Capítulo 52: Amar da miedo

El camino de vuelta no es tan arduo como el de ida. Quizá se deba a que un par de nubes hayan oscurecido momentáneamente el sol del doce y se pueda caminar sin tanto calor, aunque en el fondo sé que, aún luciendo como lucía antes, yo me seguiría sintiendo mucho más ligera. Quizá se deba al peso que me acabo de quitar de encima.

Apresuro un poco más mi paso para tardar lo menos posible en recorrer el camino que va desde el centro del pueblo a la Aldea. Le dije a Peeta que volvería pronto, pero ya deben de ser más de las tres de la tarde. Es la mejor utilidad que le encuentro al sol estos días de verano. No cabe duda de qué hora es.

Resignada a que hoy vuelva a hacer un calor de los mil demonios por la noche, cruzo la entrada de nuestro barrio. Había oído algo de que querían quitarle el sobrenombre de "Aldea de los Vencedores" para no hacer diferencias entre unos habitantes y otros, sobre todo ahora que cualquiera puede vivir aquí, pero al parecer todo el mundo sigue llamándola igual. Seres humanos: animales de costumbres.

Pensando en tonterías de ese estilo, llego a la puerta de casa de Peeta. Antes de entrar, me resguardo del sol bajo el pórtico y lo observo por la ventana de la cocina que da a la calle. Anda de un lado a otro preparando la comida. Siempre me ha fascinado su cara de concentración cuando hace algo que le gusta. Me apoyo en el alfeizar de la ventana y sigo observándolo un rato más. Me siento un poco intrusa de su intimidad, puesto que él no sabe que lo vigilo, pero después del día que llevo con todo lo de Gale, creo que me merezco un rato de sosiego. Si algo he comprobado ya es que Peeta es el único capaz de brindarme la paz que necesito incluso cuando, como ahora, ni él mismo es consciente de ello. El simple hecho de verlo a salvo hace que cualquier preocupación que pudiera tener desaparezca.

Después de un rato perdida en mis pensamientos decido entrar. Echo un último vistazo a la mesa sobre la que está colocando los platos: comeremos ensalada. Rica y fresca ensalada. No se me ocurre nada mejor que eso para combatir este calor.

- ¡Ya estoy en casa! - grito desde la entrada para que me oiga.

Peeta se asoma por la puerta de la cocina con una jarra de limonada fresca en las manos y me sonríe ampliamente.

- Hola, Katniss. Llegas justo a tiempo. La comida está servida.

Se da media vuelta y vuelve a sus labores, terminando de poner la mesa y sirviendo dos vasos de ese rico mejunje de limón con agua y azúcar que conocimos en uno de tantos viajes en tren. Yo lo sigo hasta la cocina, observando sus rápidos movimientos entre unas sillas y otras repartiendo un poco de comida por aquí y bebida por allá. Me apoyo en el marco de la puerta de brazos cruzados y recorro con la vista su cuerpo. Lleva puesta una camiseta distinta a la que vestía cuando lo dejé en el salón hace unas horas. Esta es blanca, sencilla, parecida a las que usa para hornear solo que más nueva. Lo que no es nuevo es como su pecho se marca debajo de ella, como sus abdominales luchan por no saltar a la vista de cualquiera que los mire, porque es imposible no mirarlos. La manga corta se ciñe a sus potentes brazos, dejando entrever el resultado de cargar sacos de cincuenta kilos todos los días. Bajo un poco más la vista, aprovechando que está de espaldas a mí sacando algo de la nevera, y me fijo en sus pantalones. Son largos, vaqueros como de costumbre, no muy amplios pero tampoco demasiado pegados, lo justo para marcar su redondo y respingón trasero…

¡Basta! Esto no es serio. No puedo pasarme el día admirándolo como una pervertida cada vez que puedo, pero es tan difícil… No entiendo por qué demonios me cuesta tanto no mirarlo. Antes eso no me suponía ningún problema, nunca he sido de las que van mirando y valorando culos de chicos por ahí. Pero es que con él es todo tan distinto en todos los sentidos que es como si una fuerza interior me llamara a hacerlo, a buscar con mi mirada lo que mi mente se avergüenza de desear. A buscar con mis ojos lo que a mis manos les gustaría tocar. He llegado a un punto en el que tengo miedo de estar demasiado cerca de él. No porque piense que pueda hacerme daño, ni mucho menos, sino porque tengo miedo de mí misma. Miedo de hacer algo de lo que luego me arrepienta. Tengo miedo de lanzarme a sus labios como tantas veces estoy tentada de hacer y acabar como la noche de la panadería, solo que sin un Bun que nos interrumpa. Tengo miedo de que me haga el amor, precisamente por eso, porque sería hacerme el amor y no simple y llanamente sexo. Tengo miedo a hacerle daño con mi actitud, a no saber corresponder lo que él me brinda, a no poder darle todo lo que merece. Si algo quedó claro con mi regreso es que yo deseo esto tanto como él, que él no es el único que me expresaría todo lo que siente porque, aunque me cueste reconocerlo, yo también le haría el amor, no sería solo sexo. Tengo miedo, miedo de amar. Porque todo lo que alguna vez amé acabó por desaparecer, dejándome con la miel en los labios y con el regusto amargo de perder algo tan puro como el amor de una persona hacia otra.


Capítulo corto, lo sé. Aún así, creo que necesario por cómo muestra sin tapujos la lucha interna que vive Katniss desde que empezó a ser consciente de lo que sentía por Peeta. Parece ser que ella ya lo tiene claro, pero ¿llegará algún día a confesárselo a él? Eso se antoja una tarea más complicada jejejeje

Como siempre, espero que el capítulo os haya agradado y, como soy consciente de su brevedad, tengo pensado subir otro en unas horas, así que permaneced atentos ;)

Todo comentario será bienvenido :) ¡Nos leemos!