Capítulo 49: Paso a paso
La expresión de Peeta no tiene desperdicio. Creo que era lo último que se esperaba oír. Lo comprendo porque incluso a mí, que fui su amiga durante tantísimos años, la noticia me impactó sobremanera. Recapacitando, recuerdo la mañana del día de la Cosecha que lo cambió todo. Aquella mañana, como tantas otras veces, Gale y yo compartimos confidencias bajo el manto protector que nos proporcionaba la seguridad del bosque. No era raro oír a Gale despotricar entre aquellos árboles sobre el gobierno dictatorial que nos oprimía. Tenía días en los que parecía que fuese a levantar él solito una revolución a gran escala y, otras veces (mucho más escasas), decidía que debíamos dejarlo todo y huir juntos al bosque con nuestras familias. Aquel día fue uno de esos.
Yo siempre me lo tomaba con humor, a pesar de que era consciente de la pequeña esperanza que residía en sus palabras, pues ambos sabíamos que arrastrar a tantos críos por el bosque mientras huíamos del yugo opresor del presidente Snow sería sumamente difícil. Sin embargo, solos seríamos más que capaces. Aquella mañana, Gale me comentó que, si no viviese en el doce, le gustaría tener hijos y formar una familia. Muchas veces me pregunté qué habría pasado si no hubiésemos tenido tantos críos a nuestro cargo o si, simplemente, hubiésemos salido impunes de todas las cosechas y se nos hubiese presentado la ocasión de huir tras criar a nuestros hermanos. Seguramente no estaría aquí ahora. Seguramente Panem seguiría siendo lo que era y, todos los años, seguirían muriendo veintitrés niños inocentes para la diversión de unos pocos. Seguramente, Prim estaría viva, pero Peeta ocuparía su lugar, porque si aquél año yo no me llego a presentar voluntaria él estaría muerto. No porque yo haya sido su salvadora, sino porque los Juegos no los gana nadie decente y fui yo la que, en mi victoria, arrastré al más noble corazón conmigo. Seguramente viviría a muchos kilómetros del que siempre fue mi hogar, pero nunca hubiese sido tan feliz como lo puedo ser ahora, después de haber sufrido lo insufrible, porque a pesar de todo, es el rostro de Peeta lo primero que veo al despertarme y lo último antes de caer rendida al sueño.
- ¿Se… se casa? - pregunta Peeta.
- Sí. Al menos eso me dice en la carta. - le contesto yo tendiéndosela para que la lea. Ahora que sabe absolutamente toda la verdad no veo motivo por el que no deba leerla. Puede que Gale pensase en que solo la leyera yo, pero hace tiempo que todo lo que me concierne a mí le concierne a Peeta, y viceversa.
- No hace falta, Katniss. Es tu intimidad con Gale y no me quiero entrometer.
- Pero yo sí quiero que lo hagas. - le insisto posándole la carta sobre las rodillas. - Quiero… mejor dicho, necesito que la leas. Necesito que comprendas por qué voy a perdonarlo después de todo lo que me hizo. Después de todo lo que nos hizo. Sé que es una tontería porque tú eres como un millón de veces más comprensivo que yo, que soy una terca…, - ambos reímos un poco con la obviedad. - pero me sentiría mejor si lo hicieras. Tómalo como una muestra de que jamás volveré a ocultarte nada. Jamás.
- No seas boba. - habla Peeta sin hacer mucho caso a la carta y centrándose en mí. - No me debes nada y yo no soy quién para exigirte eso. Eres libre de hacer lo que te parezca, de decir o no las cosas que creas convenientes y de vivir tu vida como quieras y con quien quieras.
Peeta nunca ha tenido el mismo punto de vista sobre las deudas que yo. Eso es algo que compartía con Gale. Para nosotros, los favores había que devolverlos siempre, costara lo que costase. Para Peeta, no. Él considera que un favor se hace porque sí, porque uno quiere, sin esperar nada a cambio. Es un hombre completamente ajeno al interés propio, todo lo que hace por los demás es desinteresado y por voluntad propia, y siempre lo hace con una sonrisa por bandera. Todo este tiempo a su lado me ha ayudado a ir adoptando, poco a poco, todas esas buenas cualidades que Peeta posee. Está claro que jamás podré estar a su altura, pero me siento mejor persona a su lado. Siento que puedo vencerlo todo con una sonrisa y, por extraño que parezca, me gusta. He descubierto que me gusta sonreír, y no solo a él. Me gusta sonreír a la gente en general, porque no existe mejor forma de decirle al mundo que has ganado la batalla y que vuelves a vivir.
