Capítulo 42: Arrebato y caballero

Emocionados con la idea de volver a dormir juntos, pasamos lo que resta de tarde hablando sin parar. Peeta decidió pintarme un retrato y, aunque me da algo de vergüenza posar, accedí. Hoy creo que no podría negarme a nada. Pensé que empezaría de la misma, pero dice que quiere que sea un cuadro diferente al resto. No me ha dado más detalles, tan solo me ha dicho que por hoy tenía suficiente con dejarlo todo preparado. Supongo que cuando llegue el momento sabré a que se refiere con diferente.

Cuando me quiero dar cuenta, ya estamos en la cocina preparando juntos la cena. Ha sido un gesto habitual a lo largo de estas semanas (a excepción de los cuatro días que ha pasado encerrado en la panadería), pero siempre nos separábamos a la hora de dormir. Hoy, sin embargo, el saber que no voy a salir de esta casa hasta mañana y que, por supuesto, él tampoco, me hace sentir incómoda. En cierto modo, creo que también se debe a que es la primera vez que dormiremos juntos premeditadamente. Hasta ahora, siempre había sido algo espontáneo que surgía a raíz de mis pesadillas o de que estuviésemos en la arena. Hoy, aunque siga calmando mis torturas nocturnas, hay un motivo extra que me empuja a desear dormir con él. Aún no lo he definido del todo, solo sé que, sea lo que sea, me pone muy nerviosa. Cada vez que recuerdo que su cama será la mía en pocas horas, me da un escalofrío que, lejos de ser desagradable, me impacienta hasta límites insospechados.

Ensimismada en mis pensamientos, es el tronar de una tormenta lo que me espabila. A los pocos segundos, un tremendo aguacero amenaza con inundar el doce. Estas tormentas de verano son criminales… Peeta, que había ido a la despensa a por un par de cebollas, me rodea por detrás con sus brazos sobresaltándome y me susurra:

- Me parece que no vas a poder escaparte, preciosa. Menuda manera de llover…

Por supuesto, no pretendía irme, pero de pronto recuerdo que aún no he cogido el pijama ni la ropa de cambio de mi casa.

- ¡Mierda! – digo asustando a Peeta. – Tenía que ir a por mi pijama. Ahora me voy a calar.

Dejo el cuchillo con el que estaba picando los pimientos y, soltándome presurosa del abrazo de Peeta, empiezo a desatarme el delantal.

- No pensarás salir con la que está cayendo, ¿no? – pregunta él con cara de sorpresa.

- Pues si quiero quedarme aquí tendré que hacerlo. No pienso dormir con la ropa de caza. – contesto yo como si fuera lo mas obvio del mundo. Con todo el lío de lo del ataque de Peeta, no he tenido tiempo de cambiarme de ropa, además de que me gustaría darme una ducha.

- Bueno, no tendrías por qué dormir con la ropa de caza. Tengo un millón de camisetas con las que puedes dormir perfectamente. A ti te llegarán por más de medio muslo. – me sugiere Peeta. Poco después añade: - Aunque claro, si te sientes más cómoda durmiendo sin nada…

Creo que me pongo de mil colores antes de acertar a pensar alguna respuesta coherente. Últimamente, Peeta está más atrevido de lo usual y no sé cómo lidiar con ello. Cada vez que suelta algo así, me atacan los nervios y me entran sudores fríos. Al principio, conseguía ignorarlo sin muchas dificultades, pero conforme han ido pasando los días y no ha dejado de hacerlo, me cuesta mucho más pensar con claridad y siento la tentación de seguirle el juego. Por supuesto no lo hago, pero tengo curiosidad por saber qué pasaría si lo hiciese. Si realmente estaría tan de broma como quiere hacerme creer o sucumbiría ante su propia propuesta indecente. Después de lo del lunes en la panadería, me inclino más por la segunda opción.

- Eh… no. Mejor cojo mi pijama. Además, quiero darme una ducha y… - Peeta me interrumpe antes de que pueda continuar.

- Vamos Katniss, no seas tonta. Estaba de broma. – se ríe. ¿Y por qué me da que no, Peeta? – Decía enserio lo de que tengo camisetas de sobra, y lo de la ducha no es un problema porque también tengo agua caliente y esas cosas… - trata de ironizar - pero no pienso dejarte salir con el tormentón de ahí afuera.

