Capítulo 36: Sanadora
Los ayudantes de Peeta no tardaron en llegar para cubrir el turno de tarde. Como nos encontraron abrazados detrás del mostrador y con evidentes signos de haber llorado (además de los sanguinolentos nudillos de su jefe), no tardaron en comprender lo que había sucedido. Peeta me contó que nada más contratarlos les puso al corriente de sus ataques, a fin de que supiesen como actuar si se diese el caso, cosa que no había sucedido hasta hoy. Estuve un buen rato insistiéndole en que debía tomarse la tarde libre y descansar y, aunque al principio se negó, finalmente entre todos conseguimos convencerle. El trabajo que restaba no era mucho, por lo que sus ayudantes eran perfectamente capaces de sacarlo adelante sin su presencia.
Dough y Bun (empleados fijos y grandes amigos de Peeta tras dos años trabajando juntos) enseguida se ofrecieron a acompañarnos a casa, por si Peeta aún se encontraba débil o yo necesitaba tomar el aire. Lo cierto es que se les veía realmente preocupados, tanto por la salud de Peeta como por mi integridad física. Son dos chicos muy amables, más o menos de nuestra edad, que perdieron todo en la guerra pero que tuvieron el coraje suficiente para salir adelante a pesar de todo. Los admiro, y en estas tres semanas les he cogido bastante cariño.
Rechazo amablemente su ayuda, pues lo único que necesito ahora es cuidar de Peeta y estar a su lado. Además, aún me tiene que contar por qué se desencadenó el ataque, aunque sospecho que tanta presión con lo de la fiesta del sábado puede haberle jugado una mala pasada.
De camino a casa ninguno habla. Vamos cogidos de la mano, aunque más como apoyo moral que como muestra afectiva. Ha sido un momento duro para ambos, sobre todo porque sabemos que estas cosas seguirán sucediéndonos durante el resto de nuestras vidas, aunque tantos días de tregua nos hicieron olvidarlo hasta cierto punto.
No tardamos en llegar a la Aldea de los Vencedores, pero el calor es insoportable y ambos estamos sudando como pollos a pesar del corto trayecto.
- Espérame en tu casa. Tengo que pasar por la mía a por algunas gasas y desinfectante para tus nudillos. - le digo cuando ya estamos llegando.
- No te molestes, Katniss. Sanarán solos.
- Claro, y arriesgarnos a que se te infecten. No digas tonterías y espérame allí que enseguida voy.
- Al final va a resultar que sí que tienes alma de sanadora… Ya he perdido la cuenta de las veces que me has curado heridas. - comenta Peeta en tono guasón. Sabe de sobra que por mis venas no corre la sangre de una sanadora, que se acelera ante una epidemia. Aunque quizás sí tenga razón y después de tantos años algo se me haya quedado. Río ante la paradoja.
- Anda, arranca y vete poniéndome un zumo bien fresquito, que la cura no te va a salir gratis.
Peeta se ríe y murmura algo que no logro descifrar mientras se encamina a su casa. Yo entro rápidamente en la mía y cojo todo lo que necesito. Estoy a punto de salir por la puerta cuando distingo que del buzón sobresale una carta. El sello es del Distrito 4, por lo que supongo que será de Annie o de mi madre. Se me hace extraño que me manden una carta pudiendo llamarme al teléfono, pero como no tengo tiempo para cavilaciones ahora mismo, no leo más y la dejo sobre la mesita de la entrada para marcharme a casa de Peeta.
Una vez llego a su puerta, abro sin llamar puesto que sé que la ha dejado abierta para que pase. Entro hasta la cocina, donde lo veo preparando un par de zumos de naranja. Mi sorpresa no es otra sino que está sin camiseta. Para cualquier persona, este sería un dato insustancial teniendo en cuenta que estamos en pleno verano y hace un calor de los mil demonios. Sin embargo, para mí no lo es. Su grado de desnudez es directamente proporcional a mi temperatura corporal; es decir, cuanto más Peeta veo más calor tengo. Por lo tanto, su remedio contra el calor no es ni de lejos compatible con el mío.
- Ya estoy aquí. - le digo mientras dejo torpemente sobre la isla de la cocina los materiales para las curas. ¿Qué tipo de obsesión tiene este chico con ir ligero de ropa?
- Su zumo ya está listo, señorita Everdeen. Ha de saber usted que he sufrido mucho a la hora de exprimir los cítricos, porque escuece que da gusto cuando el jugo cae en la herida. - me contesta él dándose la vuelta con dos vasos, uno en cada mano.
- Oh, vamos Mellark… no seas quejica. Si pica, cura. - le respondo con cierto aire de superioridad. El "si pica, cura" es algo que siempre le oí a mi madre decir a los niños que venían a casa y lloraban por el escozor que provocaba el alcohol sobre una herida abierta. Supongo que no era más que otra treta para tratar de calmar el dolor cuando no había medicinas para ello.
Levanto la vista (la cual mantenía gacha a fin de evitar contacto visual con el torso desnudo de mi compañero) y veo que sus nudillos no son lo único magullado. Tiene sendos cortes en su pectoral derecho y las costillas del mismo lado. Son poco más que rasguños, lo que explica el por qué no me había dado cuenta hasta ahora de su existencia.
- ¿Y esos cortes? - le digo acercándome a él para verlos más de cerca.
- ¡Ah! ¿Esto? Supongo que me los hice al tumbarme en el suelo sobre los trozos de jarrón roto. Lo cierto es que no me di cuenta de ellos hasta que me quité la camiseta.
- Ven, siéntate en la silla. Voy a limpiarte las heridas.
- Tranquila, tómate el zumo primero, que si lo dejas se le van las vitaminas… - típica frase de madre cuando no te bebes el zumo de un trago. Claro, suponiendo que tengas los medios suficientes para poder disfrutar de un zumo. Gracias al cielo, hoy por hoy habrá más niños que empiecen a conocer el significado de esa frase.
No hago caso de su sugerencia maternalista y empiezo por curarle los nudillos. Peeta me sigue tomando el pelo sobre mi vena sanitaria, pero yo estoy tan absorta limpiando sus perfectas y fuertes manos que apenas oigo lo que me dice. No me doy cuenta de que he pasado a su pecho hasta que noto la ausencia de su voz. Nada más hacer contacto con la piel de su tórax, Peeta se calló.
El rubor comienza a subir a mis mejillas, por lo que me empeño aún más en mi labor. Cuando termino de limpiarlas, me giro a coger un par de apósitos para cubrirlas y evitar que se infecten por el sudor. Estoy cubriendo los cortes sobre sus costillas y empiezo a pensar que tendré éxito en mi cometido cuando noto como Peeta me rodea la cintura con sus manos y me pega más a él, dejándome bien posicionada entre sus piernas. Lo miro a los ojos pidiendo una explicación sin abrir la boca, pero me encuentro con unas pupilas dilatadas, aunque su tranquila respiración me dice que no se debe a un ataque.
- Dijiste que la cura no me iba a salir gratis y, dado que el zumo no te lo has tomado, pienso pagártela en carne.
Toda mi cara se tiñe de carmesí al comprender el contexto de la palabra "carne". No era un ataque, sino excitación lo que auguraban sus pupilas dilatadas y, tras el beso que me da, confirmo que de ésta no saldré impune tan fácilmente.
¡Aquí está!
No penséis que con esto se acaba a tormenta. De hecho, no ha hecho más que empezar... ;)
Mil gracias a todos y todas, como siempre. Espero seguir contando con vuestro apoyo y con algún review. ¡Un abrazo! :D
