CAP 47: Mala para él

Alivio. Esa es la sensación predominante en estos momentos, un profundo e inmenso alivio. Logro salir de mi estado de catatonia y empiezo a doblar la carta de nuevo. Sigo dándole vueltas a lo que acabo de leer puesto que aún soy incapaz de creerlo. ¿Cómo he podido estar tan equivocada? Tanto tiempo soportando ésta pesada losa me estaba empezando a hartar, pero por fin he conseguido librarme de ese peso. Tengo la sensación física, y no exagero, de que me acabo de quitar cien kilos de encima. Creo incluso que he rejuvenecido unos cuantos años. De la noche a la mañana, uno de mis mayores estigmas ha desaparecido por completo.

Decido llevarles la noticia a Haymitch y a Peeta antes de ir a hablar con Gale. Necesito tiempo para procesar todo para hablar con él y darle una respuesta definitiva. Ojalá me hubiera preguntado esto antes. Me hubiese hecho la mujer más feliz del mundo.

Termino de guardar la carta en su sobre y me levanto del sofá que empezaba a calentarse. Observo por la ventana el infierno de afuera asegurándome de que mi vecino borracho y el chico del pan estén todavía en casa. Deben estarlo porque apenas han pasado veinte minutos desde que salí. Por si acaso, no me demoro más y salgo de mi casa en dirección a la de Peeta. Bajo el sol abrasador, voy pensando en cómo se lo tomará él, sobre todo cuando le comunique mi decisión. Lo último que quiero es que le dé un ataque porque estoy más que segura de que tratándose de mí, no sería para nada leve. Espero que me comprenda. Era algo que llevaba esperando mucho tiempo y que él no podía darme.

Saco las llaves y abro la puerta principal sin hacer mucho ruido. No es que pretenda ser sigilosa en todo momento, pero llevo tantos años saliendo y entrando a todos los sitios a hurtadillas que ya he cogido costumbre. Dejo las llaves en un cuenco de cuero que hay en la entrada, al que Peeta ha bautizado oficialmente como "pongotodo" por razones obvias, y me dirijo al salón que es de donde provienen las voces. Trato de decidir si enseñarles la carta o no antes de llegar hasta ellos, pero como son escasos los metros me la guardo en el bolsillo trasero del pantalón y determino que lo decidiré sobre la marcha según como esté el ambiente. A lo mejor no salgo de aquí viva. Solo espero que Peeta no me rechace, al menos como amiga. Aunque no tendría ningún derecho a reclamarle nada después de todo lo que le he hecho sufrir, sobre todo ahora que me volverá a ver de la mano de Gale.

Me sitúo bajo el marco de la puerta y carraspeo un poco para hacer notar mi presencia, de la que hasta ahora no se habían percatado porque están inmersos en una charla muy animada. Peeta es el primero en voltearse hacia mí y me recibe con una hermosa sonrisa y su tranquilo tono de voz. Me siento tan culpable por lo que voy a hacer…

- ¡Katniss! Pensábamos que no volverías hasta la hora de comer.

- Sí, eso pensaba yo también… - dudo un poco, pero finalmente entro del todo y me siento junto a Haymitch. No quiero estar cerca de Peeta, no después de lo que tengo que decirle. Sería jugar sucio y él no se merece eso.

- Poco tiempo has estado dándole vueltas. ¿Algo en especial que te haya ayudado a decidir, preciosa? - pregunta Haymitch con tono agrio y sin levantar la vista de la partida de ajedrez que parecen estar jugando.

Por un instante, el pánico se apodera de mí al pensar que Haymitch pueda saber algo, pero rápidamente lo desestimo. Es imposible. Estoy segura de que Gale no se lo ha dicho a nadie aún (con lo suyo es muy prudente) y yo, como quien dice, me acabo de enterar. Me relajo un poco pero no del todo, puesto que sé que Haymitch es muy capaz de seguir el hilo de mis pensamientos y estoy segura de que, si aún no lo sabe, no tardará en hacerlo. Peeta nos mira un poco confundido. El pobre siempre queda fuera de los tejemanejes entre Haymitch y yo y no se entera de nada. Respiro hondo y trato de ordenar mis ideas antes de hablar. No creo que en mi caso sirva de mucho, pero trataré de ser lo más clara posible. Es hora de coger el toro por los cuernos.

- Precisamente de eso quería hablaros. - digo con voz trémula.

- Lo suponía… - murmura Haymitch sin mirarme aún. - Oh, pero sigue por favor. Tienes toda nuestra atención. - y ahora sí, hace contacto visual dándome a entender que se huele por dónde van los tiros.

Miro a Peeta para evitar la acusatoria mirada de mi mentor, por un lado, y para comprobar que él también me escucha, por otro. Lo observo en un sillón doble frente a mí, con su imperturbable mar azul sobre mi rostro y su media sonrisa de comprensión sobre mi alma. Lleno mi saco de culpa un poco más si cabe y me lanzo a herirlo de nuevo. Haymitch siempre tuvo razón, ni viviendo cien vidas llegaría a merecerme a ese chico, aunque empiezo a pensar que se quedó corto.


Gran verdad del día: la paciencia es una virtud.

Aunque hoy me temo que no serán halagos, espero vuestros reviews como agua de mayo ;)

P.D: A veces las apariencias engañan...