Miro una vez más por la ventana para comprobar que ya no llueve tanto y ponerle la excusa perfecta, pero el tiempo parece confabularse con él porque, en ese preciso instante, un rayo surca el cielo y el trueno que se oye a continuación es tremendo. Para colmo, a los dos segundos, la lluvia se intensifica dejando claro que todo el que salga ahora de su refugio acabara calado hasta los huesos y con una severa pulmonía. Tras un largo suspiro, acepto a regañadientes:

- Está bien, tú ganas.

Peeta sonríe y sigue preparando la cena mientras me informa de dónde están las toallas de baño para cuando suba a ducharme. He estado a punto de decirle que no hacía falta, pero con el calor que hace y que he cazado esta mañana… dejémoslo en que necesito un aclarón.

Cenamos un poco de liebre con unos pimientos y cebolla pochada y Peeta se ofrece amablemente a fregar para que yo pueda subir tranquila a su cuarto de baño. Una vez allí, observo primero su habitación: no está excesivamente recargada, pero sí tiene algún mueble que no reconozco y un par de fotos en las mesitas de noche. Una es de él y su familia hace unos años, antes de nuestros primeros juegos. Sonrío ante la imagen de un Peeta mucho más joven y frágil que ahora, muy similar al chico que me dio el pan que me salvo la vida. La otra es algo más pequeña, pero rápidamente reconozco la escena: una niña se abraza a una chica no mucho mayor que ella. Ambas parecen disfrutar del abrazo como si fuera el último que se diesen o el primero en mucho tiempo. Por supuesto, yo sé que se trata de lo segundo. La niña rubia con dos trenzas mantiene los ojos cerrados y esboza una sonrisa de oreja a oreja. La morena, sin embargo, tiene sus ojos grises bien abiertos, como si quisiera proteger de cualquier cosa ese pequeño cuerpecito por el que está esbozando una sutil sonrisa. Somos Prim y yo en nuestro reencuentro después de ganar los 74º Juegos del Hambre. No sé de dónde la habrá sacado Peeta (supongo que la gente del Capitolio nos sacaría millones en aquel instante), pero el que nos tenga a ambas a su lado cada noche me hace sentir la persona más especial del mundo. No me puedo creer que mi cara y la de Prim sea lo último que ve al acostarse y lo primero al levantarse.

Con una sonrisa en los labios, me meto al baño y me doy una ducha. Disfruto del agua fresca que ayuda a mitigar la sensación de calor que carga el ambiente del distrito. Esperemos que la tormenta refresque un poco las calles. Cuando termino, me envuelvo torpemente en una toalla y recuerdo dónde me dijo Peeta que podría encontrar sus camisetas. Salgo sin mucho cuidado de cubrirme pero, para mi sorpresa, él está sentado al borde de la cama desatándose los zapatos mientras me mira un poco sonrojado. Automáticamente, me viene a la mente aquella noche de hace ya dos años cuando Peeta entró a hurtadillas en mi casa para dejarme pan y yo lo sorprendí arco en mano, solo que ahora soy yo la que está en su casa y no vengo a dejarle pan precisamente…

Pienso en volver a entrar al baño, pero entonces tendría que pedirle a él la camiseta. Por otro lado, ir hasta el armario yo misma a por ella supondría tener que rodear la cama en la que está sentado con el único cobijo de la corta toalla. ¡Qué desastre!

Al final, no me decido por ninguna de las dos opciones y me quedo entre dos aguas, sin saber que hacer y muriéndome de vergüenza.

- Vaya… esto, lo siento Katniss. Pensé que te habrías llevado la camiseta adentro. – dice Peeta tratando de mirarme lo justo. ¿Me lo parece a mí o ese vaya ha sido de admiración? No puedo estar más avergonzada.

- No… no pasa nada. – Sí, sí que pasa. – Debería de haberla cogido antes, pero ya sabes, la costumbre de vivir sola. – contesto yo soltando risitas absolutamente artificiales y nada propias de mí.

- Sí, te entiendo. – se ríe y me observa de arriba abajo. - Aunque he de admitir que no me resulta para nada desagradable verte por mi casa en toalla…

¿Hola? ¿Eso es a mí? ¡Tierra trágame! Definitivamente, ese "vaya" era de completa y absoluta admiración hacia mi físico. No puedo creer que le resulte atractiva. Vale que no tengo mala figura y que en estos dos años mi cuerpo se ha terminado de formar, pero siempre me consideré de la media. Lo suficientemente de la media como para que Peeta Mellark se fijase en mí de esa forma. ¿Cuántas mujeres mucho más exuberantes que yo no se le habrán insinuado ya? Quiero decir, es Peeta Mellark, el carismático vencedor de los 74º Juegos del Hambre y el rubio más codiciado de todo Panem…

