Capítulo 39: Entre costales de harina
Es la primera vez que hacemos terapia juntos. Hasta ahora, hablábamos con Aurelius por separado y nunca comentábamos demasiado las charlas entre nosotros. Al fin y al cabo, en las sesiones con el doctor soltábamos todos nuestros miedos, preocupaciones y frustraciones (o lo intentábamos, como en mi caso), por lo que hablarlo ahora todo delante del otro resulta un poco incómodo. Como seguimos enfadados, al doctor le cuesta un triunfo arrancarnos unas míseras palabras que apuntar en su bloc de notas y, a menudo, lo único que obtiene son monosílabos. Haymitch, asqueado por nuestra actitud que, como él mismo definió, es de "mocosos malcriados", se marchó al poco rato de comenzar alegando que tenía cosas más importantes que hacer.
Así las cosas, Peeta y yo nos quedamos solos en casa mirando a la estúpida pantalla desde la que Aurelius nos hacía toda clase de preguntas sobre nuestra última semana.
- Está bien. Entonces, según me habéis dicho, ambos coincidís en que ha sido una semana estupenda, ¿no es así? – pregunta Aurelius por enésima vez.
- Sí… - afirmo con cansancio. - Solo que se torció el domingo con la aparición de la maravillosísima fiesta de la Libertad. - añado muy molesta. Ya se lo he mencionado al doctor hace escasos minutos, pero siento la necesidad de culpar de algún modo a Peeta de nuestra situación actual, por lo que me reitero.
Peeta, que me había ignorado completamente hasta ahora, se gira bruscamente y me mira.
- ¿Vas a tener el valor de decirle que toda la semana se te fastidió por lo de la fiesta? ¿En serio vas a ser tan cínica? – Peeta me habla con una mezcla de incredulidad y rabia.
- Pues sí, es lo que pienso… - le contesto mientras me vuelvo para dirigirle una mirada desafiante. A estas alturas ninguno va a dar su brazo a torcer, tenga razón o no.
El doctor, al contrario que antes, se muestra muy interesado en nuestra discusión y nos deja seguir. Seguramente sea porque es la primera vez que nos dirigimos la palabra en dos horas.
- Muy bien, entonces tengo que interpretar que todo lo que pasó desde ese instante en adelante ha sido un clavario para ti. Incluso la noche que estuvimos a punto de hacer el amor.
Los ojos se me abren como platos y mi mandíbula casi toca el suelo. Comentarios así ya me suben los colores cuando estamos a solas, con que ahora, con Aurelius delante, debo parecer un arcoíris fluorescente. No esperaba que Peeta fuera a atacarme con eso, sin duda ha sido un golpe bajo. Sobre todo porque sabe de sobra que no fue para nada desagradable y no podré negarlo.
Fue la noche del lunes. Peeta ya estaba inmerso en los preparativos de la fiesta y yo seguía a rajatabla mi rutina de cazar por la mañana y ayudar en la panadería por la tarde hasta bien entrada la noche. Mi ayuda no era del todo necesaria, pero era la única manera de estar cerca de Peeta sin estorbarle en su trabajo o parecer una acosadora. Aquella noche nos quedamos hasta más tarde de lo habitual porque Peeta quería hacer inventario para saber con qué ingredientes contaba y con cuáles no. Mandamos a los chicos a sus casas, puesto que tendrían que volver pronto por la mañana para seguir trabajando. Iba a ser una semana dura. Peeta me sugirió que me fuera si estaba cansada, que ya se encargaba él, pero yo le dije que no a pesar de que estaba molida puesto que quería pasar un rato a solas con él. Rápidamente, nos pusimos manos a la obra. Cuanto antes empezásemos antes acabaríamos. Peeta iba apartando sacos de harina de un lado del almacén al otro mientras yo llevaba el recuento. Cada vez que alzaba un costal no podía apartar mi vista de cómo se contraían sus musculosos brazos y se marcaban sus pectorales en la camiseta mojada por el sudor. Un par de veces llegué a perder el hilo del recuento, por lo que Peeta se acerco a comprobar si no estaba demasiado cansada. Lo cierto es que lo estaba, pero su presencia hacía que me activase de tal modo que en ese momento no hubiese podido dormir aunque hubiera querido. Su cercanía me hizo perder el control. No sabía si se trataba de que el exceso de cansancio me desinhibía, al igual que el vino, o qué. El caso es que, cuando lo tuve cerca, solo pude pensar en arrancarle la camiseta de cuajo y secarle el sudor a lametazos. Lo besé con tanto ímpetu que el propio Peeta se quedó sorprendido. Jamás había sido tan espontánea ni explosiva, pero no pareció desagradarle. No tardó en responderme al beso, sin preguntar el por qué de mi decisión. En aquél momento, éramos incapaces de cuestionarnos nada. Yo misma trataba de convencerme de que lo que hacía no estaba bien, pero es un caso perdido cuando tienes sobre tus labios los del único hombre que te ha hecho descubrir que hay otro tipo de hambre en la vida. Segundos más tarde, ya estábamos recostados entre sacos de harina que nos hacían de colchón. Mi camisa voló por los aires y la de Peeta la siguió poco después. Bajó sus besos hasta mi vientre y empezó a volverme loca. Nunca antes había sido tan real el término excitación. Estaba a punto de rogarle a gritos que me hiciese el amor, cuando Bun entró por la puerta que daba a la cocina y al almacén comentando algo de que se le habían olvidado las llaves de no sé dónde. Su cara se puso de mil colores al encontrarnos en aquella situación. Apenas acertó en disculparse, coger torpemente lo que había venido a buscar y salir corriendo de allí. Casi no tuvimos tiempo de reaccionar, puesto que salió como un obús de la panadería, pero puedo asegurar que estábamos tan avergonzados o más que él. Jamás nos había ocurrido nada parecido y no supimos como reaccionar. Nos levantamos y tratamos de limpiarnos un poco los restos de harina que teníamos por todo el cuerpo sin comentar nada de lo sucedido. Acordamos en dejar el inventario para otro día y nos fuimos a casa. A pesar de lo embarazoso de la situación, me acosté con una sonrisa en la boca porque había comprobado que lo que quería de Peeta no era solo una bonita amistad.
