Capítulo 37: Familia
¿Cómo puedo perder el control de ésta manera? Peeta me está besando como en aquella cena y yo simplemente soy incapaz de negarme. Sus labios sobre los míos ejercen una especie de fuerza centrípeta que hace que me resulte completamente imposible separarme de ellos, pero la cosa no acaba ahí. Para cuando me quiero dar cuenta, no solo le estoy correspondiendo, sino que mis dedos ya están enredados en el pelo de su nuca pidiendo más. Peeta sigue sentado en la silla y yo sigo entre sus piernas, igual que hace unos instantes cuando le estaba curando. ¿Cómo demonios hemos llegado a esto? Este tipo de situaciones generan en mí sensaciones tan dispares que llego a perder la noción del tiempo. Nunca me ha gustado perder el control, pero cuando se trata de estar así con él soy incapaz de mantenerlo y, lo peor de todo, es que llega a gustarme. Llega a gustarme demasiado.
Las manos de Peeta avanzan en su trayectoria y en cuestión de segundos están sobre mi trasero. Aún no me acostumbro a sentir su contacto en zonas, por lo general, no tan accesibles de mi anatomía (aunque sea a través de la ropa), por lo que un escalofrío me recorre la espina dorsal. Ahora sí que he terminado de perder el efímero control que poseía, porque lo siguiente que hago como respuesta a su agarre es meter mi lengua en su boca. Me sorprendo a mi misma haciéndolo, puesto que siempre había sido Peeta el que había llevado la batuta. Reconozco que a veces me siento harta de ser tan torpe e inocente como todos dicen, pero nunca pensé que llegaría a estos extremos. ¿Dónde quedó la Katniss asocial y con tanto encanto como una babosa muerta? ¿No existe un término medio entre ser un apático ser sin emociones y meterle a alguien la lengua hasta el gaznate? Perfecto, Katniss. Perfecto.
Tan inoportuno como siempre, Haymitch aparece por la puerta de la cocina sin avisar y nos pilla en pleno apogeo. Por primera vez, doy gracias en silencio a tener un mentor tan metomentodo como él y, aunque lo estaba disfrutando, me separo de Peeta nada más oírlo carraspear tras nosotros.
- Creo que volveré en otro momento. Parece que estás bien cuidado.
- ¿Por qué demonios no llamas a la puerta como todo hijo de vecino, Haymitch? - le contesta Peeta muy molesto.
Me doy la vuelta apartándome de Peeta para mirar a Haymitch, pero no puedo evitar una carcajada al darme cuenta del cabreo de mi panadero. Al parecer no le ha sentado nada bien la interrupción. Haymitch me mira inquisitivo por mi inesperada carcajada y, como siempre, enseguida comprende todo.
- Bueno, tranquilo chico. No me comas. Para eso ya tienes a la Chica en Llamas…
Mi sonrojo es monumental, aunque la cara de pocos amigos de Peeta me hace más liviano el mal trago. Está muy gracioso. Sin duda pensaba llegar a algo más.
- Tan solo venía a comprobar que tal estabas. Me he enterado de tu episodio en la panadería, pero ya veo que estás completamente recuperado. - continúa diciendo Haymitch mientras recorre exageradamente el torso desnudo de Peeta con la vista indicándonos el motivo de su mofa.
Peeta va relajando poco a poco su expresión y vuelve a ser el chico dulce de siempre.
- Lo siento, Haymitch. Gracias por preocuparte. No debería haberte hablado así cuando tú venías a saber de mi estado.
- Tranquilo, muchacho. Lo comprendo perfectamente. Sin duda las "atenciones" de Katniss tienen que ser mucho más placenteras que las mías y yo vengo aquí a fastidiarte el plan. Perdóname tú a mí.
Me siento completamente ignorada y si a eso le sumamos el nuevo grado de vergüenza que he alcanzado, sale a relucir la Katniss de siempre:
- Bueno, ¿vais a seguir haciendo como que no estoy delante o podemos cambiar de tema?
- Peeta, amigo, más vale que apagues el fuego del Sinsajo… ¡está que echa humo! - comenta Haymitch haciendo caso omiso a mi sugerencia. Para colmo, Peeta se ríe por lo bajo, así que suelto un bufido de desaprobación y me siento en la otra punta de la mesa a tomarme mi zumo. Ya no está ni frio.
Nuestro mentor toma asiento entre la silla que ocupa Peeta y la mía y le pide que le cuente qué sucedió en la panadería. Al parecer, Haymitch se enteró cuando volvía de comprar licor y se cruzó con Dough, quién no dudó en informarle sobre lo sucedido. De la misma se dirigió a casa de Peeta, para comprobar que estaba bien. A partir de ahí, ya es bien conocido lo que pasó.
- A ver si me aclaro… entonces, ¿te dio un ataque así sin más? - pregunta un sorprendido Haymitch después de que Peeta contase por encima lo que le sucedió antes de llegar yo. Parte de la historia de la que, por cierto, yo tampoco estaba enterada.
- Sí. No recuerdo haber visto ni oído nada que me advirtiese de un posible ataque. Normalmente soy consciente de la fuente que me lo provoca, paso a ver brillos y después sufro el ataque. Gracias a esos brillos, el doctor Aurelius fue capaz de idear una técnica mediante la que fuese capaz de anticiparme a ellos. Sin embargo, esta vez no he tenido tiempo de reaccionar. Ha venido de la nada. - termina de contar Peeta.
- Te lo llevo diciendo días y no me haces ni caso. Tanta presión con lo de la fiestecita del demonio no puede traer nada bueno. - comento al fin. Sigo molesta, no tanto por la situación de hace unos instantes sino por la preocupación de que Peeta pueda sufrir una recaída severa.
- Vamos, Katniss. No seas así. Seguro que no tiene nada que ver. Además, dejad de preocuparos, ya estoy estupendamente. - contesta Peeta esbozando una enorme sonrisa y sin un ápice de preocupación. No entiendo cómo puede estar tan tranquilo. ¿Acaso no teme volver a ser el muto en el que Snow le convirtió? Porque yo sí lo temo. Jamás podría perdonármelo.
- ¿Qué no me preocupe? ¿Qué no me preocupe, Peeta? ¿En serio? ¿Necesitas que te recuerde en qué situación te encontré ésta tarde? ¡Pensaba que te habías vuelto a ir! - estallo en un enorme llanto de rabia y angustia al recordar la situación. - Pens… pensaba que no conseguiría hacerte ver la realidad de nuevo…
La última frase sale de mi boca como un mero susurro mientras las lágrimas recorren mi cara sin indulgencia. No concibo un mundo sin el amor de Peeta. No concibo un mundo en el que él no sea mío. No concibo un mundo en el que él no me considere suya.
A Peeta se le borra la sonrisa de la cara al instante y se levanta rápidamente para tomarme entre sus brazos. Ni tan siquiera me había dado cuenta de que me había puesto en pie.
- Lo siento... lo siento, lo siento. Jamás te voy a dejar, ¿me oyes? No permitiré nunca que nada ni nadie me separe de ti. Aún así tenga que volver arrastras del mismísimo infierno. - me dice apretándome más contra él. Yo sigo llorando como una descosida. Ya no me importa que me vean llorar, al fin y al cabo, estos dos hombres son la única familia que me queda.