Rodeo la cama hasta el armario ignorando su comentario, no porque lo desprecie, sino porque no sé qué narices se supone que debo decir frente a algo así. Imagino que lo adecuado cuando se trata de dos personas que mantienen una relación como la nuestra (aunque no nos hayamos definido como nada en especial) sería devolvérselo o, al menos, darle una sonrisa deslumbrante que muestre lo mucho que te gusta oír eso. Sin embargo, yo no soy una chica al uso y todo lo que tenga connotación sexual (aunque sea tan ligera como ahora) me hace sentir extremadamente incómoda y fuera de lugar. No tengo ni idea de flirtear.

Cojo la primera camiseta que encuentro y rezo por qué sea la más larga del cajón. Oigo como Peeta se ríe tras de mí y dice algo de "inocente". Me lo han repetido tantas veces que ya nunca me afecta, pero viniendo de él no sé por qué todo me importa más. Cuando vuelvo a pasar frente a él, me armo de valor y le hablo:

- ¿Decías algo? – se nota que estoy molesta.

- Eh… no, nada Katniss. Pensaba en alto. – me contesta restándole importancia.

- ¿Y qué pensabas? Porque me ha parecido oír algo referido a mí…

Peeta me vuelve a escudriñar por completo haciéndome sentir algo incómoda, pero trato disimularlo cruzándome de brazos y esperando pacientemente una respuesta.

- ¿Realmente quieres saberlo? Porque yo creo que no serías capaz de manejar la situación si te lo dijera. – me dice él en un tono seductor que pocas veces ha usado, al menos conmigo.

Sigo de pie frente a él y guardando una distancia prudencial, pero su inusual y grave voz me hace temblar de pies a cabeza aún sin necesidad de tocarme. Esto no me puede estar pasando… Me obligo a guardar la compostura y a contestar:

- ¿Y tú qué sabes de lo que soy capaz?

- No me malinterpretes, sé que eres capaz de muchas cosas, pero sigues siendo demasiado inocente…

Peeta parece querer provocarme y yo, idiota de mí, caigo en su trampa. Que me diga a mis veinte años que sigo siendo demasiado inocente hiere profundamente mi orgullo de mujer que, a poco que sea, algo tengo. Más que nadie, él sabe por qué nunca he podido dedicarme a estas cosas como el resto de chicas, por lo que el veneno de su comentario cala aún más hondo. Herida hasta la médula por mi chico del pan, me sobrecoge un arrebato de valentía y sin pensármelo dos veces, dejo caer la toalla hasta el suelo. Nunca retes a algo a una Everdeen.

- ¿Y ahora? ¿Te sigo pareciendo demasiado inocente? – le digo mientras hago un esfuerzo sobrehumano por seguir desnuda frente a él y no salir corriendo al baño. Sé que me arrepentiré de esto más tarde, pero necesito dejarle claro que él no es el único que ha cambiado en este tiempo.

Peeta me mira boquiabierto, pero no parece nada disgustado con lo que ve. Se pone de pie frente a mí y me dice:

- Ahora lo que me pareces es la mujer más bella y sensual que jamás hubiera podido soñar.

Acto seguido, me quita con delicadeza la camiseta que cogí al azar, que resulta que no es camiseta sino camisa, y me la empieza a poner con sumo cuidado y lentitud.

- Pero – prosigue él – no necesito que te desnudes frente a mí para que me lo demuestres. Me gustas tal y como eres: inocente, valiente, gruñona… y, sobre todo, la mujer más maravillosa que haya conocido nunca.

Mientras lo dice, va atándome uno a uno los botones de la camisa que, como él bien predijo, me llega por más de medio muslo. Mientras tanto yo no sé que hacer. Pretendía dejarlo descolocado con mi reacción, pero ha sido él el que me ha dejado sin palabras con su respuesta. No entiendo como puede ser tan gentil en una situación como esta. Incluso a mí, que estoy muerta de la vergüenza, me está costando no lanzarme a sus labios.

Cuando termina de abotonarme la camisa, me da un casto beso en los labios y me mira con ternura para añadir:

- Te amo, Katniss.

Y yo, sin ser capaz de articular palabra por el gesto de un hombre que me ama, lo sigo a la cama, dónde, por primera vez en mucho tiempo, logro dormir sin pesadillas y sobre el pecho del hombre al que ahora sé que amo sin mesura.