Capítulo 40: Diagnóstico

Miro a Peeta tratando de asimilar lo que ha dicho. Aún no me puedo creer que haya sido capaz de usar eso en mi contra. El doctor Aurelius nos mira expectante, pero no dice nada. Está esperando una reacción. Yo soy incapaz de articular palabra. En este tiempo he ido descubriendo una faceta del chico del pan que desconocía. Ya atisbé parte de ella las veces que discutimos años atrás, pero siempre terminaba cediéndome el terreno, siempre daba su brazo a torcer. Ahora no. Ahora es mucho más férreo que antes y, aunque sigue siendo el de siempre, es como si no quisiera cederme ni un ápice de lo que defiende, como si así pudiera proteger lo que siente.

Peeta me mira frío al principio, orgulloso de haberme dejado descolocada. Sigo con expresión desencajada y muerta de vergüenza, esto no se lo perdonaré fácilmente. Quizás me mereciera un escarmiento por asegurar que ha sido un calvario de semana cuando no es cierto, pero se ha pasado de la raya. Nadie tenía por qué saber lo que pasó hace dos noches en la panadería, a excepción de Bun, claro. No tuvimos más remedio que pedirle disculpas al día siguiente. En realidad fue Peeta el que las pidió en nombre de ambos, yo me limité a asentir sin atreverme a mirarlo a la cara. Bun no pareció darle mucha importancia y acabó diciendo que nos comprendía perfectamente. Aún no sé que quería decir exactamente con aquello, pero no estoy para darle muchas vueltas.

Peeta va relajando su expresión poco a poco, pero sigue siendo lo suficientemente dura como para darme a entender que esto no se ha acabado. Parece meditarlo durante unos segundos y finalmente añade:

- Porque para mi no lo fue, Katniss. Y teniendo en cuenta que fuiste tú la que empezó, no me creo que para ti sí. Así que no me vengas a decir que estabas sufriendo. Si no llega a ser por la interrupción de Bun, ambos sabemos cómo hubiésemos acabado. – Peeta hace una pausa para mirarme de nuevo a los ojos.

- ¿Cómo… cómo te atreves a…? – consigo balbucear. Pero soy incapaz de seguir, no se qué decir.

- ¿Cómo me atrevo a qué, Katniss? ¿Cómo me atrevo a decirte la verdad de una maldita vez? ¿Cómo me atrevo a decir por ti lo que realmente piensas? Porque estoy harto, Katniss. ¡Harto! Harto de tener que sacarte las palabras con calzador. Harto de ser yo el que se abre siempre para que tú me patees el trasero las veces que quieras. – Peeta está fuera de sí. Veo que está realmente dolido. - Anteanoche era la primera vez que tomabas tú la iniciativa sin que estuviésemos bajo los efectos del alcohol o bajo la presión de los Juegos. Era la primera vez que hacías algo por nosotros. No digo que no me quieras, pero ha sido la primera vez que he sentido por completo que querías eso tanto como yo. – su voz se va apagando a medida que habla. – Lo siento si para ti no ha significado lo mismo, pero yo no me arrepiento de amarte. Ya te dije que no te forzaría a nada, que esperaría al momento adecuado, pero mientras te decides no pienso servirte mi corazón en bandeja de plata. Cuando tú tengas claro lo que sientes por mí estaré encantado de entregártelo todo para siempre.

Cuando termina de hablar, Peeta se lleva las manos a la cara y se deja caer de nuevo al sofá, del que se había levantado instantes antes. Está abatido, como si decir todo eso le hubiera agotado las pocas fuerzas que le quedaban. Sufría y de nuevo era yo la que le hacía sufrir. Era yo la que, junto con mi cobardía, no le demostraba lo mucho que lo amaba. Por supuesto que no me arrepentía de lo de aquella noche. Es más, me sentí enormemente frustrada por la inoportuna aparición de Bun. Me da vergüenza admitirlo, pero deseaba tanto como él haber terminado desnuda entre sus brazos. Sin embargo, mi exceso de orgullo por no perder una estúpida pelea me había llevado a negarle mi amor a la única persona de este mundo que ha sido capaz de recomponerme en cuerpo y alma y hacerme sentir viva de nuevo. Hasta tal punto que le he hecho dudar de si aquella noche lo que hice no volvió a ser parte de una mera actuación.

- Yo… yo tampoco me arrepiento… - mi voz no es más que un susurro, pero en el silencio sepulcral que nos rodea se oye perfectamente. Noto como las lágrimas comienzan a salir de mis ojos, pero los brazos de Peeta no están ahí para reconfortarme. Ya ha dejado bien claro que no piensa exponerse de nuevo. Me mira con tristeza desde la otra esquina del sofá, pero se limita a suspirar.

