Capítulo 38: Terapia grupal

Haymitch observa la escena desde su silla sin interrumpirnos. A pesar de la situación, nos mira con una media sonrisa. Supongo que, aunque a veces lo niegue, nos quiere como si fuésemos sus hijos. Pienso en todo lo que he pasado y doy gracias por haber tenido a Peeta a mi lado. No quiero ni imaginarme lo que sería pasar por lo mismo, pero sin nadie en quien apoyarte. Sola, como Haymitch. Es cierto que siempre pudo apoyarse en nosotros dos y que siempre podrá seguir haciéndolo, pero no es lo mismo. Al fin y al cabo, Peeta y yo haremos nuestra vida y, aunque Haymitch forme parte de ella, nunca será la otra pata del banco de nadie. Ojalá encontrase un motivo más para vivir que no fuésemos nosotros dos.

Logro calmarme poco a poco y voy abandonando los protectores brazos de Peeta. He dejado de llorar, pero sigo preocupada por él. No es normal que le haya dado un ataque tan fuerte, menos después de tanto tiempo sin haber sufrido uno. Creo que deberíamos consultarlo con Aurelius.

- Peeta. - lo llamo. - Creo que deberías hablar con el doctor Aurelius.

- No creo que sea necesario, Katniss. Gracias por preocuparte, pero ya estoy bien, en serio. - me dice tras ofrecerme un pañuelo. Me seco la cara y me sueno la nariz antes de añadir:

- Sé que ya estás bien, no lo digo por eso. Después de tanto tiempo, que te haya dado un ataque tan fuerte no creo que sea normal. Y menos aún sin ningún motivo aparente. Eso no te había pasado nunca. - en mi tono de voz se sigue notando la preocupación, aunque mucho más calmada.

Peeta parece no estar convencido con mis palabras, no entiendo por qué se muestra tan reticente a hablar con el doctor. Antes de que Peeta pueda volver a rechazar la consulta, Haymitch interviene:

- Creo que Katniss tiene razón, muchacho. Yo no te vi en la panadería, pero tu ayudante parecía muy preocupado y a juzgar por la reacción de Katniss, a pesar de lo melodramática que es… - me mira levantando las cejas. Opto por ignorarlo y él prosigue. - no estabas en tu mejor momento. Al menos deberías consultarlo con un profesional.

Le miro cómplice, agradeciéndole que me ayude a convencerlo. Aunque no lo parezca, Peeta puede llegar a ser tan terco como yo, solo que menos grosero y malhumorado. Es por eso que no lo parece.

- Está bien… - acepta finalmente Peeta. - Hablaré con él. ¿Sabíais que podéis llegar a ser muy persuasivos? Estoy empezando a creer que no soy el único bueno con las palabras…

- Si a llorar a moco tendido mientras gritas incoherencias y a berrear medio ebrio le llamas tú ser bueno con las palabras… sí, desde luego que lo somos. - comenta Haymitch. Los tres nos echamos a reír como locos. Es exactamente lo que hacemos: yo lloro y chillo a la mínima de cambio y él es raro que se encuentre lo suficientemente sobrio como para decir algo en pleno uso de sus facultades mentales. Vaya par de dos… No sé qué pinta Peeta con nosotros. Supongo que nos complementamos mutuamente.

- A propósito, ¿por qué no estrenáis el holo con Aurelius? Estoy seguro de que las terapias serían mucho más productivas si os pudieseis ver la cara.

El holo al que se refiere Haymitch es un aparato que sirve para hablar con alguien como si fuese una llamada telefónica, con la ligera diferencia de que te puedes ver en directo. El día que nos trajo el dichoso cacharro y lo llamó así, el estómago me dio un vuelco. Lo primero en lo que pensé fue en Boggs mutilado y el olor a aquél gel negro que se tragó a Mitchell. Haymitch pareció darse cuenta de la cara que se me estaba poniendo y me explico rápidamente que, obviamente, no se trataba del mismo holo. Nos lo trajo hará como una semana, suponiendo que lo íbamos a usar para hablar con Annie y mi madre, pero aún no lo hemos tocado. Tengo que reconocer que no soy muy dada a las tecnologías, jamás se me darán bien.

