerlo ;)
Para aquellas que disfruten tanto como yo con estos capítulos melosos: ¡aprovechadlos! Nunca se sabe cuanto durará lo bueno... O.o
Con este pequeño inciso de intriga, me despido hasta el próximo ;) ¡Muchísimas gracias a todas y todos!
¡Un fuerte abrazo!