Cuando parece que va a decir algo, la voz de un olvidado Aurelius le interrumpe:

- Está bien, chicos. Tranquilizaos, por favor. Esto no os viene bien a ninguno de los dos. – hace una pausa para tomar aire y prosigue. – Volviendo al tema de consulta, creo saber cual ha sido el motivo de tu ataque, Peeta. – tanto él como yo levantamos la mirada para hacerle saber que tiene nuestra atención. – ¿Desde hace cuanto que no sigues tu terapia de pintura?

Peeta empalidece y traga saliva. No había mencionado nada al respecto, por lo que yo suponía que había seguido con ella a pesar de todo. Sin embargo, el doctor parece haber llegado a otra conclusión.

- Yo… esto… verá, doctor. He estado tan atareado con lo de la fiesta que… - balbucea Peeta, pero Aurelius lo interrumpe.

- ¿Desde cuándo, Peeta?

- Tres semanas. – contesta él avergonzado.

Un momento. ¿Tres semanas? ¿No ha vuelto a pintar desde mi regreso? Seco mis lágrimas y me atrevo a mirarle. Él me devuelve la mirada con una sonrisa triste. Sabe que he comprendido lo que significa eso. No parece importarle haber dejado todo de lado por mi, pero a mi eso me hace sentir como una mierda. Directa o indirectamente, he vuelto a ser yo la que le ha provocado el ataque.

- A quién se le ocurre… - suspiro más para mi misma que para el resto.

- Lo siento, doctor. Pero comprenda que desde el regreso de Katniss lo único que he querido es pasar con ella todo el tiempo posible. Además, su presencia me hacía más bien que pintar un millón de cuadros. En todo el tiempo que pasamos juntos no tuve ni un solo amago de ataque. – trata de justificarse Peeta.

- Claro, y por eso te ha dado el que te ha dado esta mañana… - le rebato yo.

- Peeta, Katniss tiene razón. No deberías haber dejado la terapia, al menos no de golpe. Coincido contigo en que estar con Katniss es la mejor terapia que puedes hacer, pero sospecho que el exceso de presión con lo de la celebración, sumado al poco tiempo que habéis pasado juntos estos cuatro días, a pesar de que lo hayáis aprovechado bien… - los dos miramos al doctor con cara de pocos amigos, por lo que sigue hablando. – y teniendo en cuenta que has dejado la terapia de golpe, haya podido reactivar el veneno residual de rastrevíspula de tu cerebro, provocándote un ataque tan severo como los que sufrías al principio del tratamiento.

Miro a Peeta con cara de "te lo dije", pero no me siento con ánimo de expresarlo en voz alta. Él, por su parte, agacha la cabeza como un niño cuando hace algo que no debe. ¿Cómo voy a mantener mi postura de mujer fría y fatal si hace eso? Es por eso que, para no lanzarme a abrazarlo y parecer una loca bipolar, decido dirigirme a Aurelius:

- Entonces… ¿puede volver a ocurrirle, doctor? – pregunto con miedo a que la respuesta sea afirmativa. Aurelius parece notar mi expresión de terror, porque se apresura a tranquilizarme.

- No, o sea sí. Por poder puede, pero si sigue la terapia, aunque sea en menor medida que antes, y baja el pistón con la panadería, todo debería volver a la normalidad. También sería muy recomendable que dejaseis de discutir e hicierais lo que sentís que debéis hacer.

Quiero pensar que el doctor se refiere a que dejemos fluir la relación y que seamos honestos el uno con el otro. Me niego a creer que ha insinuado otra cosa. Aún así, me sonrojo.

- Está bien, doctor. Lo haré. – acata Peeta.

- Muy bien, chicos. Tomáoslo con calma y hoy nada de volver a la panadería, señor Mellark. Disfrute de la compañía de la maravillosa mujer que tiene al lado, que parece haberlo olvidado.

- Jamás. – contesta sonriente Peeta. A mi el halago me hace colorar.

- Gracias por todo, doctor. Yo me encargaré de que cumpla.

- Estoy seguro de que hallarás la forma de persuadirle, Katniss. Lo dejo en las mejores manos. Cualquier cosa, ya sabéis dónde encontrarme. Un abrazo, muchachos. ¡Hasta otra!

El doctor Aurelius corta la conexión, dejándonos en la más estricta intimidad. Ninguno de los dos dice nada, pero las palabras sobran cuando, a pesar de todo, sabes que darías tu vida por la persona que tienes al lado.