A pesar de todo, creo que sería buena idea que Peeta lo usase para hablar con el doctor. Además, me daría la excusa perfecta para estar delante durante su charla y asegurarme de que Peeta le cuenta todo y no omite partes para que no parezca tan grave.

- ¡Sería estupendo! - respondo a la proposición de Haymitch. Creo que lo hice con demasiado ímpetu. - Quiero decir, así el doctor podría hablar con los tres a la vez y tener varias versiones de los hechos. Estoy segura de que le ayudará.

Haymitch me mira divertido (seguro que ha seguido el hilo de mis pensamientos), pero no me deja en evidencia. Peeta parece desconcertado ante mi entusiasmo por hablar con Aurelius puesto que nunca antes me había emocionado mucho la idea, pero no le doy tiempo a rebatirme.

- ¡Venga! Vamos al salón, ¿a qué esperáis? - digo mientras ya estoy saliendo de la cocina.

Llego a la sala y empiezo a toquetear el aparato tratando de averiguar cómo demonios se enciende, pero el cacharro no responde. Peeta y Haymitch se unen a mí y me observan riéndose. Como no tengo ni idea de usarlo, he empezado a desesperarme y estoy gritándole toda clase de palabras malsonantes a la pantallita. Absurdo.

- Anda, trae aquí. No entiendo cómo puedes ser tan torpe y haber ganado los Juegos del Hambre… - me dice Haymitch y me arrebata el aparato de las manos. Le suelto una mirada amenazadora por su comentario, pero le cedo el cacharro. Lleva tantos años como mentor que ya se ha acostumbrado a interactuar con esta clase de objetos.

Me siento en el sofá al lado de Peeta, que ya se había acomodado y nos miraba a ambos con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando me dejo caer a su lado, pasa su brazo por encima de mis hombros y me dice:

- Tranquila, yo tampoco tengo ni idea de cómo se usa eso.

Quito mi cara de frustración y le dedico una sonrisa. Me encanta perderme en el mar de tranquilidad que parecen ahora sus orbes azules. En un abrir y cerrar de ojos, Haymitch ya tiene el holo conectado y nos avisa de que ya está llamando al despacho de Aurelius. Compruebo el reloj, a sabiendas de que en el Capitolio son algunas horas menos, así que como aquí es primera hora de la tarde aún debería de estar trabajando.

En efecto, cinco pitidos infernales después, el doctor Aurelius aparece en pantalla:

- ¡Vaya! ¡Menuda sorpresa! No pensé que me fueseis a llamar por holo. ¿Qué tal estáis?

Me sorprende la buena calidad de imagen del aparato. La pantalla es bastante grande, por lo que vemos al doctor sin problemas a pesar de que Haymitch la ha colocado sobre la mesa que tenemos en frente. Supongo que llevará algún tipo de cámara incorporada para que nuestro interlocutor también pueda vernos.

- Bien, pasando mucho calor. ¿Qué tal por el Capitolio, doctor? - Peeta es el primero en hablar.

- Ya imagino… vi el parte meteorológico para vuestra zona y el sol os está ajusticiando de lo lindo. Por aquí todo sigue su curso, ya sabéis. Bueno, contadme. ¿A qué se debe vuestra llamada? Y no me digáis que queríais estrenar el holo…

Aurelius se ríe a carcajada limpia mientras nosotros tratamos de no dejarle en feo por su chiste. Siempre tuvo un humor peculiar, muy parecido al de Beete. Supongo que la gente intelectual llega a conclusiones muy distintas a las del resto de los mortales.

- En realidad llamábamos para hacerle una consulta. - ahora soy yo la que habla. Miro a Peeta dándole a entender que debe ser él el que se lo cuente.

- Bueno, sí… eh… verá doctor, es que hoy a mediodía, estaba reponiendo las baldas de los expositores de la panadería y sufrí un ataque. - le cuenta Peeta.

- Entiendo, pero ya habíamos hablado de los ataques, Peeta. Ya te dije que nunca se irían del todo. - el doctor parece no terminar de comprender. Como veo que Peeta no arranca, sigo hablando yo.

