Capítulo 34: Recaída
Estamos a miércoles y este sábado por la noche será la fiesta de la Libertad. La festividad en sí se prolonga durante todo el fin de semana, pero es en la noche del sábado cuando todo el distrito se reúne en la plaza aprovechando que el domingo la mayoría de comercios cierran. He estado informándome un poco más sobre la celebración, dado que no sabía de su existencia hasta el domingo pasado cuando Peeta me la mencionó. Según he podido saber, todos los comerciantes (que ya son bastantes después de casi tres años del fin de la guerra) aportan su granito de arena para sacar adelante la festividad. Este año, dado que tanto Peeta como yo vamos a asistir, hemos decidido encargarnos de hacer los dulces y el pan para la cena. La panadería Mellark será uno de los principales patrocinadores de la fiesta, por lo que el nuevo alcalde del distrito ha decidido mencionar nuestra labor durante el pregón. En un principio propuso que tanto Peeta como yo nos encargásemos de darlo, pero eso nos obligaría a estar toda la noche recibiendo a la gente y sus halagos y no poder disfrutar como queremos, así que decidimos declinar la oferta y dejar a cambio que el alcalde mencione la panadería.
Con todo esto, llevo tres días casi sin poder disfrutar de Peeta. Por la mañana no lo veo porque madruga más que antes para poder sacar adelante la hornada del día y preparar todo para el sábado. Aún así, ha tenido que contratar temporalmente a tres ayudantes más para poder dar abasto. Yo, por mi parte, tampoco es que esté muy desocupada. Sigo saliendo a cazar, solo que ahora tengo que llevar más presas que antes, dado que Sae la Grasienta se encargará del menú para todo el distrito, así que cuanto más cace mejor. Después de la panadería de Peeta, el restaurante de Sae es el mayor patrocinador. Por supuesto, todo esto lo hacemos por la voluntad y no recibimos retribución alguna. A Sae no le viene del todo mal, puesto que ella se basta y se sobra con sus ayudantes habituales para prepararlo todo, al fin y al cabo será un menú escueto. Peeta, en cambio, está perdiendo dinero, puesto que con los contratos de los nuevos ayudantes, más los pluses por horas extras, más el doble de ingredientes que tiene que encargar… es más lo que está gastando que lo que pueda sacar. Aún así, no le importa para nada. Con el sueldo que nos da el gobierno nos llega y nos sobra a los dos, Peeta sigue con la panadería por la misma razón por la que yo sigo cazando: no sabemos hacer otra cosa. Resulta irónico que, después de todo por lo que hemos pasado, a efectos prácticos sigamos siendo los mismos que éramos antes de la revolución.
Cuando termino de cazar ya es más de mediodía y estoy exhausta. Llevo más de seis horas pateándome el bosque con un calor infernal. Si no fuera porque no estoy en los Juegos, juraría que los Vigilantes están jugando con la temperatura como en mi primera arena. Antes de salir a la Pradera, paso por mi antiguo punto de encuentro con Gale. A mi mente llegan todos los días de caza que compartimos y recuerdo que, en aquellos momentos, era lo único que me hacía ser feliz junto con ver a mi hermana crecer. Ahora no puedo disfrutar de ninguna de las dos cosas y aún así soy más feliz de lo que jamás lo había sido. Es increíble, las vueltas que da la vida. Aunque sigo echando de menos a mi patito, he conseguido que cada vez que su recuerdo me aborde lo haga de una manera reconstructiva, recordándome que todo lo que perdimos sirvió para algo, que no murió en vano.
Continúo mi camino hasta el nuevo Quemador y le dejo a Sae las presas del día. Pensaba en quedarme ahí a comer, pero decido que hoy le daré una sorpresa a Peeta. Estos días no hemos podido comer juntos a cuenta de la fiestecita, así que hoy iré a comer con él a la panadería. De camino a la plaza, me fijo en lo ilusionada que se ve la gente con la celebración. Todos quieren colaborar con lo que pueden, ya sea poco o mucho.
Entro a la panadería por la puerta de atrás. No quiero que Peeta sepa que estoy aquí. Llego sin hacer ruido a la cocina, donde sé que lo encontraré. Seguramente haya mandado ya a comer a sus ayudantes, puesto que a mediodía no suele haber mucho trabajo y aún no me he cruzado con ninguno. Empiezo a preocuparme cuando termino de recorrer la cocina y no lo encuentro por ningún lado. Es muy raro porque Peeta nunca deja la panadería sola sin nadie que la atienda. Me olvido de la sorpresa y lo llamo. No obtengo respuesta, pero a los pocos segundos oigo como algo cae al suelo en la parte delantera de la tienda. Me apresuro en ir hacia allí al darme cuenta de que no he oído la campanita que avisa de la entrada de un nuevo cliente, por lo que el que haya hecho el ruido ya estaba dentro.
Procuro no hacer ruido al abrir la puerta que comunica la trastienda y la cocina con la zona de atención a los clientes. Echo un vistazo, cautelosa por lo que me pueda encontrar, pero lo que veo allí me deja desolada. Peeta está acurrucado bajo el mostrador, con las manos aferradas a su cabello y la cabeza escondida en sus rodillas. De la misma, el miedo me invade por completo. Está sufriendo un ataque y, por la sangre en sus nudillos, no parece de los leves.