- Pero cuando quieres compartir tu vida con otra persona no puedes ocultar cosas… - digo yo en un susurro casi inaudible. No sé de dónde he sacado este impulso de valentía, pero ya que estoy de confesiones, me tiro a la piscina y le digo lo que tanto tiempo llevo pensando.
- ¿Cómo? - la pregunta de Peeta es más bien retórica. Sé que me ha oído, pero no parece creérselo.
- Quiero compartir mi vida contigo, Peeta. Ni aún queriendo separarme de ti podría porque, cuando lo hago, aunque sea por una discusión momentánea, es como si el mundo entero se me viniera encima. Estas tres noches volviendo a dormir contigo he sido tan feliz… y, puede que aún no sepa manejar este tipo de sentimientos, pero sé que no son pasajeros. Vivamos juntos.
La voz me tiembla exageradamente, pero estoy muy orgullosa de haberme abierto así con él. Puede que no hayan sido las palabras más bellas ni las más adecuadas, puede que haya sido demasiado directa e insulsa, pero he sido capaz de dar yo misma el paso que tanto me reclamaba Peeta. Cuando regresé, dejó bien claras sus intenciones de no forzarme a nada, dándome así la oportunidad de llevar esto a mi ritmo, pero no aguanto más. He querido retrasar tanto todo, a fin de estar segura al cien por cien de lo que sentía, que he estado cerca de explotar como unas mil veces. Cuanto más me quería aclarar respecto a lo que deseaba, más me confundía. Todos sus besos, caricias, sonrisas, abrazos y miradas provocan en mí reacciones tan desconocidas que acababa aún más desconcertada que antes. Porque sí, puede que sea torpe y no sepa reconocer a la primera, ni tal vez a la segunda, sentimientos que vayan más allá de una amistad, pero no soy tonta y sé perfectamente que nadie me ha hecho sentir lo que él consigue con tan solo pronunciar unas palabras.
Peeta me observa, aún sentado junto a mí, sin poder dar crédito a lo que oyen sus oídos. ¡Katniss Everdeen siendo honesta con lo que desea! A veces doy gracias por no ser tan fácil en ese sentido, de lo contrario hubiese cometido muchas locuras estas últimas semanas. Aunque empiezo a pensar que me estoy perdiendo demasiado…
- ¿Lo dices en serio? - pregunta. Está sonriendo como un bobo y yo lo hago a la vez que él, porque me encanta que mis actos sean los causantes de una sonrisa tan perfecta. Últimamente, hacerlo sonreír es uno de mis pasatiempos favoritos.
- Completamente. Y ahora que decido ser espontánea no me hagas pensarme las cosas mucho que sigo siendo algo inestable. - contesto yo con una pequeña nota de humor. Jamás me arrepentiría de esto. - ¿Puedo?
Al principio no parece comprender mi pregunta, pero no tarda en darse cuenta a lo que me refiero cuando me acerco a él y alterno mi mirada entre sus cautivadores ojos y sus tiernos labios.
- No lo dudes nunca.
Quería agradeceros a todos/as como siempre que estéis ahí detrás leyendo cada capítulo. Es increíble saber que tanta gente lee lo que tú te esfuerzas por escribir lo mejor que sabes y que puedes traspasar fronteras a lo largo y ancho del mundo con tus palabras. No puedo hacer otra cosa más que daros las gracias.
Por otro lado, también quería agradecer los dos comentarios anónimos del último capítulo. Aunque no me dejásteis nombre, espero que leáis esto y que sepáis que os estoy también muy agradecida. Al resto que soléis comentar ya sabréis que lo hago por PM.
Por lo demás, espero que me hagáis saber constantemente vuestra opinión sobre el fic. Es la mejor recompensa que una puede obtener :)
¡Nos leemos mañana! ¡Un abrazo enorme! :D