- El problema, doctor, es que el ataque le vino sin motivo aparente y no pudo controlarlo. Fue un ataque muy fuerte, porque me lo encontré tirado en el suelo, como cuando sufría aquellos drásticos cambios de humor en el trece. Me asusté mucho. Llegué a pensar que estaba volviendo a pasar… - noto cómo se me forma un nudo en la garganta al recordar la escena. Peeta me aprieta más contra él.

- Comprendo, comprendo. - contesta Aurelius mientras toma apuntes de lo que decimos. - ¿Habéis sufrido algún cambio drástico en vuestra rutina? Sobre todo tú, Peeta.

- No, no que yo recuerde. - contesta él.

- ¿Cómo que no? - le digo yo de la misma. - ¿Y lo de la fiesta, qué?

- ¿Otra vez con eso, Katniss? No tiene nada que ver…

- ¿Ah, no? ¿No tiene nada que ver que te levantes a las cuatro de la mañana para trabajar y no salgas de la panadería hasta las doce de la noche? ¿No tiene nada que ver que llevemos casi cuatro días viéndonos apenas dos horas? ¿No tiene nada que ver, Peeta? - estoy enfadada con su irresponsabilidad. Peeta se preocupa tanto por los demás que, muchas veces, se deja a sí mismo de lado.

- Chicos… - suena la voz del doctor Aurelius, pero ninguno le hacemos caso.

- Katniss, te he dicho un millón de veces que si quiero tener todo listo para la celebración del sábado no me queda otra. No puedo dejar todo en manos de mis ayudantes…

- Chicos, por favor… - habla otra vez el doctor, pero seguimos ignorándolo.

- Claro, tú di que sí. Échate todo el trabajo a la espalda y acaba volviéndote un muto otra vez. ¡Pues cara nos va a salir la puñetera fiestecita! - ya me he soltado de su agarre y estoy de pie haciendo aspavientos.

- ¿Es que no entiendes que tengo que hacerlo? ¡Todo el mundo espera una gran fiesta para poder olvidar lo que nosotros provocamos, Katniss! ¡Ellos se lo merecen! - Peeta también se levanta y eleva su tono de voz. No puedo creer que estemos discutiendo. No somos ni pareja oficialmente y ya discutimos como si lleváramos años casados… aunque, a efectos prácticos, es casi como si así fuera.

- Chicos, por favor, dejad de discutir… - Aurelius, para ser doctor, tiene muy poca voz de mando. Estamos tan enfrascados en nuestra batalla que casi ni le oímos.

- ¡Pues no! Perdona que no lo entienda, pero no voy a permitir que para que todos puedan disfrutar de una noche especial yo tenga que perderte. Y no me puedo creer que tú seas capaz de anteponer la felicidad de otros a la nuestra propia, no después de lo que hemos pasado y la de veces que ya hicimos eso antes. ¿O te tengo que recordar que aceptamos morir por que otros vivieran?

Peeta y yo seguimos discutiendo. Todo lo que dice uno lo rebate el otro, hasta que la voz de Haymitch (quién había estado observando la escena en silencio) nos hace callar de un grito:

- ¡Ya basta, par de maleducados! Se supone que habéis llamado al doctor Aurelius para que os eche un cable y lo ignoráis completamente para tiraros los trastos a la cabeza. Dejad las peleítas de pareja para otro momento y haced el favor de sentaros de una maldita vez y escuchad al doctor, que lleva media hora intentando hablar.

Peeta y yo salimos de nuestra burbuja de reproches al darnos cuenta de que Haymitch tiene razón. El espectáculo que hemos montado delante del doctor ha sido lamentable. No me extrañaría que decidiera llevarnos de vuelta al Capitolio para internarnos en un psiquiátrico.

Nos sentamos en el sofá sin tan siquiera mirarnos. Cada uno ocupa una esquina, dejando un hueco enorme entre ambos. Puede que hayamos dejado la discusión para otro momento, pero el cabreo sigue ahí.

- Gracias, Haymitch. - habla con voz cansada el doctor. Creo que le hemos puesto dolor de cabeza incluso antes de empezar la sesión. - Está bien, vayamos por partes…

Y así comienza una larga charla en la que el doctor evalúa nuestra última semana en el doce.