Capítulo 43: Adicta

Noto como una ligera y suave brisa azota mi cara. Es un alivio que desde la tormenta el calor nos haya dado una tregua, al menos por la noche. Ahora se puede dormir sin tener que alternar la bañera de agua fría con la cama. Voy abriendo poco a poco los ojos, tratando de acostumbrarme a la luz que entra a través de la ventana abierta. Cuando ya puedo ver algo, doy media vuelta para toparme con la serena expresión de un Peeta muy dormido. Aún no me acostumbro a despertarme abrazada en el calor que desprende su cuerpo.

Es sábado por la mañana y, como hoy es fiesta, no abre ningún comercio. Ayer dejamos preparados los últimos pasteles y panes para la celebración de esta noche, por lo que tenemos el día libre para disfrutar del ambiente festivo. Tanto el jueves como el viernes, Peeta ha estado muy pendiente de que todo estuviese a punto, pero no le he dejado excederse con el trabajo, tal y como le prometí a Aurelius.

Observo su rostro mientras duerme, que parece rejuvenecer unos cuantos años si no fuera por la incipiente barba y sus duras facciones de hombre y no de niño. Me recreo en el ángulo tan marcado de su mandíbula y bajo por ella hasta dar con su barbilla y sus labios, esos labios que tanto me gusta besar y que tantas palabras coherentes pueden soltar al cabo del día. Sigo con mi escrutinio mañanero hasta que doy con sus eternas y doradas pestañas. Siempre me he preguntado como pueden no enredársele con cada aleteo que dan.

De repente, siento que sus brazos se tensan y me acercan más hacia él mientras una rebelde sonrisa aparece en su boca. A lo mejor no estaba tan dormido como parecía…

- Buenos días, preciosa. – me dice con un ojo abierto y el otro cerrado. Definitivamente, no estaba dormido en absoluto.

Me da vergüenza que me haya cazado observándole como si no hubiera mañana, por lo que me sonrojo y le doy una tímida sonrisa antes de contestar.

- Buenos días.

Peeta termina de abrir los ojos y, por lo poco que le cuesta adaptarse a la luz, determino que lleva más rato que yo despierto. ¿Me habrá estado observando de la misma forma que lo he hecho yo?

Me regala una enorme sonrisa que me deja entrever lo feliz que se siente, lo que hace que me pregunte si yo pareceré igual de dichosa a sus ojos. Ante la duda, prefiero dejar en claro que lo soy, por lo que le doy un sutil beso en los labios.

- Bueno… - exclama Peeta algo sorprendido y sin dejar de abrazarme. – Parece que hoy nos hemos levantado cariñosos, ¿eh?

Y lo soy. Con él lo soy. No puedo evitarlo.

- Déjate de cursilerías, Mellark… Es culpa tuya. – digo tratando de recuperar algo de rudeza de la antigua Katniss, aunque es inútil teniendo a este hombre al lado.

- ¿Culpa mía? ¿Es mi culpa que te hayas vuelto tan cariñosa? – pregunta con una sonrisa de medio lado y apretándome más contra él si es que se puede. Apenas queda el espacio justo para que ambos podamos respirar.

Por la postura, me veo obligada a apoyar mis manos en la base de su cuello y noto todo su torso pegado al mío. Tiene la maldita costumbre de dormir con unos simples calzoncillos y no sé por qué me da que ni eso lleva cuando duerme solo. Siempre ha sido igual de despreocupado con la desnudez. A pesar de todo, he conseguido acostumbrarme a la cercanía de su cuerpo semidesnudo, aunque cada vez que me roza me recorre un escalofrío que tan conocido se me hace ya… Vale, quizá no me haya acostumbrado del todo y, sinceramente, creo que nunca dejaré de sentir esto cuando me toque como solo él sabe hacerlo.

- Sí. Por supuesto que es tu culpa. Yo antes no hacía estas cosas. – digo intentando no perder el poco control que me queda a estas alturas. – Es más, nunca entendí como a la gente no le daba asco besarse. Siempre lo vi como un mero intercambio de fluidos…

- Hablas en pasado. ¿Ya no te parece un mero intercambio de fluidos? Porque si aún lo piensas yo estaré encantado de intercambiarlos contigo y hacerte cambiar de opinión…

Estando tan cerca de él, de cada diez palabras que dice me pierdo nueve. Me quedo embobada admirando sus labios en movimiento y soy incapaz de responder con agilidad. Parezco idiota perdida. Como respuesta a su pregunta, le doy un beso bastante menos casto que el anterior.

- Creo que hace tiempo conseguiste que cambiara de opinión respecto a eso. – acabo por decirle cuando separo mis labios de los suyos.

Peeta me sonríe de oreja a oreja y pienso en lo feliz que me siento al saber que voy a amanecer así cada mañana. Tan solo llevo tres días haciéndolo y ya siento que no podría concebir un solo despertar más sin su calor a mi lado. No solo ahuyenta mis pesadillas (lo que es magnífico, puesto que he dormido de un tirón después de años), sino que me hace sentir protegida y amada. Dormir a su lado se ha vuelto en la droga más potente que haya conocido, incluso más adictiva que el licor blanco que bebe Haymitch o la morflina que tantos dolores palió. Creo que ya nunca seré capaz de dormir si no es entre sus brazos.