Capítulo 41: Dulce condena

- Lo siento. - la voz de Peeta rompe el silencio en el que se sumió la casa desde que Aurelius terminó la llamada. - Siento haberte hecho llorar. No… no era mi intención. Supongo que la discusión se me fue de las manos y…

Está cabizbajo, jugando con las manos sobre sus rodillas y mira hacia el suelo. Ha sido la primera vez que me ha chillado de esa forma, por lo que ha sido nuevo para ambos. La costumbre era que yo chillaba y el tragaba, porque yo era la mentalmente desorientada, pero supongo que todo el mundo tiene un límite, incluso Peeta.

Ya no está el doctor Aurelius para mediar en nuestra discusión ni Haymitch para hacernos callar, por lo que no existe motivo alguno para aplazar más la charla. En algún momento teníamos que hablar sin tapujos.

- No. - le interrumpo. - No te disculpes. Soy yo la que debería hacerlo. Tienes razón en todo lo que has dicho. Lo único que te he traído desde que he vuelto han sido quebraderos de cabeza. Entiendo que no puedas más.

- Eso no es cierto. - me dice, y rompe por primera vez la distancia que había entre nosotros. - Han sido las tres semanas más felices de mi vida, Katniss. Así que no voy a permitir que el Capitolio se interponga entre nosotros, no de nuevo. Ni inoculándome miles de litros de veneno podrían hacerlo.

Ahora sus manos reposan sobre mis piernas. Yo sigo mirando a la alfombra porque no me atrevo a levantar la vista. Me avergüenza haberle hecho sufrir tanto con mis indecisiones. Nunca había sido tan consciente de ello.

- ¿De verdad te hago feliz, Peeta? ¿Te hago feliz con lo poco que soy capaz de ofrecerte? Creo que estarías mejor sin mí. Seguro que habrá miles de mujeres que puedan ofrecerte más de lo que puedo ofrecerte yo.

Desde que me di cuenta de lo que Peeta significaba para mí, ese pensamiento se me viene a la cabeza como un millar de veces a lo largo del día. Tengo miedo de que un día Peeta se canse de mi limitada forma de amar y decida dejarme por una mujer que sí pueda ofrecerle todo lo que se merece. Pero lo peor de todo es que no podré hacer nada por evitarlo, porque no puedo negarle la felicidad por la que tanto ha luchado, aún a sabiendas de que la consigue a manos de otra.

- Pues crees mal, porque jamás sería feliz al lado de una mujer que no fueses tú. Porque a poco que tú me ofrezcas, es más de lo que jamás hubiera soñado e infinitamente superior a lo que nadie pueda darme.

Levanto la cabeza y la giro a mi izquierda para encontrarme con unos ojos azules que me miran con total devoción. Es esa mirada y no otra la que me inspira la paz y tranquilidad suficiente para apaciguar mi fuego interno. Él es el único bálsamo que consigue calmar las heridas de mi alma y curar las de mi corazón. Él es mi diente de león.

Me acerco y le doy un beso tierno y delicado, tan tierno y delicado como los pétalos de las prímulas de mi jardín.

- ¿Cómo puedes tener tan claro que seré capaz de darte lo que necesitas si ni yo estoy segura de eso? - le digo separando mis labios de los suyos y con los ojos aún cerrados.

- Porque sería capaz de esperar un millón de años con tal de que me dieses un beso más.

Sus palabras son tan oportunas como bellas, y me infunden el valor suficiente como para romper cualquier muro que se erija ante mí, incluso las barreras que yo misma levanto.

- Pues creo que yo no voy a ser capaz de esperar tanto…

Acto seguido, le vuelvo a besar de la misma forma que antes, solo que esta vez lo alargo un poco más. Disfruto cada segundo que paso sobre sus finos labios como si fuese el último, tratando de memorizar cada recoveco de su boca y cada curva de sus sutiles comisuras. Vuelvo a perder la noción del tiempo, como tantas veces me pasa estando a su lado, y no es hasta que él se separa cuando vuelvo a la realidad.

- ¿Y dices que no eres capaz de darme lo que necesito? - me pregunta Peeta con una blanquísima sonrisa en la boca. Me río de su comentario.

- Eres un hombre fácil de complacer entonces.

- Lo soy, pero si quieres puedo ponértelo más difícil. De hecho, hay algo que podrías hacer para satisfacerme por completo... - me dice con sonrisa pícara. Me da miedo lo que pueda pedirme, pero estoy dispuesta a hacer lo que sea con tal de demostrarle que quiero ser la única mujer que lo haga feliz. Yo también quiero ser su diente de león.

- Pídeme lo que quieras.

Peeta arquea las cejas ante mi respuesta. Estoy segura de que no esperaba algo así, menos aún como respuesta a su intencionada pregunta ambigua.

- ¿Lo que quiera? ¿Estás segura?

- Completamente.

- ¿Aunque fuera que bañases a Haymitch después de una de sus borracheras?

Me río ante su ocurrencia. Que tenga ganas de bromear me hace sentir mejor. No me gusta sentirme lejos de él, y cuando discutimos parece como si un abismo se abriera entre nosotros.

- Sí, aunque fuera eso. Sería asqueroso, - le digo poniendo una mueca graciosa. - pero por ti lo haría.

- ¡Vaya! En ese caso me he tenido que ganar muy seriamente un hueco en el casi inaccesible corazón de la chica en llamas.

- Tampoco te lo creas tanto, Mellark… - contesto dándole un suave golpe en el pecho siguiéndole el juego. - Además, alguien ya hizo eso por mí hace cuatro años. Digamos que te lo debo.

Aún recuerdo la primera vez que subimos al tren rumbo al Capitolio y Peeta aceptó encargarse de un muy borracho Haymitch Abernathy. En aquél momento creí que lo hacía para ganar puntos con él. Ahora sé que lo hizo porque no existe en el mundo persona más buena y desinteresada que Peeta Mellark.

- En ese caso, solo queda una cosa más que puedas hacer por mí en estos momentos.

- ¿El qué? - pregunto. Realmente siento curiosidad por saber a dónde quiere llegar con todo esto. Ya nada me da miedo mientras esté con él.

Peeta se toma su tiempo antes de contestar. Me observa como si tratara de grabar a fuego mi imagen en su retina. Toma una última bocanada de aire y por fin habla:

- Quédate esta noche. Quédate esta noche y todas las que quieras. Deja que sea yo quien ahuyente tus pesadillas, de la misma forma que tú ahuyentas las mías con el mero hecho de dormir junto a mí. No podría soportar una noche más sin sentirte entre mis brazos.

Llevo tanto tiempo soñando con volver a dormir sobre su pecho que, ahora que tengo la oportunidad, me parece irreal. No puedo creer que se me esté dando de nuevo la posibilidad de conciliar el sueño entre los brazos de la única persona que consigue calmar mis pesadillas, entre los brazos de la única persona que amo.

- En ese caso, sigues siendo un hombre fácil de complacer. Nada me haría más feliz.

Nos fundimos en un beso de reconciliación, en un beso de reencuentro, porque esta noche volveremos a dormir juntos. Cumpliré condena como buen preso, porque estoy presa de sus besos, presa de su corazón. Dulce condena la que cumpliré esta noche y durante el resto de noches de mi vida.


Siento no haber podido actualizar ayer. Estuve bastante atareada y no pude ni encender el ordenador. De todas formas, ha sido una excepción. La rutina sigue como hasta ahora y actualizaré cada día.

Como siempre, gracias a tod s por seguir ahí y por tener la historia entre vuestras alertas y favoritos y por esos geniales comentarios que me dejáis. Son una gran recompensa.

Espero que hayáis disfrutado de este cap. Nos leemos mañana ;)

¡Un fuerte abrazo! ^^